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03/04/2006

El galgo y la liebre

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En casa había dos galgos, un macho y una hembra. Como dos huérfanos separados por una adopción desafortunada, cada uno se fue a una casa distinta. Pero el pueblo era pequeño y nadie guardaba a los perros en casa ni los ataba con correas. Era frecuente verlos juntos tomando el sol en la esquina que más entorpeciera el paso, en esa postura que tienen los galgos tan suya, de ensortijarse como una diadema hirsuta con joyas ocultas bajo los párpados.
Julián, el que tenía el macho de la pareja, lo sacaba al campo cuando iba de caza. Era un rayo, decía, no había liebre que se le escapara. Cuando emigró a Barcelona cerró la casa, pero en lugar de dejar el perro a algún pariente decidió llevárselo consigo para que le hiciera compañía. Los que habían vuelto de Barcelona para contarlo decían que los días se hacían largos en la soledad de una ciudad superpoblada. En el viaje de ida dueño y perro se pasaron medio trayecto con la cabeza saliendo por la ventanilla. El paisaje corría más que ninguna liebre y el galgo acabó vomitando su nostalgia del pueblo. Encontraron albergue en casa de unos parientes y trabajo de camarero en el restaurante de unos amigos. En su nueva vida Julián salía de casa cuando aún no se había hecho de día. Semejantes madrugones el perro los relacionaba con las cacerías, así que se sacudía desde el hocico hasta la cola y jadeaba anhelante de campo. Julián se marchaba y de regreso le pagaba la decepción con las sobras exquisitas del restaurante, pero él mismo se ahogaba en un piso tres veces más pequeño que su casa del pueblo y que doblaba el número de las personas que lo habitaban.
Un día de descanso se fue de paseo por la plaza España. El galgo tironeaba de la correa desde que salieron por la puerta de casa. Echaba de menos el aire, la jara y probablemente a su hermana. Cuando bajaban por el Paralelo el animal se volvió como loco. Al poco Julián adivinó el motivo. Una nube de ladridos partía de un edificio cercano. Se trataba del canódromo. Se alejó de allí antes de que el perro se volviera loco del todo, pero volvió solo, después de salir del trabajo al cabo de pocos días. El ambiente era una mezcla entre la taberna del pueblo y la feria de ganado de San Esteban donde había que ir con ojo de que no te engañaran, fuese jugando a las cartas o en la venta de grano, y el aliento a tabaco y alcohol era la primera palabra en cada conversación. Observó las carreras, apostó tímido y perdió. De regreso a casa su galgo le esperaba impaciente, y para postres le olió en la ropa un olor familiar que le hizo ladrar como un descosido. Volvió al canódromo varios días, silencioso y cauto, observando el paraje como cazador que era. Hasta que un día habló con uno que parecía estar en medio de todos los cotarros.
"Tengo un perro que corre como el rayo" le dijo. Imagino su cara humilde, iluminada por la única posesión que, además de afecto, le hacía ser alguien en una ciudad donde nadie le saludaba cuando se le cruzaban por la calle. También imagino la mirada descreída del otro, escondida en una cara mofletuda que escupía el humo de un habano. Le citó para la semana siguiente advirtiéndole que no tenía tiempo para malgastarlo, que esperaba que no fuera un vulgar perdiguero. Cada tarde, de regreso a casa, sacaba el perro y lo llevaba a correr por la playa. "Corre, tuso*, corre" le gritaba después de lanzarle una rama, y el perro espantaba las palomas y volvía con la rama entre los dientes.
Cuando llegó el día el día, el mofletudo del habano examinó las pencas del galgo y dijo que le daría una oportunidad el siguiente fin de semana. Si no le defraudaba se encargaría de entrenarlo, a cambio del 75 % de los beneficios. “Mucho me parece”, se atrevió a decir Julián, “Tú no sabes lo que cuesta cuidar bien un podenco de estos” Julián se sintió un poco ofendido, pero aceptó pensando que tal vez había sido un mal amo.
Llegó el día y en el momento de las inscripciones le pidieron el nombre del perro. “No tiene”, “¿Cómo que no tiene? Y ¿cómo lo llamas?”.
Tuso salió con el dorsal número 4. Cuando sonó el pistoletazo de salida a él le debió de sonar a la escopeta de su amo, y al abrirse la trampilla vio una liebre corriendo por encima de un raíl. No se lo pensó dos veces y salió volando. Julián lo seguía nervioso, nada que ver con la mirada tranquila que había enarbolado los días anteriores, cuando venía de observador. Sin embargo, la carrera parecía perdida, le sacaban varios cuerpos los otros perros, más habituados al terreno y a la farándula del coliseo. Todo cambió al llegar a la curva. La liebre giró a la derecha y sus perseguidores con ella. Tuso se encontraba unos metros atrás, así que no vio motivo para seguir corriendo por el carril vallado y saltó en línea recta hacia donde la liebre se dirigía en su despreocupado giro. La atrapó sin problemas.
Cuando los demás perros llegaron hasta él hubo un momento de confusión. Cesaron de correr y empezaron a ladrar. Desorientados, la duda existencial de por qué diablos ninguno había saltado la valla hasta aquel día les debió de carcomer la mente. Tuso, con su trofeo entre las patas buscaba a su amo entre un público que reía a carcajadas. Menos el mofletudo del habano, claro, que iracundo le pidió a Julián el dinero de la inscripción y que no volviera a asomarse por el canódromo. Y no lo hicieron, pero Julián no reprendió a su perro y volvió sonriendo a casa.

