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08/07/2008

Ramas y raíces - y IX

En la novela "Mentira" de Enrique de Hériz, la antropóloga protagonista es una especialista en cuanto a los rituales referidos a la muerte. Según ella, para las tribus nómadas la muerte no conlleva ningún problema, forma parte, no ya de la vida como reverso, sino de la existencia como algo cotidiano. Los cazadores viven de la muerte a través de la caza, y abandonan a sus muertos sin ritos ni lágrimas. El movimiento genera una eternidad inconsciente que ni la muerte detiene, porque se abandona literalmente dejándola atrás en el ciclo de la vida. Al caer en el sedentarismo la muerte irrumpe, “es la contradicción que pretendemos resolver los humanos de cualquier tribu con nuestros ritos. Por eso disponemos de los cuerpos de maneras más o menos teatrales, en ceremonias que, al fin y al cabo, sólo sirven para ayudarnos a deshacernos de ellos. Deshacernos para siempre y anunciar al mundo que el individuo desapareció pero el grupo permanece, tras restablecer el orden con la mayor velocidad posible. Se reparten las herencias, se dispone el futuro de las tierras, de los objetos personales del muerto, que no sirven, en contra de las apariencias, para recordarnos que murió, sino que nosotros seguimos vivos.”
Un inmigrante no es lo mismo que un nómada, pero se desplaza abandonando el lugar donde inició su ciclo de vida y de muerte, deserta de una sociedad para insertarse en otra con nuevas reglas, y deja crecer raíces y frutos que son sus hijos. Raíces que le alejan de la tierra donde nació, como si fueran las ramas invertidas de su árbol genealógico, las raíces dispersas al aire de la leyenda del baobab. En su caso, la muerte de los ascendentes que dejaron atrás no constata solamente la muerte del individuo, sino la de toda una sociedad que se agota, de la que se desintegran los eslabones que los mantenían unidos. Una sociedad, o lo que es lo mismo, un mundo, como el de los celtas cuando se vieron romanizados, o el de los mismos romanos cuando el Imperio se desmoronó en ruinas.
Cuando entendí esto comprendí sin juzgar las palabras del guía. La anciana basari era la mujer más vieja de su mundo, igual que mi abuela lo era del mío.


07/07/2008

Ramas y raíces - VIII

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Conocí a mi abuela Vicenta con la promesa de la muerte en la boca. Cada verano, cuando corríamos a saludarla, nos apretaba contra su cara rugosa para besuquearnos. Después sacaba de su delantal negro un par de monedas de 25 pesetas y nos las ponía en la mano, palma contra palma, mirada contra mirada, como para que fuéramos conscientes del valor del regalo. No las malgastes, parecía decir. Tenía más de 40 nietos, así que no podía prodigarse dando propinas, pero entre los primos nos reíamos de que para la abuela no subía el precio de la vida. Al despedirnos su augurio tampoco variaba: yo creo que este es el último verano que me veis con vida. Pero era una letanía, ninguno la hacía caso. Cuando cumplió 100 años vinieron de no sé qué programa de la provincia para felicitarla y hacerle una entrevista. Yo la conocí ya vieja y ajada, imposible descubrirle un asomo de coquetería debajo de tanta arruga y tanto delantal, vestida siempre de negro, pero la imagino con un punto de vanidad, como aquella anciana basari, el orgullo de los supervivientes.
Se esperó a que llegara el verano para irse. No quería molestar, solía decir, y hacer que sus hijos y nietos desperdigados por aquellos mundos de dios tuvieran que interrumpir sus vidas para venir al entierro. Además, aguantó en el lecho hasta que llegáramos todos, y uno tras otro pasáramos por su cuarto para despedirnos.
A su hija, mi abuela Justa, la conocí todavía despierta, una mujer de carácter y energía. Se le notaba la casta. Viuda a los 60 años había tirado adelante con sus 6 hijos, y desde la diáspora migratoria de la década de los 40 vivía sola en una casa grande que había albergado la algarabía de tanta muchachada y no pocos animales en el corral. Pero no se le caía la casa encima. Había cuidado a su madre y no se había quedado huérfana hasta cumplir los 80: le quedaba toda una vida por delante y muchos nietos con los que jugar. La abuela Justa también nos daba un aguinaldo cuando llegaban las fiestas. Incluso cuando empecé a faltar a mis citas con el pueblo y me marchaba de vacaciones a conocer horizontes y caras nuevas, en septiembre, al reencontrarme con mi hermano o con mis padres, siempre había un billete arrugado de indudable procedencia. Más que el dinero, a los nietos lo que nos gustaba era pasar por su casa a media tarde. Si hacía bueno y estaba sentada en el portal, te mandaba bajar de la bicicleta, entonces entraba a la cocina y salía con un trozo de pan y media tableta de chocolate, la merienda ideal.

03/07/2008

Ramas y raíces - VII

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Tengo una foto donde se abrazan cinco generaciones de mujeres de mi familia. Mi bisabuela Vicenta, mi abuela Justa, mi tía Mercedes, mi prima Mari, y mi prima segunda, Mercè. En la foto Mercè sale con un lacito en brazos de su madre, ahora ya ha acabado la carrera de derecho. Mi abuela Vicenta debía de tener por aquel entonces cerca de cien años. Digo cerca porque la fecha de la foto es imprecisa, casi tanto como la edad de mi bisabuela.
Hace 130 años, cuando nació ella, los pueblos de la comarca de Tiermes no debían de diferenciarse tanto de los del País Basari. Sin suministros de agua corriente ni luz, la única energía que movía el mundo era la de los sacrificados brazos en el campo y la del fuego en el hogar. El ritmo diario lo dictaban los astros a fuerza de amanecer y esconderse un día tras otro, arrastrando con su tesón el ciclo de las estaciones y de las cosechas. El cura del pueblo anotaría en su libro de registro el nombre y filiación de mi abuela Vicenta con la misma devoción que el griot local de los basari añadiría una muesca más en sus canciones, tesoro donde se guardan celosamente la memoria de todo un pueblo. Tiermes no fue ajeno al expolio que sufrieron iglesias y ayuntamientos de todo el país durante la maldita guerra, por lo que se han perdido entre otras cosas las partidas de nacimiento de generaciones enteras cortando de un dramático tajo el árbol genealógico de las venideras. Cuando pregunto a mis mayores sobre la ascendencia de mis abuelos la historia se acaba en Rebollosa de los Escuderos, entonces un pueblo lejano, hoy un despoblado en ruinas a tan solo 14 kilómetros de Montejo. Es como si al griot le hubiera sorprendido un Alzheimer prematuro antes de transmitir su legado.

02/07/2008

Ramas y raíces - VI

Al llegar a la cima el paisaje volvía a ser frondoso, como en el Niokolo-Koba. Una vez en el llano el sendero rodeaba varias rocas desde donde se podía contemplar la tremenda explanada en la que se fundían las fronteras de Guinea, Mali y Senegal. Al poco de caminar aparecieron los primeros techos de cañas y empezamos a pasar entre cabañas con las puertas abiertas, es decir, con los umbrales sin puertas, la oscuridad como refugio del calor. Parecía que no hubiera nadie, hasta que por fin nos descubrieron los ojos de un niño que nos vino a dar la bienvenida cogiendo de la mano al primero de los blancos de la fila. Después aparecieron más y nos dirigimos a un espacio indeterminado que pretendía ser una plaza, al menos en cuanto a función, porque allí nos detuvimos y charlamos con la intervención del guía. Hablamos de todo y de nada. ¿Qué podíamos decir, nosotros turistas que llegamos allá con los ojos abiertos? ¿Qué podíamos hacer más que contemplar, respirar por unos instantes un ambiente ajeno, remoto, dos mundos que se tocan por un instante? En nuestro atónito estupor el guía aprovechó para presentarnos a la mujer más vieja del mundo, una anciana basari que decía tener 127 años. La saludamos, le dimos la mano, compramos collares a una de sus nietas y alguien le sugirió al guía que su afirmación es un tanto exagerada. El guía se enfadó. Ya le habíamos visto antes así, en ataques infantiles de rabia. Relatándonos un pasaje de la guerra de independencia contra los franceses nos había explicado que las fuerzas de ocupación decidieron calmar los ánimos llevándose de Senegal a un marabú, uno de los líderes espiritual y revolucionario más importantes del país. Una vez en el barco de su exilio pidió su alfombra para rezar hacia la Meca. Los franceses se la dieron, pero le dijeron que no podía rezar en el barco porque era suelo francés, cristiano por tanto. Entonces saltó al agua y pronunció sus oraciones sobre la superficie de las olas. Al finalizar y subir a bordo expulsó la alfombra y ante los ojos desorbitados de los soldados cayeron granos de arena del desierto. Al acabar, el guía nos explicó que eso no era una leyenda, era Historia.

No me habría extrañado tanto si lo mismo me lo hubiera explicado Mamur, el conductor, o Samba, su ayudante. Según ellos habían cazado serpientes de enormes dimensiones con una sencilla y ancestral técnica: sólo había que encontrar su guarida y colocar una hoja afilada de cuchillo. Cuando la serpiente saliera se cortaría en dos hasta llegar al final de su larga cola, porque las serpientes, todo el mundo lo sabe, no pueden reptar hacia atrás. El razonamiento era aplastante, y ellos sonreían al ver a los tontos europeos sin saber qué cara poner. El caso del guía era distinto. Vivía desde hacía 20 años en España casado con una catalana. Montaba estos viajes para ganarse la vida. ¿La mujer más vieja del mundo en un país cuya esperanza de vida es de 56 años? Si era una forma de alabar la vida tradicional de su país frente a la acelerada vida occidental había formas mucho más eficientes de conseguirlo. El silencio, por ejemplo, ya nos había conquistado.

02/07/2008 09:31 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

01/07/2008

Ramas y raíces - V

Uno de los atractivos de visitar el País Basari era ver con nuestros propios ojos el árbol más grande de todo el país. Pese a lo esperado no era un Baobab, ni un mango, sino una seiva, otro portento de la naturaleza que alcanza alturas y posee una constitución sorprendentes. Los superlativos siempre me han hecho desconfiar. El rascacielos más alto, el hombre más rápido, el dictador más cruel... Que alguien en algún lugar, en algún momento, haya corrido más rápido no quita mérito al que llegó segundo, igual que no resta desprecio el dictador más cruel al que lo fue un poco menos. En las cercanías de Valderromán hay unas encinas que llaman milenarias. La última vez que leí sobre ellas databan su edad en ocho siglos. Y son tan gruesas, había oído decir, que ni siquiera diez jóvenes cogidos de las manos logran abarcar la más gruesa de ellas. La seiva que el guía nos llevó a ver era impresionante, tanto como el resto de seivas que habitaban aquel lugar antiguo, apartado incluso de los nuevos tiempos que empiezan a llegar como el viento a Senegal.
El País Basari se encuentra en la cima de la única montaña del país: 400 metros de altitud. Sólo se puede llegar a pie, así que emprendimos la marcha con la serenidad que da haber subido caminos más empinados. Los Basari son lo más parecido a lo que debió de ser una tribu africana en tiempos antiguos. En Senegal conviven varias etnias que también pueblan Mali, Gambia y Guinea. La wikipedia cuantifica la diversidad étnica en wolofs 43%, peuls 24%, sérères 15%, diolas 4%, malinkés 3%, soninkés 1% y “alguna etnias menos numerosas y más locales” entre las que encontraríamos a los basari. Todos, por lo general, han ido acondicionando sus vidas a los nuevos tiempos. Dakar recibe una inmigración difícil de soportar en un país que sufre la despoblación de sus campos -¿les suena de algo?- pero Dakar no es Itaca y las sirenas cantan desde el mar, por eso los cayucos parten de esas playas en un viaje imposible. Los basari, sin embargo, parecen estar al margen. Son pocos, y ocupan un lugar suficientemente remoto como para que no les molesten ni llegue hasta ellos los ecos de unas ilusiones que no son las suyas.

