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Tiermes

La comarca y alrededores

El rescate

El rescate

La algarabía se contuvo cuando nos enteramos de que uno de los dos ocupantes se había herido gravemente. Las explicaciones de lo que había sucedido las dio el aprendiz que salió ileso, pero con un buen susto: el avión planeaba en busca de un lugar donde aterrizar, con la mala suerte de que el piloto no distinguió los cables de la luz entre los postes de madera. En la embestida arrastró el cable y arrancó un par de postes dejando al pueblo entero sin luz y perdiendo la estabilidad necesaria para tomar tierra, de modo que se fue al suelo de golpe. Ya existían los teléfonos móviles, pero en Montejo apenas hay cobertura, fue Julián el que logró llamar al SAMU de Madrid. Después todo pasó muy rápido. Todavía andábamos perplejos con lo sucedido cuando escuchamos el ruido de un motor más potente que el de una cosechadora. Se acercaba por el oeste un helicóptero de emergencias. Los pocos habitantes que aún quedaban en el pueblo se unieron al círculo de curiosos: ¿dos aterrizajes en el mismo día? Eso había que verlo. Sacaron al accidentado y lo instalaron en una camilla. El aire se había vuelto opaco del polvo y la paja que levantaban las hélices. Las voces callaban sepultadas por el fragor y por la expectación del rescate. Cinco minutos después el helicóptero volvía a alzar el vuelo y desaparecía en el horizonte; la escoria volvía al suelo como los posos de una infusión y nosotros volvíamos a abrir los ojos sin miedo a quedarnos ciegos. El aeroplano roto como un juguete seguía allí confirmando que no habíamos tenido una alucinación colectiva.

Objetos Volantes

Objetos Volantes

Hacía tiempo, sin embargo, que no se avistaban más Objetos Volantes que los aviones regulares que cruzaban el cielo hacia Barajas. Martincorvo había tenido su momento de gloria, las alas coloristas del artificio había asombrado a las aves del lugar y a los vecinos del pueblo, pero el suceso no pasó de anécdota y la pradera perdió interés incluso para los chavales que encontramos en otros prados mejor lugar para nuestros partidos. Condenado al ostracismo, Martincorvo cayó presa de los cardos y del olvido entre los chopos del camino.
Tal vez fue por eso que el ultraligero no encontró la pista de aterrizaje y se fue hacia los sembrados. Luego hubo testimonios que aseguraban haberlo visto planeando sobre la iglesia minutos antes de sentir el estrepitoso impacto, pero todos se contradecían al indicar de dónde venía. Y sin embargo alguno lo tuvo que ver, porque alguien dio la alarma y el pueblo en masa bajó a ver lo que había sucedido. Era verano, así que la población se había triplicado, lo menos éramos ochenta personas andando por las tierras de labor, incrédulos ante la visión de un aeroplano detenido sobre los campos segados.

El aeropuerto

El aeropuerto

El aeropuerto de Montejo se llama Martincorvo. Es un aeropuerto modesto, como corresponde a la comarca, en el que ni siquiera reparan las compañías de bajo coste. Antes de que el azar lo convirtiera en pista de aterrizaje, Martincorvo era nuestro estadio de fútbol: una pradera entre el riachuelo y el camino que lleva a la piscina. Elegíamos aquel lugar porque era la explanada con menos cardos en los alrededores y nuestras rodillas lo agradecían, pero el tripulante del ala delta que cayó del cielo no pudo distinguir tal sutileza del paisaje (los GPS eran ciencia ficción, Google Earth no se había inventado y Google a secas tampoco), sino que eligió el lugar por el capricho de los vientos y porque a vista de pájaro la pradera debe de parecer lisa y cálida como una alfombra verde.

blogsfera soriana

Me he llevado una grata sorpresa con un par de blogs. Uno viene del Burgo de Osma, y el otro de la parte de Berlanga, os dejo los enlaces hasta disponer de más tiempo y volver a las andadas.

El Doctor Zhivago, Soria y Juan Echanove

El Doctor Zhivago, Soria y Juan Echanove

Encontré un artículo de Juan Echanove sobre Soria con un apunte al Doctor Zhivago que transcribo tal cual porque creo que merece la pena. El artículo íntegro lo podéis encontrar en: http://www.afuegolento.com/noticias/61/firmas/echanove/2402/

"Cuentan, y parece que es cierto, que cuando Carlo Ponti empezó la preproducción de la película “El doctor Zhivago”, consultó a un nutrido grupo de expertos meteorólogos cuál era el sitio de Europa en el que se podrían rodar las escenas invernales de la película, con total seguridad de la presencia de nieve durante todo el rodaje. Los expertos le dijeron que el único sitio que reunía esas características era Soria. Ponti no lo dudó y preparó todo para establecerse en la capital numantina. Pues bien, por esas cosas del cine, resulta que ese año precisamente fue uno de los pocos que se recuerdan como un año en el que la nieve brilló por su ausencia. Ponti, ni corto ni perezoso, emprendió la construcción del decorado majestuoso de una estepa toda nevada, a base de escayolas, cristales etc...”una obra faraónica”...toda falsa, y carísima, qué duda cabe. Pero la película se rodó allí. Yo todavía recuerdo escenas estivales de mi niñez, correteando con mis hermanos por ese decorado todo escayolado...a pleno sol en verano...beneficiándonos de esa apuesta arriesgada de Ponti...Recuerdo que lo que más me impresionaba era el vaho de los cristales, y los enormes carámbanos de cristal. Fue seguramente mi primer contacto con el cine. También durante el rodaje de “El Doctor Zhivago”, convirtieron la estación de Soria en una estación rusa, toda llena de soldados de la revolución, de hoces y martillos, de fotografías de Lenin, y en fín toda esa parafernalia... Imagínense Soria pura y dura...de derechas derechas...franquista a más no poder...convertida en pocas horas en la Rusia comunista. Pues bien, cuentan que un aldeano que venía de trabajar la tierra en Almazán, se quedó dormido en el trayecto que separa este pueblo de Soria...Cuando despertó se encontró a la Soria de su alma convertida en patria Bolchevique, y su cuerpo serrano no lo resistió más de unos segundos. Murió en ese andén cubierto por la bandera (no la bicolor sino la roja) y creyendo sin duda que los rojos habían dado un golpe de timón a la situación española. De vencedor se convirtió en vencido. Nadié comprobó la filiación política del tal labriego, por lo que no puedo asegurarles si murió de gozo o de terror...pero murió, dicen que murió... Y si non e vero e ben trovato."

