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el refugio y III

el refugio y III

El sr. Albert había pagado la entrada delante mío, y una vez dentro nos confesó que de niño él había puesto su granito de arena para construir el refugio. El cura de la parroquia había organizado al grupo de niños de la catequesis para cargar los bancos de la iglesia hasta el refugio. Jugaban a que eran camilleros en el frente mientras veían a los hombres afanarse en acabar las obras. La guerra estaba lejos y todo era emocionante. Había bajado al refugio docenas de veces cargando los bancos y siempre había encontrado gente yendo y viniendo ocupados en mil quehaceres, pero después fue distinto: 1200 personas apiñadas temiendo que las paredes cediesen no era el mejor ambiente para imaginarse juegos. Las familias ocupaban su porción de espacio cargadas con un equipaje improvisado por si al salir su casa se había convertido en una montaña de escombros. Recordaba a una mujer que bajó con su vajilla de porcelana como si fuera su tesoro más preciado. Las bombas caían lejos, pero una de las baterías antiaéreas estaba en la falda de Montjuïc, justo encima del refugio. Cuando empezó a disparar parecía que perforaran la tierra. La mujer se asustó tanto que se le cayeron las tazas y se hicieron añicos contra el suelo. Hasta aquel día el sr. Albert no recordaba haber sabido lo que era el miedo. Era un niño sin pesadillas, ni monstruos acechando debajo de la cama o dentro del armario. Aquel día el silencio de aquella multitud era un lodo que le pesaba sobre los párpados. Nadie hablaba, nadie miraba a la pobre mujer que intentaba recomponer la porcelana de su angustia mientras seguían los cañonazos. Pese al calor asfixiante el niño Albert sentía que el sudor de su cuerpo era frío, que sus manos estaban heladas y su corazón encogido.
"¿Y qué siente ahora que ha vuelto al refugio después de tantos años?" preguntó una mujer que formaba parte de la visita. "Nada. Pensaba que me iba a afectar, la verdad, pero pesa mucho más el recuerdo de mis amigos jugando a que éramos camilleros. ¿Sabe? La mayoría de gente que dice que con Franco se vivía mejor, no saben lo que dicen, y no crean que lo digo por una cuestión política. Lo que pasa es que entonces éramos jóvenes, y es tan hermoso ser joven que somos capaces de olvidar todo lo demás."

3 comentarios

dani -

Sant Felip Neri, al principio pensé que la foto era de algún pueblo soriano, pone los pelos de punta ver el testimonio de las paredes de esa plaza, un saludo company

aunqueseaceniza -

Mi madre también habla así de la época en que tenía 15 años y vivía en un cuartucho que se inundaba cada invierno, con el tejado de uralita sujeto con cuatro piedras. Estaba en uno de los peores barrios de Sevilla y tenía que ahorrar todo el año para comprar un poco de turrón en Navidad; ¿pero cómo le hablas de conciencia política a una adolescente con la vida a flor de ojos y que nunca tuvo a su alcance un periódico mínimamente serio? De lo que fue el franquismo se está enterando de hace 10 años a esta parte (y ahora tiene 62). Y de todos modos nunca dejará de mezclársele el recuerdo de ese tiempo con el de la intensidad de los 15.

jgobrero -

Aparte de que yo también he oido alguna vez algo similar, hay un poema, creo que de Gil de Biedma, que cuenta esto: la guerra vista con la nostalgia de quien era un niño. Muy buenos tus refugios.