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El galgo y la liebre

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En casa había dos galgos, un macho y una hembra. Como dos huérfanos separados por una adopción desafortunada, cada uno se fue a una casa distinta. Pero el pueblo era pequeño y nadie guardaba a los perros en casa ni los ataba con correas. Era frecuente verlos juntos tomando el sol en la esquina que más entorpeciera el paso, en esa postura que tienen los galgos tan suya, de ensortijarse como una diadema hirsuta con joyas ocultas bajo los párpados.
Julián, el que tenía el macho de la pareja, lo sacaba al campo cuando iba de caza. Era un rayo, decía, no había liebre que se le escapara. Cuando emigró a Barcelona cerró la casa, pero en lugar de dejar el perro a algún pariente decidió llevárselo consigo para que le hiciera compañía. Los que habían vuelto de Barcelona para contarlo decían que los días se hacían largos en la soledad de una ciudad superpoblada. En el viaje de ida dueño y perro se pasaron medio trayecto con la cabeza saliendo por la ventanilla. El paisaje corría más que ninguna liebre y el galgo acabó vomitando su nostalgia del pueblo. Encontraron albergue en casa de unos parientes y trabajo de camarero en el restaurante de unos amigos. En su nueva vida Julián salía de casa cuando aún no se había hecho de día. Semejantes madrugones el perro los relacionaba con las cacerías, así que se sacudía desde el hocico hasta la cola y jadeaba anhelante de campo. Julián se marchaba y de regreso le pagaba la decepción con las sobras exquisitas del restaurante, pero él mismo se ahogaba en un piso tres veces más pequeño que su casa del pueblo y que doblaba el número de las personas que lo habitaban.
Un día de descanso se fue de paseo por la plaza España. El galgo tironeaba de la correa desde que salieron por la puerta de casa. Echaba de menos el aire, la jara y probablemente a su hermana. Cuando bajaban por el Paralelo el animal se volvió como loco. Al poco Julián adivinó el motivo. Una nube de ladridos partía de un edificio cercano. Se trataba del canódromo. Se alejó de allí antes de que el perro se volviera loco del todo, pero volvió solo, después de salir del trabajo al cabo de pocos días. El ambiente era una mezcla entre la taberna del pueblo y la feria de ganado de San Esteban donde había que ir con ojo de que no te engañaran, fuese jugando a las cartas o en la venta de grano, y el aliento a tabaco y alcohol era la primera palabra en cada conversación. Observó las carreras, apostó tímido y perdió. De regreso a casa su galgo le esperaba impaciente, y para postres le olió en la ropa un olor familiar que le hizo ladrar como un descosido. Volvió al canódromo varios días, silencioso y cauto, observando el paraje como cazador que era. Hasta que un día habló con uno que parecía estar en medio de todos los cotarros.
"Tengo un perro que corre como el rayo" le dijo. Imagino su cara humilde, iluminada por la única posesión que, además de afecto, le hacía ser alguien en una ciudad donde nadie le saludaba cuando se le cruzaban por la calle. También imagino la mirada descreída del otro, escondida en una cara mofletuda que escupía el humo de un habano. Le citó para la semana siguiente advirtiéndole que no tenía tiempo para malgastarlo, que esperaba que no fuera un vulgar perdiguero. Cada tarde, de regreso a casa, sacaba el perro y lo llevaba a correr por la playa. "Corre, tuso*, corre" le gritaba después de lanzarle una rama, y el perro espantaba las palomas y volvía con la rama entre los dientes.
Cuando llegó el día el día, el mofletudo del habano examinó las pencas del galgo y dijo que le daría una oportunidad el siguiente fin de semana. Si no le defraudaba se encargaría de entrenarlo, a cambio del 75 % de los beneficios. “Mucho me parece”, se atrevió a decir Julián, “Tú no sabes lo que cuesta cuidar bien un podenco de estos” Julián se sintió un poco ofendido, pero aceptó pensando que tal vez había sido un mal amo.
Llegó el día y en el momento de las inscripciones le pidieron el nombre del perro. “No tiene”, “¿Cómo que no tiene? Y ¿cómo lo llamas?”.
Tuso salió con el dorsal número 4. Cuando sonó el pistoletazo de salida a él le debió de sonar a la escopeta de su amo, y al abrirse la trampilla vio una liebre corriendo por encima de un raíl. No se lo pensó dos veces y salió volando. Julián lo seguía nervioso, nada que ver con la mirada tranquila que había enarbolado los días anteriores, cuando venía de observador. Sin embargo, la carrera parecía perdida, le sacaban varios cuerpos los otros perros, más habituados al terreno y a la farándula del coliseo. Todo cambió al llegar a la curva. La liebre giró a la derecha y sus perseguidores con ella. Tuso se encontraba unos metros atrás, así que no vio motivo para seguir corriendo por el carril vallado y saltó en línea recta hacia donde la liebre se dirigía en su despreocupado giro. La atrapó sin problemas.
Cuando los demás perros llegaron hasta él hubo un momento de confusión. Cesaron de correr y empezaron a ladrar. Desorientados, la duda existencial de por qué diablos ninguno había saltado la valla hasta aquel día les debió de carcomer la mente. Tuso, con su trofeo entre las patas buscaba a su amo entre un público que reía a carcajadas. Menos el mofletudo del habano, claro, que iracundo le pidió a Julián el dinero de la inscripción y que no volviera a asomarse por el canódromo. Y no lo hicieron, pero Julián no reprendió a su perro y volvió sonriendo a casa.

* voz para llamar a los perros

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Autor: jgobrero

Qué maravilla. Acabo de leerlo con el cerebro mermado y me ha despertado. Me encantan estos relatos de la inmigración desubicada y ninguneada buscando sus códigos en un mundo ajeno.

Fecha: 04/04/2006 14:19.


gravatar.comAutor: cachu

corriendo liebre

Fecha: 22/12/2008 16:29.


gravatar.comAutor: nahuel

hola como andan
yo tambien soi galgeros
cualquier cosa llamenmem les dejo mi celular..247715341783

Fecha: 29/09/2009 03:05.


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