01/07/2008 09:30 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

30/06/2008

Ramas y raíces - IV

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El Baobab es un árbol impresionante en todos los sentidos. De sólo contemplarlo uno se siente minúsculo ante semejante portento de la naturaleza. Pero asombra todavía más que un titán de tales medidas sea capaz de sobrevivir en un lugar donde el agua no es precisamente abundante. Por último, los senegaleses veneran sus frutos porque están llenos de propiedades. No es de extrañar que el Baobab, el rey de la selva vegetal, creciera arrogante y desafiara a los mismos dioses. Para bajarle los humos los dioses lo arrancaron de cuajo y lo lanzaron al aire, es por eso que al caer enterraron su copa en la tierra, y sus ramas tienen ese aspecto de raíces al viento.

Todo tiene su lugar en el cosmos, y nadie puede alterar el orden sin despertar la cólera de los dioses. Los mangos, por ejemplo, son otro de los árboles nacionales. Pero los mangos son mucho más cercanos a los hombres. No hay bosques de mangos, pero en cambio, cada poblado tiene un mango debajo del cual los ancianos se reúnen a debatir sobre el tiempo, los matrimonios, la vida y la muerte. No somos tan distintos unos de otros. El viejo olmo del portalejillo tenía las mimas funciones. A la salida de misa los hombres se reunían alrededor y comentaban el sermón del señor cura. Si no había misa éramos nosotros, los chavales, los que nos reuníamos a su alrededor para contarnos historias que sólo podíamos explicar en ausencia de los mayores. Otro arbusto fundamental era la parra. Había una en casa de Julián, pegada a la plaza. Allí se sentaban las abuelas para descansar y darle a la sin hueso cuando iban a buscar agua a la fuente. Allí esperábamos nuestro turno para jugar al frontón cuando apretaba el sol y no se podía aguantar en las escaleras de la iglesia.

27/06/2008

Ramas y raíces - III

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El tercer día, al amanecer, la conciencia todavía se resistía a despejarse y casi todos dormitábamos acunados por el traqueteo insufrible de nuestro vehículo. Del otro lado del cristal las formas empezaban a definirse antes incluso de que el sol saliera de su escondite. Habíamos dejado la selva y volvíamos a internarnos en la sabana, pero unos dedos crispados arañaban la luminosidad en aquel paraje sin accidentes geográficos de ningún tipo. ¿Qué son? Le pregunté al guía. Baobabs, me respondió. Yo ya sabía que existían, incluso que crecían en Senegal, pero nunca había visto uno, sólo sabía de ellos por los documentales de la 2 y por el Principito, por los problemas que tenía para evitar que sus potentes raíces se aferraran en el interior de su pequeño planeta y lo reventasen como a una pelota de barro. Y ahí estaban. Cientos de Baobabs, gigantes como los ents que había creado Tolkien, esparcidos en la sabana con sus extrañas ramas retorciéndose hacia el día que no acababa de nacer.

27/06/2008 17:24 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

26/06/2008

Ramas y raíces - II

En el segundo día, cuando atravesamos el parque natural de Niokolo-Koba, el paisaje de polvareda se fue poblando de vegetación y de fauna. Siempre me han hecho gracia esas señales de tráfico que te avisan de la posibilidad de que te salte un ciervo, o de que cruce la calzada una oronda vaca. En Tiermes lo más sencillo es que se te cruce un jabalí y te destroce el coche con el impacto, y nunca vi ese animal dibujado sobre el triángulo rojo y blanco que pide la atención del conductor. En Niokolo-Koba no hay vacas, ni ciervos. Ni tampoco leones o elefantes por mucho que el ayudante del conductor, Samba, nos asegurara que sí, que cientos de ellos. Senegal acabó con sus fieras en los primeros años de explotación turística. Ahora unas pocas se pudren en el zoo de Dakar, y otras pocas tal vez pululen por los dos o tres parques nacionales, fantasmas protegidos a la espera de su propia muerte. En el parque de Niokolo-Koba hay aves, millones de ellas, hipopótamos y cocodrilos en el río Gambia que lo riega, varios tipos de gacelas, facuqueros, que es una especie de cerdo salvaje, y babuinos, esos monos pendencieros que deberían salir en las señales de las carreteras del parque si existieran tales señales. En el parque no hay poblados, y los babuinos substituyen a las personas ocupando los márgenes de la carretera con la misma curiosidad que los niños hacia los vehículos que pasan sin detenerse. Familias enteras de monos quitándose las chinches, mordisqueando frutas o dejándose atropellar en un descuido por un conductor que no puede evitarlo. Cuerpos tendidos y reventados como los de los gatos y perros de nuestras autopistas.

26/06/2008 08:23 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

25/06/2008

Raíces y ramas - I

Para llegar hasta el País Basari hay que recorrer 600 kilómetros desde Dakar. Aunque Senegal es uno de esos lugares en el mundo donde conviene medir las distancias con horas mejor que con los kilómetros debido a la precariedad de sus carreteras. Mamur, el conductor, conducía ajeno a las normas de circulación que obligan a transitar por la derecha. Eran los baches, y no las normas, los que definían el lugar de la calzada que ocupaba la furgoneta mientras devoraba kilómetros y polvo a partes iguales. A veces nos cruzábamos con otro vehículo y parecía que ambos conductores estuvieran retándose por ver quién era más temerario y se apartaba en el último instante. Al final, Mamur daba un golpe de volante y el sonido de la bocina del otro camión era lo único que nos alcanzaba en aquella carrera de obstáculos. A los lados de la carretera aparecían pequeñas poblaciones, cabañas construidas con bases de hormigón, pero ribeteadas con techos de caña. Fuera, las mujeres negras con sus coloridos vestidos trajeteaban cargadas de cestas y manojos de hierbas, y los niños correteaban mirando con sus ojos grandes la furgoneta que no se detenía ante los vendedores de mangos. Casuchas diseminadas en un horizonte partido por la carretera, la sabana africana como escenario sin otro telón de fondo que la calina bajo el sol infinito.

25/06/2008 11:42 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

19/06/2008

La lista roja

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De la parte de Berlanga siempre llegan buenos aires, el último soplo nos traía la noticia de una asociación, Hispania Nostra, que ha elaborado una lista del patrimonio español en abandono con serios riesgos de perecer en el olvido. La Lista Roja, la llaman, por su carácter de urgencia, imagino, o por lo colorada que se les tendría que poner la cara a los responsables de semejante estropicio.

A las piedras del castillo de Berlanga le dedicó su entrada nuestro paisano de Berlanga, pero Castilla tiene el palmarés de autonomía con más muescas en esta lista: 77 nominaciones a desastre de abandono. Por su parte, Soria ostenta la nada detestable cifra de 8.

El castillo de Caracena es una de esas joyas herrumbradas. Caracena en sí es un pueblo con un maravilloso patrimonio histórico y humano, tal y como ha constatado Juan Carlos en sus últimos viajes. El de castillo es un brillo menor frente a sus iglesias, el puente romano o el rollo, pero la belleza de su planta en medio del páramo es sobrecogedora. Para mí, que lo descubrí por la banda de Valderromán, donde el camino obliga a desmontar del caballo (perdón, del coche) y acercarse a pie, fue como vivir un espejismo transportándome a las retinas del de Vivar camino del exilio. Os dejo con la ficha, y con el deseo de que las instituciones se pongan a la faena.

"Historia/Descripción: Castillo de origen árabe del siglo X–XI, reformado en el XV-XVI. El castillo está en un lugar bellísimo y tiene gran interés tanto por su estructura como su aceptable conservación de ciertas partes. En el siglo XV fue tomado y confiscado por Don Pedro de Acuña y el señor de Caracena, Francisco de Tovar, que acordaron su demolición. En 1491 el obispo Alfonso Carrillo de Acuña adquierió el señorío de Caracena y es probable que entre 1491 y 1496 el castillo fuera reedificado en su configuración actual. Construido en mampostería, se aprecian claramente los restos de la construcción original, una muralla que recorre el alto entre los barrancos y que sirve a su vez de base para la posterior torre del homenaje y el muro norte del recinto interior, ambos del siglo XV. Cuenta con un doble recinto con foso artificial y un acceso en zigzag muy protegido. El recinto interior es de planta rectangular con la torre del Homenaje en la esquina sureste. El exterior sigue el contorno del interior, con diez cubos huecos con aditamentos artilleros. Es posible aún apreciar los restos de salas abovedadas, aljibes y garitones volados. El paso de una via rural entre Valderromán y Caracena por encima de parte de la muralla, el acceso al recinto de animales, el uso de recinto como corral, el robo de sillares y piedras por desaprensivos y ciertos arbustos y árboles que estan creciendo en muros y paredes, están acelerando el deterioro. La torre del Homenaje tiene grandes grietas y se ha desprendido parte del lienzo interior de muralla en otros lugares (tras el que aparece el posible lienzo de muros árabes del siglo XI)."

Época: Siglos X al XVI
Propiedad: Privada
Grado de protección: BIC
Estado: Abandonado desde el siglo XVII posiblemente.
Carácter del riesgo: Deterioro progresivo por el mal uso y el abandono. Riesgo de derrumbe de la Torre del Homenaje y lienzos de muralla. Necesita intervención urgente.
Localización geográfica: Caracena

11/06/2008

Misere mei - y VIII

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Pero aún quedaba todavía algo por hacer. Cada uno volvió a su casa y nos citamos a la semana siguiente. Núria quería recoger un ritual celta. Después he leído que ese mismo ritual se hace en diferentes culturas del mundo, y no me parece extraño: como el parto natural, parece de sentido común. La antropóloga de la novela "Mentira" lo explica de la siguiente forma: “Cuando nace un niño en un poblado de Melpa, se planta un árbol. En el mismo hoyo cavado para hundir sus raíces, se entierran también la placenta y el cordón umbilical. Se bautiza el árbol con el mismo nombre que la criatura. Mientras el bebé está en edad de lactancia, se usan sus heces para abonar el árbol. […] Se supone que el niño vivirá mientras sobreviva el árbol y que éste tiene la capacidad de reflejar los estados de aquél: se secarán sus hojas cuando esté triste el hombre, resplandecerá cuando se enamore, brillarán sus frutos cuando se reproduzca, tal vez se humille la copa si el niño enferma.”

