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Tiermes

La comarca y alrededores

Ramas y raíces - y IX

En la novela "Mentira" de Enrique de Hériz, la antropóloga protagonista es una especialista en cuanto a los rituales referidos a la muerte. Según ella, para las tribus nómadas la muerte no conlleva ningún problema, forma parte, no ya de la vida como reverso, sino de la existencia como algo cotidiano. Los cazadores viven de la muerte a través de la caza, y abandonan a sus muertos sin ritos ni lágrimas. El movimiento genera una eternidad inconsciente que ni la muerte detiene, porque se abandona literalmente dejándola atrás en el ciclo de la vida. Al caer en el sedentarismo la muerte irrumpe, “es la contradicción que pretendemos resolver los humanos de cualquier tribu con nuestros ritos. Por eso disponemos de los cuerpos de maneras más o menos teatrales, en ceremonias que, al fin y al cabo, sólo sirven para ayudarnos a deshacernos de ellos. Deshacernos para siempre y anunciar al mundo que el individuo desapareció pero el grupo permanece, tras restablecer el orden con la mayor velocidad posible. Se reparten las herencias, se dispone el futuro de las tierras, de los objetos personales del muerto, que no sirven, en contra de las apariencias, para recordarnos que murió, sino que nosotros seguimos vivos.”
Un inmigrante no es lo mismo que un nómada, pero se desplaza abandonando el lugar donde inició su ciclo de vida y de muerte, deserta de una sociedad para insertarse en otra con nuevas reglas, y deja crecer raíces y frutos que son sus hijos. Raíces que le alejan de la tierra donde nació, como si fueran las ramas invertidas de su árbol genealógico, las raíces dispersas al aire de la leyenda del baobab. En su caso, la muerte de los ascendentes que dejaron atrás no constata solamente la muerte del individuo, sino la de toda una sociedad que se agota, de la que se desintegran los eslabones que los mantenían unidos. Una sociedad, o lo que es lo mismo, un mundo, como el de los celtas cuando se vieron romanizados, o el de los mismos romanos cuando el Imperio se desmoronó en ruinas.
Cuando entendí esto comprendí sin juzgar las palabras del guía. La anciana basari era la mujer más vieja de su mundo, igual que mi abuela lo era del mío.


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Ramas y raíces - VIII

Ramas y raíces - VIII

Conocí a mi abuela Vicenta con la promesa de la muerte en la boca. Cada verano, cuando corríamos a saludarla, nos apretaba contra su cara rugosa para besuquearnos. Después sacaba de su delantal negro un par de monedas de 25 pesetas y nos las ponía en la mano, palma contra palma, mirada contra mirada, como para que fuéramos conscientes del valor del regalo. No las malgastes, parecía decir. Tenía más de 40 nietos, así que no podía prodigarse dando propinas, pero entre los primos nos reíamos de que para la abuela no subía el precio de la vida. Al despedirnos su augurio tampoco variaba: yo creo que este es el último verano que me veis con vida. Pero era una letanía, ninguno la hacía caso. Cuando cumplió 100 años vinieron de no sé qué programa de la provincia para felicitarla y hacerle una entrevista. Yo la conocí ya vieja y ajada, imposible descubrirle un asomo de coquetería debajo de tanta arruga y tanto delantal, vestida siempre de negro, pero la imagino con un punto de vanidad, como aquella anciana basari, el orgullo de los supervivientes.
Se esperó a que llegara el verano para irse. No quería molestar, solía decir, y hacer que sus hijos y nietos desperdigados por aquellos mundos de dios tuvieran que interrumpir sus vidas para venir al entierro. Además, aguantó en el lecho hasta que llegáramos todos, y uno tras otro pasáramos por su cuarto para despedirnos.
A su hija, mi abuela Justa, la conocí todavía despierta, una mujer de carácter y energía. Se le notaba la casta. Viuda a los 60 años había tirado adelante con sus 6 hijos, y desde la diáspora migratoria de la década de los 40 vivía sola en una casa grande que había albergado la algarabía de tanta muchachada y no pocos animales en el corral. Pero no se le caía la casa encima. Había cuidado a su madre y no se había quedado huérfana hasta cumplir los 80: le quedaba toda una vida por delante y muchos nietos con los que jugar. La abuela Justa también nos daba un aguinaldo cuando llegaban las fiestas. Incluso cuando empecé a faltar a mis citas con el pueblo y me marchaba de vacaciones a conocer horizontes y caras nuevas, en septiembre, al reencontrarme con mi hermano o con mis padres, siempre había un billete arrugado de indudable procedencia. Más que el dinero, a los nietos lo que nos gustaba era pasar por su casa a media tarde. Si hacía bueno y estaba sentada en el portal, te mandaba bajar de la bicicleta, entonces entraba a la cocina y salía con un trozo de pan y media tableta de chocolate, la merienda ideal.

