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Tiermes

La comarca y alrededores

Semana Santa I

Semana Santa I

Semana Santa es uno de esos bucles en el que parece instalada la historia. La del universo, o al menos la nuestra propia que somos el centro de él hasta el buen día en el que nos caemos de la cuna y nos empiezan a salir los chichones. Los que más duelen son los que salen hacia dentro, como cráteres en nuestra conciencia. Mi conciencia de Semana Santa se remonta al Domingo de Ramos en el que, por decreto de calendario, hiciera el frío que hiciera, mi madre nos arreglaba para salir a la calle con pantalones cortos, calcetines largos y zapatos incómodos. El complemento fundamental era la palma. ¡Y ala! A pasear.
Solíamos ir a la Barceloneta porque teníamos familia y era el barrio en el que mi padre recaló cuando llegó de Soria. Recuerdo el olor que hacía el interior del coche, un 850 verde (como el 600 pero con maletero sobresaliendo del culo), un olor a moqueta-absorbe polvo que a mí me mareaba, y el humo de los Rex que fumaba mi padre. La imagen de mi hermano, mis primos, mi madre (con peluca) y mis tíos, se retiene en mis pupilas en blanco en negro. Las fotos que invariablemente hacía mi padre (por eso apenas sale en ellas) han fosilizado mi memoria en aquellos colores. Sin embargo, la imagen de la Semana Santa en Montejo de Tiermes está inundada de Technicolor y Cinemascope. Cuando llegábamos al pueblo la parrilla televisiva ya se había visto inundada por el Mar Rojo de La Biblia, las cuádrigas de Ben-Hur y todos los cinemascopes de Charlton Heston que uno se pueda imaginar. Los pantalones cortos, en Soria, eran ciencia ficción, así que podíamos arrastrarnos con nuestros viejos pantalones de pana y las zapatillas de deporte para saltar por las peñas. Aunque eso sí, en la liturgia había que ponerse guapo. Mi madre luchaba contra mis remolinos a base de hacerme ver las estrellas con el peine y empaparme en Nenuco. Después del sufrimiento todo eran prisas porque el cura había tocado ya el tercer aviso. Las mujeres a la derecha, los niños a la izquierda y los hombres al fondo. Siempre había quien se dormía, y después estaban los rumores de que si menganito olía a estiércol de oveja, o que si fulanita había repetido el vestido del año anterior. Después se oficiaba la ceremonia en la que el retablo barroco del fondo se fundía con la calva del cura. El mono-tono del discurso del cura amplificado por el micrófono y el eco del recinto, nos elevaba a todos a un estado hipnótico que nada tenía que ver con el misticismo. Los hombres -que acudían por costumbre, por el aperitivo post-misa, y por la presión de sus mujeres- tenían en las celebraciones un papel activo que desempeñar. Los pendones, las cruces y los pasos no caminan solos, y pesan lo suyo, así que en los bancos del fondo, cuando el cura hacía los últimos pases de manos y abracadabras consiguientes, los hombres se ponían de acuerdo en los turnos. El Viernes Santo, con motivo de duelo, se sacaban los blasones y una imagen de Cristo en su ataúd. El otro paso era el de la Virgen Dolorosa que iba cubierta con un manto negro de luto. Salíamos todos de la iglesia, recorríamos el pueblo entero y volvíamos a entrar en el recinto desde el otro lado. Lo que me parecía más difícil de toda la operación (y más tarde pude comprobar por mí mismo) era pasar los pendones, altos como el cielo, por debajo de los cables de luz y teléfono que se extendían por las calles de tejado a tejado. El portador debía girar el mástil, recoger la bandera e inclinar la verga por debajo para volver a desplegarla y alzarla de nuevo hasta el siguiente nudo gordiano de cables negros. El más pesado de llevar, sin embargo, era el ataúd con el Cristo, pues como bien decían los hombres “pesa como un muerto”, irreverencia que a mí me horrorizaba, ya que aún tenía reciente la comunión y participaba en la misa ayudando como monaguillo metido en mi traje rojo mientras agitaba el incensario.

