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01/06/2006

El vigilante de la Isla de Pascua

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Cuando la expedición de Roggeveen llegó hasta aquella isla ignota del Pacífico sur, se encontró con un paraje desforestado y con una población desorientada y entregada al canibalismo. Las teorías que se han desarrollado para interpretar su historia no van más allá de fabulaciones que no logran demostrarse. Pese a que su civilización nos ha legado una impresionante colección de moais, la extinción de su clase sacerdotal nos ha dejado sin la clave de la escritura con la que testimoniaron sus ritos y su cosmogonía. Una de estas teorías basada en leyendas es la que ofrece Kevin Reynolds en el argumento para su película Rapa Nui. La isla está dividida en clanes cuyas diferencias son medidas en torneos. Los derrotados han de rendir pleitesía al grupo del vencedor durante un año y la mayor de las obsesiones del jefe triunfante es la de erigir enormes moais esculpidos en la roca. Los esclavos talan cientos de palmeras y colocan sus troncos bajo cada escultura para que rueden y hagan llegar los gigantes de piedra al lugar elegido para plantarlo. Con el tiempo, los recursos naturales de la isla son consumidos y la población se entrega a una lucha por la supervivencia. Para entonces el horizonte es una llanura yerma sembrada de ídolos que observan indiferentes el ocaso de una era.

No me percaté de su presencia hasta que me lo dijo Juan Carlos, pero después he ido descubriendo varios. El más evidente es el del río, se recorta su silueta en el perfil de las paredes: un vigilante de la Isla de Pascua en la comarca de Tiermes. Visto desde el río apenas se le distingue. Queda disimulado entre los pliegues de la roca, las cuevas donde los buitres hacen sus nidos y los matorrales que se empeñan en trepar como si fueran cabras arbóreas. Vista desde abajo la cadena del río parece una muralla inexpugnable. Antes de que la asfaltaran, la carretera que salvaba la cuesta era fecunda en accidentes. Carros venidos abajo, espantadas de bueyes y mulas, y un camión que se desplomó y cuya cabina se quedó en el fondo como se quedan los buques hundidos, albergando un coral hecho de herrumbre y musgo. El vigilante tiene ante sus ojos rojizos el arco completo del día. La sierra Pela en el fondo, lomas de pinares y un mar de trigo que cambia de color a medida que avanza el año. En última instancia, a pie casi de la roca, el serpear del río con una columnata de chopos que amarillean en otoño y echan a temblar con la llegada de la brisa.

Nada más tiene la comarca que haga pensar en la isla de Pascua: el mar está lejos, y la deforestación de sus bosques parece improbable, no en vano se le ha concedido el programa life de la Unión Europea e incluso hay una campaña para declarar Tiermes patrimonio de la humanidad. Así que ni siquiera el futuro parece asomarse con similitudes al de los habitantes del islote. Aunque a mí no me preocupa el futuro. Hay otra película, El lado oscuro del corazón, en la que el amigo del protagonista le asegura que su país, Argentina, tiene futuro, eso sí, si es capaz de sobrevivir a su presente.

¡Soria ya!

