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Tiermes

y de setas

y de setas

Después llegaron las cacerías de hierbas. Mi padre me enseñó las charcas donde encontrar berros para la ensalada, los prados donde abundaba el poleo o los escondrijos del té de roca. Pero no había manera, cada vez que se alejaba y yo le venía detrás con un manojo de hierbas me decía que eso, en infusión, me provocaría de todo, pero nada bueno. Un otoño en que buscábamos setas llené el capazo de hongos que luego no fuimos capaces de encontrar en su guía de campo. Cuando acababa la jornada me llamó para que acudiera a su lado. Mi padre era un punto minúsculo abajo en la ladera. La meseta se abría en todas direcciones interrumpida solo por los pliegues de la sierra Pela. Me espera inmóvil, mascando aire. “Mira al suelo” me dijo. Allí me esperaba una seta de cardo (¡4 tenedores en la guía!) con la que rompí el maleficio y pude volver al pueblo sin sufrir el escarnio de la cesta vacía.

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2 comentarios

berlanga -

Se me ocurre que alguno de nosotros debería elaborar un inventario de bienes de la madre naturaleza, esos por los que no hay que pagar (de momento) y que en nuestros pueblos se encuentran en cantidades suficientes para la escasa población y para una población cien veces mayor. Podríamos empezar por esos berros y por las setas de cardo, verdadero manjar de dioses, pero en cualquier epoca del año se encuentra algo en el campo: esparragos, zarzamora, níspolos, manzanilla, tila, espliego, parietaria, alpetacas, romero, limoncillos...
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