El galgo y la liebre

El galgo y la liebre

En casa había dos galgos, un macho y una hembra. Como dos huérfanos separados por una adopción desafortunada, cada uno se fue a una casa distinta. Pero el pueblo era pequeño y nadie guardaba a los perros en casa ni los ataba con correas. Era frecuente verlos juntos tomando el sol en la esquina que más entorpeciera el paso, en esa postura que tienen los galgos tan suya, de ensortijarse como una diadema hirsuta con joyas ocultas bajo los párpados.
Julián, el que tenía el macho de la pareja, lo sacaba al campo cuando iba de caza. Era un rayo, decía, no había liebre que se le escapara. Cuando emigró a Barcelona cerró la casa, pero en lugar de dejar el perro a algún pariente decidió llevárselo consigo para que le hiciera compañía. Los que habían vuelto de Barcelona para contarlo decían que los días se hacían largos en la soledad de una ciudad superpoblada. En el viaje de ida dueño y perro se pasaron medio trayecto con la cabeza saliendo por la ventanilla. El paisaje corría más que ninguna liebre y el galgo acabó vomitando su nostalgia del pueblo. Encontraron albergue en casa de unos parientes y trabajo de camarero en el restaurante de unos amigos. En su nueva vida Julián salía de casa cuando aún no se había hecho de día. Semejantes madrugones el perro los relacionaba con las cacerías, así que se sacudía desde el hocico hasta la cola y jadeaba anhelante de campo. Julián se marchaba y de regreso le pagaba la decepción con las sobras exquisitas del restaurante, pero él mismo se ahogaba en un piso tres veces más pequeño que su casa del pueblo y que doblaba el número de las personas que lo habitaban.
Un día de descanso se fue de paseo por la plaza España. El galgo tironeaba de la correa desde que salieron por la puerta de casa. Echaba de menos el aire, la jara y probablemente a su hermana. Cuando bajaban por el Paralelo el animal se volvió como loco. Al poco Julián adivinó el motivo. Una nube de ladridos partía de un edificio cercano. Se trataba del canódromo. Se alejó de allí antes de que el perro se volviera loco del todo, pero volvió solo, después de salir del trabajo al cabo de pocos días. El ambiente era una mezcla entre la taberna del pueblo y la feria de ganado de San Esteban donde había que ir con ojo de que no te engañaran, fuese jugando a las cartas o en la venta de grano, y el aliento a tabaco y alcohol era la primera palabra en cada conversación. Observó las carreras, apostó tímido y perdió. De regreso a casa su galgo le esperaba impaciente, y para postres le olió en la ropa un olor familiar que le hizo ladrar como un descosido. Volvió al canódromo varios días, silencioso y cauto, observando el paraje como cazador que era. Hasta que un día habló con uno que parecía estar en medio de todos los cotarros.
"Tengo un perro que corre como el rayo" le dijo. Imagino su cara humilde, iluminada por la única posesión que, además de afecto, le hacía ser alguien en una ciudad donde nadie le saludaba cuando se le cruzaban por la calle. También imagino la mirada descreída del otro, escondida en una cara mofletuda que escupía el humo de un habano. Le citó para la semana siguiente advirtiéndole que no tenía tiempo para malgastarlo, que esperaba que no fuera un vulgar perdiguero. Cada tarde, de regreso a casa, sacaba el perro y lo llevaba a correr por la playa. "Corre, tuso*, corre" le gritaba después de lanzarle una rama, y el perro espantaba las palomas y volvía con la rama entre los dientes.
Cuando llegó el día el día, el mofletudo del habano examinó las pencas del galgo y dijo que le daría una oportunidad el siguiente fin de semana. Si no le defraudaba se encargaría de entrenarlo, a cambio del 75 % de los beneficios. “Mucho me parece”, se atrevió a decir Julián, “Tú no sabes lo que cuesta cuidar bien un podenco de estos” Julián se sintió un poco ofendido, pero aceptó pensando que tal vez había sido un mal amo.
Llegó el día y en el momento de las inscripciones le pidieron el nombre del perro. “No tiene”, “¿Cómo que no tiene? Y ¿cómo lo llamas?”.
Tuso salió con el dorsal número 4. Cuando sonó el pistoletazo de salida a él le debió de sonar a la escopeta de su amo, y al abrirse la trampilla vio una liebre corriendo por encima de un raíl. No se lo pensó dos veces y salió volando. Julián lo seguía nervioso, nada que ver con la mirada tranquila que había enarbolado los días anteriores, cuando venía de observador. Sin embargo, la carrera parecía perdida, le sacaban varios cuerpos los otros perros, más habituados al terreno y a la farándula del coliseo. Todo cambió al llegar a la curva. La liebre giró a la derecha y sus perseguidores con ella. Tuso se encontraba unos metros atrás, así que no vio motivo para seguir corriendo por el carril vallado y saltó en línea recta hacia donde la liebre se dirigía en su despreocupado giro. La atrapó sin problemas.
Cuando los demás perros llegaron hasta él hubo un momento de confusión. Cesaron de correr y empezaron a ladrar. Desorientados, la duda existencial de por qué diablos ninguno había saltado la valla hasta aquel día les debió de carcomer la mente. Tuso, con su trofeo entre las patas buscaba a su amo entre un público que reía a carcajadas. Menos el mofletudo del habano, claro, que iracundo le pidió a Julián el dinero de la inscripción y que no volviera a asomarse por el canódromo. Y no lo hicieron, pero Julián no reprendió a su perro y volvió sonriendo a casa.

