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Tiermes

y III

y III

Cuando era niño Emiliano había caído por unas escaleras y tenía desde entonces la espalda deformada con una joroba. En nuestra peor muestra de nosotros mismos hacíamos chanza pensando en el día en que pasara a mejor vida y en cómo habrían de hacer el hoyo y la caja. Pasaron los años. Cuando llegaba el verano entrábamos al estanco aunque sólo fuera para saludar, y si teníamos que comprar tabaco salíamos con un cartón debajo del brazo y un cigarro prendido entre los labios. Mientras, eran otros los chicuelos que se ponían de puntillas para dejarse la vuelta de los recados, y el retablo de las maravillas enmudecía cada vez con menos cosas. Uno y otro hermano anunciaban que aquél sería el último verano, que se jubilaban y cerraban el negocio, pero al año siguiente siempre estaban ahí, como el dinosaurio de Monterroso.
Cuando Emiliano murió en otoño de hace ya algunos años, la noticia me cogió en Barcelona como al resto de amigos les cogió en Madrid o en Zaragoza, y a todos nos vino a la boca el sabor de alguna almendra garrapiñada que nos había salido amarga.

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