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Tiermes

Los meandros

Los meandros

No había oído hablar de ellas, de las tabas, más allá de las anécdotas de mis padres, hasta que me topé con ellas. Llevábamos conduciendo horas hipnotizados por el paisaje. La tarde se dejaba vencer, podríamos habernos detenido en cualquier lugar para plantar la tienda, pero eso habría significado renunciar a otro lugar tal vez más maravilloso. Durante el viaje experimentamos una sensación parecida a la de estar en un museo lleno de joyas entre las que hay que elegir a la hora de detener la mirada, y nosotros sabíamos que el museo acabaría cerrando, nuestras vacaciones agotándose. Por fin el terreno se elevó y pudimos ver desde lo alto el río junto al que corríamos en paralelo. El terreno era totalmente plano a excepción del promontorio desde donde oteábamos el horizonte y el río se extendía en meandros imposibles, inundaba praderas y daba de beber a caballos, ovejas, yaks y cabras. Con solo mirarnos a los ojos supimos que aquel era el lugar. Puyek asintió contento por nuestra elección y en seguida se dispuso a indicarnos cuál sería la ubicación y orientación ideal para la tienda.

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