* voz para llamar a los perros

Carnestolendas

Carnestolendas

El día de la tortilla no había tortilla, sino una merienda en los prados al salir de la escuela. Iban las cuadrillas con sus bolos de pan, una especie de empanada cuya masa llevaba huevo cocido y chorizo -¡casi nada!- para que los niños tuvieran en las papilas gustativas el recuerdo de la carne que no habrían de probar durante la inminente Cuaresma.

De disfraces había dos tipos. Un mozo de los que iban a llamar a quintas se vestía con un mono de trabajo que le fuera grande, y rellenaba el hueco entre su cuerpo y la tela con manojos de hierba y paja. La cara se la cubría con una careta cuya humilde confección se limitaba a agujerear la tapa de una caja de zapatos. Los niños corrían detrás de él y se aprovechaban de la poca destreza del mamarracho para propinarle patadas, golpes y piropos malsonantes, pero cuando más embriagados estaban surgían de las callejas el resto de quintos vestidos con la ropa interior de antaño, unos calzoncillos largos de esos que salen en las películas de vaqueros, y una camisa blanca por encima. Por cinturón una sarta de cencerros que anunciaba su presencia y en la mano una tralla con las que se fustiga a los animales, sólo que ahora servía para hacer correr a los pequeños que antes habían atizado al hombre de paja.

Encuentro en un artículo de Ángel Almazán titulado "La muerte del Carnaval" argumentos que certifican la defunción de la fiesta desde que “se instauró la democracia-partitocracia actual”, y cita a etnólogos de la talla de Julio Caro Baroja quien ve la fiesta desprovista de “sus encantos y turbulencias” desde que ha sido “reglamentada siguiendo criterios políticos y concejiles atendiendo a ideas de orden social, buen gusto, etc.”. Y le doy la razón, pero extiendo su defunción a la Navidad, la Semana Santa y otras fiestas de guardar que se han convertido en un espejismo ritual de lo que debieron ser, reducidas a una mezcla de vacaciones gastronómicas, unas cuantas películas en technicolor de Charlton Heston y una peregrinación por las calles de los centros comerciales para deglutir los alimentos que (te damos gracias, señor) estamos a punto de vomitar. Si algo tiene de bueno el Carnaval es que no es una fiesta oficial en el calendario aunque las rúas, chirigotas y pasacalles sean subvencionadas por las partidas presupuestarias de cultura, turismo y festejos haciendo que se pierda su espontaneidad y convirtiéndolo en “una máquina de diversión de casino pretencioso” (Caro Baroja).

Almazán asegura en palabras de Franco Cardini que las fiestas tradicionales están perdiendo su idiosincrasia al triunfar la visión lineal y homogénea del tiempo a la vez que se pierde el concepto cíclico de la Naturaleza. Bajtin utiliza también esta idea para criticar la lectura (y su complementario, la escritura) lineal y cerrada (él la denomina épica) donde no cabe interpretación, y la cuestiona frente a la estructura carnavalesca de las novelas satíricas donde las lecturas son múltiples (como múltiples son las máscaras) y cada una de ellas permite entrever una burla a la voz homogénea del discurso imperante.

Referencias aparte, a uno se le antoja que el Carnaval no está moribundo, sino que se escapó de los desfiles y no se encuentra en las rúas subvencionadas donde Clos muestra sus michelines a ritmo de salsa (Forum 2004, qué pena que no he encontrado la foto, era como ver a Homer Simpson pero sin asomo de gracia), sino que está en las carrozas del día del Orgullo Gay, en los botellones y las raves ilegales, o en cualquier otro espacio y momento donde uno pueda quitarse la careta que lleva puesta durante el resto del día.

San Cipriano y la Tarara

San Cipriano y la Tarara

A estas alturas cualquiera que haya ojeado este blog se puede preguntar: ¿y qué tiene que ver Tiermes con Marruecos? Bien, bueno, me encanta que me hagan esa pregunta, por eso mismo me la hago yo. Resultaría un tanto ridículo venir con el cuento de la huella árabe en Castilla, que la hay, como huellas de dinosaurios, pero no justificarían al ojo ajeno una relación entre Soria y el Parque Jurásico, ¿verdad? Me temo que es una percepción emotiva y por tanto subjetiva. Como lo de considerar la comarca de Tiermes el paisaje de mi infancia cuando en realidad sólo he pasado los veranos y las fiestas de guardar. Y será así, pero llegaba el día en que hacíamos las maletas y los males del alma me bajaban al estómago. Mis padres achacaban mis mareos a las curvas de la carretera, al olor a tapicería y tabaco del 850, pero la angustia empezaba la noche antes, cuando hacíamos la ronda por las casas de la familia para despedirnos hasta el año que viene. Por eso aprovechábamos la última noche jugando al bote en la plaza o comiendo pipas en el portalejillo. Y al amanecer, sin apenas haber dormido, me atrincheraba en el asiento de atrás mirando al pueblo que se alejaba cuesta abajo y desaparecía en el último remonte. El resto del año en Barcelona, pero teniendo al pueblo como medida de todas las cosas. Y eso es algo que no se quita uno de encima tan fácilmente, aunque ni siquiera se dé cuenta.
La primera vez que fui consciente de mi Tiermescentrismo fue en un concierto de flamenco en la sala Apolo de Barcelona. No daba crédito, estaban tocando la canción que cantábamos los mozos en las fiestas del pueblo aunque, eso sí, le habían cambiado la letra. La nuestra afirmaba la santidad de nuestro patrón pese a los rumores que le atribuían las malas lenguas:

"Dicen que San Cipriano desayuna con aguardiente,
Pero a pesar de todo San Cipriano es muy decente,
San Cipriano sí, San Cipriano no, San Cipriano niño de mi corazón.

Y dicen que San Cipriano tiene dos mujeres,
Pero a pesar de todo San Cipriano es muy decente,
San Cipriano sí, San Cipriano no, San Cipriano niño de mi corazón."

Se lo comenté al amigo que me acompañaba y me miró escéptico, como si hubiera dicho una barrabasada: “Es la Tarara”, me dijo. Más tarde descubrí que Lorca había utilizado la misma composición popular para sus propias creaciones y que Camarón le había dado voz. Lo mejor de todo es que mientras escribía estas líneas se me ocurrió buscar por Internet para enlazar con la tonada, y encontré una página donde se encuentra la letra y el archivo midide la Tarara, sólo que la presentan como canción popular de Soria cuya armonía es de un tal Jean Turellier, y cuya letra, a medida que va avanzando la canción, se hace más y más picante, tal y como la que yo conocía.
Ahora me falta por saber quién era ese tal Tureillier.

Los nombres

Me pregunta Gemma que si al Ayuntamiento de San Leonardo no se le ha ocurrido quitarse el Yagüe de turno, o si es que en el pueblo los hay orgullosos de tal apellido.
Témome que sí, que también los habrá … aunque me gustaría más pensar que es el desinterés el que mueve (o inmoviliza, más bien) a la gente del pueblo.
Aún así, para qué engañarte, Castilla -y Soria no se escapa- tiene un alo fachorro incrustado en la artritis de los huesos. En multitud de pueblos abundan los letreritos de hojalata con los nombres de las calles que de leerlos te viene dolor de barriga. Suerte que los niños acostumbran a hacer puntería con sus escopetas de balines y te ves los nombres de ilustres majaderos acribillados por las marcas de los perdigones.
Nombres de calles, por otro lado, que nadie conoce como tales. La de mi casa en Montejo lleva el nombre de un médico (ni me acuerdo, fíjate, uno de la santísima trinidad fáctica) y Maribel no daba crédito cuando le di mi dirección un verano que ella se fue por ahí de picos pardos: “Óscar Sotillos, Montejo de Tiermes, Soria”. Y llegaron las cartas, vaya que si llegaron.
En todo caso la gente conoce las calles por otros nombres: la calle de la iglesia, el camino del cementerio, la plaza del juego de pelota, el cruce del bar, y no les preguntes por las andróminas oxidadas que alguien colgó hace decenios en las esquinas de las casas, porque nadie te sabrá contestar.

Leonado

Leonado

San Leonardo de Yagüe está ubicado en el extremo norte del Cañón de Río Lobos . Es una ruta magnífica para gente de cualquier edad y experiencia, ya que transcurre por el lecho del río con las espigadas paredes del cañón a uno y otro lado, por lo que es imposible perderse. Atractivo añadido son los buitres y águilas que habitan las oquedades de la roca. Cualquier época es buena, pero mi preferencia es el otoño, pues los álamos amarillean y visto el cañón desde las peñas parece una serpiente que cambia de piel y muda de color. Un octubre de los que en Barcelona todavía parecen veranos, fuimos a perdernos unos días y a la vuelta los árboles de las avenidas nos parecían falsos, plantas de plástico bajo el efecto invernadero de la urbe.

Pero también es bueno el verano, hay más horas de luz y podemos alargar el camino hasta cansarnos. Yo me llegué hasta San Leonardo de Yagüe , y en la oficina de turismo quise abreviar el nombre y pregunté por los intereses de Yagüe. La chica que atendía me miró con malos ojos y me espetó que bastante mal tenían con el apellido que le habían puesto al pueblo como para que encima le recortaran el nombre. Le pedí que me explicase, que yo había abierto la boca sin conocimiento, y me explicó que el insigne general Yagüe,  responsable asesino a sangre fría de 4000 rojos en Badajoz durante la sublevación, había recibido como regalo del caudillo no una calle, plaza o placa con su nombre en su pueblo natal, sino que le habían cambiado el nombre al pueblo añadiéndole su apellido!

