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golosinas - II

golosinas - II

Fruto del negocio Emiliano y María fueron los primeros adultos que nos trataron con cierta complicidad. No éramos hijos de clientes, sino clientes mismos, y de los mejores, pues nuestros vicios eran adictivos. Primero fueron las golosinas, los botes de refrescos y las pipas, pero más tarde fueron los cigarros que nos vendían sueltos y casi a escondidas. Las cervezas, los tetrabrics de vino barato y los libritos de smoking vinieron más tarde, pero en cada nuevo escalón permanecía implícito el pacto de silencio que interesaba a las dos partes. Para entonces ya habíamos perdido algo más que la inocencia y los más desvergonzados le pedían al pobre Emiliano el género que tuviera más apartado, de modo que mientras se afanaba en buscarlo le abrían el cofre del tesoro para hurtarle cuatro chucherías con las que disfrazar nuestro aliento de humo. Después nos íbamos todos al portalejillo a fumar en corro y vanagloriarnos de nuestras fechorías.

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