Ramas y raíces - VII

Ramas y raíces - VII

Tengo una foto donde se abrazan cinco generaciones de mujeres de mi familia. Mi bisabuela Vicenta, mi abuela Justa, mi tía Mercedes, mi prima Mari, y mi prima segunda, Mercè. En la foto Mercè sale con un lacito en brazos de su madre, ahora ya ha acabado la carrera de derecho. Mi abuela Vicenta debía de tener por aquel entonces cerca de cien años. Digo cerca porque la fecha de la foto es imprecisa, casi tanto como la edad de mi bisabuela.
Hace 130 años, cuando nació ella, los pueblos de la comarca de Tiermes no debían de diferenciarse tanto de los del País Basari. Sin suministros de agua corriente ni luz, la única energía que movía el mundo era la de los sacrificados brazos en el campo y la del fuego en el hogar. El ritmo diario lo dictaban los astros a fuerza de amanecer y esconderse un día tras otro, arrastrando con su tesón el ciclo de las estaciones y de las cosechas. El cura del pueblo anotaría en su libro de registro el nombre y filiación de mi abuela Vicenta con la misma devoción que el griot local de los basari añadiría una muesca más en sus canciones, tesoro donde se guardan celosamente la memoria de todo un pueblo. Tiermes no fue ajeno al expolio que sufrieron iglesias y ayuntamientos de todo el país durante la maldita guerra, por lo que se han perdido entre otras cosas las partidas de nacimiento de generaciones enteras cortando de un dramático tajo el árbol genealógico de las venideras. Cuando pregunto a mis mayores sobre la ascendencia de mis abuelos la historia se acaba en Rebollosa de los Escuderos, entonces un pueblo lejano, hoy un despoblado en ruinas a tan solo 14 kilómetros de Montejo. Es como si al griot le hubiera sorprendido un Alzheimer prematuro antes de transmitir su legado.

Ramas y raíces - VI

Al llegar a la cima el paisaje volvía a ser frondoso, como en el Niokolo-Koba. Una vez en el llano el sendero rodeaba varias rocas desde donde se podía contemplar la tremenda explanada en la que se fundían las fronteras de Guinea, Mali y Senegal. Al poco de caminar aparecieron los primeros techos de cañas y empezamos a pasar entre cabañas con las puertas abiertas, es decir, con los umbrales sin puertas, la oscuridad como refugio del calor. Parecía que no hubiera nadie, hasta que por fin nos descubrieron los ojos de un niño que nos vino a dar la bienvenida cogiendo de la mano al primero de los blancos de la fila. Después aparecieron más y nos dirigimos a un espacio indeterminado que pretendía ser una plaza, al menos en cuanto a función, porque allí nos detuvimos y charlamos con la intervención del guía. Hablamos de todo y de nada. ¿Qué podíamos decir, nosotros turistas que llegamos allá con los ojos abiertos? ¿Qué podíamos hacer más que contemplar, respirar por unos instantes un ambiente ajeno, remoto, dos mundos que se tocan por un instante? En nuestro atónito estupor el guía aprovechó para presentarnos a la mujer más vieja del mundo, una anciana basari que decía tener 127 años. La saludamos, le dimos la mano, compramos collares a una de sus nietas y alguien le sugirió al guía que su afirmación es un tanto exagerada. El guía se enfadó. Ya le habíamos visto antes así, en ataques infantiles de rabia. Relatándonos un pasaje de la guerra de independencia contra los franceses nos había explicado que las fuerzas de ocupación decidieron calmar los ánimos llevándose de Senegal a un marabú, uno de los líderes espiritual y revolucionario más importantes del país. Una vez en el barco de su exilio pidió su alfombra para rezar hacia la Meca. Los franceses se la dieron, pero le dijeron que no podía rezar en el barco porque era suelo francés, cristiano por tanto. Entonces saltó al agua y pronunció sus oraciones sobre la superficie de las olas. Al finalizar y subir a bordo expulsó la alfombra y ante los ojos desorbitados de los soldados cayeron granos de arena del desierto. Al acabar, el guía nos explicó que eso no era una leyenda, era Historia.

No me habría extrañado tanto si lo mismo me lo hubiera explicado Mamur, el conductor, o Samba, su ayudante. Según ellos habían cazado serpientes de enormes dimensiones con una sencilla y ancestral técnica: sólo había que encontrar su guarida y colocar una hoja afilada de cuchillo. Cuando la serpiente saliera se cortaría en dos hasta llegar al final de su larga cola, porque las serpientes, todo el mundo lo sabe, no pueden reptar hacia atrás. El razonamiento era aplastante, y ellos sonreían al ver a los tontos europeos sin saber qué cara poner. El caso del guía era distinto. Vivía desde hacía 20 años en España casado con una catalana. Montaba estos viajes para ganarse la vida. ¿La mujer más vieja del mundo en un país cuya esperanza de vida es de 56 años? Si era una forma de alabar la vida tradicional de su país frente a la acelerada vida occidental había formas mucho más eficientes de conseguirlo. El silencio, por ejemplo, ya nos había conquistado.

Ramas y raíces - V

Uno de los atractivos de visitar el País Basari era ver con nuestros propios ojos el árbol más grande de todo el país. Pese a lo esperado no era un Baobab, ni un mango, sino una seiva, otro portento de la naturaleza que alcanza alturas y posee una constitución sorprendentes. Los superlativos siempre me han hecho desconfiar. El rascacielos más alto, el hombre más rápido, el dictador más cruel... Que alguien en algún lugar, en algún momento, haya corrido más rápido no quita mérito al que llegó segundo, igual que no resta desprecio el dictador más cruel al que lo fue un poco menos. En las cercanías de Valderromán hay unas encinas que llaman milenarias. La última vez que leí sobre ellas databan su edad en ocho siglos. Y son tan gruesas, había oído decir, que ni siquiera diez jóvenes cogidos de las manos logran abarcar la más gruesa de ellas. La seiva que el guía nos llevó a ver era impresionante, tanto como el resto de seivas que habitaban aquel lugar antiguo, apartado incluso de los nuevos tiempos que empiezan a llegar como el viento a Senegal.
El País Basari se encuentra en la cima de la única montaña del país: 400 metros de altitud. Sólo se puede llegar a pie, así que emprendimos la marcha con la serenidad que da haber subido caminos más empinados. Los Basari son lo más parecido a lo que debió de ser una tribu africana en tiempos antiguos. En Senegal conviven varias etnias que también pueblan Mali, Gambia y Guinea. La wikipedia cuantifica la diversidad étnica en wolofs 43%, peuls 24%, sérères 15%, diolas 4%, malinkés 3%, soninkés 1% y “alguna etnias menos numerosas y más locales” entre las que encontraríamos a los basari. Todos, por lo general, han ido acondicionando sus vidas a los nuevos tiempos. Dakar recibe una inmigración difícil de soportar en un país que sufre la despoblación de sus campos -¿les suena de algo?- pero Dakar no es Itaca y las sirenas cantan desde el mar, por eso los cayucos parten de esas playas en un viaje imposible. Los basari, sin embargo, parecen estar al margen. Son pocos, y ocupan un lugar suficientemente remoto como para que no les molesten ni llegue hasta ellos los ecos de unas ilusiones que no son las suyas.

