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Caminito del agua

Caminito del agua

El agua de Montejo viene de Pedro, Pedro no es ningún señor, Pedro es un pueblo de la comarca, un pueblo escondido entre los montes de la Sierra Pela, con una ermita de origen visigodo y un manantial de agua que es un primor. En pleno agosto, bajo el sol tórrido y seco de la meseta, los pies dentro del agua se te ponen morados de puro frío. Pedro tiene el don del agua, y con él un abrigado manto de huertos y árboles que le dan frutos y vida.

Aunque no creo que una cosa tenga relación con la otra, el año en que yo nací canalizaron el agua del manantial y la hicieron llegar hasta Montejo. Se asfaltaron las calles y se hicieron alcantarillas y cada vez que llovía el agua corría calle abajo en vez de encharcarse. Hasta entonces las mujeres iban a la fuente a recoger el agua. Lo que son las novedades, aunque el agua fuera la misma, sabía más rica del botijo que se llenaba en la fuente que no si se llenaba del grifo, y una de las tareas que más nos gustaba hacer a los niños era ir con el botijo vacío hasta la fuente y escuchar el eco del agua llenando el recipiente de barro. El premio era el prestigio de volver por las calles con el botijo lleno cambiando de lado el peso a cada esquina, sonriendo a los vecinos sin mostrar esfuerzo. Otro ritual era el de echarse un trago. En las comidas el protagonista era el vino, y la bota su vehículo. Mi tío jugaba a impresionarme y a fe que lo conseguía. Alzaba el cuero por encima de la cabeza y lo inclinaba sobre sí. El chorro le daba de lleno en la frente, y un río de sangre le bajaba por el entrecejo en camino hacia el labio superior, y de ahí a la garganta. Como no tenía bastante con la acrobacia, permanecía tiempo con el brazo estirado. Yo pensaba que iba a ahogarse, pues para mí respirar y tragar eran indivisibles. Cuando le imitaba (sin la proeza de la frente, sino directamente al gaznate) debía hacer esfuerzos, primero, para sujetar el botijo por encima de la cabeza, y después para no atragantarme.

La fuente, además, era refugio apartado, quedaba por debajo de la iglesia y del frontón, enfrente de la fragua y camino del cementerio, un lugar ideal para jugar a cartas sentados en cuclillas y descubrir el color de las braguitas de las niñas. También hacíamos espiritismo, contábamos historias de miedo y jugábamos a verdad, acción o beso. Las bicis esperaban en el suelo su turno para las carreras, y los renacuajos nadaban tranquilos ante la pausa que les dábamos. El pilón de la fuente había sido abrevadero, pero con los años, después de que prohibieran que los animales atravesaran el pueblo, había quedado en desuso. Los renacuajos proliferaban ya que su único depredador éramos nosotros, cazadores avispados que enseñábamos sus cuerpos como triunfos y observábamos su transformación en rana con la misma inquietud que a nosotros nos llegaba la adolescencia.

Verdad, acción o beso. Las chicas elegían la verdad, pero nos mentían, los chicos elegíamos acción para demostrar nuestro valor llamando a la puerta del estanquero a altas horas de la noche y escurriéndonos por los callejones. El beso, siempre se dejaba para el final, era el regalo secreto. El pilón fue testimonio de besos furtivos y de espectáculos corales, como el de Miss y Mr camiseta Mojada – Montejo de Tiermes antes de que ninguna discoteca lo utilizara de reclamo en sus noches de viernes. En vez de llenar globos de agua y echárnoslos encima, cogíamos entre todos a uno, o a una, y acabábamos con él en el pilón. Cuando la rueda comenzaba sabíamos que no pararía hasta que todos y cada uno hubiéramos pasado por el agua. Los renacuajos, pobres, se escondían debajo de las piedras, y nosotros removíamos el fondo.

La fuente está muy cerca de la plaza, así que en fiestas no es espacio para confidencias de tan concurrido que está. Algún año, incluso, la peña se ha hecho en la fragua, justo en frente, por lo que la proximidad del pilón y el elevado consumo de alcohol hacen más que probable que más de uno acabe la fiesta mojado por dentro y por fuera. “¡Al pilón, al pilón!” es la frase que se corea cuando los músicos son malos, o se quieren ir a dormir demasiado pronto o dedican demasiadas canciones a los del pueblo de al lado, pero que yo sepa, nunca se ha tirado a ningún músico. Los que sí han caído, casi por sistema, son los que llegan nuevos cada año. Amigos de amigos, catalanes o madrileños, es fácil llevarles hasta la fuente, hacerles sentar en el pilón y en un descuido, hacerles pasar por el ritual de iniciación, un bautismo de agua y ron.

La fuente tiene todas las épocas. Pero tal vez el recuerdo más definido es uno que se mantiene sin importar los años. Es el del silencio que habita al final de las escaleras donde jugábamos a cartas, el silencio como una roca, y el agua como una raíz o como un silbido que se abre paso.

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2 comentarios

historias -

Me has emiocionado con esta historia. Yo no he vivido fuentes como esa (era niña de ciudad) salvo en alguna acampada a las que nos llevaba mi padre en verano...
Gracias por este rato de paz.

ideas -

LA vida giraba en torno de esa fuente, que saciaba la sed de la gente... desgraciadamente algunas han pasado al olvido, a la sequia, o al abandono por la despoblacion
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