De nuevo la veintena de amigos nos reunimos en su casa. El lugar elegido era el macizo del Montnegre. Llegamos con los coches hasta cerca de un dolmen. Era domingo, así que había familias con sus niños. Nuestro grupo era el más estrafalario sin duda. Si no fuera por la diversidad de vestimentas y colores podríamos parecer un grupo de hare-krisnas: tambores, guitarras, cantos y malabares, el circo había llegado al Montnegre. Nos dividimos por grupos. Había que encontrar un claro en el bosque lo suficientemente escondido como para que el árbol que creciera no fuera elegido por un grupo de domingueros para utilizarlo de leña para su paella. Estuvimos un buen rato hasta que Núria eligió entre los diferentes claros que habíamos encontrado. Nos costó encontrar acomodo para tantos, pero al final, sentados en el suelo, como en una reunión de elfos ocultos entre las ramas, todos encontramos un sitio. Núria quería que su hija fuera noble y fuerte como un roble, y después de cavar el hoyo depositamos la placenta y el cordón umbilical, un poco de tierra, y encima las semillas. Continuamos un buen rato, cantando y brindando por Duna. Antes de que atardeciera nos fuimos todos y dejamos a la madre y a la niña a solas con su árbol.

De esto hace ahora 7 años. Hay un árbol más en el monte, y una niña preciosa en nuestras vidas. Núria se cansó de darnos las gracias por haberla apoyado en aquellos momentos, pero era ella la que merecía nuestro agradecimiento por haber compartido con nosotros aquella vivencia. La luz de aquella aurora no ha dejado de iluminarnos por dentro.

10/06/2008

Misere mei - VII

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Isabel, la comadrona de Nuria, no se limitaba sólo a los aspectos técnicos y los factores de riesgo mediante el parto hospitalizado, también hablaba del apoyo emocional, del sentimiento de guarida, del derecho a decidir, tanto la postura, como las personas que habían de estar alrededor, por no hablar del legado ancestral, de toda la ciencia natural y el sentido común que se había defenestrado con la imposición de la cultura tecnócrata.
Era en el apoyo emocional donde nos encontrábamos nosotros, una veintena de amigos un tanto atolondrados y confusos, absorbiendo a marchas forzadas una información nueva y comprometida, porque la barriga de Núria crecía, y el día en que Duna decidiera salir, todos tendríamos un cometido.
La barriga crecía tanto que Albert, el futuro tío, vio un día ese vientre hinchado y le dijo a su hermana: parece una duna. Lo bueno es que Núria ya había decidido llamarla así, y nadie lo sabía todavía. Hubo reuniones periódicas. Hicimos una lista de teléfonos y cada uno sabía perfectamente a quién tenía que llamar y qué hacer si no encontraba al siguiente de la lista. Núria vivía en Sant Celoni, así que desde la primera llamada tardaríamos aún una hora en llegar desde Barcelona, teniendo en cuenta, además, que el trabajo no lo impidiera. Pero Duna sabía que su nacimiento era una celebración, así que llamó a la puerta durante un fin de semana. Uno a uno, cada cual por sus propios medios, nos personamos en la casa. Isabel llevaba viviendo con ella desde hacía ya unos días. Todo estaba preparado: una piscina hinchable en medio del comedor, la chimenea encendida, toallas limpias, agua en el fuego… No recuerdo cuántas horas estuvimos. Fueron muchas, pero no recuerdo que se nos hicieran largas. Había niños, así que también había que estar pendientes de ellos, de hecho, en el reparto de responsabilidades a mí me tocó cuidar de la guardería. A última hora Núria, que había pensado parir en la piscina, subió las escaleras y se cobijó en su habitación, como una loba que busca protección. Mi tarea fue sencilla, los chavales estuvieron encantados con el cambio de última hora y se metieron ellos en el agua. En el momento de la verdad me dio tiempo de subir corriendo las escaleras y ver a Duna saludando al mundo. Ni un llanto, todo paz y un escalofrío que nos recorrió la espalda como si la aurora boreal se hubiera iluminado dentro nuestro.

Recuerdo que en la casa no se podía fumar, y nadie había traído cava para celebrarlo, pero salimos al patio y alguien lió un cigarro de marihuana que descorchamos entre todos para celebrar la llegada de Duna. Los hombres nos miramos felices pero con un punto de desilusión: qué envidia ser mujer, nos íbamos diciendo.

09/06/2008

Miserere - VI

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Irene también pasó el cólico miserere a los 13 años. Para la asistencia médica de la Barcelona pre-olímpica esa enfermedad no debería resultar un problema, pero los médicos tardaron en reconocer el origen del dolor, por lo que las pasó canutas. Le explico el hilo por el que voy tejiendo, desde la leyenda de Bécquer, pasando por las manzanas de mi padre, hasta los partos naturales, y me habla de Michel Odent, un convencido de los partos naturales que tiene un discurso estremecedor. En su centro de salud investigan la relación entre el “período primal” (vida fetal, nacimiento y primer año de vida) y la salud y conducta del individuo durante el resto de la vida. Su base de datos recoge estudios como los de Lee Salk quien investigó “el entorno de 52 adolescentes víctimas de suicidio antes de los 20 años. [... ] Encontraron que uno de los principales factores de riesgo para cometer un suicidio en la adolescencia era la reanimación durante el nacimiento. Bertil Jacobson, de Suecia, estudió, en particular, cómo la gente cometía el suicidio […]. Concluyó que el suicidio por asfixia estaba íntimamente relacionado con asfixia durante el nacimiento, y que los suicidios violentos en los que se utilizaba algún tipo de instrumento se asociaban con el trauma del nacimiento instrumental […]. Jacobson también estudió la adicción a las drogas […]. La conclusión a la que llegaron fue que si a la madre le habían suministrado algún tipo de analgésico durante el trabajo del parto, estadísticamente su hijo tenía mayor riesgo de convertirse en drogadicto en la adolescencia.” Nikolaas Tinbergen (Nobel en 1973) estudió los factores que podían predisponer durante el período perinatal a la futura formación de una personalidad autista: utilización de fórceps durante el parto, nacimiento bajo anestesia, reanimación e inducción del parto y “Hattori evaluó los riesgos de desarrollar autismo según el lugar de nacimiento. Llegó a la conclusión de que los niños nacidos en cierto hospital presentaban más riesgo de ser autistas. En este hospital en particular, la rutina llevaba a inducir el parto una semana antes de la fecha probable de parto, utilizando distintos tipos de sedantes, anestesia y analgésicos.” (La vida fetal, el nacimiento y el futuro de la humanidad, textos escogidos de Michel Odent. Ed. Ob Stare, 2007) .
En fin, que si alguno de nuestros mayores vuelve a hacer el comentario aquel de ‘en mis tiempos esto no pasaba’, o ‘cómo está la juventud’ igual hasta le doy la razón.

06/06/2008

Misere mei - V

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La historia de Isabel es la historia de Núria, y la historia de Duna, así que vayamos por partes. Isabel es comadrona, una mujer determinada a dar a conocer a las futuras madres la posibilidad de dar a luz en casa, o al menos en un lugar algo más natural que la fría sala de un hospital. Las razones no son estéticas, o románticas, sino de sentido común. Así se te quedaba el cerebro después de oírla hablar. La oí porque Núria me invitó a escucharla.
- He decidido que quiero parir en casa, Óscar, y quiero que conmigo esté mi familia, que son mis amigos. Si aceptas venir tienes que conocer antes a Isabel, es ella la que va a llevar mi parto.
Ante una cosa así uno traga saliva, pero fui, claro: al menos escucha lo que te van a decir, que las palabras son palomas, ya lo dice mi madre, y uno no sabe el mensaje que te van a traer.
La principal queja que tenía Isabel sobre el sistema sanitario residía en el protocolo que se le aplicaba a un parto. La sanidad ha evolucionado tanto en su vertiente técnica como en el de la burocracia, pero ha descuidado la faceta humana. La madre es tratada en los hospitales como una paciente, desplazando el centro gravitacional de este acontecimiento al médico que es quien toma las decisiones. Desde el momento en que la mujer rompe aguas y aparece por la puerta del hospital es tratada como una paciente, encamada y monotorizada. Lo de la posición en la cama (litotomía) es doblemente contraproducente. Para empezar se retrasa la evolución de las contracciones y por tanto se frena el proceso de dilatación. Las hormonas que facilitan este proceso se quedan atrofiadas, esperando una señal que no llega. Lo más lógico sería que la madre diera paseos para favorecer ese proceso y, llegado el momento, continuara de pie, en cuclillas, para ayudar con algo tan básico como la gravedad, a que el niño salga del útero hacia el mundo de fuera. La posición encamada favorece solamente al médico que podrá contemplar los esfuerzos del niño y la madre sin coger una mala postura. En cuanto al proceso hormonal que se ha frenado en su momento, es puesto en marcha de nuevo cuando el servicio médico decide que ha llegado el momento, es decir, no cuando la madre ha dilatado, sino cuando ha convenido según la programación general, los cambios de guardia y demás circunstancias totalmente ajenas al proceso natural. Para colmo, la hormona que se había inhibido es inyectada ahora por vía venosa.
Por otro lado está la episiotomía (incisión para ampliar la apertura vaginal) o directamente las cesáreas, que son una práctica demasiado común en nuestros hospitales, tanto que es frecuente nombrar un parto vaginal en el hospital como si fuera “natura”l. Por no hablar de los enemas preparto, cuya aplicación ni siquiera está indicada por la OMS. “Pero parto natural no es simplemente un parto "sin", sino aquel que se produce gracias a la maravilla de la fisiología, y en el que los procedimientos obstétricos se aplican únicamente en caso de necesidad. Es lo opuesto al parto medicalizado, atendido por la obstetricia convencional, en el cual la tecnología sustituye la fisiología de la mujer, desvirtuando la experiencia del nacimiento, y generando riesgos innecesarios para la madre y el bebé.”
Isabel F. del Castillo

05/06/2008

Misere mei - IV

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Lo cierto es que Montejo de Tiermes, a mediados de los años 50, no difería tanto como cabe suponer de los medios rurales de la Edad Media. Por fortuna ya habían llegado las carreteras, aunque más mal que bien, y con ellas algún vehículo, así que pudieron evacuar a mi padre hasta la clínica que había por aquel entonces en Burgo de Osma, a unos 40 kilómetros, y operarle de urgencia.
Años antes había sido la abuela la que había tenido que ser evacuada. Contaba con más de 40 años cuando tuvo al más joven de sus hijos, mi tío Ángel. Ya llevaba sacados por sus caderas 5 criaturas, así que experiencia tenía para saber que aquél parto no era como los otros. Sacadme de aquí, que no lo cuento, dicen que decía la pobre. Y la sacaron por la misma carretera y con las mismas prisas que llevaron a mi padre, años después, para extraerle aquel apéndice alérgico a las manzanas.
Los otros 5 los había tenido en casa, como todo el mundo antes de que el mundo fuera otro. En el pueblo, dicen mis padres, siempre había habido médico, pero la que asistía a los partos era la Juanita. ¿Y qué será de la Jesusa? Dice mi madre. Pero nadie lo sabe. Ayudó a nacer a tantos niños que ella no ha dejado descendencia. Se fue, pero el dónde y el cuándo es borroso como la leyenda del Miserere, lo que es seguro es que ella estaba en todos los partos. ¿Era la comadrona? Pregunto ¿la mujer que sabía de potingues, la que sabía en qué luna había que plantar las semillas, y conocía el pronóstico del tiempo según el vuelo de los pájaros…? Mi madre me responde que nada de eso, que la Jesusa era la que había asistido a más partos, y por tanto era la que más sabía, y por eso la llamaban, o venía ella, que en el pueblo uno no sabe si escucha o le dicen, que las palabras vuelan más que las palomas mensajeras. Claro, respondo, un poco frustrado por no encontrar el hilo de una historia que me lleve a la rebotica de una bruja como las de Barahona, o como Isabel.