Ramas y raíces - IV

Ramas y raíces - IV

El Baobab es un árbol impresionante en todos los sentidos. De sólo contemplarlo uno se siente minúsculo ante semejante portento de la naturaleza. Pero asombra todavía más que un titán de tales medidas sea capaz de sobrevivir en un lugar donde el agua no es precisamente abundante. Por último, los senegaleses veneran sus frutos porque están llenos de propiedades. No es de extrañar que el Baobab, el rey de la selva vegetal, creciera arrogante y desafiara a los mismos dioses. Para bajarle los humos los dioses lo arrancaron de cuajo y lo lanzaron al aire, es por eso que al caer enterraron su copa en la tierra, y sus ramas tienen ese aspecto de raíces al viento.

Todo tiene su lugar en el cosmos, y nadie puede alterar el orden sin despertar la cólera de los dioses. Los mangos, por ejemplo, son otro de los árboles nacionales. Pero los mangos son mucho más cercanos a los hombres. No hay bosques de mangos, pero en cambio, cada poblado tiene un mango debajo del cual los ancianos se reúnen a debatir sobre el tiempo, los matrimonios, la vida y la muerte. No somos tan distintos unos de otros. El viejo olmo del portalejillo tenía las mimas funciones. A la salida de misa los hombres se reunían alrededor y comentaban el sermón del señor cura. Si no había misa éramos nosotros, los chavales, los que nos reuníamos a su alrededor para contarnos historias que sólo podíamos explicar en ausencia de los mayores. Otro arbusto fundamental era la parra. Había una en casa de Julián, pegada a la plaza. Allí se sentaban las abuelas para descansar y darle a la sin hueso cuando iban a buscar agua a la fuente. Allí esperábamos nuestro turno para jugar al frontón cuando apretaba el sol y no se podía aguantar en las escaleras de la iglesia.

Ramas y raíces - III

Ramas y raíces - III

El tercer día, al amanecer, la conciencia todavía se resistía a despejarse y casi todos dormitábamos acunados por el traqueteo insufrible de nuestro vehículo. Del otro lado del cristal las formas empezaban a definirse antes incluso de que el sol saliera de su escondite. Habíamos dejado la selva y volvíamos a internarnos en la sabana, pero unos dedos crispados arañaban la luminosidad en aquel paraje sin accidentes geográficos de ningún tipo. ¿Qué son? Le pregunté al guía. Baobabs, me respondió. Yo ya sabía que existían, incluso que crecían en Senegal, pero nunca había visto uno, sólo sabía de ellos por los documentales de la 2 y por el Principito, por los problemas que tenía para evitar que sus potentes raíces se aferraran en el interior de su pequeño planeta y lo reventasen como a una pelota de barro. Y ahí estaban. Cientos de Baobabs, gigantes como los ents que había creado Tolkien, esparcidos en la sabana con sus extrañas ramas retorciéndose hacia el día que no acababa de nacer.

Ramas y raíces - II

En el segundo día, cuando atravesamos el parque natural de Niokolo-Koba, el paisaje de polvareda se fue poblando de vegetación y de fauna. Siempre me han hecho gracia esas señales de tráfico que te avisan de la posibilidad de que te salte un ciervo, o de que cruce la calzada una oronda vaca. En Tiermes lo más sencillo es que se te cruce un jabalí y te destroce el coche con el impacto, y nunca vi ese animal dibujado sobre el triángulo rojo y blanco que pide la atención del conductor. En Niokolo-Koba no hay vacas, ni ciervos. Ni tampoco leones o elefantes por mucho que el ayudante del conductor, Samba, nos asegurara que sí, que cientos de ellos. Senegal acabó con sus fieras en los primeros años de explotación turística. Ahora unas pocas se pudren en el zoo de Dakar, y otras pocas tal vez pululen por los dos o tres parques nacionales, fantasmas protegidos a la espera de su propia muerte. En el parque de Niokolo-Koba hay aves, millones de ellas, hipopótamos y cocodrilos en el río Gambia que lo riega, varios tipos de gacelas, facuqueros, que es una especie de cerdo salvaje, y babuinos, esos monos pendencieros que deberían salir en las señales de las carreteras del parque si existieran tales señales. En el parque no hay poblados, y los babuinos substituyen a las personas ocupando los márgenes de la carretera con la misma curiosidad que los niños hacia los vehículos que pasan sin detenerse. Familias enteras de monos quitándose las chinches, mordisqueando frutas o dejándose atropellar en un descuido por un conductor que no puede evitarlo. Cuerpos tendidos y reventados como los de los gatos y perros de nuestras autopistas.

Raíces y ramas - I

Para llegar hasta el País Basari hay que recorrer 600 kilómetros desde Dakar. Aunque Senegal es uno de esos lugares en el mundo donde conviene medir las distancias con horas mejor que con los kilómetros debido a la precariedad de sus carreteras. Mamur, el conductor, conducía ajeno a las normas de circulación que obligan a transitar por la derecha. Eran los baches, y no las normas, los que definían el lugar de la calzada que ocupaba la furgoneta mientras devoraba kilómetros y polvo a partes iguales. A veces nos cruzábamos con otro vehículo y parecía que ambos conductores estuvieran retándose por ver quién era más temerario y se apartaba en el último instante. Al final, Mamur daba un golpe de volante y el sonido de la bocina del otro camión era lo único que nos alcanzaba en aquella carrera de obstáculos. A los lados de la carretera aparecían pequeñas poblaciones, cabañas construidas con bases de hormigón, pero ribeteadas con techos de caña. Fuera, las mujeres negras con sus coloridos vestidos trajeteaban cargadas de cestas y manojos de hierbas, y los niños correteaban mirando con sus ojos grandes la furgoneta que no se detenía ante los vendedores de mangos. Casuchas diseminadas en un horizonte partido por la carretera, la sabana africana como escenario sin otro telón de fondo que la calina bajo el sol infinito.