Shangai Express

Shangai Express

Al poco de empezar el otoño mis padres fueron al pueblo con la excusa de buscar setas y lo que buenamente encontraran. De regreso me trajeron de todo: patatas del huerto, berros del río, setas y níscalos del robledo, y lomo, chorizo y panceta como para echar por tierra cualquier dieta equilibrada. Con semejante despensa más de una mañana varié mi costumbre y en lugar de ir a un bar y pedir un bocadillo me lo llevaba hecho y pedía solo la bebida. Pero el frío avanza, y cualquier mañana de sol es bienvenida, así que en una de estas decidí zamparme los torreznos a plena luz en un banco de la calle. Trabajo cerca del Hospital Sant Pau y de una mutua, por lo que el paisaje del ensanche está poblado por tres grupos bien diferenciados: los vecinos de un barrio corriente, con sus compras, sus prisas y sus cavilaciones cotidianas; los turistas que suben desde la Sagrada Familia con la cámara en ristre; y los abueletes y convalecientes que pasean sus dolencias de la mano de sus acompañantes. El banco que elegí para mordisquear mi ágape estaba vacío de gente y lleno de sol, pero al poco vinieron a hacerme compañía tres abuelos con sus respectiva comitiva de cuidadores. Se pusieron a charlotear distrayéndome hasta que decidí abandonar el periódico y prestarles un poco de atención. No sé cómo sucedió exactamente, estas cosas suceden como un chasquido en las vías del tren que el guardagujas ha decidido mover. Uno de los abuelos, que iba sentado en una silla de ruedas, calada la boina y moviendo las manos casi tan rápido como su lengua, me preguntó a bocajarro si estaba bueno lo que estaba comiendo. ‘Pues sí, gracias, ¿gusta?’ Me dijo que no, que gracias, e inmediatamente después me preguntó de dónde era. Esta es una de esas preguntas que me permito responder mintiendo: ¿a quién demonios le importa si nací en Barcelona? De Soria, dije, y la tuvimos montada. El paisano era del norte, yo del sur, ninguno había puesto el pie en el pueblo del otro, pero los dos los conocíamos de oídas y habíamos estado por la zona. Él, por si acaso, me preguntaba que si no había estado en las fiestas de su pueblo, ‘no, no he estado’, y volvía con que si no había ido a los toros en su pueblo, y así una tras otra. En el grupo había una mujer que también era de la zona. Cuando se enteró de que no había estado en los San Juanes de Soria me dijo que tenía que ponerle remedio, y rápido, que se me pasaba la edad para esas fiestas, y se arrancó con una sanjuanera acabando de un plumazo con su argumento relativo a la edad.
Cometí luego el error de preguntarles desde cuándo estaban en Barcelona, y si ya tenían suelta la lengua se agarraron a la pregunta como a clavo ardiendo pisándose el uno al otro ante los ojos divertidos de sus acompañantes. ‘Cuando yo llegué a Barcelona el tren paraba en mi pueblo’ dijo ella ‘Menuda novedad’ añadió él ‘aquel tren paraba en cada casa del camino, el Shangai Express , le llamaban, porque el viaje se hacía largo como si fueras al otro extremo del planeta. Siguieron hablando solos, discutiéndose y enumerando una tras otra las paradas de aquel tren igual que yo podría cantar de memoria las paradas de la línea 5 del metro.

El Doctor Zhivago

El Doctor Zhivago

Ya no se puede llegar a Soria en tren. Al menos desde Barcelona. Desmantelaron la línea hace años por su bajo rendimiento y ahora las vías se aparecen como huellas de arado sembradas de amapolas. Al cruzarlas con el coche por la curva de San Esteban un reflejo te hace mirar a uno y otro lado con la misma mirada con la que uno se asoma a las ruinas de Numancia, Uxama o Tiermes. Esta tierra está llena de huellas de dinosaurios extinguidos, de cañadas reales por las que ya no circula el ganado al llegar los meses de la trashumancia.
Al tren lo substituyó un autobús de línea que debía cumplir el mismo recorrido, de Barcelona a Salamanca. La compañía que se hizo con la explotación de la línea mantuvo el nombre de RENFE y le añadió el del dueño, supongo, o el del santo del día, quién sabe: RENFE-Iñigo, y mantuvo, eso sí, su elevado precio respecto a los transportes rodados logrando que un trayecto más largo, Madrid-Barcelona, por ejemplo, sea más barato que el billete de Soria a Barcelona. Falta de demanda que haga la línea rentable, dicen, ventajas de los monopolios, digo yo.
El viaje, pese a todo, no puede ser menos que dichoso. En la estación del Norte de Barcelona uno puede entretener la espera jugando a adivinar quiénes serán sus vecinos de viaje. Los autobuses salen para toda Cataluña, toda España, Europa, e incluso alguno cruza el estrecho, pero cuando llega la hora uno confirma o se da cuenta del error en sus pronósticos, pero es fácil acertar más de uno y de dos en la quiniela. Ese castellano seco y cortante al hablar, socarrón e ingenuo a un mismo tiempo, esa mirada un tanto desubicada, como de acabar de salir del pueblo aunque lleven treinta años en la ciudad, pero al mismo tiempo capaces de llegar a Plutón y de hacerse un hueco.
Lo que me gusta del viaje es mirar por la ventanilla. Tengo aprendido el paisaje, pero nunca me cansa. Sólo el regreso, pero ese es otro tema. La ida, sin embargo, también tiene sus inconvenientes. Sólo hay un horario de mañana y las paradas están pensadas para el destino final, por lo que al llegar a la capital de Soria el conductor hace una parada de tres cuartos de hora para comer, y tú allá con la miel en los labios, en uno de esos edificios sin gracia ni esmero, esperando a que arranque de nuevo hasta San Esteban donde alguien te estará esperando para llevarte al pueblo. Añoro, sin haberla conocido, la estación de ferrocarril donde David Lean rodó las escenas del tren del Doctor Zhivago, Soria convertida por un momento en escenario de bolcheviques y revolucionarios.
Pero no hay mal que por bien no venga, se suele decir, y hasta esa espera es bienvenida. Y es que el bar de la estación no es una franquicia de sándwiches y máquinas de refrescos, es una cafetería con camareros encamisados, de chaleco y delantal, de los que se pasan a voces de la barra a la cocina lo que el cliente les ha pedido. Y la estrella indiscutible son los torreznos: corteza de cerdo, panceta, no sé qué otro nombre darle, lo que sí sé es que son inigualables y no aptos para enfermos de colesterol, pero ideales para soportar las tareas del campo a las temperaturas con las que allá rige el clima, y claro, allá donde fueres, haz lo que vieres, que dice otro refrán, y seguro que Zhivago y Lara Antipova se abrían dado ese pequeño respiro entre tanta convulsión.

