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Ramas y raíces - VIII

Ramas y raíces - VIII

Conocí a mi abuela Vicenta con la promesa de la muerte en la boca. Cada verano, cuando corríamos a saludarla, nos apretaba contra su cara rugosa para besuquearnos. Después sacaba de su delantal negro un par de monedas de 25 pesetas y nos las ponía en la mano, palma contra palma, mirada contra mirada, como para que fuéramos conscientes del valor del regalo. No las malgastes, parecía decir. Tenía más de 40 nietos, así que no podía prodigarse dando propinas, pero entre los primos nos reíamos de que para la abuela no subía el precio de la vida. Al despedirnos su augurio tampoco variaba: yo creo que este es el último verano que me veis con vida. Pero era una letanía, ninguno la hacía caso. Cuando cumplió 100 años vinieron de no sé qué programa de la provincia para felicitarla y hacerle una entrevista. Yo la conocí ya vieja y ajada, imposible descubrirle un asomo de coquetería debajo de tanta arruga y tanto delantal, vestida siempre de negro, pero la imagino con un punto de vanidad, como aquella anciana basari, el orgullo de los supervivientes.
Se esperó a que llegara el verano para irse. No quería molestar, solía decir, y hacer que sus hijos y nietos desperdigados por aquellos mundos de dios tuvieran que interrumpir sus vidas para venir al entierro. Además, aguantó en el lecho hasta que llegáramos todos, y uno tras otro pasáramos por su cuarto para despedirnos.
A su hija, mi abuela Justa, la conocí todavía despierta, una mujer de carácter y energía. Se le notaba la casta. Viuda a los 60 años había tirado adelante con sus 6 hijos, y desde la diáspora migratoria de la década de los 40 vivía sola en una casa grande que había albergado la algarabía de tanta muchachada y no pocos animales en el corral. Pero no se le caía la casa encima. Había cuidado a su madre y no se había quedado huérfana hasta cumplir los 80: le quedaba toda una vida por delante y muchos nietos con los que jugar. La abuela Justa también nos daba un aguinaldo cuando llegaban las fiestas. Incluso cuando empecé a faltar a mis citas con el pueblo y me marchaba de vacaciones a conocer horizontes y caras nuevas, en septiembre, al reencontrarme con mi hermano o con mis padres, siempre había un billete arrugado de indudable procedencia. Más que el dinero, a los nietos lo que nos gustaba era pasar por su casa a media tarde. Si hacía bueno y estaba sentada en el portal, te mandaba bajar de la bicicleta, entonces entraba a la cocina y salía con un trozo de pan y media tableta de chocolate, la merienda ideal.

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2 comentarios

oscar -

Dice la Wikipedia que "La palabra onza proviene del latín ūncia, derivada a su vez del protoindoeuropeo *oinoko- (de donde por cierto también deriva único), forma sufijada de la raíz *oino- (de donde también deriva uno). La ūncia era la unidad fraccionaria empleada por los romanos, quienes se servían de fracciones duodecimales; es decir, significaba "una duodécima parte"."
Buscando en el google "onza de chocolate" he encontrado un artículo que afirma lo saludable de comer una onza de chocolate al día, como no nos veíamos más que un mes o dos al año, nos daba casi toda la tableta a cada merienda. está claro que la sapiencia no la inventaron los universitarios.
saludos!

berlanga -

QUE no se por qué se llamaba onza de chocolate, si la tableta tenía doce cachos...
A la tableta creo que la llamaban libra.
Cuando leo estas historias de tu pueblo me convenzo de que ahora somos más blandos y mas vulnerables que antes. Cómo se reirían ahora nuestras abuelas con lo de la crisis
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