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La energía del mundo

La energía del mundo

La exposición se abría con una taxonomía de las fronteras: las hechas con tiralíneas tras la descolonización de medio planeta, o las trazadas sobre ríos y cordilleras. Había un recordatorio de fronteras ilustres, como el Muro de Berlín, o históricas como el muro romano de Adriano y Antonino, que atravesaban la isla de la Gran Bretaña para defenderse de los bárbaros del norte; y por supuesto la monumental Muralla China, levantada durante siglos vaciando las arcas de un emperador tras otro.

En ‘Viajes con Heródoto’ Kapuscinski nos trasmite sus impresiones al visitar la Gran Muralla: “los chinos la fueron construyendo, con interrupciones, a lo largo de dos mil años. Empezaron en una época en que estaban vivos Buda y Heródoto, y todavía trabajaban en ella cuando en Europa ya creaban sus obras Leonardo da Vinci, Tiziano y Johann Sebastian Bach.
Hay disparidad de números en lo tocante a la longitud de la muralla: desde tres mil kilómetros hasta diez mil. Se debe a que no existe una única Gran Muralla: son varias. Fueron levantadas en épocas diferentes, en lugares diferentes y con diferentes materiales. Tenían, eso sí, una cosa en común: en cuanto una nueva dinastía llegaba al poder, enseguida empezaba la construcción de la Gran Muralla. La idea de seguirla levantando no abandonaba ni por un momento a los soberanos chinos. Si interrumpían los trabajos, sólo era por falta de medios, pero en cuanto se saneaban las arcas reanudaban las obras.
Los chinos construyeron la muralla para defenderse de las invasiones de las tribus mongolas [...]. Con todo, la Gran Muralla no era más que la punta del iceberg, […] un escudo de aquel país que durante milenios fue país de muros. Pues si bien la Gran Muralla sólo marcaba la frontera norte del imperio, también se alzaban murallas entre reinos en conflicto, entre regiones y entre barrios. Defendían ciudades y aldeas, puentes y desfiladeros. Protegían palacios, sedes gubernamentales, templos y ferias. Cuarteles, puestos de policía y cárceles. Los muros rodeaban casas particulares, separando un vecino de otro, una familia de otra. Y si partimos del supuesto de que los chinos levantaron murallas ininterrumpidamente durante cientos e incluso miles de años, si tomamos en consideración el número de aquéllos, su entrega y disposición al sacrificio, su disciplina ejemplar y su laboriosidad de hormigas, obtendremos un saldo de cientos de millones de horas gastadas en construir murallas, horas que en un país pobre se habrían podido emplear en cosas tan útiles como aprender a leer y aprender un oficio, en cultivar nuevos campos y criar un hermoso ganado.
He aquí por donde escapa la energía del mundo.”

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