La última tirada

La última tirada

Setumbal recogió los huesos de la tela, meneó el puño en el aire y los lanzó sobre el tapete improvisado con un gesto que el mismísimo Mallarmé habría envidiado. En Mongolia el shagaay no es solo un juego de azar con múltiples variantes, sino también un instrumento que en la cultura chamánica se utiliza para la adivinación (la astragalomancia fue un arte adivinatorio en la Grecia antigua, el templo a Heracles de la ciudad de Acaya contaba con un oráculo que utilizaba este método en sus artes).

No llegamos a desentrañar con exactitud la lectura que Setumbal hizo de aquellas tiradas, pero la sonrisa que tanto él como Puyek nos dedicaron valió tanto como la bendición con la que nos despidió al amanecer.

Shaagay

Shaagay

Shaagay es su nombre en aquellas latitudes, y tiene las mismas reglas que me había explicado mi madre. La oscuridad ya se había adueñado del campamento, así que la vía láctea me llevó de nuevo a Tiermes. ¿Quién demonios había traído esos cuatro huesos a ese lugar remoto del mundo? Esa fue la primera y egocéntrica pregunta que me vino a la mente, como si no hubiera podido ser al revés, como si los hombres de Genghis Khan o el mismísimo Marco Polo no hubieran podido llevar en los bolsillos esos cuatro huesos como un juego con el que entretener las noches de su largo viaje hacia Europa, y de ahí hubiera llegado a la adormecida meseta. Más tarde seguí la pista. Ya en la Ilíada se menciona una partida de tabas (canto XI), y los romanos las llamaban Alea (suerte), de donde provendría la famosa frase: Alea jacta est! Y más tarde incluso en America Latina hay referencias del juego. También puede ser que diferentes pueblos unidos por una misma cultura ganadera hubieran desarrollado un juego de similares características. El despiece de las reses es algo natural como demostraban las niñas de Montejo al no hacerle ascos a los cuatro astrágalos, y el uso de huesos como materia prima es tan primitiva como la habilidad del homo sapiens. Si a esto le sumamos la inquietud del ser humano por ocupar el tiempo (el juego de azar), o de conocer lo que éste le depara, no tiene porque parecernos tan extraño que el mismo juego se desarrollara en lugares y momentos tan alejados.

(la fotografía: Niña jugando a las tabas, Siglo XIX, Bronce. Museo Cerralbo. Escultura tomada de una obra helenística original del s. II a. C. no conservada, pero de la que se tiene noticia a través de una copia romana.

El jinete

El jinete

Ya habíamos cenado cuando llegó el jinete. El sol destellaba en paralelo al suelo, justo desde donde él llegaba, así que no lo vimos hasta que estuvo encima nuestro envuelto en un resplandor muy cinematográfico. Montaba su caballo con la correa y un urga entre las manos*. Se llegó a nosotros saludando ceremonialmente y se sentó en nuestro círculo entablando una conversación con Puyek. Era fácil distinguir el grado de respeto que infundía cada persona con sólo observar la voz y los gestos de nuestro conductor. Aunque Setumbal se hubiera acercado para vendernos airag** no era tratado como un pelagatos. Le ofrecimos tabaco, nos presentamos con nuestras tres tristes palabras mongolas y dejó de obviarnos como si de repente se hubiera dado cuenta de que no éramos de piedra, o monos, sino seres inteligentes. Empezó entonces el protocolo de hacerse entender y de buscar palabras en nuestro diccionario. Puyek disfrutaba en su papel de traductor mongol-rápido / mongol-lento salpicado de alguna palabra en español que él también iba aprendiendo. Resultó que Setumbal tenía 65 años (la esperanza de vida en Mongolia raya esa cifra), 6 hijos, un centenar de caballos, ochenta yaks, 126 ovejas y 48 cabras. Los gers que habíamos visto escampados por el río eran de su familia, los rebaños los suyos, y los pastores que los cuidaban, sus hijos. Setumbal había formado parte del ejército ruso cuando los dos países eran aliados. El vodka fue lo que le abrió la boca y empezó a deleitarnos con canciones épicas. De su andadura castrense conservaba unos prismáticos tuertos que llevaba en el zurrón y unas medallas que nos enseñaría a la mañana siguiente. Nos dijo que no tuviéramos miedo a los lobos, que él rezaba cada día a los espíritus de los ovoos: el viento, la montaña, el río, y que estaríamos protegidos. Al día siguiente nos daría la bendición para el viaje. Pero cuando estaba a punto de irse y guardó los prismáticos, vio algo en el fondo del zurrón que le hizo detenerse. Sacó una tela cerrada con un nudo, lo deshizo y dejó caer cuatro huesos de cordero.

