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Tiermes

Proust y el butanero

Proust y el butanero

El alma vuelve al cuerpo,
Se dirige a los ojos
Y Choca.) -¡Luz! Me invade
Todo mi ser. ¡Asombro!

(Jorge Guillén)

Esta mañana he tenido la suerte de abrir los ojos antes de que sonara el despertador. Ya había amanecido, no era uno de esos desvelos en medio de la noche y de las incertidumbres que pueblan el cuarto a oscuras. La luz entraba ya por las rendijas de la persiana y me han ido llegando los ruidos del vecindario que se despereza ante una nueva jornada, el del agua cayendo por las cañerías, el de la paloma que cada mañana hace gárgaras en el alfeizar de la ventana. Con todo, no entendía por qué se me había aparecido como primera imagen la ladera y los cerros del pueblo al atardecer. Por mucho que lleve este blog donde hago zumo de neurona con las tierras de Tiermes, puedo asegurar que no sufro una obsesión por mi patria chica. La comarca es más bien un punto de referencia, un lugar en el mundo cuya evocación me permite respirar sereno cuando el alma sufre uno de sus particulares ataques de asma.
Entonces el paquistaní que me mira malhumorado si no le dejo suficiente propina, ha vuelto a golpear las bombonas de butano, trayéndome desde la calle, sin él saberlo, un desayuno de té y magdalenas. Es un sonido tantas veces repetido que lo puedes pasar por alto (menos cuando ha llegado el invierno y has acabado la ducha con agua fría), pero al escucharlo de nuevo me he dado cuenta de que era éste, y no otro, el sonido que me ha devuelto a la vigilia pasando por Montejo.

Desde la alcoba de casa hay una ventana que da a la parte de atrás. Se abre al patio y a la caseta donde antiguamente estaba el horno donde mi abuela hacía el pan. Más allá están los prados y algo más lejos la carretera que queda oculta por una línea de chopos. Sobre sus copas asoma el cerro, colina estirada que llega hasta el fin, allá donde se le acaban a uno los ojos. Y allá donde no llegan ellos, se adelantan las orejas.
Está el cerro habitado por ovejas. Dentro de las majadas no se las escucha balar, ni se sabe de su presencia, pero al caer la tarde, cuando van los pastores a sacarlas de sus rediles, se las escucha a docenas trepando por las peñas en busca de pastos. La puesta de sol es tan lenta y el paisaje tan quieto, que al mirar por la ventana parece que contemplemos un cuadro al que le envejecen los colores. Desde allí el rebaño inmenso es una nube de lana a ras de suelo. El eco de sus cencerros se apodera de la colina y envuelve al pueblo con el ocaso. Nunca las campanas de ninguna iglesia me han resonado tanto por dentro.

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