04/06/2008

Misere mei - III

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Apendicitis es la inflamación de la última parte del intestino ciego. Hoy en día es de fácil tratamiento, una simple operación resuelve el caso, pero si no se coge a tiempo la inflamación puede romper la pared del intestino. Llegados a ese extremo, las heces salen de los conductos herméticos donde aguardan para ser evacuados y entran en contacto con la sangre y con el resto de mucosas de nuestro organismo. El desenlace, además de fatal, es muy doloroso y terrible para el enfermo.

Pero ¿por qué cólico miserere? Aquí mi padre ya no me podía ayudar a seguir las pistas de las palabras, había topado con un callejón sin salida: siempre se había llamado así, me decía. Así que pedí el comodín del público, me fui al oráculo de internet y tiré los dados: voy a tener suerte, me dije, y vaya si la tuve. Topé con un artículo de la Revista española de enfermedades digestivas: El cólico miserere (Miserere mei): aportaciones sobre su etimología y características clínicas e hipótesis sobre su aportación en la literatura médica de los siglos XVII-XVIII. En el clavo. El autor, Benigno Acea Nebril, busca el rastro de esta terminología en la literatura médica de los siglos reseñados a partir de los fondos históricos de la Biblioteca de Santa Cruz (Universidad de Valladolid).

Nos cuenta Acea que la oclusión intestinal, conocida como cólico miserere, fue una enfermedad enigmática durante buena parte de la historia de la medicina, y a menudo se la confundía con la apendicitis aguda, ya que hasta los siglos XVII y XVIII no se sistematizó el uso de la autopsia como base del conocimiento médico para esclarecer los motivos de la muerte. La misma terminología para ambas enfermedades venía dada por sus similares síntomas: “vómitos fecaloideos, dolor agudo intenso, y muerte. Estas características, junto al rápido e inevitable fallecimiento del sujeto, debió desencadenar una rápida relación entre la enfermedad, la muerte y los actos religiosos vinculados al sepelio, entre los cuales se encuentra el Miserere, un salmo típico de la misa de difuntos. […] El Miserere conllevaba una súplica o plegaria para la curación del enfermo (miserere, en latín: apiádate).” Y no era de extrañar que se encomendasen al Altísimo visto el cuadro clínico que describe Fray Gil de Villalón en el año 1731: “Este dolor es el más violento y peligroso que puede sobrevenir al género humano, al qual llaman los señores Médicos, hilliaco, y bulgarmente Miserere mei, porque se cierra el conducto por donde han de pasar los escrementos por la parte inferior, con que assi el alimento, como los escrementos, se arrojan por la boca, que es la mayor fatalidad que puede suceder a la naturaleza humana. […] quando el mal está muy abanzado, tienen un hedor que aunque le llaman de escrementos, más parece el de un cadáver corrompido…”. Antes de que en el siglo XVIII y principios del XIX se introdujera, poco a poco, un tratamiento quirúrgico, la única medida ejercida sobre los pobres enfermos era la ingesta de metales. Dice Tissot en 1774 que “creyendo el pueblo que en esta enfermedad están anudados los intestinos, hacen tragar balas á los enfermos, ó cantidades grandes de mercurio… La costumbre de hacer tragar balas siempre es perniciosa, y también lo es por lo común el dar el mercurio; pues estos dos remedios pueden agravar la enfermedad, y servir de obstáculo para la curación…”

03/06/2008

Misere mei II

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Mi abuela Justa padecía anosmia, es decir, no tenía olfato, ni mucho ni poco, simplemente no tenía, como los sordos no tienen oído ni los ciegos vista. Su nariz funcionaba perfectamente para respirar, pero su sensibilidad olfativa era nula. En cambio, su hijo Antonino, es decir, mi padre, no había heredado su carencia, sino todo lo contrario: había desarrollado un magnífico olfato que le proporcionaba más de un beneficio. Montejo no es tierra fértil. Su río, ahora seco, se encuentra lejos, de eso dan fe las mujeres que bajaban por las peñas para lavar la ropa en el río una vez que el lavadero se hundió y nadie fue capaz de levantarlo. El caso es que al no tener agua en abundancia, tampoco hay árboles frutales. La fruta llegaba en carromatos, y de vez en cuando la abuela compraba kilos de manzanas que subían a la cámara los hermanos mayores de mi padre, ya que él era un goloso y mejor tenérselas escondidas. Pero mi padre olía las manzanas nada más llegar a la casa. Su rastro dejaba un aroma dulzón en el portal que subía por las escaleras hasta la planta de arriba. La cámara de la casa de mi abuela Justa es un desván enorme. Aún ahora está llena de cachivaches de todo tipo. Es la parte de la casa que mejor guarda el recuerdo de lo que fue la vida en sus inicios. Se conservan allí los aparejos de labranza, viejos braseros, queseras, candiles, ollas de barro, vasijas, arcas, baúles, mantas y polvo, mucho polvo, como en el ajuar funerario de una tumba egipcia. Mi padre, hecho un renacuajo, se movía con la nariz por delante buscando el nacimiento de ese olor inusual en sus pupilas olfativas, hallado el saco, lo abría bajo el techo inclinado y se sentaba a contemplar los rayos de luz filtrados entre las tejas, el polvo agitado bailando con el sol, sus mandíbulas disfrutando del pecado original cuando todavía era todo inocencia. No se puede decir, a ciencia cierta, que lo que le pasó después de una de estas emboscadas fuera un castigo divino, pero mi abuela no tenía la menor duda. Una mañana después de haberse escabullido a escondidas en la cámara, bajó las escaleras con un trocito de manzana en los labios y un retorcimiento del estómago.
- Un empacho. Te está bien empleado, por glotón y ladronzuelo.
- No madre, no es un dolor de estómago, es como si me reventase por dentro.
Se estuvo hasta medio día con ésas, y el mal no remitía ni a fuerza de manzanillas ni doblándose en la cama.
- Ay dios, que va a ser el cólico miserere, acabó sentenciando la abuela.
- ¿El cólico qué? Interrumpí yo a mi padre cuando me explicaba la historia.
- El cólico miserere, el apendicitis, vamos.

foto: José G. Obrero

02/06/2008

Misere mei

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La partitura del Miserere de Bécquer llega al narrador de la leyenda a través de un viejo legajo que encuentra en la biblioteca de un convento, aunque la historia le llega por boca de uno de los frailes, que a su vez la escuchó de un músico que creía haber escuchado todos los misereres del mundo hasta que encontró a unos pastores que le hablaron del Miserere de la montaña. Picado por la curiosidad decide acudir a las ruinas del convento pese a las advertencias de los pastores. El Miserere de la montaña es un canto sepulcral, el que entonaban los hermanos en el momento en que unos bandoleros sin escrúpulos entraron a degüello en el convento para saquearlo, incendiarlo y matarlos a todos. Sus almas, truncadas en el momento en que se dirigían a Dios, continúan su canto de dolor para maravilla y escalofrío de los vivos que se pierdan por esos montes en la noche equivocada.

Las buenas leyendas borran sus huellas, su vida depende de ello, y frecuentemente intentar seguirlas es tarea estéril. Los misterios, divinos o no, son autos de fe. En cambio las palabras también tienen sus huellas, más o menos borradas, más o menos fáciles de remontar, que a veces esconden una historia...

29/05/2008

El zapato de cenicienta (y III)

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El abuelo las protegía con el mismo celo, pero sin triquiñuelas de ninguna clase. Santiago lo sabía bien: con el abuelo no valían juegos. Santiago era hijo del tío Herrero, y trabajaba en la fragua, pero como en el pueblo faltaba el dinero y sobraban las labores, pasaba temporadas haciendo de mozo ayudando a mi abuelo a labrar el campo. Santiago pretendía a Victorina, la mayor de las tres hermanas, pero se guardaba de ser indiscreto y cuando comía en casa apenas la miraba. En las fiestas todo era distinto, los mozos sacaban a bailar a las mozas, eso estaba claro como el agua, aunque los mayores se lo miraran todo desde la cuesta para ver donde ponían las manos los muchachos, y comprobar que la joven guardaba las suficientes distancias. En una de estas veladas a Victorina le empezaron a doler los pies y decidió ir a casa a cambiarse de zapatos. Los abuelos no estaban a la vista, Santiago les daría confianza porque habían descuidado la vigilancia, así que se fueron para casa pensando que allá se los encontrarían. Sin embargo, al llegar todo estaba a oscuras. Victorina pasó y subió a su cuarto, Santiago había entrado tantas veces en esa casa que no se le ocurrió quedarse en la calle, así que entró al portal. Mientras esperaba descuidado se abrió la puerta y entraron precipitadamente mi abuelo y detrás la abuela. Las palabras las esgrimió ella.
- ¿Y qué haces tú aquí?
- Esperando a Victorina.
- ¿Con la luz a oscuras?
- Era sólo un momento.
- Pues para tan poco rato bien podías haberla esperado fuera.
- Disculpe, señora Amancia…

Pero Santiago apenas tenía oídos para escucharla, sólo ojos, y clavados al suelo, porque el abuelo se lo miraba con la boina calada, las cejas prietas y los ojos pequeños y encendidos. ¡Menudos humos tenía tu abuelo! rezuma Santiago cuando me explica la anécdota.
Conocí poco al abuelo. Se fue cuando yo era un niño, pero recuerdo que era chiquero, la seriedad se le debió reblandecer con los años. Jugábamos a los soldaditos en el portal de casa, sobre una mesa de madera que había labrado hacía muchos años. La abuela le sobrevivió todavía un buen tiempo, velando siempre por las buenas costumbres de sus tres hijas. Un día, en un baúl de la cámara me encontré las libretas que repartía la Sección Femenina, aunque podría decirse el modelo de educación que se practicaba por aquel entonces correspondía más a los tiempos de la República, al menos a los que retrató Lorca en la casa de Bernarda Alba.