Claro, le pedí disculpas y la invité a un café después de que colgara el letrerito de “ahora vuelvo” en la puerta de la oficina. Son las ventajas de que haya poco turismo en la provincia. En la confianza de la barra me confesó que lo de San Leonardo también tenía enjundia: ella aseguraba que el nombre era Leonado, por lo de los buitres, y que el santo se lo habían colgado por razones semejantes a las del paisano castrense.

(fotografía de José Delgado Pascual)

Caminito del agua II

Caminito del agua II

XXIII

—¡Buenos días! —dijo el principito.
—¡Buenos días! —respondió el comerciante.
Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya
no se sienten ganas de beber.
—¿Por qué vendes eso? —preguntó el principito.
—Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se
ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
—¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
—Lo que cada uno quiere... "
"Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos —pensó el principito— caminaría suavemente hacia
una fuente..."

A. De Saint - Exupéry

Caminito del agua

Caminito del agua

El agua de Montejo viene de Pedro, Pedro no es ningún señor, Pedro es un pueblo de la comarca, un pueblo escondido entre los montes de la Sierra Pela, con una ermita de origen visigodo y un manantial de agua que es un primor. En pleno agosto, bajo el sol tórrido y seco de la meseta, los pies dentro del agua se te ponen morados de puro frío. Pedro tiene el don del agua, y con él un abrigado manto de huertos y árboles que le dan frutos y vida.

Aunque no creo que una cosa tenga relación con la otra, el año en que yo nací canalizaron el agua del manantial y la hicieron llegar hasta Montejo. Se asfaltaron las calles y se hicieron alcantarillas y cada vez que llovía el agua corría calle abajo en vez de encharcarse. Hasta entonces las mujeres iban a la fuente a recoger el agua. Lo que son las novedades, aunque el agua fuera la misma, sabía más rica del botijo que se llenaba en la fuente que no si se llenaba del grifo, y una de las tareas que más nos gustaba hacer a los niños era ir con el botijo vacío hasta la fuente y escuchar el eco del agua llenando el recipiente de barro. El premio era el prestigio de volver por las calles con el botijo lleno cambiando de lado el peso a cada esquina, sonriendo a los vecinos sin mostrar esfuerzo. Otro ritual era el de echarse un trago. En las comidas el protagonista era el vino, y la bota su vehículo. Mi tío jugaba a impresionarme y a fe que lo conseguía. Alzaba el cuero por encima de la cabeza y lo inclinaba sobre sí. El chorro le daba de lleno en la frente, y un río de sangre le bajaba por el entrecejo en camino hacia el labio superior, y de ahí a la garganta. Como no tenía bastante con la acrobacia, permanecía tiempo con el brazo estirado. Yo pensaba que iba a ahogarse, pues para mí respirar y tragar eran indivisibles. Cuando le imitaba (sin la proeza de la frente, sino directamente al gaznate) debía hacer esfuerzos, primero, para sujetar el botijo por encima de la cabeza, y después para no atragantarme.

La fuente, además, era refugio apartado, quedaba por debajo de la iglesia y del frontón, enfrente de la fragua y camino del cementerio, un lugar ideal para jugar a cartas sentados en cuclillas y descubrir el color de las braguitas de las niñas. También hacíamos espiritismo, contábamos historias de miedo y jugábamos a verdad, acción o beso. Las bicis esperaban en el suelo su turno para las carreras, y los renacuajos nadaban tranquilos ante la pausa que les dábamos. El pilón de la fuente había sido abrevadero, pero con los años, después de que prohibieran que los animales atravesaran el pueblo, había quedado en desuso. Los renacuajos proliferaban ya que su único depredador éramos nosotros, cazadores avispados que enseñábamos sus cuerpos como triunfos y observábamos su transformación en rana con la misma inquietud que a nosotros nos llegaba la adolescencia.

Verdad, acción o beso. Las chicas elegían la verdad, pero nos mentían, los chicos elegíamos acción para demostrar nuestro valor llamando a la puerta del estanquero a altas horas de la noche y escurriéndonos por los callejones. El beso, siempre se dejaba para el final, era el regalo secreto. El pilón fue testimonio de besos furtivos y de espectáculos corales, como el de Miss y Mr camiseta Mojada – Montejo de Tiermes antes de que ninguna discoteca lo utilizara de reclamo en sus noches de viernes. En vez de llenar globos de agua y echárnoslos encima, cogíamos entre todos a uno, o a una, y acabábamos con él en el pilón. Cuando la rueda comenzaba sabíamos que no pararía hasta que todos y cada uno hubiéramos pasado por el agua. Los renacuajos, pobres, se escondían debajo de las piedras, y nosotros removíamos el fondo.