* palo largo con un lazo con el que cogen los caballos. Urga, territorio del amor.
** leche fermentada, la bebida alcohólica tradicional de Mongolia.

Los meandros

Los meandros

No había oído hablar de ellas, de las tabas, más allá de las anécdotas de mis padres, hasta que me topé con ellas. Llevábamos conduciendo horas hipnotizados por el paisaje. La tarde se dejaba vencer, podríamos habernos detenido en cualquier lugar para plantar la tienda, pero eso habría significado renunciar a otro lugar tal vez más maravilloso. Durante el viaje experimentamos una sensación parecida a la de estar en un museo lleno de joyas entre las que hay que elegir a la hora de detener la mirada, y nosotros sabíamos que el museo acabaría cerrando, nuestras vacaciones agotándose. Por fin el terreno se elevó y pudimos ver desde lo alto el río junto al que corríamos en paralelo. El terreno era totalmente plano a excepción del promontorio desde donde oteábamos el horizonte y el río se extendía en meandros imposibles, inundaba praderas y daba de beber a caballos, ovejas, yaks y cabras. Con solo mirarnos a los ojos supimos que aquel era el lugar. Puyek asintió contento por nuestra elección y en seguida se dispuso a indicarnos cuál sería la ubicación y orientación ideal para la tienda.

Las tabas

Las tabas

Hay otro juego, sin embargo, del que no he sido testigo directo pero siempre me llamó la atención. Mientras que los niños jugaban al fútbol o al potro, las niñas se arremolinaban en el suelo para jugar a las tabas. Las tabas es una especie de juego de dados con la peculiaridad de que los dados no son tal, sino huesos del pie del cordero. Cada vez que se mataba un cordero (cosa excepcional, no vayan a creer) las niñas esperaban que tras despellejar, sangrar y descuartizar al animal, los mayores les brindasen esas piezas –astrágalo, le llaman los libros de anatomía- para ampliar su colección. Ajenas a las matanzas daban los huesos a las hormigas para que los mondaran bien y eliminasen todo resto de carne. Después podían jugar con ellas lanzándolas al aire mientras manipulaban las que habían quedado en el suelo en busca de la mejor combinación en una mezcla de juego de habilidad y de azar.

La calva

La calva

Aunque las expresiones de triunfo o enojo más elocuentes las tengo directamente relacionadas con el otro juego, el de la calva. Ese año los juegos se organizaron en las eras. Había carrera de sacos y piñata para los niños, bolos para las mujeres y la calva como plato fuerte para los hombres. Debía de ser el día de la fiesta grande, porque el cura merodeaba después de misa esperando el convite en casa del alcalde. La calva es un codo de madera que ha de ser derribado por las mojonas, unos cilindros de madera o metal que se lanzan desde la distancia. Lo practicaban los pastores en los calveros, terruños desprovistos de vegetación ni relieve que entorpeciera un buen tiro, y la calva no era otra cosa que la cornamenta de una res muerta. Ahí andaban los paisanos lanzando uno tras otro hasta que le llegó el turno al tío Silverio, boina calada y caliqueño en los labios. La tensión de las películas americanas cuando el bateador de béisbol necesita una carrera para dar la vuelta al marcador, era poca en comparación con la vivida en los segundos en que Silverio desató el brazo para lanzar la mojona. En seguida vimos todos, y él el primero, que su tiro iba desviado, así que antes de que llegara a destino ya se le había caído el pitillo de la boca y le salía una de sus porfiadas blasfemias: “¡ME CAGO EN…” Fue tan largo aquel instante que todos pudimos ver al señor cura, las manos cogidas a la espalda, su mirada rancia tras las gafas llevando las pupilas hacia otro lado, como si así no fuera a oír lo que venía después: “… LA MAR SALADA!” Hubo un suspiro generalizado y unas risas por lo bajo. El cura, hombre de poca fe, ya se andaba santiguando.

La tanguilla

La tanguilla

La calva es algo más que lo que los sorianos se cubren con la boina, así como la tanga (o tanguilla) no es sólo una prenda sexy si la ves e incómoda si la llevas puesta. La calva y la tanguilla son dos de los juegos más populares en las tierras de la meseta, así como el frontón (con o sin raqueta), los bolos o cualquier variedad de juegos de cartas (guiñote, mus, tute, brisca, subastao, remigio y un largo etcétera) de los que todos los vecinos tienen alguna copa correspondiente a las fiestas del pueblo de algún año. Pero estos dos son curiosos, creo, por no ser tan habituales fuera de Castilla.
Para jugar a la tanguilla se ponían los mayores en la recta que va desde el bar hasta el cruce. Los coches que llegaban entonces tenían que dar la vuelta y entrar por el otro lado del pueblo (Montejo es un pueblo muy pequeño, sólo tiene dos accesos) o esperarse a que acabara la partida.
Al administrar los recuerdos el tiempo parece embalsamado y seleccionamos aquellos instantes preferidos dándoles una preeminencia de la que tal vez carecieran en su momento. Lo cierto, sin embargo, es que trampa o no de la memoria, aquellos mediodías de domingo recién salidos de misa se respiraba vida. Ganas daban de olvidar el aburrido sermón del cura, que lo único que abría era la sed de aperitivo y chascarrillos, ganas daban de detener el tiempo en ese momento perfecto. Los hombres formaban sus grupos y organizaban los turnos con una moneda al aire, la moneda acababa junto a otras sobre la vertical del pequeño tuvo que había que derribar con los tejos. El sonido del disco del metal arañando el suelo lo utiliza Mercedes Álvarez para hacer una regresión a una escena del pasado. Yo me quedo allá, en la carretera del cruce, escuchando la algarabía que se animaba o desesperaba con cada una de las tiradas.

La música del olmo

La música del olmo

Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido.