27/05/2008

Las 3 hermanas (II)

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Dicen que mi abuelo Higinio era callado y seriote, pero que con una mirada se hacía entender sin necesidad de palabras, sobre todo en lo que se refería a poner firmes a sus tres hijas. Amancia, la abuela, era la que tomaba la palabra, y cuidaba de las tres como si de tres joyas se tratara. Y por ese mismo amor tenía miedo de perderlas, o de que se perdieran, que no es lo mismo, pero es igual. Cuando llegaban las fiestas del pueblo le daba por limpiar la casa a fondo, y ya ves a las tres niñas con los cubos de agua y los estropajos arrodilladas por el suelo de la planta baja, del primer piso… y cuando creían que ya acababan, la abuela se acordaba de la cámara, de los cristales de las ventanas de la cámara.
- Pero madre, si esos cristales no los ve nadie más que los ratones.
- Dios lo ve todo. Arreando para arriba.
Después de pasar todas las pruebas, como si de un cuento se tratase, las niñas podían salir al baile, y esa música era un gusto para los oídos y los pies, que por fin se meneaban después de haber estado encogidos mientras fregaban el suelo. Y si dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno, aquellas fanfarrias debían de resultarles buenísimas, porque llegada la hora de la cena mi abuela las engatusaba diciendo que, pobrecitas, debían de andar rendidas después de tanto trabajo, que se acostaran, que en cuanto llegara la segunda parte del baile, ella subía a despertarlas para que siguieran el baile en la velada. Y las avisaba, sí, pero a la mañana siguiente.
Así un año tras otro, hasta que las niñas, que ya no eran tales, aprendieron a no quejarse: “¿Acostarnos?”, decía una. “¿Cansadas?”, añadía la otra. “Descuide madre, que nos ha criado fuertes”, acababa la tercera.

24/05/2008

Un lavabo de madera (I)

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Hasta el año 1973 no canalizaron el agua del manadero de Pedro, y por consiguiente, hasta entonces el agua estaba en la fuente, sin más cañerías que botijos, cubos y cualquier otro recipiente que se pudiera cargar hasta casa. Los orinales no eran piezas más o menos grotescas de un museo etnológico, eran el excusado portátil donde los vecinos evacuaban. Antes de que yo naciera mi hermano ya había aprendido a sentarse en el lavabo de casa, allá en Barcelona, por lo que los modos del pueblo le contrariaban. Por suerte, mi abuelo Higinio, el abuelo materno, era un manitas con la madera. No tenía oficio de carpintero, sino de labrador, y no tenía buenas herramientas, pero igual que labraba la tierra, labraba la madera. A la que encontraba un rato libre y un tarugo de encina que le inspirase, lo salvaba de la hoguera como quien indulta a un reo a un paso del cadalso. Un rodillo para amasar el pan, una mesa pequeña para jugar a las cartas, un caballo de palo, cualquier cosa salía de su navaja. Cuando vio al nieto en tales tesituras se puso manos a la obra. Había visto los lavabos modernos en las casas de sus hijas, unas en Madrid, la otra en Barcelona, y sabía lo que eran: sillas con un agujero. Así que cortó unos troncos, los unió con travesaños y les plantó encima una madera a la que previamente había practicado un agujero. Juan Carlos, mi hermano, podía ir al baño sin desaprender lo que había aprendido en Barcelona, sólo tenía que bajar a la cuadra y sentarse en la sillita que le había hecho el abuelo. Pero hay detalles que no escapan a la perspicacia de un niño, y después de hacer uso del trono, buscaba la cadena, y claro, no la encontraba.

24/04/2008

Del románico al parque eólico - y IV

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"Las que sí que viven, ¡y no poco!, son las encinas mastodónticas, alguna de más de 800 años de edad, de Valderromán, aldea que se deja a mano izquierda según se avanza hacia naciente por la falda de la sierra, camino de Tarancueña. Aquí, en la Tarankunya de las crónicas sarracenas, nace el sendero más bello de la comarca, que permite plantarse en un par de horas en la vecina Caracena -un puente medieval, un castillo, dos iglesias románicas y 11 vecinos- caminando por el cañón del río Adante, un paraje de soledad 10 en la escala Robinsón, sólo mitigada por los buitres que hacen guardia en los acantilados.
Tampoco se ven multitudes en Retortillo de Soria: sólo cuatro ancianos sentados al sol que rebota en el frontón, mirando los muros caídos de su patria chica, que debieron de ser magníficos a juzgar por las dos puertas que quedan en pie. Por Retortillo, cuando Castilla aún era joven, pasó con doce de los suyos Ruy Díaz de Vivar, para acto seguido cruzar la sierra en pos de Miedes de Atienza, ya en territorio moro. Diez siglos después, lo único que ha cambiado en este puerto sin nombre ni tráfico, por el que se vuelve de nuevo a la parte de Guadalajara, son los generadores eólicos que se descubren a diestra y siniestra, plantados a lo largo de toda la cresta. Al Cid, que poseía varios molinos en el río Ubierna, difícilmente le habrían placido estos que ni muelen nada ni tienen molinera."

23/04/2008

Del románico al parque eólico - III

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"Además de iglesias románicas, la ladera guadalajareña alberga el monumento natural de la laguna de Somolinos, una charca en forma de media luna, de 300 metros de largo, orlada de carrizos y choperas, donde el recién nacido río Bornova se vuelve un espejo. Por el norte asedian el oasis varias gargantas sedientas, fantasmales, cuyos escarpes fingen proas de barcos naufragados en el remoto mar que dio origen a estas espesuras sedimentarias. Al adentrarse a pie en ellas se descubre un escenario onírico, todo piedra, todo alma. ¿Sierra de Pela? Mejor le iría Pelá.
Para ver la otra ladera, la soriana, hay que tirar por la carretera de Ayllón y tomar, entre Grado del Pico y Santibáñez, el desvío señalizado hacia el yacimiento de Tiermes, las fabulosas ruinas de la ciudad celtíbera que los romanos conquistaron en el año 98 antes de Cristo, siendo cónsul Tito Didio, y convirtieron en la Pompeya española, una animada urbe con teatro, piscinas climatizadas y mansiones de hasta 35 habitaciones, dejando el mondo cerro de arenisca en que yacen sus restos más agujereado que el decorado de Bricomanía. ¡Y pensar que hoy en esta esquina del suroeste de Soria apenas vive nadie, ni un alma por kilómetro cuadrado, menos incluso que en el Sáhara!"

foto: flickr

22/04/2008

Del románico al parque eólico - II

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"Protegida del paso del tiempo por una burbuja invisible -probablemente del mismo jabón que eliminó de los mapas del progreso la céntrica sierra de Pela-, se conserva en Albendiego la iglesia de Santa Coloma, que es de arenisca bermeja, como casi todas las de la comarca, y cuyo elemento más llamativo es un ábside semicircular con tres altos ventanales cerrados por celosías de piedra tallada. Por estas ventanas caladas -que, más que de canteros, diríanse labor de encajeras- se cuela en la única nave una luz espectral, asaz misteriosa, aunque bastante misterio es que unos hombres se reunieran aquí cada tres horas, día sí y día también, hasta el fin de sus monótonas vidas, para loar al Creador del variado universo. Quizá por eso la Reconquista se demoró 781 años. Las llaves del templo, grandes como espetones para asar pollos, las guardan en el único bar.
Albendiego forma parte, junto con Villacadima y Campisábalos, de la llamada ruta del Románico Rural de Guadalajara. La iglesia de San Pedro de Villacadima tiene una portada con arquivoltas de decoración geométrica -insólita en el románico-, y en el interior, grandes arcos que llegan hasta el suelo. En la de Campisábalos, además de un ábside plagado de canecillos con escenas de caza y un atrio de solemnes arcos semicirculares, puede admirarse, decorando la fachada de la capilla del caballero San Galindo, una representación escultórica de los 12 meses del año con sus correspondientes faenas agrícolas. A esto, los que van de eruditos le llaman mensario."

foto: flickr

21/04/2008

Del románico al parque eólico - I

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Hace unas semanas ’EL Viajero’ dedicó un cuidado artículo a las tierras que vertebra la Sierra Pela. Digo ’vertebra’, aunque más realista sería decir que ’divide’, porque pese a la proximidad entre las comarcas segoviana, guadalajareña y soriana que se derraman de sus laderas, no hay carreteras que unan los pueblos y las gentes de ambas caras. Para transitar de unos a otros hay que dar un rodeo inverosímil, o atreverse a pie o con caballo, como hiciera el de Vivar camino del exilio. Excursión, por otro lado, recomendable.

Este es el primero de 4 post, pero quien quiera consultar el artículo en su fuente, lo puede hacer desde este enlace:

Campos, Andrés "Del románico al parque eólico: contrastes de la sierra de Pela, la solitaria frontera de Soria y Guadalajara" en ’El Viajero’ (EL PAÍS), 22 de marzo de 2008.

"Soñamos con poder vivir en Marte, y la sierra de Pela, que es un catálogo deslumbrante de páramos y barrancos colorados, registra una de las densidades de población más bajas de nuestro planeta: 0,8 habitantes por kilómetro cuadrado. Y qué no darían muchos ricos por viajar atrás en el tiempo y, como suele decirse, mirar por un agujerito cómo era la Edad Media, en tanto que la iglesia visigótica de Pedro y la románica de Villacadima, por citar dos perlas de aquella época, se quedan no pocos fines de semana como la ratita presumida, sin que nadie las vea. Debe, pues, concluirse que nos atrae lo inaccesible y que si la sierra de Pela, en lugar de estar a una hora y media de Madrid, cayese en la cara oculta de la Luna, habría varias expediciones de la NASA en marcha y turistas rusos dispuestos a desembolsar cien millones de euros para contemplarla desde una nave orbital y gente corriente soñando con colonizar, ¡oh, felicidad!, ese mundo rojo y vacío.
La sierra de Pela -que otros dicen de Miedes, y otros, para que haya más variedad, de Atienza- es la misma que el Cid cruzó en 1081, al expirar el plazo que el rey le dio para salir de Castilla, dejando a sus espaldas la actual provincia de Soria y entrando en tierras musulmanas, cual eran entonces las de Guadalajara. Un siglo después, sin moros ya en la cresta, los agustinianos fundaron en la ladera meridional el monasterio de Santa Coloma de Albendiego, y a su calor brotaron media docena de aldeas en las que pocas cosas han cambiado desde aquellos días, ni para bien ni para mal. Hasta el vendedor ambulante que abastece semanalmente estas soledades con su camión frigorífico se anuncia soplando una trompetilla, como si fuese pregonando bulas en vez de pescadillas."

03/04/2008

El graderío - y III

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Pero todo esto venía por lo del graderío, que ya se me ha vuelto a ir la castaña. Decía que los programadores no tenían problemas a la hora de repetir las películas (bueno, de los de ahora ni te cuento), y que con tanta procesión, hostia y colonia Nenuco, uno no acababa de verlas acabar. Yo tengo la sensación de haber visto Espartaco y la Biblia tropecientas veces, pero acabarlas, lo que se dice acabarlas… pues mis dudas tengo. Aún así, la preferida por todos era Ben-Hur, con Charlton Heston dándole con el látigo a los caballos, derrapando en la arena del circo y luciendo músculo cuando Stallone y Swarzenager todavía eran enclenques proyectos de simios.
Los paisanos y los arqueólogos podían tener las dudas que quisieran, pero para nosotros estaba claro: el graderío era un circo, y después de pasar por Berlanga el Heston se había venido a dar una vuelta por Tiermes con sus cuádrigas.