01/06/2006 09:21 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

06/06/2006

Una piedra en el camino

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Sin conocer todavía la historia de los moais, cada vez que llegaba al pueblo buscaba tras la curva exacta una roca que tenía personalidad propia. Se hallaba entre Morcuera y Montejo, poco después de dejar atrás el desvío de Liceras. Era una roca enorme que se sostenía en un equilibrio imposible y amenazaba con desplomarse sobre el coche en el mismo momento en que pasáramos debajo de ella. A mí me traía a la memoria la presentación de un programa de televisión de finales de los ’70,"La segunda oportunidad" e llamaba, donde un coche se estrellaba violentamente contra una roca que se hallaba en medio de la carretera.
Perdido aquel miedo infantil, la roca seguía constituyendo un mojón fundamental en el viaje al pueblo. Tras el ritual del maletero, de la carretera oscura y fría, del avistamiento del Moncayo y del puente sobre el río Duero, el último tramo lo constituía la salida de San Esteban. Después se iniciaba un periplo de 28 kilómetros de curvas dignas de rally por entre las encinas del monte. Al pasar el último desvío ya nada se interponía entre nosotros y las vacaciones. La piedra, más que amenaza, era una puerta abierta en señal de bienvenida.
Años más tarde, cuando visité Montserrat más allá del monasterio, me asombró el bullicio que los fieles a la tienda de souvenir eran capaces de provocar. Aunque mayor fue la sorpresa cuando ya resignados a la imposibilidad de zafarse del ruido, llegamos a un paso entre las rocas detrás del cual el sonido se disolvió como azúcar en el café.
La frontera invisible que mantiene la comarca de Tiermes inmune al ruido, se sitúa en alguna de esas curvas insalvables, tal vez en el vértice exacto donde la roca esgrime sus habilidades como equilibrista. No en vano es frecuente encontrarse con alguna pareja de corzos merodeando tranquilamente al límite de la arboleda, ajenos a un trasiego desconocido por aquellas latitudes.
Pero todo llega, incluso el ruido. Desde años que se conocía un proyecto subvencionado por la UE para mejorar el trazado de la carretera. Habían empezado por el yacimiento arqueológico dejando patente que lo que importaba comunicar eran las piedras, y no los pueblos. Uno recorría sus 28 kilómetros de curvas hasta Montejo, más otros siete de llano mal asfaltado, y al llegar al cruce de Carrascosa aparecía un tramo de autopista que llevaba a las ruinas. Este año, por fin, las excavadoras ya habían echado mano del recorrido completo. Las tres primeras curvas del monte habían desaparecido, pero el resto seguían ahí, como el dinosaurio de Monterroso, igual a sí mismas, tanto que había quien se jactaba de recorrerlas con los ojos cerrados de tantas veces que las había repasado volante en mano. Aunque la leyenda era otra, la que prodigaban los conductores noctámbulos mientras el tractor de turno sacaba su coche de los campos de labranza: “que sí, que te digo que anoche la curva se movió de sitio.”
Lo que sí movieron las excavadoras fue la roca acróbata. En el fondo yo creo que era una nube antigua que había bajado a ras de suelo una mañana de niebla y se había quedado dormida. Espantada por las excavadoras había levantado el vuelo y ahora debe de andar por ahí adquiriendo nuevas formas para que los niños sigan jugando a imaginar lo que esconde su barriga. Cualquier día vuelve transformada en moai. El que volvió nada más irse las escavadoras fue el silencio, y la familia de ciervos.

06/06/2006 10:16 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

12/06/2006

Sexo y escarcha en las eras

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Buscaba desde hacía tiempo un libro de Juan Antonia Gaya Nuño titulado El Santero de san Saturio. En las librerías de Barcelona donde había preguntado me habían quitado toda esperanza de dar con él: agotado, decían, y yo les había creído. Cosas del destino, di con un ejemplar en la biblioteca del Instituto Cervantes de Tetuán, pero sólo estaba de paso, por lo que no pude arrancarle más que unas páginas de lectura, y éstas fueron suficientes para confirmar lo que ya imaginaba, ese libro me interesaba: un retrato sarcástico de Soria y de los sorianos hecho por un paisano que vuelve tras años de ausencia y ocupa la plaza vacante de Santero respondiendo a un anuncio del periódico. Como equipaje las obras de Proust, Sastre y Valle-Inclán. Anoté en mi libreta una de esas frases que te llama la atención y me resigné a volver a dar con él alguna otra biblioteca: “Los hombres de la meseta no somos amantes del mar, y sólo lo concebimos como una curiosidad que conviene ver; el mar es como la torre Eiffel o como el rinoceronte.”

Hay en la calle Collado de Soria una de esas librerías con vocación de templo, las Heras se llama. Me había dirigido mi padre diciendo que ahí encontraría bibliografía soriana en abundancia, pero lo que no podía imaginar es que a diez metros del portal iba a reconocer la cubierta del libro expuesta en el escaparate. Me hice con un ejemplar de entre la pila que había sobre una mesa y, calmada el ansia, me dediqué a investigar el resto de títulos. Había dedicados al arte de la provincia, a su flora y fauna, y a rutas de senderismo. Estaba la última biografía de Ian Gibson sobre Antonio Machado, la poesía de Gerardo Diego y las leyendas de Bécquer. Buceé entre varios y acabé cogiendo Rueda de sucedidos, un libro que relataba las costumbres locales de un pueblo siguiendo las muescas del calendario. Estaba a punto de irme cuando me sorprendió la cubierta de otro: dos figuras se entrelazaban en un coito cubista. El título: Kamasutra. Me acerqué al librero con los tres libros entre las manos.