La lista roja

La lista roja

De la parte de Berlanga siempre llegan buenos aires, el último soplo nos traía la noticia de una asociación, Hispania Nostra, que ha elaborado una lista del patrimonio español en abandono con serios riesgos de perecer en el olvido. La Lista Roja, la llaman, por su carácter de urgencia, imagino, o por lo colorada que se les tendría que poner la cara a los responsables de semejante estropicio.

A las piedras del castillo de Berlanga le dedicó su entrada nuestro paisano de Berlanga, pero Castilla tiene el palmarés de autonomía con más muescas en esta lista: 77 nominaciones a desastre de abandono. Por su parte, Soria ostenta la nada detestable cifra de 8.

El castillo de Caracena es una de esas joyas herrumbradas. Caracena en sí es un pueblo con un maravilloso patrimonio histórico y humano, tal y como ha constatado Juan Carlos en sus últimos viajes. El de castillo es un brillo menor frente a sus iglesias, el puente romano o el rollo, pero la belleza de su planta en medio del páramo es sobrecogedora. Para mí, que lo descubrí por la banda de Valderromán, donde el camino obliga a desmontar del caballo (perdón, del coche) y acercarse a pie, fue como vivir un espejismo transportándome a las retinas del de Vivar camino del exilio. Os dejo con la ficha, y con el deseo de que las instituciones se pongan a la faena.

"Historia/Descripción: Castillo de origen árabe del siglo X–XI, reformado en el XV-XVI. El castillo está en un lugar bellísimo y tiene gran interés tanto por su estructura como su aceptable conservación de ciertas partes. En el siglo XV fue tomado y confiscado por Don Pedro de Acuña y el señor de Caracena, Francisco de Tovar, que acordaron su demolición. En 1491 el obispo Alfonso Carrillo de Acuña adquierió el señorío de Caracena y es probable que entre 1491 y 1496 el castillo fuera reedificado en su configuración actual. Construido en mampostería, se aprecian claramente los restos de la construcción original, una muralla que recorre el alto entre los barrancos y que sirve a su vez de base para la posterior torre del homenaje y el muro norte del recinto interior, ambos del siglo XV. Cuenta con un doble recinto con foso artificial y un acceso en zigzag muy protegido. El recinto interior es de planta rectangular con la torre del Homenaje en la esquina sureste. El exterior sigue el contorno del interior, con diez cubos huecos con aditamentos artilleros. Es posible aún apreciar los restos de salas abovedadas, aljibes y garitones volados. El paso de una via rural entre Valderromán y Caracena por encima de parte de la muralla, el acceso al recinto de animales, el uso de recinto como corral, el robo de sillares y piedras por desaprensivos y ciertos arbustos y árboles que estan creciendo en muros y paredes, están acelerando el deterioro. La torre del Homenaje tiene grandes grietas y se ha desprendido parte del lienzo interior de muralla en otros lugares (tras el que aparece el posible lienzo de muros árabes del siglo XI)."

Época: Siglos X al XVI
Propiedad: Privada
Grado de protección: BIC
Estado: Abandonado desde el siglo XVII posiblemente.
Carácter del riesgo: Deterioro progresivo por el mal uso y el abandono. Riesgo de derrumbe de la Torre del Homenaje y lienzos de muralla. Necesita intervención urgente.
Localización geográfica: Caracena

Misere mei - y VIII

Misere mei -  y VIII

Pero aún quedaba todavía algo por hacer. Cada uno volvió a su casa y nos citamos a la semana siguiente. Núria quería recoger un ritual celta. Después he leído que ese mismo ritual se hace en diferentes culturas del mundo, y no me parece extraño: como el parto natural, parece de sentido común. La antropóloga de la novela "Mentira" lo explica de la siguiente forma: “Cuando nace un niño en un poblado de Melpa, se planta un árbol. En el mismo hoyo cavado para hundir sus raíces, se entierran también la placenta y el cordón umbilical. Se bautiza el árbol con el mismo nombre que la criatura. Mientras el bebé está en edad de lactancia, se usan sus heces para abonar el árbol. […] Se supone que el niño vivirá mientras sobreviva el árbol y que éste tiene la capacidad de reflejar los estados de aquél: se secarán sus hojas cuando esté triste el hombre, resplandecerá cuando se enamore, brillarán sus frutos cuando se reproduzca, tal vez se humille la copa si el niño enferma.”

De nuevo la veintena de amigos nos reunimos en su casa. El lugar elegido era el macizo del Montnegre. Llegamos con los coches hasta cerca de un dolmen. Era domingo, así que había familias con sus niños. Nuestro grupo era el más estrafalario sin duda. Si no fuera por la diversidad de vestimentas y colores podríamos parecer un grupo de hare-krisnas: tambores, guitarras, cantos y malabares, el circo había llegado al Montnegre. Nos dividimos por grupos. Había que encontrar un claro en el bosque lo suficientemente escondido como para que el árbol que creciera no fuera elegido por un grupo de domingueros para utilizarlo de leña para su paella. Estuvimos un buen rato hasta que Núria eligió entre los diferentes claros que habíamos encontrado. Nos costó encontrar acomodo para tantos, pero al final, sentados en el suelo, como en una reunión de elfos ocultos entre las ramas, todos encontramos un sitio. Núria quería que su hija fuera noble y fuerte como un roble, y después de cavar el hoyo depositamos la placenta y el cordón umbilical, un poco de tierra, y encima las semillas. Continuamos un buen rato, cantando y brindando por Duna. Antes de que atardeciera nos fuimos todos y dejamos a la madre y a la niña a solas con su árbol.