Ocupaba el centro del patio en frente de la iglesia. Un olmo recio que los abuelos recordaban allí desde el principio de los tiempos, allá cuando el patio era un campo santo. Se levantaba el árbol por encima de los muros y a la salida de misa los parroquianos se iban a su sombra para olvidar el sermón y pactar las parejas para la partida del guiñote. Poco a poco el bullicio se apagaba, alguien iba a casa en busca de la raqueta y golpeaba la pelota contra el frontón a modo de goteo sobre las últimas charlas. Al final quedaban las beatas y el señor cura, ya sin sotana, que sacaba del bolsillo la madre de todas las llaves y cerraba la iglesia hasta el domingo siguiente. El olmo volvía a quedar tranquilo mientras los parroquianos se iban al salón a hacer el aperitivo.

Al patio de la iglesia lo precede un atrio al que llamábamos portalejillo. Era, y es todavía, muy espacioso, con dos ventanas en arco en cuyo dintel se pueden sentar hasta tres personas, y una puerta por donde entran y salen los santos cuando llegan las fiestas. Dentro hay unas escaleras que suben hasta la misma puerta de la iglesia. El portalejillo ha sido testigo de las intimidades de todo un pueblo, y sobre sus escalones se han dicho y cometido más pecados que los que adentro se han confesado. Tal vez por ser lugar donde habitan las ánimas, elegíamos las escaleras del atrio para hacer espiritismo. Las preguntas que lanzábamos al anillo eran de serie rosa. ¿De quién está enamorada Isa?, ¿a quién sacará a bailar Paco el día de la fiesta? El anillo vibraba sobre la tabla que hacía de ouija y parecía sufrir convulsiones entre los dedos que lo empujaban. Las chicas se confabulaban para señalar las letras de aquel de quien querían reírse toda la noche y nosotros, visto que no había manera de asustarlas con historias de aparecidos, aguardábamos a que en un despiste alguna abriera demasiado las piernas y quedara al descubierto el color de lo que se escondía debajo de sus falda: ¡Verde! Soltaba uno de los chicos señalando las braguitas que habían quedado a la vista, y la cogida in fraganti cerraba las piernas como una tenaza y nos miraba malhumorada.

Pese a sabernos profanadores de la paz de una necrópolis, invocando a los espíritus, y habitando un espacio por donde los murciélagos revoloteaban buscando insectos con los que alimentar su sed de sangre, no había sitio para el miedo en nuestro portalejillo. Por entre los ventanales de piedra se asomaban las ramas del olmo recortadas contra la noche negra, pero más que miedo nos recordaba que estaba ahí para ser trepado por nuestras rodillas despellejadas y nuestros cuerpos enclenques. Más tarde, en ese mismo marco aprendimos a tragarnos el humo de los primeros cigarrillos y los besos de nuestros primeros amores. El olmo volvía a ser nuestro cómplice. Para declarar nuestro amor no hacía falta trepar a lo más alto del árbol, bastaba grabarlo a la altura de los ojos para que lo vieran todos, como un tatuaje sobre la piel de un elefante que en lugar de trompa tiene ramas.

Después siempre existe un período en que nosotros no estamos. Desaparecemos perdidos en nuestros cambios hormonales y descubrimos que se puede ir de vacaciones a más sitios que a Soria. Tardamos en volver y cuando lo hacemos han empedrado el atrio; hay teléfono en todas las casas -no como cuando Carlos, el del bar, te venía a buscar a casa en su bicicleta para decirte que te habían llamado de Barcelona, y dejabas lo que estuvieras haciendo para esperar la nueva llamada-; dejamos de estirarnos, pese a que nuestras tías insisten en que estamos más altos cada vez que nos ven -tal vez porque ellas se han encogido y se vean más cerca de la tierra- y alguien te dice que el olmo está enfermo. Cómo puede estar enfermo un árbol, me pregunto. Pero así es.

Grafiosis, o tristeza del olmo, la llaman, que un escarabajo le inyecta por la yugular de sus venas incubándole un hongo, el Ceratocystis ulmi, capaz de obstruirle la circulación de savia y envenenar sus hojas hasta matarlo. La plaga se extendió en los 80 por toda Europa acabando con las olmedas de la península hasta el punto de que actualmente sólo quedan individuos aislados y una única olmeda en el municipio de Rivas Vaciamadrid, cuya conservación es uno de los objetivos del Proyecto Europeo para combatir la grafiosis. Lamentablemente entre los supervivientes no se encontraban ni el olmo de Montejo ni el de la dehesa de Soria. Hubo allí un olmo majestuoso, el árbol de la música, lo llamaban, porque habían construido a su alrededor una estructura metálica en forma de quiosco que albergaba a la banda municipal para que hiciera sus conciertos en las tardes de domingo. Hicieron todas las pruebas posibles, le aplicaron todas las vacunas, pero el hongo de la grafiosis le secó las venas y ya no hubo música que le hiciera sonreír.

Más amables eran nuestros grafitos de amor que sólo arañaban la piel ruda de nuestro olmo, incapaces de imaginar que aquel monolito plagado de arrugas tuviera debilidades capaces de hacerle marchitar hasta extenuarle.

El poema de Machado acaba esperanzado en un nuevo milagro de la primavera. Arrancaron el cadáver de nuestro árbol atajando la poca fe que nos quedara, es cierto, pero en la base del atrio, al otro lado del muro, han asomado unos tallos de olmo que han debido de nacer de su misma simiente, raíces que quedaron hundidas en la tierra del antiguo cementerio.
Ahora entiendo que aquel lugar nunca nos pareciera siniestro.