01/04/2008

El graderío - II

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Lo cierto es que la sabiduría popular daba por hecho que el boquerón unía Tiermes con Caracena, y la sima del cerro con el Infierno, pero nunca había escuchado tajantemente a ningún paisano hablar sobre el Graderío Rupestre. Por chocante que pareciera en eso estaban de acuerdo los paisanos con los arqueólogos. Algunos decían que eran las gradas de un circo, otros que del teatro, otros incluso que si era un merendero, pero ninguno lo afirmaba con total seguridad, y en eso echaban la culpa a los estudiosos, que no acaban de encontrar la solución. Para mí estaba claro. Cada Semana Santa los programadores de Prado del Rey se tomaban vacaciones. Tanto la uno como el UHF emitían lo mismo: que si Marcelino Pan y Vino, que si la Biblia, que si las Misas y las procesiones… Semana Santa eran la colonia Nenuco luchando contra el remolino de mis rizos, el traje de domingo y el olor a cirio y moho de iglesia. Todo el pueblo apretujado contra el frío y desafinando en armonía con el señor cura, el de la voz de oro: “y mira que canta mal, el pobre, pero él erre que erre, ¡canta todos los salmos!”, que decía mi madre.

Después estaban las procesiones donde la tía Costan tapaba con su vozarrón a la del cura, a dios gracias, los monaguillos manejaban con destreza el incensario, y Epi oficiaba la subasta para ver quién le quitaba el manto de dolor a la Virgen. Para los chavales todo eso eran rituales más o menos aburridos, lo que nos gustaba era alborotar en misa. Durante toda la semana íbamos atesorando las monedas que Emiliano nos daba de cambio cuando le comprábamos golosinas. Cuando llegaba la misa subíamos al primer piso, donde el viejo órgano dormía, y esperábamos a que el monaguillo pasara por las últimas filas, justo encima del balcón. A quien le tocara ejercer sabía que le iban a llover pesetas y duros, y más que intentar cazar las monedas al vuelo, se protegía la mollera. Una vez, en plena eucaristía, el cura le soltó un bofetón a Carlos, que hacía de monaguillo, por jugar con el plato frente la barbilla de no sé quién. Fue la hostia más sonada, en el vermú no se comentaba otra cosa. Al cabo clausuraron el piso de arriba y el órgano se acabó de quedar solo, con el gorgoteo de las palomas y su guano.

31/03/2008

El graderío - I

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En el segundo número de la revista de historia ‘Nonnullus’, Joanna Matías presenta la primera parte de un estudio pormenorizado sobre el yacimiento celtíbero-romano de Tiermes. Es de acceso libre, así que podéis consultarlo al completo en esta dirección, aquí sólo destacaré lo referente al Graderío Rupestre.
El graderío es una serie de escalones escavados en la maleable roca de la zona. Se encuentra fuera de lo que habría sido el recinto fortificado de la ciudad, junto a la Puerta del Sol, donde los celtas ya celebraban los ancestrales ritos de las uvas y las campanadas (bueno, aquí igual exagero un poquito) junto al Manzanares. Como apunta el artículo, se han atribuido múltiples funciones a esta edificación: “anfiteatro, teatro, templo celtíbero, lugar de sacrificios, exhibición de cadáveres…” pero nada ha quedado del todo claro pese a las distintas campañas de excavación efectuadas in situ con las consecuentes catas arqueológicas. Todo parece indicar, apunta la autora, a que el espacio tuviera una múltiple funcionalidad, ”ante la ausencia de otros edificios de espectáculos de tipología romana, la necesidad de amplios espacios de ámbito público demandó en Tiermes la existencia de este tipo de espacio a la manera de un campus, funcionalidad ligada al desarrollo de juegos y deportes o para otras actividades lúdicas y de esparcimiento necesitadas de áreas amplias al aire libre, de las que no se excluyen aquellas conectadas con rituales religiosos. (…) [aunque] la única base cierta es que se trata de un edificio público, destinado a albergar a un número de personas, pero no se tiene definido su uso.”

Matías Cruz, Joanna. “Yacimiento celtíbero-romano de Tiermes (I)” en Nonnullus. Revista de Historia nº2. Enero-Abril 2008, pp. 11-26

26/03/2008

El escabeche

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Pero claro, no todas las liebres iban a ser tan listas, y alguna acabó en la cazuela. Ahí va la receta del escabeche, válida para pollo, conejo, liebre, perdiz o codorniz, según gusto y temporada. Hay quien escabecha también el cerdo, pero como el escabeche es un guiso, pero también un método de conserva muy bueno, y la carne de cerdo tiene ya muchos otros medios para durar el invierno, pues en casa no se hacía.

Trocear la pieza y poner los pedazos sobre el fondo de la olla.
Cubrirlos con dos porciones de aceite por una de vinagre (blanco).
Añadir 2 dientes de ajo enteros.
2 hojas de laurel.
Y de granos de pimienta, una cucharada sopera.
Cocerlo todo a fuego lento durante 15 minutos (tiempo para olla exprés, ojo)
Dejarlo enfriar y comérselo, que para eso se hizo, y no para mirarlo.

Buen provecho.

13/03/2008

Cartuchos - y IV

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Claro que no sólo los cazadores y sus hijas tienen en herencia sangre pícara, que también las liebres han aprendido a base de disgustos, y ésta de la que ahora hablo, seguro que tenía alguna cuenta pendiente con Santiago. Andaba la escopeta jubilada en algún rincón de la cámara, estaba el matrimonio tomando un vermut con mis padres en el chiringuito de Manolo, allá sobre la nada que envuelve las ruinas de Tiermes. Pegaba el sol y andaban charlando en las mesas de afuera, cuando una liebre salió de entre los matorrales para quedarse mirando a Santiago. Eran demasiados años de correrías por el campo como para quedarse igual, así que se levantó y abandonó a los presentes.
- ¿Dónde vas, Santiago?
- Y yo qué sé. ¿Tú has visto cómo me está mirando?
La liebre, tonta ella, dio media vuelta y se alejó unos pasos. Ya Santiago iba a volverse cuando la vio de nuevo parada moviendo los bigotes como diciendo ¡Estoy aquí! El instinto le volvió a marcar los pasos. Dio uno, dio dos, y la liebre brincó de nuevo. La persecución duró un buen rato. Desde la mesa mis padres y Victorina lo veían alejarse entre los matorrales mientras su cerveza se iba calentando al sol. La liebre jugaba con él dejando que se le acercara lo justo para que se quedase después con la miel en los labios. Al final lo dejó marchar, la liebre a mi tío, quiero decir. Parece que sacó un reloj del bolsillo y se dio cuenta de que era muy tarde, tenía una cita con Alicia y claro, no podía faltar.

13/03/2008 09:50 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

12/03/2008

Cartuchos - III

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A semejanza de las Normas de Caballería, los cazadores tenían su propio código de conducta. No se podía cazar en época de celo, ni en época de cría. Tampoco se podía utilizar la estrategia de la espera, es decir, aguardar el regreso de la presa junto a la guarida descubierta. Por último, para no jugar con ventaja, no se podía salir de caza cuando la nieve había hecho acto de presencia denunciando con su impronta el rastro de cualquier bicho viviente. Aún así, los buenos cazadores tienen un poco de caballero y otro poco de pícaros, y me explicaba mi padre que más de una y de dos veces, tuvo que correr a esconderse con Santiago ante la llegada poco oportuna de los agentes rurales.
La fascinación por la caza no sólo hechizaba los ojos de los niños, aunque Raquel, la hija de Santiago y Victorina, no era cualquier niña, era la Pipi Calzaslargas de la familia. Antes de que tuviera perros ni coche, Santiago salía de casa con lo puesto, escopeta al hombro y camina que caminarás hasta donde le llevaran sus largos pasos de montaraz. En una de éstas Raquel, que andaría por los 4 años, salió de casa siguiéndole a distancia. ¿Dónde córcholis iba su padre desentendiéndose de ella? Así anduvieron 3 kilómetros, porque la pioja no dijo ni mu, consciente debajo de su pelambrera de que si era descubierta aún le llovería un broncazo. Así llegaron hasta la mojonera de Liceras, cuando Santiago se giró pensando que el ruido entre las zarzas era una perdiz que había levantado, y descubrió que no, que la que se había levantando era su hija, hija que aquel día escuchó las blasfemias más gordas de su vida.

11/03/2008

Cartuchos - II

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Entonces y todavía ahora tengo mis recelos con la caza. No acabo de verle la gracia a eso de disparar contra un bicho inocente, aunque reconozco que cuando compro en el mercado estoy pagando para que otro haga el trabajo sucio. En todo caso está claro que no tengo la sangre fría del matarife, una vez pesqué un sardo, y de sólo mirarlo enganchado al anzuelo estuve una semana entera comiendo verdura. Pero ese es otro tema. A mí, más que la caza me gustaba el campeonato de tiro.
Por un día veías a los adultos compitiendo entre ellos como si fueran niños: ¡Plato! La máquina soltaba un latigazo y el disco aparecía cortando el cielo. Un disparo tronaba y el disco, hecho añicos, se deshacía en el aire. Nadie salía mal parado, y cuando el concurso acababa el campo era nuestro. El tiro al plato, como la tanguilla o el campeonato de guiñote, se celebraba en fiestas, así que el campo ya estaba segado y podíamos correr entre los surcos de los tractores sin que nos cayeran un par de sopapos. Parecíamos auténticos espigadores cuyo tesoro no lo constituía los restos olvidados de la cosecha, sino los discos que se habían salvado de los disparos y del impacto contra el suelo.
En verdad se salvaban pocos, porque los discos, que parecían platos por lo cóncavos, eran frágiles y negros como la pizarra. Si encontrábamos alguno entero jugábamos a la rana lanzándolo a las aguas tranquilas de nuestro mar de cebada. Con los cartuchos hacíamos colección. Sus colores nos hipnotizaban con la seducción que sólo tienen las cosas prohibidas de los mayores, y los escondíamos entre las piedras de un muro venido abajo, junto a un paquete de cigarrillos y las páginas arrancadas de algún interviú de los 80.