De esto hace ahora 7 años. Hay un árbol más en el monte, y una niña preciosa en nuestras vidas. Núria se cansó de darnos las gracias por haberla apoyado en aquellos momentos, pero era ella la que merecía nuestro agradecimiento por haber compartido con nosotros aquella vivencia. La luz de aquella aurora no ha dejado de iluminarnos por dentro.

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Misere mei - VII

Misere mei - VII

Isabel, la comadrona de Nuria, no se limitaba sólo a los aspectos técnicos y los factores de riesgo mediante el parto hospitalizado, también hablaba del apoyo emocional, del sentimiento de guarida, del derecho a decidir, tanto la postura, como las personas que habían de estar alrededor, por no hablar del legado ancestral, de toda la ciencia natural y el sentido común que se había defenestrado con la imposición de la cultura tecnócrata.
Era en el apoyo emocional donde nos encontrábamos nosotros, una veintena de amigos un tanto atolondrados y confusos, absorbiendo a marchas forzadas una información nueva y comprometida, porque la barriga de Núria crecía, y el día en que Duna decidiera salir, todos tendríamos un cometido.
La barriga crecía tanto que Albert, el futuro tío, vio un día ese vientre hinchado y le dijo a su hermana: parece una duna. Lo bueno es que Núria ya había decidido llamarla así, y nadie lo sabía todavía. Hubo reuniones periódicas. Hicimos una lista de teléfonos y cada uno sabía perfectamente a quién tenía que llamar y qué hacer si no encontraba al siguiente de la lista. Núria vivía en Sant Celoni, así que desde la primera llamada tardaríamos aún una hora en llegar desde Barcelona, teniendo en cuenta, además, que el trabajo no lo impidiera. Pero Duna sabía que su nacimiento era una celebración, así que llamó a la puerta durante un fin de semana. Uno a uno, cada cual por sus propios medios, nos personamos en la casa. Isabel llevaba viviendo con ella desde hacía ya unos días. Todo estaba preparado: una piscina hinchable en medio del comedor, la chimenea encendida, toallas limpias, agua en el fuego… No recuerdo cuántas horas estuvimos. Fueron muchas, pero no recuerdo que se nos hicieran largas. Había niños, así que también había que estar pendientes de ellos, de hecho, en el reparto de responsabilidades a mí me tocó cuidar de la guardería. A última hora Núria, que había pensado parir en la piscina, subió las escaleras y se cobijó en su habitación, como una loba que busca protección. Mi tarea fue sencilla, los chavales estuvieron encantados con el cambio de última hora y se metieron ellos en el agua. En el momento de la verdad me dio tiempo de subir corriendo las escaleras y ver a Duna saludando al mundo. Ni un llanto, todo paz y un escalofrío que nos recorrió la espalda como si la aurora boreal se hubiera iluminado dentro nuestro.

Recuerdo que en la casa no se podía fumar, y nadie había traído cava para celebrarlo, pero salimos al patio y alguien lió un cigarro de marihuana que descorchamos entre todos para celebrar la llegada de Duna. Los hombres nos miramos felices pero con un punto de desilusión: qué envidia ser mujer, nos íbamos diciendo.

Miserere - VI

Miserere - VI

Irene también pasó el cólico miserere a los 13 años. Para la asistencia médica de la Barcelona pre-olímpica esa enfermedad no debería resultar un problema, pero los médicos tardaron en reconocer el origen del dolor, por lo que las pasó canutas. Le explico el hilo por el que voy tejiendo, desde la leyenda de Bécquer, pasando por las manzanas de mi padre, hasta los partos naturales, y me habla de Michel Odent, un convencido de los partos naturales que tiene un discurso estremecedor. En su centro de salud investigan la relación entre el “período primal” (vida fetal, nacimiento y primer año de vida) y la salud y conducta del individuo durante el resto de la vida. Su base de datos recoge estudios como los de Lee Salk quien investigó “el entorno de 52 adolescentes víctimas de suicidio antes de los 20 años. [... ] Encontraron que uno de los principales factores de riesgo para cometer un suicidio en la adolescencia era la reanimación durante el nacimiento. Bertil Jacobson, de Suecia, estudió, en particular, cómo la gente cometía el suicidio […]. Concluyó que el suicidio por asfixia estaba íntimamente relacionado con asfixia durante el nacimiento, y que los suicidios violentos en los que se utilizaba algún tipo de instrumento se asociaban con el trauma del nacimiento instrumental […]. Jacobson también estudió la adicción a las drogas […]. La conclusión a la que llegaron fue que si a la madre le habían suministrado algún tipo de analgésico durante el trabajo del parto, estadísticamente su hijo tenía mayor riesgo de convertirse en drogadicto en la adolescencia.” Nikolaas Tinbergen (Nobel en 1973) estudió los factores que podían predisponer durante el período perinatal a la futura formación de una personalidad autista: utilización de fórceps durante el parto, nacimiento bajo anestesia, reanimación e inducción del parto y “Hattori evaluó los riesgos de desarrollar autismo según el lugar de nacimiento. Llegó a la conclusión de que los niños nacidos en cierto hospital presentaban más riesgo de ser autistas. En este hospital en particular, la rutina llevaba a inducir el parto una semana antes de la fecha probable de parto, utilizando distintos tipos de sedantes, anestesia y analgésicos.” (La vida fetal, el nacimiento y el futuro de la humanidad, textos escogidos de Michel Odent. Ed. Ob Stare, 2007) .
En fin, que si alguno de nuestros mayores vuelve a hacer el comentario aquel de ‘en mis tiempos esto no pasaba’, o ‘cómo está la juventud’ igual hasta le doy la razón.