Silencios

Silencios

El Parlamento Europeo condena el golpe de estado de 1936 y la dictadura en la que Franco sumió al país durante 40 añitos -total, un suspiro- y el PP no sólo vota en contra, sino que Mayor Oreja se dedica a hablar del peligro de una segunda transición y de la inminente quiebra de España.
Y me pregunto yo que si les costaría tanto. Total, están tan acostumbrados a mentir, que aunque nadie se iba a creer su arrepentimiento -o si les parece demasiado fuerte, su condena- y quedarían la mar de monos. Total, si hasta el papa con pasado nazi ha pedido perdón por el silencio de la Iglesia ante el genocidio de judíos. Tarde, pero más vale tarde que nunca, dicen. Y digo yo que los vástagos que rompieron aquella España que les sale por la boca cada vez que hablan, podrían hacer un llamamiento a la reconciliación desde el perdón. Es así como se gana el cielo, ¿no? A ver si ahora va a resultar que no, que en el único cielo en el que creen es el de la tierra y por ello crean en él paisajes dignos del Apocalipsis y abren las puertas del infierno para quemar a los no creyentes.
Lo de la condena se parece un poco a lo de las estatuas. ¿Se acuerdan de la que montaron cuando les quitaron el infame a caballo de no sé qué calle de Madrid? Por mí como si lo quieren poner en el jardín de casa e idolatrarlo junto a estatuillas de gnomos, pero me temo que la ecuestre figura huele a anticonstitucional. ¿Les suena la palabra? Es la que viene después de socialistas, ETA, Estatut y diálogo cuando la pronuncia Rajoy & friends. Como si el silencio pactado en el ’78 fuera lícito, pero no las conversaciones de 2006 para acabar de una vez por todas con las bombas. Y lo bueno es que yo también estoy a favor del silencio, pero es que hay muertos que están pegando gritos en fosas comunes, calles que al leerlas en el callejero te traen sangre a la boca y nombres de pueblos apestados por la muerte.


Ya hablé de San Leonardo de Yagüe hace algunos meses. Desde entonces he estado leyendo sobre el caso. El teniente coronel Yagüe estaba destinado en Ceuta cuando Franco se levantó con el pie derecho el 18 de julio. Pero estuvo poco tiempo, la plaza aguantó poco o nada, y enseguida cruzó el estrecho con sus tropas en un convoy de buques mercantes protegidos de la flota republicana por los bombarderos italianos Savoia 81 y 3 acorazados alemanes. La mayor hazaña por la que se le recuerda es la de Badajoz: “No se podía distinguir entre combate y represión porque, desde el momento en que penetraron en la ciudad, no hubo nadie que diera órdenes para continuar o cesar el fuego […]. La plaza de toros se convirtió en campo de concentración. Muchos milicianos, y todavía más carabineros, fueron fusilados por orden de Yagüe. […] Probablemente nunca se sabrá el número exacto de muertos. Puede que no llegaran a los 1.800 de que habla Jay Allen, del Chicago Tribune. (Thomas, H. La Guerra Civil española. Barcelona: Grijalbo Mondadori, 1995, Vol. I, pp. 406-407) y “El coronel Yagüe dijo a un corresponsal portugués que quizá 2.000 era un cifra ligeramente elevada. Nadie puede decir con seguridad si el coronel sabía exactamente cuántos eran los fusilados, o si se contentó con dejar suponer al periodista que él había mandado fusilar a todos esos hombres como si tal cosa.“ (Jackson, G. La República española y la guerra civil (1931-1939). Barcelona: Orbis, 1985. pp. 243-247).


De la batalla y la inmediata represión se hace una descripción brutal, con las tropas moras castrando a sus víctimas, montones de cadáveres expuestos para dar ejemplo, e incluso se afirma que a los fusilamientos en masa en la plaza de toros se invitaba a personalidades del bando rebelde para que asistieran al espectáculo.

No hace falta creer a pies juntillas la descripción de la batalla, la realidad, ya se sabe, supera a la ficción. La wikipedia recoge sólo una frase de la entrevista que le hizo el corresponsal extranjero John T. Whitaker a Yagüe. Le cuestionaba la masacre perpetrada en la plaza de toros, y Yagüe responde: "Claro que los fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿suponía que iba a llevar 4000 rojos conmigo mientras mi columna avanzaba contra reloj? ¿suponía que iba a dejarles sueltos a mi espalda y dejar que volvieran a edificar una Badajoz roja?."

El baile de cifras es lo de menos, lo de más es que esos muertos ya no van a poder bailar, y en cambio, en las fiestas de San Leonardo los 2.000 vecinos, más o menos la cifra que manejan los historiadores sobre la masacre, bailan ajenos al apellido que Franco le puso al santo de su pueblo. Que quede claro que no critico a la población, ni de San Leonardo ni de ninguna parte. Por lo general, la gente no está para historias y ni saben, ni les importa, quién es el tipejo en cuestión al que conmemora una placa, son las instituciones las que deberían estar al tanto de borrar los símbolos, ponerle nombre a los muertos y a los asesinos y entonces, tal vez, se podrá hacer el silencio. Hasta entonces, que se callen ellos.

Sexo y escarcha en las eras

Sexo y escarcha en las eras

Buscaba desde hacía tiempo un libro de Juan Antonia Gaya Nuño titulado El Santero de san Saturio. En las librerías de Barcelona donde había preguntado me habían quitado toda esperanza de dar con él: agotado, decían, y yo les había creído. Cosas del destino, di con un ejemplar en la biblioteca del Instituto Cervantes de Tetuán, pero sólo estaba de paso, por lo que no pude arrancarle más que unas páginas de lectura, y éstas fueron suficientes para confirmar lo que ya imaginaba, ese libro me interesaba: un retrato sarcástico de Soria y de los sorianos hecho por un paisano que vuelve tras años de ausencia y ocupa la plaza vacante de Santero respondiendo a un anuncio del periódico. Como equipaje las obras de Proust, Sastre y Valle-Inclán. Anoté en mi libreta una de esas frases que te llama la atención y me resigné a volver a dar con él alguna otra biblioteca: “Los hombres de la meseta no somos amantes del mar, y sólo lo concebimos como una curiosidad que conviene ver; el mar es como la torre Eiffel o como el rinoceronte.”