11/03/2008 09:56 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

10/03/2008

Cartuchos

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Mi tío Santiago era herrero, como su padre, pero yo no lo conocí en la fragua. Cuando yo nací la fragua ya era un negocio desahuciado, los dos únicos mulos del pueblo, el del Román y el del Leandro, cargaban sin herrajes, y sin herrajes soportaban nuestras diabluras. Pese a que la fragua servía de peña en las fiestas, o de almacén para el ayuntamiento, Santiago seguía siendo el Herrero, un mote no se deshace así como así, y menos si se ha forjado al fuego. Aunque también podrían haberle llamado el Cazador. La primera imagen que de él tengo es con la escopeta al hombro, un cinturón del que cuelgan docenas de codornices, y una jauría de chuchos saltando en derredor suyo.
Le gustaba madrugar, cosa que yo no entendía porque los animales, a mi entender, no tenían que ir a misa, por lo que estarían todo el día alborotando por el campo. Pero parecía que no. Solía montar las batidas con su hermano Alfredo. Los perros, que olían la salida de lejos, como olfateando la presa, se ponían nerviosos la noche antes y se les oía ladrar agitados en la parte de atrás de la casa, donde antes se guardaba el ganado. Por la noche Victorina preparaba las fiambreras y Santiago limpiaba la escopeta. A mí me encantaba espiarle mientras rellenaba los huecos de su cinturón con cartuchos de colores. No me atrevía a pedírselos, pero él sabía que se me encendían los ojos con aquellos juguetes prohibidos, y de vuelta siempre me traía un puñado que estaban vacíos. No era lo mismo, pero bien estaba.

10/03/2008 11:32 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

27/02/2008

Barquillos

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Atravesamos Sol para llegarnos hasta Callao y de ahí a San Bernardo. Enfilábamos por la calle menos transitada para evitar la multitud de Preciados, cuando una melodía balcánica sedujo el oído de José, amante incondicional de Kustorica. Volvimos sobre nuestros pasos y nos internamos entre el gentío para disfrutar de una orquesta callejera: violonchelo, acordeón y ocho o nueve instrumentos de viento insuflados de vida por unas bocas risueñas y desdentadas. Cuando acabaron y ya nos íbamos descubrimos otro vividor de la calle, un truhán la mar de divertido que ataviado de cheli madrileño, vendía barquillos.
En la romería de Tiermes los paisanos de toda la comarca se acercaban a la ermita con manteles y cestas para hacer una comida campestre. Emiliano, el del estanco, tenía alquilado un puesto en los soportales y allá vendía a los romeros lo que se hubieran olvidado, pero también venían vendedores ambulantes, que por la novedad eran los que llevaban la voz cantante.
- ¡Barquillos de canela y miel, que son buenos para la piel! ¡Barquillos con una pizca de vainilla, que hacen cosquillas!
El barquillero llevaba su mercancía en una especie de bombona metálica para proteger de los golpes a sus frágiles barquillos. Podías comprarlos, me cuenta mi padre, pero también podías tentar la suerte. Sobre la bombona había un volante, una rueda de la fortuna donde estaban marcados los números, del 0 al 9. Pagabas dos reales, le dabas a la rueda y la suerte estaba echada. ¿Un barquillo, siete, ninguno..?
El típico barquillero madrileño resultó ser de cualquier lugar menos de Madrid, tal vez paisano de los de la orquesta, pero había imitado a la perfección el acento madrileño y su desparpajo. Nos echamos unas risas mientras nos explicaba el funcionamiento de la ruleta entre chascarillos imposibles de reproducir por su frescura, y le acabamos comprando unos cuantos, claro, para llevarle a mis padres y para nuestra merienda.

16/02/2008

Abraza la Tierra - y III

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16/02/2008 13:45 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

14/02/2008

Abraza la Tierra - II

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Por azares de los abrazos el ojo de Soria comentaba hace unos días la película "El viaje inverso" de la que en su momento también nos llegó el eco por estos pagos. Lo que se me había pasado desapercibido era que Abraza la Tierra había sido una de las mecenas del proyecto, motivo añadido para aplaudir su trabajo, sobretodo cuando lees titulares como "Se vende pueblo" que también recogía el Ojo de el blog pueblos abandonados, una página dedicada a inventariar con rigor el censo de los pueblos abandonados de España, o en proceso de serlo. Una lista en la que uno desea no conocer a los censados, ni que te toquen de cerca. Aunque alguno habrá, porque mirando el mapa que adjunta el autor del blog, a uno se le parte el alma cuando ve la profusión de estos pueblos echados a perder en las provincias de Segovia, Guadalajara y, cómo no, Soria.
Acertadamente Lima comentaba que sobre la despoblación, ningún político ha hecho ofertas de esas con las que se les llena la boca en los tiempos que corren.

13/02/2008

Abraza la Tierra

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Como surgido del Libro de los abrazos, Ricardo Soriano, que pese el apellido, es de Albacete, me pasó la dirección de Abraza la Tierra, y de paso el guiño cómplice de alguien que, como yo, alberga el sueño, difuso, pero sueño al fin y al cabo, de abrazar la tierra, los árboles y la vida fuera de las grandes ciudades.
La Asociación pretende dar respuesta al grave problema de la despoblación en el medio rural, y entre sus objetivos están el de crear una red de oficinas locales que asesoren al nuevo poblador e inventariar los recursos de las zonas a estudio.
Tienen 15 proyectos en funcionamiento ubicados en las dos Castillas, Aragón, Cantabria y Madrid, y cuatro de ellas están en Soria: Almazán, Abejar, San Estebany Ágreda.

06/02/2008

El becerro de oro y la bañera de bronce - VII

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"La leyenda del "becerro de oro" retoma la imagen del ídolo del Antiguo Testamento y la aplica al mito del deseado oro de Tiermes. Esta leyenda, totalmente moderna, es conocida por los habitantes actuales de la comarca, que desconocen en cambio su reciente origen. Incluso, algunos la creen en parte. También es muy reciente (de los años 1930) la leyenda de la “bañera” de oro o bronce encontrada por el arqueólogo Blas Taracena mientras excavaba acompañada de su joven hija y un grupo de obreros de la zona. Según se cuenta, nada más apreciar Taracena el valor (se supone que monetario) de su descubrimiento, dio el día libre a sus obreros y quedó a solas con su hija junto al hallazgo. Naturalmente, al día siguiente el valioso objeto había desaparecido y los obreros no volvieron a ver “la bañera”, de la que Taracena nunca habló a nadie. Esta historia indica que para muchos lugareños de principios de siglo la labor de los arqueólogos era no documentar el yacimiento sino apoderarse de tesoros, de los que Tiermes estaban seguros rebosaba en sus entrañas."

Extraído de Gentes de Tiermes

04/02/2008

Tesoros imposibles - VI

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"En 1888, Nicolás Rabal cuenta que los naturales de la zona creían que la "plaza de armas del castillo" (el Castellum Aquae) albergaba encerrados "inmensos tesoros", sucediendo que "unos vecinos de Berlanga de Duero emprendieron este invierno la exploración en busca de los supuestos tesoros" siguiendo la dirección del acueducto (el túnel, caño o boquerón) y sus claraboyas. Afortunadamente para la integridad de las ruinas, las exploraciones demostraron pronto ser inútiles y no llevar a ninguna parte, por lo que los vecinos desistieron. Con el hallazgo a fines del siglo XIX de las llamadas pateras de Segovia, dos cazos de plata labrada con inscripciones depositadas hoy en la Hispanic Society de Nueva York, y del hallazgo repetido a los pocos años y en el mismo lugar de otras dos nuevas pateras (hoy extraviadas) la ambición de los lugareños convirtió Tiermes por unos años en lugar de peregrinación y expolio. Según Rabal, durante una larga temporada todo el mundo se dedicó a realizar hoyos y excavaciones a lo largo de los restos de la ciudad. "Aquellas buenas gentes no dejaban piedra sobre piedra y destruían todo cuanto encontraban a su paso como no fuera un objeto de plata u oro". "Despertose ... de tal modo la codicia de los naturales que todos, hasta el viejo Santero de Ntra. Sra. de Tiermes, se dieron a arañar la tierra sin dejar un palmo", y el hallazgo de 11 anillos de oro con piedras preciosas grabadas alentó aún más a los excavadores, sobre todo cuando unos vecinos de Sotillos hallaron 11 monedas de oro y 97 de plata. "Fortuna ha sido que estos labradores ... no hayan tenido constancia... de otro modo este invierno pasado hubieran acabado para siempre las ruinas de Termancia ". Rabal cuenta que en una vivienda descubierta en 1886 había "un pavimento de grandes baldosas de mármol "pulimentadas en la parte superior" y las paredes "estaban revestidas" de "pintura con adorno y figura", pero el labrador, en "despecho de no haber encontrado una olla de dinero o algún objeto de plata u oro" lo deshizo todo. Sentenach alude en 1911 a la fantasía de los lugareños que "les hace soñar con deslumbradores descubrimientos". "Consérvase entre ellos memorias de algunos muy notables, de tesoros riquísimos que fueron llevados en noche célebre por unos del Burgo de Osma, tan bien informados que no tuvieron más que cavar en determinado sitio para dar con tanta riqueza, abandonando hasta la cena preparada por no perder un momento en alejarse de allí, logrado su objeto ". En resumen, los “tesoros” hallados en Tiermes a finales del siglo XIX y la ambición popular han estado a punto de causar la demolición de los restos de la ciudad. Mucho vestigios seguramente se han deteriorado o perdido para siempre en el transcurso de las búsquedas "de tesoros" y "dineros" por los lugareños y por personas llegadas ex profeso desde otros lugares.”

Extraído de Gentes de Tiermes

21/01/2008

Una de rosquillas

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3 huevos
2 tazas de azúcar
1 vaso pequeño con aceite de oliva
2 tazas de leche o 2 yogures naturales
la rayadura de la piel de un limón (o en su defecto, emplear yogures con gusto a limón)
casi un kilo de harina
3 sobres de levadura

Mezclar los condimentos uno a uno en el orden de la lista: primero batir los huevos, luego añadir el azúcar (mezclar), ponerle el aciete (mezclar)... La harina hay que echarla poco a poco y a través de un colador para que se mezcle mejor. A medio paquete añadir la levadura y seguir con la harina. Para amasar bien la masa conviene huntarse las manos con un poquito de aceite, y al acabar, se ha de dejar reposar de 2 a 3 horas.

Para darle forma a las rosquillas se puede hacer un churro y unirlo luego, o bien hacer una bolita y hacerle un agujero, va por gustos. El acetie (un litro más o menos) no debe estar ni muy frío ni muy caliente, y la sartén ha de ser honda. La rosquilla se ahuecará y una vez que coja esponjosidad y buen color de piel, la sacaremos con la ayuda de 2 tenedores o de una cucharrena. Para que pierda un poco de aceite va bien poner una servilleta de papel en la fuente que se lo absorva. ¡Ah! Y el azúcar se ha de espolvorear antes de que se enfríen.

Tres vueltas al pueblo en trote ligero son suficientes para quemar semejante fuente de calorías.