Misere mei - V

Misere mei - V

La historia de Isabel es la historia de Núria, y la historia de Duna, así que vayamos por partes. Isabel es comadrona, una mujer determinada a dar a conocer a las futuras madres la posibilidad de dar a luz en casa, o al menos en un lugar algo más natural que la fría sala de un hospital. Las razones no son estéticas, o románticas, sino de sentido común. Así se te quedaba el cerebro después de oírla hablar. La oí porque Núria me invitó a escucharla.
- He decidido que quiero parir en casa, Óscar, y quiero que conmigo esté mi familia, que son mis amigos. Si aceptas venir tienes que conocer antes a Isabel, es ella la que va a llevar mi parto.
Ante una cosa así uno traga saliva, pero fui, claro: al menos escucha lo que te van a decir, que las palabras son palomas, ya lo dice mi madre, y uno no sabe el mensaje que te van a traer.
La principal queja que tenía Isabel sobre el sistema sanitario residía en el protocolo que se le aplicaba a un parto. La sanidad ha evolucionado tanto en su vertiente técnica como en el de la burocracia, pero ha descuidado la faceta humana. La madre es tratada en los hospitales como una paciente, desplazando el centro gravitacional de este acontecimiento al médico que es quien toma las decisiones. Desde el momento en que la mujer rompe aguas y aparece por la puerta del hospital es tratada como una paciente, encamada y monotorizada. Lo de la posición en la cama (litotomía) es doblemente contraproducente. Para empezar se retrasa la evolución de las contracciones y por tanto se frena el proceso de dilatación. Las hormonas que facilitan este proceso se quedan atrofiadas, esperando una señal que no llega. Lo más lógico sería que la madre diera paseos para favorecer ese proceso y, llegado el momento, continuara de pie, en cuclillas, para ayudar con algo tan básico como la gravedad, a que el niño salga del útero hacia el mundo de fuera. La posición encamada favorece solamente al médico que podrá contemplar los esfuerzos del niño y la madre sin coger una mala postura. En cuanto al proceso hormonal que se ha frenado en su momento, es puesto en marcha de nuevo cuando el servicio médico decide que ha llegado el momento, es decir, no cuando la madre ha dilatado, sino cuando ha convenido según la programación general, los cambios de guardia y demás circunstancias totalmente ajenas al proceso natural. Para colmo, la hormona que se había inhibido es inyectada ahora por vía venosa.
Por otro lado está la episiotomía (incisión para ampliar la apertura vaginal) o directamente las cesáreas, que son una práctica demasiado común en nuestros hospitales, tanto que es frecuente nombrar un parto vaginal en el hospital como si fuera “natura”l. Por no hablar de los enemas preparto, cuya aplicación ni siquiera está indicada por la OMS. “Pero parto natural no es simplemente un parto "sin", sino aquel que se produce gracias a la maravilla de la fisiología, y en el que los procedimientos obstétricos se aplican únicamente en caso de necesidad. Es lo opuesto al parto medicalizado, atendido por la obstetricia convencional, en el cual la tecnología sustituye la fisiología de la mujer, desvirtuando la experiencia del nacimiento, y generando riesgos innecesarios para la madre y el bebé.”
Isabel F. del Castillo

Misere mei - IV

Misere mei - IV

Lo cierto es que Montejo de Tiermes, a mediados de los años 50, no difería tanto como cabe suponer de los medios rurales de la Edad Media. Por fortuna ya habían llegado las carreteras, aunque más mal que bien, y con ellas algún vehículo, así que pudieron evacuar a mi padre hasta la clínica que había por aquel entonces en Burgo de Osma, a unos 40 kilómetros, y operarle de urgencia.
Años antes había sido la abuela la que había tenido que ser evacuada. Contaba con más de 40 años cuando tuvo al más joven de sus hijos, mi tío Ángel. Ya llevaba sacados por sus caderas 5 criaturas, así que experiencia tenía para saber que aquél parto no era como los otros. Sacadme de aquí, que no lo cuento, dicen que decía la pobre. Y la sacaron por la misma carretera y con las mismas prisas que llevaron a mi padre, años después, para extraerle aquel apéndice alérgico a las manzanas.
Los otros 5 los había tenido en casa, como todo el mundo antes de que el mundo fuera otro. En el pueblo, dicen mis padres, siempre había habido médico, pero la que asistía a los partos era la Juanita. ¿Y qué será de la Jesusa? Dice mi madre. Pero nadie lo sabe. Ayudó a nacer a tantos niños que ella no ha dejado descendencia. Se fue, pero el dónde y el cuándo es borroso como la leyenda del Miserere, lo que es seguro es que ella estaba en todos los partos. ¿Era la comadrona? Pregunto ¿la mujer que sabía de potingues, la que sabía en qué luna había que plantar las semillas, y conocía el pronóstico del tiempo según el vuelo de los pájaros…? Mi madre me responde que nada de eso, que la Jesusa era la que había asistido a más partos, y por tanto era la que más sabía, y por eso la llamaban, o venía ella, que en el pueblo uno no sabe si escucha o le dicen, que las palabras vuelan más que las palomas mensajeras. Claro, respondo, un poco frustrado por no encontrar el hilo de una historia que me lleve a la rebotica de una bruja como las de Barahona, o como Isabel.

