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Tiermes

Ramas y raíces - VI

Al llegar a la cima el paisaje volvía a ser frondoso, como en el Niokolo-Koba. Una vez en el llano el sendero rodeaba varias rocas desde donde se podía contemplar la tremenda explanada en la que se fundían las fronteras de Guinea, Mali y Senegal. Al poco de caminar aparecieron los primeros techos de cañas y empezamos a pasar entre cabañas con las puertas abiertas, es decir, con los umbrales sin puertas, la oscuridad como refugio del calor. Parecía que no hubiera nadie, hasta que por fin nos descubrieron los ojos de un niño que nos vino a dar la bienvenida cogiendo de la mano al primero de los blancos de la fila. Después aparecieron más y nos dirigimos a un espacio indeterminado que pretendía ser una plaza, al menos en cuanto a función, porque allí nos detuvimos y charlamos con la intervención del guía. Hablamos de todo y de nada. ¿Qué podíamos decir, nosotros turistas que llegamos allá con los ojos abiertos? ¿Qué podíamos hacer más que contemplar, respirar por unos instantes un ambiente ajeno, remoto, dos mundos que se tocan por un instante? En nuestro atónito estupor el guía aprovechó para presentarnos a la mujer más vieja del mundo, una anciana basari que decía tener 127 años. La saludamos, le dimos la mano, compramos collares a una de sus nietas y alguien le sugirió al guía que su afirmación es un tanto exagerada. El guía se enfadó. Ya le habíamos visto antes así, en ataques infantiles de rabia. Relatándonos un pasaje de la guerra de independencia contra los franceses nos había explicado que las fuerzas de ocupación decidieron calmar los ánimos llevándose de Senegal a un marabú, uno de los líderes espiritual y revolucionario más importantes del país. Una vez en el barco de su exilio pidió su alfombra para rezar hacia la Meca. Los franceses se la dieron, pero le dijeron que no podía rezar en el barco porque era suelo francés, cristiano por tanto. Entonces saltó al agua y pronunció sus oraciones sobre la superficie de las olas. Al finalizar y subir a bordo expulsó la alfombra y ante los ojos desorbitados de los soldados cayeron granos de arena del desierto. Al acabar, el guía nos explicó que eso no era una leyenda, era Historia.

No me habría extrañado tanto si lo mismo me lo hubiera explicado Mamur, el conductor, o Samba, su ayudante. Según ellos habían cazado serpientes de enormes dimensiones con una sencilla y ancestral técnica: sólo había que encontrar su guarida y colocar una hoja afilada de cuchillo. Cuando la serpiente saliera se cortaría en dos hasta llegar al final de su larga cola, porque las serpientes, todo el mundo lo sabe, no pueden reptar hacia atrás. El razonamiento era aplastante, y ellos sonreían al ver a los tontos europeos sin saber qué cara poner. El caso del guía era distinto. Vivía desde hacía 20 años en España casado con una catalana. Montaba estos viajes para ganarse la vida. ¿La mujer más vieja del mundo en un país cuya esperanza de vida es de 56 años? Si era una forma de alabar la vida tradicional de su país frente a la acelerada vida occidental había formas mucho más eficientes de conseguirlo. El silencio, por ejemplo, ya nos había conquistado.

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