La fuente está muy cerca de la plaza, así que en fiestas no es espacio para confidencias de tan concurrido que está. Algún año, incluso, la peña se ha hecho en la fragua, justo en frente, por lo que la proximidad del pilón y el elevado consumo de alcohol hacen más que probable que más de uno acabe la fiesta mojado por dentro y por fuera. “¡Al pilón, al pilón!” es la frase que se corea cuando los músicos son malos, o se quieren ir a dormir demasiado pronto o dedican demasiadas canciones a los del pueblo de al lado, pero que yo sepa, nunca se ha tirado a ningún músico. Los que sí han caído, casi por sistema, son los que llegan nuevos cada año. Amigos de amigos, catalanes o madrileños, es fácil llevarles hasta la fuente, hacerles sentar en el pilón y en un descuido, hacerles pasar por el ritual de iniciación, un bautismo de agua y ron.

La fuente tiene todas las épocas. Pero tal vez el recuerdo más definido es uno que se mantiene sin importar los años. Es el del silencio que habita al final de las escaleras donde jugábamos a cartas, el silencio como una roca, y el agua como una raíz o como un silbido que se abre paso.

De plantas y subvenciones

Las tierras de Soria están pobladas por infinidad de plantas con propiedades medicinales, tal y como acredita el hecho de que una marca soriana haya extendido su mercado por todo el país. En Tiermes abundan el poleo y el té de roca, aunque la escasez de lluvias en el último año ha reducido notablemente su presencia. Aunque sin duda la vegetación más conocida es la de los cultivos de cereales tan presente en la obra de Antonio Machado.
Desde que tengo memoria los campos que anegan la comarca han sido terreno de trigo, avena y cebada, pero con los años se fue introduciendo el girasol y más tarde el lino. Eso dio pie a la picaresca, ya que resultaba más práctico y económico plantar lino y dejarlo pudrir con el único propósito de recibir la subvención, que no recogerlo, procesarlo y distribuirlo. Algún año más tarde, al atravesar las últimas tierras antes de llegar a Montejo descubrí un nuevo cultivo a banda y banda de la carretera. Detuve el coche y nos internamos en el campo para ver de cerca la planta. Creí reconocerla, pero no acababa de creérmelo. A la tarde, conversando con José Luís, uno de los agricultores con quien más confianza tengo, le pregunté inocentemente cuál era el nuevo cultivo que cubría los montes.
- ¡Marihuana, Óscar, marihuana!
Aquel año la Unión Europea subvencionaba el cultivo del cáñamo. Los campos de Castilla a los que el poeta había dedicado hojas y hojas de somera poesía en consonancia con el paisaje, se cubrían de marihuana, alta como una persona y rezumante de perfume. Pero después de la sorpresa inicial, José Luís añadió:
- Pero no tiene alcaloides.
Demasiado bonito, sin duda. A partir de ahí José Luís me explicó que cuando él era joven y capitaneaba la peña del pueblo, tenían un pequeño huerto donde cultivaban marihuana y que el día de la fiesta hicieron, entre otras cosas, una gran marmita donde mezclaron cogollos y ofrecieron el jugo resultante a todos los paisanos del pueblo. Habría dado una fortuna por mirar por el ojo de la cerradura (o por estar presente) y participar de una fiesta pagana y alucinógena, a la par de las antiguas bacanales.

Metafísica del trapo

Metafísica del trapo

Hay pinzas que duermen esperando la próxima colada. Sueñan con ser palo mayor y someter al viento que hincha las sábanas de las azoteas. Hay velas que se apagan en los cumpleaños, que dibujan deseos en sus sombras de humo, y hay velas que se encienden ante santos, que consumen su vida de cera para cumplir. Las velas de los barcos persiguen estelas, las sábanas de los terrados evocan sueños. Colores y formas puestas del revés, aromas venteados al cielo raso.
Luminosas y teñidas para ser vistas, las banderas no responden al azar de la ropa tendida. Solitarias, cuando van en compañía siguen igual de altivas, vigilando que ninguna ondee más alta. Las fiestas de los pueblos les devuelven la inocencia que nunca tuvieron, y los niños juegan a adivinar su procedencia.
Hay trapos para todos los gustos. Los budistas, por ejemplo, extienden cuerdas con pequeñas telas de colores, y en ellas escriben oraciones. Cuando el aire las mece, el eco de sus palabras es aireado y esparcido como polen de buenas voluntades.
Las hojas de un libro son algo más pálidas, pero también profesan una fe ciega por la belleza. Es contagioso, una mariposa chupa el néctar de una flor, y fertiliza a otra. Un lector abre un libro...