* voz para llamar a los perros

09/04/2006

Semana Santa I

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Semana Santa es uno de esos bucles en el que parece instalada la historia. La del universo, o al menos la nuestra propia que somos el centro de él hasta el buen día en el que nos caemos de la cuna y nos empiezan a salir los chichones. Los que más duelen son los que salen hacia dentro, como cráteres en nuestra conciencia. Mi conciencia de Semana Santa se remonta al Domingo de Ramos en el que, por decreto de calendario, hiciera el frío que hiciera, mi madre nos arreglaba para salir a la calle con pantalones cortos, calcetines largos y zapatos incómodos. El complemento fundamental era la palma. ¡Y ala! A pasear.
Solíamos ir a la Barceloneta porque teníamos familia y era el barrio en el que mi padre recaló cuando llegó de Soria. Recuerdo el olor que hacía el interior del coche, un 850 verde (como el 600 pero con maletero sobresaliendo del culo), un olor a moqueta-absorbe polvo que a mí me mareaba, y el humo de los Rex que fumaba mi padre. La imagen de mi hermano, mis primos, mi madre (con peluca) y mis tíos, se retiene en mis pupilas en blanco en negro. Las fotos que invariablemente hacía mi padre (por eso apenas sale en ellas) han fosilizado mi memoria en aquellos colores. Sin embargo, la imagen de la Semana Santa en Montejo de Tiermes está inundada de Technicolor y Cinemascope. Cuando llegábamos al pueblo la parrilla televisiva ya se había visto inundada por el Mar Rojo de La Biblia, las cuádrigas de Ben-Hur y todos los cinemascopes de Charlton Heston que uno se pueda imaginar. Los pantalones cortos, en Soria, eran ciencia ficción, así que podíamos arrastrarnos con nuestros viejos pantalones de pana y las zapatillas de deporte para saltar por las peñas. Aunque eso sí, en la liturgia había que ponerse guapo. Mi madre luchaba contra mis remolinos a base de hacerme ver las estrellas con el peine y empaparme en Nenuco. Después del sufrimiento todo eran prisas porque el cura había tocado ya el tercer aviso. Las mujeres a la derecha, los niños a la izquierda y los hombres al fondo. Siempre había quien se dormía, y después estaban los rumores de que si menganito olía a estiércol de oveja, o que si fulanita había repetido el vestido del año anterior. Después se oficiaba la ceremonia en la que el retablo barroco del fondo se fundía con la calva del cura. El mono-tono del discurso del cura amplificado por el micrófono y el eco del recinto, nos elevaba a todos a un estado hipnótico que nada tenía que ver con el misticismo. Los hombres -que acudían por costumbre, por el aperitivo post-misa, y por la presión de sus mujeres- tenían en las celebraciones un papel activo que desempeñar. Los pendones, las cruces y los pasos no caminan solos, y pesan lo suyo, así que en los bancos del fondo, cuando el cura hacía los últimos pases de manos y abracadabras consiguientes, los hombres se ponían de acuerdo en los turnos. El Viernes Santo, con motivo de duelo, se sacaban los blasones y una imagen de Cristo en su ataúd. El otro paso era el de la Virgen Dolorosa que iba cubierta con un manto negro de luto. Salíamos todos de la iglesia, recorríamos el pueblo entero y volvíamos a entrar en el recinto desde el otro lado. Lo que me parecía más difícil de toda la operación (y más tarde pude comprobar por mí mismo) era pasar los pendones, altos como el cielo, por debajo de los cables de luz y teléfono que se extendían por las calles de tejado a tejado. El portador debía girar el mástil, recoger la bandera e inclinar la verga por debajo para volver a desplegarla y alzarla de nuevo hasta el siguiente nudo gordiano de cables negros. El más pesado de llevar, sin embargo, era el ataúd con el Cristo, pues como bien decían los hombres “pesa como un muerto”, irreverencia que a mí me horrorizaba, ya que aún tenía reciente la comunión y participaba en la misa ayudando como monaguillo metido en mi traje rojo mientras agitaba el incensario.

