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en primavera

en primavera

Es mayo en Soria y todo está en su sitio: el trigo alto y las amapolas rojas. Las cigüeñas anidan en los campanarios y el aire ventea la cosecha. Dan ganas de tirarse a nadar entre la mar espigada y comerse los pétalos de las adormideras. Todo está en flor. El parque de la Alameda, en Soria, está cubierto de semillas de viento, y colores nuevos se estrenan después de un invierno largo como una vida.
Nos tenía demasiado bien acostumbrados, la abuela. Se apagaba de vez en cuando, pero siempre volvía a florecer y nos dejaba a todos maravillados. Eso era lo malo. Nos habíamos acostumbrado a que siempre le volviera la primavera a las mejillas, y no había motivo para pensar que eso iba a cambiar.
Le faltaban dos meses para cumplir los cien, y en el hospital, después de su último renacer, había invitado a todas las enfermeras de la planta para que vinieran a su fiesta de cumpleaños.
Todo estaba en su sitio, pero en el cielo había un rebaño de estrellas con la luna de luto, y alrededor de la mesa una familia huérfana. Alba, con menos de tres años, se había dado cuenta: “La abuela no se puede haber ido, aún no ha cumplido los cien.” Y tenía razón. No pudimos celebrar su centenario, pero sí los 99 años de buena vida que nos había dado.

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