Hay en la calle Collado de Soria una de esas librerías con vocación de templo, las Heras se llama. Me había dirigido mi padre diciendo que ahí encontraría bibliografía soriana en abundancia, pero lo que no podía imaginar es que a diez metros del portal iba a reconocer la cubierta del libro expuesta en el escaparate. Me hice con un ejemplar de entre la pila que había sobre una mesa y, calmada el ansia, me dediqué a investigar el resto de títulos. Había dedicados al arte de la provincia, a su flora y fauna, y a rutas de senderismo. Estaba la última biografía de Ian Gibson sobre Antonio Machado, la poesía de Gerardo Diego y las leyendas de Bécquer. Buceé entre varios y acabé cogiendo Rueda de sucedidos, un libro que relataba las costumbres locales de un pueblo siguiendo las muescas del calendario. Estaba a punto de irme cuando me sorprendió la cubierta de otro: dos figuras se entrelazaban en un coito cubista. El título: Kamasutra. Me acerqué al librero con los tres libros entre las manos.

Al pobre santero casi lo decapitan en alguna guillotina sin alma. Dos mil ejemplares que ocupaban cuatro metros cuadrados de almacén iban a convertirse en pasta de papel, por eso la librería había comprado los restos y los tenían allá sin asomo de lástima: les quedaban apenas cuarenta ejemplares. Ya podía preguntar yo en Barcelona. En cuanto al Kamasutra, pregunté, ¿qué hace en la sección de la provincia? ¿Y por qué no habría de estar? me respondió el librero. El tema es muy de la tierra. Me reí, no se lo iba a negar, pero me aclaró que Roberto Maján, el autor, era de Soria. Visto su garbo le pregunté por un tal Lázaro de quien había leído que tenía publicado un libro de relatos, uno de los cuales ambientado en Montejo de Tiermes, pero no le sonaba, y se conectó a internet buscando por el nombre del pueblo. Le salió un blog sobre Tiermes y le dije que no, que no era ese, y por fin dimos con Juan Manuel Lázaro a quien seguiré la pista. Nos despedimos y me fui de Las Heras con tres libros bajo el brazo.

Lo que son las cosas, a Gaya Nuño lo he dejado para más adelante, sin embargo, me bebí de dos tragos la Rueda de sucedidos de Raimundo Lozano. Por fin he aprendido lo que es el Rosario de la Aurora, o porque sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, pero eso no viene al caso. Lo que me quedó en el tintero fue el anís que bebían los mozos en la taberna antes de irse a las eras, anís escarchado. Lo tenía en alguna parte del cerebelo cuando semanas más tarde, en un bar donde a veces paro a tomar café, me topé con una botella detrás de la barra que llevaba la misma etiqueta. Oiga, le dije al dueño, y eso qué es. El hombre sacó la botella de la repisa y la miró como si hubiera descubierto la lámpara de Aladino. No hará años que no sirvo una copa de este coñac, me dijo, y de repente le vino a la memoria un cliente que era farolero, y que antes de apagar una a una las luces del barrio, se pasaba por su bar y se echaba una copa de coñac escarchado. Pero qué es, insistí yo. Pues nada, coñac garrapiñado, con mucha azúcar, para hacerlo más bebible, supongo yo, y me puso un chupito. Invita la casa, chaval. No iba a decir que no, así que lo olí, lo sorbí y cuando me cercioré de que lo peor que me podía pasar era que me subiera a la cabeza, me lo bebí de un trago a la salud del dueño del bar, del de la librería y de todos los que iban a las heras: escritores, labriegos o jóvenes con ganas de inventar posturas nuevas.

Una piedra en el camino

Una piedra en el camino

Sin conocer todavía la historia de los moais, cada vez que llegaba al pueblo buscaba tras la curva exacta una roca que tenía personalidad propia. Se hallaba entre Morcuera y Montejo, poco después de dejar atrás el desvío de Liceras. Era una roca enorme que se sostenía en un equilibrio imposible y amenazaba con desplomarse sobre el coche en el mismo momento en que pasáramos debajo de ella. A mí me traía a la memoria la presentación de un programa de televisión de finales de los ’70,"La segunda oportunidad" e llamaba, donde un coche se estrellaba violentamente contra una roca que se hallaba en medio de la carretera.
Perdido aquel miedo infantil, la roca seguía constituyendo un mojón fundamental en el viaje al pueblo. Tras el ritual del maletero, de la carretera oscura y fría, del avistamiento del Moncayo y del puente sobre el río Duero, el último tramo lo constituía la salida de San Esteban. Después se iniciaba un periplo de 28 kilómetros de curvas dignas de rally por entre las encinas del monte. Al pasar el último desvío ya nada se interponía entre nosotros y las vacaciones. La piedra, más que amenaza, era una puerta abierta en señal de bienvenida.
Años más tarde, cuando visité Montserrat más allá del monasterio, me asombró el bullicio que los fieles a la tienda de souvenir eran capaces de provocar. Aunque mayor fue la sorpresa cuando ya resignados a la imposibilidad de zafarse del ruido, llegamos a un paso entre las rocas detrás del cual el sonido se disolvió como azúcar en el café.
La frontera invisible que mantiene la comarca de Tiermes inmune al ruido, se sitúa en alguna de esas curvas insalvables, tal vez en el vértice exacto donde la roca esgrime sus habilidades como equilibrista. No en vano es frecuente encontrarse con alguna pareja de corzos merodeando tranquilamente al límite de la arboleda, ajenos a un trasiego desconocido por aquellas latitudes.
Pero todo llega, incluso el ruido. Desde años que se conocía un proyecto subvencionado por la UE para mejorar el trazado de la carretera. Habían empezado por el yacimiento arqueológico dejando patente que lo que importaba comunicar eran las piedras, y no los pueblos. Uno recorría sus 28 kilómetros de curvas hasta Montejo, más otros siete de llano mal asfaltado, y al llegar al cruce de Carrascosa aparecía un tramo de autopista que llevaba a las ruinas. Este año, por fin, las excavadoras ya habían echado mano del recorrido completo. Las tres primeras curvas del monte habían desaparecido, pero el resto seguían ahí, como el dinosaurio de Monterroso, igual a sí mismas, tanto que había quien se jactaba de recorrerlas con los ojos cerrados de tantas veces que las había repasado volante en mano. Aunque la leyenda era otra, la que prodigaban los conductores noctámbulos mientras el tractor de turno sacaba su coche de los campos de labranza: “que sí, que te digo que anoche la curva se movió de sitio.”
Lo que sí movieron las excavadoras fue la roca acróbata. En el fondo yo creo que era una nube antigua que había bajado a ras de suelo una mañana de niebla y se había quedado dormida. Espantada por las excavadoras había levantado el vuelo y ahora debe de andar por ahí adquiriendo nuevas formas para que los niños sigan jugando a imaginar lo que esconde su barriga. Cualquier día vuelve transformada en moai. El que volvió nada más irse las escavadoras fue el silencio, y la familia de ciervos.