09/04/2006 19:05 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

13/04/2006

Semana Santa (y II)

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Sin embargo, la fiesta que más me gustaba era la de la Resurrección. Por un lado estaba la simbología del acto, pero es que, además, la procesión era mucho más lucida. Después de las consabidas monsergas los feligreses salíamos de la iglesia en dos grupos. La imagen del ataúd se quedaba expuesta en la capilla y los hombres salíamos por la derecha con una imagen del niño que representaba el espíritu resucitado. Las mujeres se iban con sus cantos llenos de dolor y de tristeza con la Virgen María enlutada y cabizbaja. El encuentro se daba a la vuelta de la iglesia donde la Virgen veía a Cristo resucitado. Entonces empezaba la subasta. Epi, antiguo alcalde, ex guardia forestal, boticario y personaje público del pueblo, proclamaba la buena nueva y preguntaba quién ofrecía y cuánto daba por quitar el manto de dolor a la Virgen. Montejo es un patio de vecinos donde todo el mundo sabe todo de todos. Los había que aprovechaban la ocasión para pujar y mostrar su poderío, los había que pujaban para forzar a quien de verdad tuviera algún motivo, y después estaban los que tenían motivos que solían ser relacionados con la salud. Cuando alguien tenía un pariente enfermo gritaba por encima de los vecinos lo que estaba dispuesto a pagar para que la Virgen intercediera por el enfermo de su familia. Cuando Epi decía aquello de “alguien da más” y nadie daba más, a la una, a las dos y las tres, salía la persona en cuestión y le quitaba los alfileres al capote de luto y descubría el traje blanco bordado que llevaba debajo la Virgen. Entonces los cánticos de desesperos volvían a entonarse, pero la música y la letra eran otros, el gozo y la alegría sus proclamas. Se volvían a levantar los pasos y entrábamos todos juntos de nuevo a la iglesia.
Mi padre nunca hizo fotos de su pueblo. Las instantáneas que recuerdo son siempre las de Barceloneta, quizás por eso mis recuerdos de Soria sean en color, sin que la contaminación de grises de laboratorio haya perjudicado al rojo de mi traje de monaguillo, o al brillo de los blasones y al colorido de la procesión.

13/04/2006 00:25 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.




Tiermes

La comarca de Tiermes se encuentra en la provincia de Soria. Una pequeña esquina en el ancho mundo, uno de esos lugares donde todavía es fácil perderse.
Y lo más difícil, encontrarse




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