Misere mei - III

Misere mei - III

Apendicitis es la inflamación de la última parte del intestino ciego. Hoy en día es de fácil tratamiento, una simple operación resuelve el caso, pero si no se coge a tiempo la inflamación puede romper la pared del intestino. Llegados a ese extremo, las heces salen de los conductos herméticos donde aguardan para ser evacuados y entran en contacto con la sangre y con el resto de mucosas de nuestro organismo. El desenlace, además de fatal, es muy doloroso y terrible para el enfermo.

Pero ¿por qué cólico miserere? Aquí mi padre ya no me podía ayudar a seguir las pistas de las palabras, había topado con un callejón sin salida: siempre se había llamado así, me decía. Así que pedí el comodín del público, me fui al oráculo de internet y tiré los dados: voy a tener suerte, me dije, y vaya si la tuve. Topé con un artículo de la Revista española de enfermedades digestivas: El cólico miserere (Miserere mei): aportaciones sobre su etimología y características clínicas e hipótesis sobre su aportación en la literatura médica de los siglos XVII-XVIII. En el clavo. El autor, Benigno Acea Nebril, busca el rastro de esta terminología en la literatura médica de los siglos reseñados a partir de los fondos históricos de la Biblioteca de Santa Cruz (Universidad de Valladolid).

Nos cuenta Acea que la oclusión intestinal, conocida como cólico miserere, fue una enfermedad enigmática durante buena parte de la historia de la medicina, y a menudo se la confundía con la apendicitis aguda, ya que hasta los siglos XVII y XVIII no se sistematizó el uso de la autopsia como base del conocimiento médico para esclarecer los motivos de la muerte. La misma terminología para ambas enfermedades venía dada por sus similares síntomas: “vómitos fecaloideos, dolor agudo intenso, y muerte. Estas características, junto al rápido e inevitable fallecimiento del sujeto, debió desencadenar una rápida relación entre la enfermedad, la muerte y los actos religiosos vinculados al sepelio, entre los cuales se encuentra el Miserere, un salmo típico de la misa de difuntos. […] El Miserere conllevaba una súplica o plegaria para la curación del enfermo (miserere, en latín: apiádate).” Y no era de extrañar que se encomendasen al Altísimo visto el cuadro clínico que describe Fray Gil de Villalón en el año 1731: “Este dolor es el más violento y peligroso que puede sobrevenir al género humano, al qual llaman los señores Médicos, hilliaco, y bulgarmente Miserere mei, porque se cierra el conducto por donde han de pasar los escrementos por la parte inferior, con que assi el alimento, como los escrementos, se arrojan por la boca, que es la mayor fatalidad que puede suceder a la naturaleza humana. […] quando el mal está muy abanzado, tienen un hedor que aunque le llaman de escrementos, más parece el de un cadáver corrompido…”. Antes de que en el siglo XVIII y principios del XIX se introdujera, poco a poco, un tratamiento quirúrgico, la única medida ejercida sobre los pobres enfermos era la ingesta de metales. Dice Tissot en 1774 que “creyendo el pueblo que en esta enfermedad están anudados los intestinos, hacen tragar balas á los enfermos, ó cantidades grandes de mercurio… La costumbre de hacer tragar balas siempre es perniciosa, y también lo es por lo común el dar el mercurio; pues estos dos remedios pueden agravar la enfermedad, y servir de obstáculo para la curación…”

Misere mei II

Misere mei II

Mi abuela Justa padecía anosmia, es decir, no tenía olfato, ni mucho ni poco, simplemente no tenía, como los sordos no tienen oído ni los ciegos vista. Su nariz funcionaba perfectamente para respirar, pero su sensibilidad olfativa era nula. En cambio, su hijo Antonino, es decir, mi padre, no había heredado su carencia, sino todo lo contrario: había desarrollado un magnífico olfato que le proporcionaba más de un beneficio. Montejo no es tierra fértil. Su río, ahora seco, se encuentra lejos, de eso dan fe las mujeres que bajaban por las peñas para lavar la ropa en el río una vez que el lavadero se hundió y nadie fue capaz de levantarlo. El caso es que al no tener agua en abundancia, tampoco hay árboles frutales. La fruta llegaba en carromatos, y de vez en cuando la abuela compraba kilos de manzanas que subían a la cámara los hermanos mayores de mi padre, ya que él era un goloso y mejor tenérselas escondidas. Pero mi padre olía las manzanas nada más llegar a la casa. Su rastro dejaba un aroma dulzón en el portal que subía por las escaleras hasta la planta de arriba. La cámara de la casa de mi abuela Justa es un desván enorme. Aún ahora está llena de cachivaches de todo tipo. Es la parte de la casa que mejor guarda el recuerdo de lo que fue la vida en sus inicios. Se conservan allí los aparejos de labranza, viejos braseros, queseras, candiles, ollas de barro, vasijas, arcas, baúles, mantas y polvo, mucho polvo, como en el ajuar funerario de una tumba egipcia. Mi padre, hecho un renacuajo, se movía con la nariz por delante buscando el nacimiento de ese olor inusual en sus pupilas olfativas, hallado el saco, lo abría bajo el techo inclinado y se sentaba a contemplar los rayos de luz filtrados entre las tejas, el polvo agitado bailando con el sol, sus mandíbulas disfrutando del pecado original cuando todavía era todo inocencia. No se puede decir, a ciencia cierta, que lo que le pasó después de una de estas emboscadas fuera un castigo divino, pero mi abuela no tenía la menor duda. Una mañana después de haberse escabullido a escondidas en la cámara, bajó las escaleras con un trocito de manzana en los labios y un retorcimiento del estómago.
- Un empacho. Te está bien empleado, por glotón y ladronzuelo.
- No madre, no es un dolor de estómago, es como si me reventase por dentro.
Se estuvo hasta medio día con ésas, y el mal no remitía ni a fuerza de manzanillas ni doblándose en la cama.
- Ay dios, que va a ser el cólico miserere, acabó sentenciando la abuela.
- ¿El cólico qué? Interrumpí yo a mi padre cuando me explicaba la historia.
- El cólico miserere, el apendicitis, vamos.