El vigilante de la Isla de Pascua

El vigilante de la Isla de Pascua

Cuando la expedición de Roggeveen llegó hasta aquella isla ignota del Pacífico sur, se encontró con un paraje desforestado y con una población desorientada y entregada al canibalismo. Las teorías que se han desarrollado para interpretar su historia no van más allá de fabulaciones que no logran demostrarse. Pese a que su civilización nos ha legado una impresionante colección de moais, la extinción de su clase sacerdotal nos ha dejado sin la clave de la escritura con la que testimoniaron sus ritos y su cosmogonía. Una de estas teorías basada en leyendas es la que ofrece Kevin Reynolds en el argumento para su película Rapa Nui. La isla está dividida en clanes cuyas diferencias son medidas en torneos. Los derrotados han de rendir pleitesía al grupo del vencedor durante un año y la mayor de las obsesiones del jefe triunfante es la de erigir enormes moais esculpidos en la roca. Los esclavos talan cientos de palmeras y colocan sus troncos bajo cada escultura para que rueden y hagan llegar los gigantes de piedra al lugar elegido para plantarlo. Con el tiempo, los recursos naturales de la isla son consumidos y la población se entrega a una lucha por la supervivencia. Para entonces el horizonte es una llanura yerma sembrada de ídolos que observan indiferentes el ocaso de una era.

No me percaté de su presencia hasta que me lo dijo Juan Carlos, pero después he ido descubriendo varios. El más evidente es el del río, se recorta su silueta en el perfil de las paredes: un vigilante de la Isla de Pascua en la comarca de Tiermes. Visto desde el río apenas se le distingue. Queda disimulado entre los pliegues de la roca, las cuevas donde los buitres hacen sus nidos y los matorrales que se empeñan en trepar como si fueran cabras arbóreas. Vista desde abajo la cadena del río parece una muralla inexpugnable. Antes de que la asfaltaran, la carretera que salvaba la cuesta era fecunda en accidentes. Carros venidos abajo, espantadas de bueyes y mulas, y un camión que se desplomó y cuya cabina se quedó en el fondo como se quedan los buques hundidos, albergando un coral hecho de herrumbre y musgo. El vigilante tiene ante sus ojos rojizos el arco completo del día. La sierra Pela en el fondo, lomas de pinares y un mar de trigo que cambia de color a medida que avanza el año. En última instancia, a pie casi de la roca, el serpear del río con una columnata de chopos que amarillean en otoño y echan a temblar con la llegada de la brisa.

Nada más tiene la comarca que haga pensar en la isla de Pascua: el mar está lejos, y la deforestación de sus bosques parece improbable, no en vano se le ha concedido el programa life de la Unión Europea e incluso hay una campaña para declarar Tiermes patrimonio de la humanidad. Así que ni siquiera el futuro parece asomarse con similitudes al de los habitantes del islote. Aunque a mí no me preocupa el futuro. Hay otra película, El lado oscuro del corazón, en la que el amigo del protagonista le asegura que su país, Argentina, tiene futuro, eso sí, si es capaz de sobrevivir a su presente.

¡Soria ya!

Semana Santa (y II)

Semana Santa (y II)

Sin embargo, la fiesta que más me gustaba era la de la Resurrección. Por un lado estaba la simbología del acto, pero es que, además, la procesión era mucho más lucida. Después de las consabidas monsergas los feligreses salíamos de la iglesia en dos grupos. La imagen del ataúd se quedaba expuesta en la capilla y los hombres salíamos por la derecha con una imagen del niño que representaba el espíritu resucitado. Las mujeres se iban con sus cantos llenos de dolor y de tristeza con la Virgen María enlutada y cabizbaja. El encuentro se daba a la vuelta de la iglesia donde la Virgen veía a Cristo resucitado. Entonces empezaba la subasta. Epi, antiguo alcalde, ex guardia forestal, boticario y personaje público del pueblo, proclamaba la buena nueva y preguntaba quién ofrecía y cuánto daba por quitar el manto de dolor a la Virgen. Montejo es un patio de vecinos donde todo el mundo sabe todo de todos. Los había que aprovechaban la ocasión para pujar y mostrar su poderío, los había que pujaban para forzar a quien de verdad tuviera algún motivo, y después estaban los que tenían motivos que solían ser relacionados con la salud. Cuando alguien tenía un pariente enfermo gritaba por encima de los vecinos lo que estaba dispuesto a pagar para que la Virgen intercediera por el enfermo de su familia. Cuando Epi decía aquello de “alguien da más” y nadie daba más, a la una, a las dos y las tres, salía la persona en cuestión y le quitaba los alfileres al capote de luto y descubría el traje blanco bordado que llevaba debajo la Virgen. Entonces los cánticos de desesperos volvían a entonarse, pero la música y la letra eran otros, el gozo y la alegría sus proclamas. Se volvían a levantar los pasos y entrábamos todos juntos de nuevo a la iglesia.
Mi padre nunca hizo fotos de su pueblo. Las instantáneas que recuerdo son siempre las de Barceloneta, quizás por eso mis recuerdos de Soria sean en color, sin que la contaminación de grises de laboratorio haya perjudicado al rojo de mi traje de monaguillo, o al brillo de los blasones y al colorido de la procesión.