Al pobre santero casi lo decapitan en alguna guillotina sin alma. Dos mil ejemplares que ocupaban cuatro metros cuadrados de almacén iban a convertirse en pasta de papel, por eso la librería había comprado los restos y los tenían allá sin asomo de lástima: les quedaban apenas cuarenta ejemplares. Ya podía preguntar yo en Barcelona. En cuanto al Kamasutra, pregunté, ¿qué hace en la sección de la provincia? ¿Y por qué no habría de estar? me respondió el librero. El tema es muy de la tierra. Me reí, no se lo iba a negar, pero me aclaró que Roberto Maján, el autor, era de Soria. Visto su garbo le pregunté por un tal Lázaro de quien había leído que tenía publicado un libro de relatos, uno de los cuales ambientado en Montejo de Tiermes, pero no le sonaba, y se conectó a internet buscando por el nombre del pueblo. Le salió un blog sobre Tiermes y le dije que no, que no era ese, y por fin dimos con Juan Manuel Lázaro a quien seguiré la pista. Nos despedimos y me fui de Las Heras con tres libros bajo el brazo.

Lo que son las cosas, a Gaya Nuño lo he dejado para más adelante, sin embargo, me bebí de dos tragos la Rueda de sucedidos de Raimundo Lozano. Por fin he aprendido lo que es el Rosario de la Aurora, o porque sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, pero eso no viene al caso. Lo que me quedó en el tintero fue el anís que bebían los mozos en la taberna antes de irse a las eras, anís escarchado. Lo tenía en alguna parte del cerebelo cuando semanas más tarde, en un bar donde a veces paro a tomar café, me topé con una botella detrás de la barra que llevaba la misma etiqueta. Oiga, le dije al dueño, y eso qué es. El hombre sacó la botella de la repisa y la miró como si hubiera descubierto la lámpara de Aladino. No hará años que no sirvo una copa de este coñac, me dijo, y de repente le vino a la memoria un cliente que era farolero, y que antes de apagar una a una las luces del barrio, se pasaba por su bar y se echaba una copa de coñac escarchado. Pero qué es, insistí yo. Pues nada, coñac garrapiñado, con mucha azúcar, para hacerlo más bebible, supongo yo, y me puso un chupito. Invita la casa, chaval. No iba a decir que no, así que lo olí, lo sorbí y cuando me cercioré de que lo peor que me podía pasar era que me subiera a la cabeza, me lo bebí de un trago a la salud del dueño del bar, del de la librería y de todos los que iban a las heras: escritores, labriegos o jóvenes con ganas de inventar posturas nuevas.

12/06/2006 10:59 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

16/06/2006

Apuntes para un novela de éxito

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Tres caballeros de sendas logias reciben el encargo de restablecer la orden de los herederos del triángulo de las Bermudas cuyos vértices están situados en el Canigó, Montserrat y el Camp Nou; el epicentro: Port Aventura. Sus investigaciones cabalísticas les conducen a la última sede de los templarios en Catalunya: Miravet. Allá encuentran un pergamino manuscrito sobre piel humana (concretamente se trata de un híbrido entre el burro catalán y el toro ibérico) cuyo texto, de ser revelado, cambiará el curso de la historia. Pero el ojo que todo lo ve les persigue y prepara una cruzada secreta (bueno, no tan secreta) para acabar con la Santísima Trinidad. Los escuderos se revelan, la ambición de los caballeros les separa y Judas tiene un hijo secreto con María Magdalena. Cuando todo parece perdido fariseos, palestinos y judíos se ponen de acuerdo. Sin embargo, el Vaticano y los almogávares, cada uno por su cuenta, anuncian el advenimiento del Apocalipsis. Según el calendario Gregoriano la fecha de la revelación es en realidad el 6 del mes 6 de 2006: el día de la Bestia. La gente se estira de los cabellos, rasga sus vestiduras (rojas, pero por el uniforme de la selección española, no vaya a confundirse el concepto…) y reza rosarios delante del beato Escribà de Balaguer (¡ese hombre!).
Me falta el desenlace y una pizca de sexo para acabar de convertirlo en Best-Seller, pero como ya nos están dando por culo creo que ya es suficiente.
La presentación, en la decimonovena gala en honor a Rocío Jurado.
De esta me forro.





Tiermes

La comarca de Tiermes se encuentra en la provincia de Soria. Una pequeña esquina en el ancho mundo, uno de esos lugares donde todavía es fácil perderse.
Y lo más difícil, encontrarse




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