(el título del artículo es también el título de un libro de poemas de María Eloy-García)

fuego

fuego

Sólo he vivido tres incendios en mi vida. Uno de ellos ni siquiera lo vi. Miguel volvió corriendo del campo. Una chispa de la cosechadora había prendido el trigo que estaba segando. Yo me colé en un coche de la pequeña caravana que se hizo desde el pueblo hasta la finca, pero el fuego había sido controlado. El lobo sólo había enseñado los dientes. El segundo de los incendios tampoco llegué a verlo. Esta vez fue más grave, ardían los pinares, no era el rastrojo que prende enseguida pero también se consume rápido. Aquel era un incendio con hambre y devoró lomas enteras. Desde el pueblo se veía el humo ascender hasta el cielo y llegaba un olor muy distinto al de la lumbre, los troncos que arden secos son en sí mismos una pira funeraria, la arboleda en llamas huele a vida que se escurre hacia un cielo convertido en infierno. Todo acabó y no hubo que lamentar ninguna vida humana. El tercero, y en el que sí participé activamente fue en el mismo pueblo. Una casa ardía en llamas. Todos los vecinos nos volcamos, cada uno trajo su cubo, tinajas, regaderas, cualquier cosa que sirviera para aplacar las llamas. La cadena unía la casa con la piscina de un vecino. La piscina se vació, el fuego se apagó. Esa es mi poca experiencia.
Pero tengo un amigo, Juan Carlos se llama, que decidió hacerse bombero. Está luchando contra unas oposiciones insufribles, más altas que el Windsor y casi tan estúpidas. Las plazas salen a cuenta gotas en un país donde lo que falta, precisamente, es el agua. Hay tanta gente dispuesta a trabajar de uno de los oficios que considero más importantes y a la vez más peligrosos, que cada examen (físico, test, de oficio y teórico) es una pequeña maratón que me río yo de los particpantes olímpicos. Mientras tanto, cada verano va a un retén de Guadalajara. La diputación, la junta o quien demonios sea, tiene una subcontrata, la empresa en cuestión aprieta presupuestos y sólo da tres meses de trabajo. He ido varias veces a verle, de hecho Montejo está a pocos kilómetros de la provincia de Guadalajara, atravesando la sierra Pela y siguiendo por pistas se podría llegar al Cardoso y al retén de Montes Claros, que es donde él está, pero las comunicaciones entre provincias (entre Soria y Guadalajara, imagínense!) son nefastas, así que hay que dar un enorme rodeo, pasar por las provincias de Segovia y de Madrid para entrar a la comarca donde ellos se hallan. De hecho, hablé ayer con mi madre y me decía que desde Tiermes se veía el resplandor de las llamas del incendio de Guadalajara. Vuelvo al tema. En una de las ocasiones en que fui a visitarlo me dijo que estaban de elecciones sindicales. Querían presionar para trabajar más meses al año ya que, llegado junio, el riesgo de incendio ya es elevado, y no hay tiempo para hacer las tareas de prevención (corta fuegos, limpiar el bajo bosque, etc.)
A veces me despego bastante de los medios de comunicación y hasta el lunes por la mañana no me había llegado la noticia de que 11 muchachos de un retén de Guadalajara habían muerto. Leí uno a uno el nombre de los pueblos que mencionaba la noticia y el del retén, ninguno me sonaba. Iba leyendo con un nerviosismo extraño, me recordaba a mí mismo mirando los números de la lotería, pero en aquello no había azar, había, primero de todo, un pobre cretino que cometió una imprudencia, pero detrás, una infraestructura cogida con pinzas, nada que ver con el azar, sino con la estupidez, la racanería, la mezquindad.
Después de un buen rato conseguí hablar con Juan Carlos. Había visto mis llamadas y me respondió en cuanto pudo. Estaba en su retén, pero le podían haber llamado para desplazarse, de hecho estaba de guardia. Los conocía a todos, todos chavales jóvenes, como él. Han enviado a la infantería, me dijo, y continuó: espero que algo cambie, joder, esto que ha pasado ha sido muy gordo.
-Cuídate.
-Claro. Siempre, Óscar, siempre.

El gusto de las palabras

El gusto de las palabras El día del juicio, el pastelero argumentó que si aquel mendigo se había saciado con la magnífica visión y el aroma de los pasteles que exponía en su escaparate, bien justo sería que pagara por ello. El juez dictaminó a favor y mandó al mendigo que tirara sobre la mesa las monedas que hubiera recogido aquel día.
- Puede considerarse pagado, señor pastelero, habiendo escuchado el sonido de las monedas golpeando en la madera.

Las palabras tienen distinto sabor cuando están cocinadas en el horno de la lengua y nos llegan servidas de boca a oreja. En Senegal a los cuentistas les llaman griots, y soportan con orgullo el peso de mantener la historia de las familias. Antes de que alguien se entretuviera en transcribir la Odisea, los griegos la recitaban de memoria en las plazas públicas. En Soria muchos pueblos tienen en la plaza una columna llamada rollo. Su uso suele atribuirse a las ejecuciones públicas, pero yo prefiero pensar que lo único que se ejecutaba mientras se alargaban las sombras, eran charlas inacabables a la caída de la tarde, y es por eso, y no por otra causa, que la puesta de sol se ralentiza tanto en la meseta, pues el sol no se quiere perder el final de la historia.