foto: José G. Obrero

Misere mei

Misere mei

La partitura del Miserere de Bécquer llega al narrador de la leyenda a través de un viejo legajo que encuentra en la biblioteca de un convento, aunque la historia le llega por boca de uno de los frailes, que a su vez la escuchó de un músico que creía haber escuchado todos los misereres del mundo hasta que encontró a unos pastores que le hablaron del Miserere de la montaña. Picado por la curiosidad decide acudir a las ruinas del convento pese a las advertencias de los pastores. El Miserere de la montaña es un canto sepulcral, el que entonaban los hermanos en el momento en que unos bandoleros sin escrúpulos entraron a degüello en el convento para saquearlo, incendiarlo y matarlos a todos. Sus almas, truncadas en el momento en que se dirigían a Dios, continúan su canto de dolor para maravilla y escalofrío de los vivos que se pierdan por esos montes en la noche equivocada.

Las buenas leyendas borran sus huellas, su vida depende de ello, y frecuentemente intentar seguirlas es tarea estéril. Los misterios, divinos o no, son autos de fe. En cambio las palabras también tienen sus huellas, más o menos borradas, más o menos fáciles de remontar, que a veces esconden una historia...

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El zapato de cenicienta (y III)

El zapato de cenicienta (y III)

El abuelo las protegía con el mismo celo, pero sin triquiñuelas de ninguna clase. Santiago lo sabía bien: con el abuelo no valían juegos. Santiago era hijo del tío Herrero, y trabajaba en la fragua, pero como en el pueblo faltaba el dinero y sobraban las labores, pasaba temporadas haciendo de mozo ayudando a mi abuelo a labrar el campo. Santiago pretendía a Victorina, la mayor de las tres hermanas, pero se guardaba de ser indiscreto y cuando comía en casa apenas la miraba. En las fiestas todo era distinto, los mozos sacaban a bailar a las mozas, eso estaba claro como el agua, aunque los mayores se lo miraran todo desde la cuesta para ver donde ponían las manos los muchachos, y comprobar que la joven guardaba las suficientes distancias. En una de estas veladas a Victorina le empezaron a doler los pies y decidió ir a casa a cambiarse de zapatos. Los abuelos no estaban a la vista, Santiago les daría confianza porque habían descuidado la vigilancia, así que se fueron para casa pensando que allá se los encontrarían. Sin embargo, al llegar todo estaba a oscuras. Victorina pasó y subió a su cuarto, Santiago había entrado tantas veces en esa casa que no se le ocurrió quedarse en la calle, así que entró al portal. Mientras esperaba descuidado se abrió la puerta y entraron precipitadamente mi abuelo y detrás la abuela. Las palabras las esgrimió ella.
- ¿Y qué haces tú aquí?
- Esperando a Victorina.
- ¿Con la luz a oscuras?
- Era sólo un momento.
- Pues para tan poco rato bien podías haberla esperado fuera.
- Disculpe, señora Amancia…

Pero Santiago apenas tenía oídos para escucharla, sólo ojos, y clavados al suelo, porque el abuelo se lo miraba con la boina calada, las cejas prietas y los ojos pequeños y encendidos. ¡Menudos humos tenía tu abuelo! rezuma Santiago cuando me explica la anécdota.
Conocí poco al abuelo. Se fue cuando yo era un niño, pero recuerdo que era chiquero, la seriedad se le debió reblandecer con los años. Jugábamos a los soldaditos en el portal de casa, sobre una mesa de madera que había labrado hacía muchos años. La abuela le sobrevivió todavía un buen tiempo, velando siempre por las buenas costumbres de sus tres hijas. Un día, en un baúl de la cámara me encontré las libretas que repartía la Sección Femenina, aunque podría decirse el modelo de educación que se practicaba por aquel entonces correspondía más a los tiempos de la República, al menos a los que retrató Lorca en la casa de Bernarda Alba.

Las 3 hermanas (II)

Las 3 hermanas (II)

Dicen que mi abuelo Higinio era callado y seriote, pero que con una mirada se hacía entender sin necesidad de palabras, sobre todo en lo que se refería a poner firmes a sus tres hijas. Amancia, la abuela, era la que tomaba la palabra, y cuidaba de las tres como si de tres joyas se tratara. Y por ese mismo amor tenía miedo de perderlas, o de que se perdieran, que no es lo mismo, pero es igual. Cuando llegaban las fiestas del pueblo le daba por limpiar la casa a fondo, y ya ves a las tres niñas con los cubos de agua y los estropajos arrodilladas por el suelo de la planta baja, del primer piso… y cuando creían que ya acababan, la abuela se acordaba de la cámara, de los cristales de las ventanas de la cámara.
- Pero madre, si esos cristales no los ve nadie más que los ratones.
- Dios lo ve todo. Arreando para arriba.
Después de pasar todas las pruebas, como si de un cuento se tratase, las niñas podían salir al baile, y esa música era un gusto para los oídos y los pies, que por fin se meneaban después de haber estado encogidos mientras fregaban el suelo. Y si dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno, aquellas fanfarrias debían de resultarles buenísimas, porque llegada la hora de la cena mi abuela las engatusaba diciendo que, pobrecitas, debían de andar rendidas después de tanto trabajo, que se acostaran, que en cuanto llegara la segunda parte del baile, ella subía a despertarlas para que siguieran el baile en la velada. Y las avisaba, sí, pero a la mañana siguiente.
Así un año tras otro, hasta que las niñas, que ya no eran tales, aprendieron a no quejarse: “¿Acostarnos?”, decía una. “¿Cansadas?”, añadía la otra. “Descuide madre, que nos ha criado fuertes”, acababa la tercera.

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