ANIN, associació de narradores i narradors de Barcelona, es un colectivo de cuentacuentos que mantiene el fuego encendido de la narración oral. En el número 7 de su revistaSilvano Andrés de la Morena y Carme Muñoz Gimeno recogen de viva voz unos cuentos de Cuevas de Ayllón. Con un poco de imaginación en vez de leerlos, uno puede escuchar a Antonino del Cielo giradeshebrando las historias bajo un rollo al que le crecen las ramas.

(la foto, rollo de Caracena, enlace a Pueblos de España)

Girando sobre el cielo

Girando sobre el cielo

Que el cielo gira ya lo ha dicho Mercedes Álvarez. Lo único que eché en falta en la película fue la silueta de algún abanto sobrevolando, majestuoso, el cielo del celuloide. Los buitres son aves carroñeras que despiertan pocas simpatías y arrastran leyendas de mal augurio bajo sus alas. Sin embargo, antes de que llegaran los parques eólicos que giran como relojes amenazadores en el horizonte mesetario, el abanico de sus alas era el sonido y la imagen que mejor representaba el sosiego sobre las colinas de grano. Alrededor de Montejo existen varios enclaves donde los riscos son suficientemente pronunciados como para albergar una colonia de buitres leonados. A la derecha de la carretera una vez pasado el municipio de Liceras, o al otro lado del río tras dejar atrás las ruinas de Tiermes, o incluso en Montejo, bajando los callejones del río. Acompañando a este, las paredes siguen los meandros resecos. Y pensar que hasta hace sólo unas décadas las mujeres del pueblo bajaban hasta allí para lavar la ropa. Del río ahora no queda ni agua. Hace algún año mi madre tuvo la ocasión de verlo formando un torrente por unas lluvias que hicieron asomar caracoles y setas. Me dijo que no lo recordaba así desde niña. El rastro, sin embargo, es evidente. Los álamos se empeñan en crecer en la antigua orilla y el surco que dejan entre las dos hileras es el camino que fue del agua. Los humedales con ranas se encuentran en las hondonadas forzándonos a mojarnos los pies o a abandonar el lecho del río si queremos seguir la excursión. Si hemos sido silenciosos y salimos de la espesura de los álamos una pradera nos separará de la pared donde los buitres tienen su morada. Cuando llueve vemos perfectamente las cascadas que han ido dibujando las cavidades de esa roca ocre y arenosa. Aunque al principio no distingamos a los animales, las manchas blancas que caen desde las terrazas nos indican que aquello es una morada. Los buitres se asoman tímidos y sin prisa por salir para ser fotografiados. Un consejo es el de mantenernos quietos frente el gran frontón de piedra. Estirarnos en el suelo y esperar con los prismáticos preparados. El silencio, por si no lo he dicho, es la presencia primordial en este enclave, así que podemos espiar el viento que antes de llegar se anuncia en las hojas de los álamos temblones o el zumbar de mil insectos. Tal vez, con suerte, escuchamos en el bosque cercano los gruñidos de algún jabalí, y por último, el sonido que calla a todos los demás: uno de los buitres abre las alas y salta desde su terraza, parece que no va a remontar el vuelo, agita sus pesadas alas justo encima de nuestras cabezas y mientras se alza por encima de la copa de los árboles, hemos escuchado el batir de sus alas, la suavidad de sus plumas acariciando el aire, el pacto que las hace criaturas de los cielos.

Respondiendo a Bécquer

"Poesía somos todos"

(en la tapia del juego-pelota de Aldealpozo)

El tiempo

El tiempo

(Iglesia de Rebollosa de los Escuderos)

proverbio:
"La fe mueve montañas"

adivinanza de la Tierra Media:
"Devora todas las cosas
aves, bestias, plantas y flores;
roe el hierro, muerde el acero,
y pulveriza la peña compacta;
mata reyes, arruina ciudades
y derriba las altas montañas."

El cielo gira

El cielo gira

Dicen que si una mariposa mueve las alas en Tasmania, puede provocar un huracán en Tegucigalpa. También dicen que el boca a boca es el mejor método de comunicación para las películas que no tienen presupuesto.

Lo que es seguro, es que el cielo gira.

Niñas y niños

Niñas y niños

La vieja escuela. Morcuera

El eco en las paredes

"Aznar traidor, Castilla Comunera" escrito sobre una tapia, en la carretera de San Esteban de Gormaz a Montejo.

La ciudad invisible

A parte de un libro de Italo Calvino, y de un programa de radio 3, las ciudades invisibles duermen en tierras de medio mundo. Tiermes es una ciudad celta que cayó a manos de los romanos, hoy sólo ruinas que pasan desapercividas bajo el cielo de la meseta. Pero los pueblos de la comarca, aún habitados, agonizan de olvido.