Buen provecho!!!

ps: en esta dirección hay unas fotos ilustrativas. en esta receta le añaden anís, que no está nada mal, claro que no: http://www.mirecetario.es/pages/recetas_autor/rosquillas_fritas_julia.htm

07/01/2008

La ilusión, supongo

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Noche Buena, la Misa del Gallo y los villancicos en casa, al amor de la lumbre, que fuera hacía frío y el especial de Navidad lo daban las llamas. ¿Nochevieja? Cuando te acostabas sabías que era el último día del año, y al alba, el primero. Uvas y campanadas nunca hubo en el pueblo. La Ribera del Duero está cerca, a 25 kilómetros está San Esteban con la Denominación de Origen que llega hasta Aranda y Peñafiel, pero en Tiermes no hubo más campanas que las de Misa, y uvas, las prensadas en el vino de las botas. “Y en Reyes, ¿había cabalgata la víspera y regalos a la mañana?” Aquí mis padres casi se tronchan de risa. El abuelo se disfrazó una vez, me dice mi madre, vete tú a saber con qué, se cubriría la cabeza con un gorro de paja, porque muchos trajes no había por casa. Lo fuimos a buscar a la fuente. No sé qué traería, la ilusión, supongo. Gaspar, Melchor y Baltasar, los tres en uno, una versión reducida de los Reyes antes de que llegara el gordinflón ese que cuelgan de los balcones. Los juguetes los hacíamos nosotros. Con una caja de cartón y una cuerda llegaron los primeros autos a la aldea. Las muñecas eran del trapo que les sobraba a las mujeres en sus labores. Había dulces, sí, una especie de turrón que llamábamos guirlache, muy oscuro por la miel y repleto de frutos secos. También nos daban alguna moneda. Podíamos tenerla todo el día, y a la noche la devolvíamos a los padres, como la figurita del roscón, que si te toca eres el rey por un día.

04/12/2007

Trazas una línea... - (adenda II)

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La línea gruesa marca la demarcación provincial en 1783, según Tomás López, la línia de puntos indica la actual.

04/12/2007 08:43 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

03/12/2007

Trazas una línea... - (adenda)

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Límite provincial de Soria en la división de 1833, mapa según Gómez Chico.

Ortega Canadell, Rosa. Las Desamortizaciones de Mendizábal y Madoz en Soria. Soria : Obra Cultural de la Caja de Ahorros y Préstamos de la Provincia de Soria, 1982

22/11/2007

La huella del diablo - y IV

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Evidencias no faltaban, pero nadie se echó las manos a la cabeza hasta que llegó la fiebre y con ella la primera vaca muerta. La lengua se les ponía lila y la leche se les agriaba nada más entrar en contacto con el aire. Las terneras les tenían miedo a las madres y no se les acercaban ni para mamar de ellas. Si por la noche no paraban de mugir, el ganadero sabía que a la mañana siguiente sólo encontraría cadáveres en su establo. Aquello podía ser peligroso para las personas, así que, a falta de veterinario o médico, exorcista o boticario, decidieron que el mal tenía que morir allá donde había nacido.
Al romper el alba del día siguiente una caravana de cencerros subía la carretera del monte. Las pocas vacas que quedaban con vida subían la cuesta como quien va al matadero. Ni se extrañaron cuando el arriero las sacó del camino y las metió entre senderos más propios de cabras. Se detuvo la comitiva al borde de la sima, tal vez conscientes del sacrificio que estaban a punto de hacer, y a las voces de sus amos se despeñaron por la gruta como ballenas que se suicidan en una playa olvidada.
La sima sigue en su sitio, pero no rezuma azufre y unas rocas de la obertura se despeñaron, de modo que se le cerró la boca al diablo. Le ha crecido romero y tomillo por los bordes, igual que a la huella de la roca que ahora está cubierta de líquenes. El diablo parece haberse olvidado de nuevo de ese rincón del mundo, tal vez por el mucho trabajo que le da el resto.

foto: http://www.flickr.com/photos/ontalvilla/454421124/

22/11/2007 08:27 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

21/11/2007

La huella del diablo - III

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Después del susto el pueblo recuperó el sosiego. Pasaron unos días de calma, tanta, que los nubarrones escamparon y el sol brillaba desde la amanecida hasta el ocaso. La bonanza de los últimos tres años se extinguió en tres semanas. La primera consecuencia de la falta de lluvias fue la mengua de pastos. Las laderas recuperaron sus tonos pardos y los vaqueros cada vez tenían que ir más lejos para encontrar prados verdes en los que sosegar el apetito de sus vacas. Fue en éstas que un pastor de buena pasta, encontró la boca del diablo.
Se encontraba con su junta de bueyes atajando por medio del monte, cuando descubrió una calva allá donde antes había matorrales. A medida que se acercaba el terreno se hacía más árido y un tufillo a azufre mataba el aroma del espliego. Cuando entró en el círculo pelado vio en el centro un agujero negro de esos que decían que había en el firmamento, y antes de verse abducido como una estrella, corrió al pueblo para contarlo.

foto: http://www.flickr.com/photos/astrovinni/3002669/

21/11/2007 09:29 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

20/11/2007

La huella del diablo - II

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Eligió una noche sin luna para no dejarse ver, aunque notarse, lo que se dice notarse, lo notó el pueblo entero. Era la hora de la cena, las aldabas estaban echadas y la lumbre calentaba el hogar, cuando la tierra se estremeció como si uno de esos dinosaurios hubiera vuelto a pasearse por sus dominios. Salieron los vecinos a la calle, no fuera a caérseles la casa encima, pero después de comprobar que las paredes seguían en su sitio y comentar lo sucedido, volvieron cada uno a su casa, no fuera que el gato les robara la cena. Al mes siguiente, cuando un pastor dio con la sima, todos le encontraron explicación a aquel temblor de la tierra, pero no adelantemos acontecimientos, que todo tiene en su momento.
El caso es que el diablo andaba suelto y se llegó hasta el pueblo olisqueando la belleza de la joven moza, pensando que sería una víctima fácil para sus malas artes. Erróneo vaticinio, pues nada más verla se olvidó de sus planes, y si quería conquistarla era porque él ya había sido conquistado. Le ofreció su reino, ya que corazón no tenía, pero ella lo rechazó sin miedo ni arrogancia, poniendo colorado de rabia al pobre diablo. Dicen que se iluminó todo el pueblo con los destellos de su ira, y los vecinos volvieron a salir a la calle pensando que tras el terremoto ahora tocaba un incendio. Tocaron las campanas de la iglesia y formaron una cadena desde la fuente hasta la casa de la chica tirando cubos de agua sobre las llamaradas. El diablo salió con el rabo mojado y entre las piernas y cuando los vecinos entendieron lo sucedido fueron tras de él por el camino del cementerio jaleándole y tirándole los cubos vacíos a la cabeza.
Con la carrera se le habían secado los chichones y la cornamenta, y volvía a vérsele colorado y echando humo más allá del campo santo. Dicen que se apoyó en una roca para recuperar el resuello, y en cuanto tuvo aliento se giró a los campesinos para maldecirles con toda su mala baba. Estaba tan encendido el hombre que su huella quedó allí grabada para los siglos venideros.

foto: http://www.flickr.com/photos/massarimauro/2046684104/

19/11/2007

La huella del diablo - I

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En el monte había una sima que llamábamos “la boca del diablo”. También había pisadas por toda la comarca, y en el norte de la provincia, en las Tierras Altas, habían descubierto huellas gigantes de dinosaurios, pero que nosotros sabíamos del maligno. De nuestra parte las más espectaculares eran las que se encontraban en el camino del cementerio. Tenían forma humana, pero eran mucho más grandes. Había quien decía que las había dejado el diablo cuando la tierra acababa de nacer y las rocas eran maleables como el barro, pero la historia que más nos seducía era otra.

Eran tiempos de bonanza. En los últimos tres años había llovido más de lo que alcanzaban a recordar los más viejos. Los pastos que antaño sólo servían para cabras y ovejas, se extendían por las lomas en tonos verdes nunca vistos. Algunos ganaderos incluso se habían atrevido a comprar vacas lecheras en la feria de San Esteban, y al acabar el tercer año de lluvias casi todas las casas tenían una o dos cabezas de vacuno. Tan bendecido se sentía el pueblo que los vecinos bromeaban diciendo que por fin habían entrado los cuernos en su casa, aunque fuera por el establo, que de tan insignificante que era el pueblo, ni el diablo había dado cuenta de él. Pero ya se sabe que a según qué huéspedes mejor ni mentarlos, que se lo toman como una invitación.
Maduraba por aquellos tiempos una joven que dejaba boquiabierto por su belleza. Se contaba que quitaba el habla de lo guapa que era. Los arrieros detenían sus carros cuando se la cruzaban en los campos, y un cura hubo que cambió de parroquia para alejarse de la mujer que rivalizaba en su corazón con la mismísima Virgen María. No tenía novio y aunque todos le profesaban amor, nadie parecía atreverse a declarárselo, hasta que apareció el diablo.

foto: http://www.flickr.com/photos/pedroarpon/460265136/in/photostream

08/11/2007

el refugio y III

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El sr. Albert había pagado la entrada delante mío, y una vez dentro nos confesó que de niño él había puesto su granito de arena para construir el refugio. El cura de la parroquia había organizado al grupo de niños de la catequesis para cargar los bancos de la iglesia hasta el refugio. Jugaban a que eran camilleros en el frente mientras veían a los hombres afanarse en acabar las obras. La guerra estaba lejos y todo era emocionante. Había bajado al refugio docenas de veces cargando los bancos y siempre había encontrado gente yendo y viniendo ocupados en mil quehaceres, pero después fue distinto: 1200 personas apiñadas temiendo que las paredes cediesen no era el mejor ambiente para imaginarse juegos. Las familias ocupaban su porción de espacio cargadas con un equipaje improvisado por si al salir su casa se había convertido en una montaña de escombros. Recordaba a una mujer que bajó con su vajilla de porcelana como si fuera su tesoro más preciado. Las bombas caían lejos, pero una de las baterías antiaéreas estaba en la falda de Montjuïc, justo encima del refugio. Cuando empezó a disparar parecía que perforaran la tierra. La mujer se asustó tanto que se le cayeron las tazas y se hicieron añicos contra el suelo. Hasta aquel día el sr. Albert no recordaba haber sabido lo que era el miedo. Era un niño sin pesadillas, ni monstruos acechando debajo de la cama o dentro del armario. Aquel día el silencio de aquella multitud era un lodo que le pesaba sobre los párpados. Nadie hablaba, nadie miraba a la pobre mujer que intentaba recomponer la porcelana de su angustia mientras seguían los cañonazos. Pese al calor asfixiante el niño Albert sentía que el sudor de su cuerpo era frío, que sus manos estaban heladas y su corazón encogido.
"¿Y qué siente ahora que ha vuelto al refugio después de tantos años?" preguntó una mujer que formaba parte de la visita. "Nada. Pensaba que me iba a afectar, la verdad, pero pesa mucho más el recuerdo de mis amigos jugando a que éramos camilleros. ¿Sabe? La mayoría de gente que dice que con Franco se vivía mejor, no saben lo que dicen, y no crean que lo digo por una cuestión política. Lo que pasa es que entonces éramos jóvenes, y es tan hermoso ser joven que somos capaces de olvidar todo lo demás."

06/11/2007

el refugio - II

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El refugio estaba pensado para albergar unas 1200 personas. No estamos hablando de un agujero excavado en la tierra, se trata de todo un sistema de galerías de más de 200 metros, sistemas de ventilación, iluminación, letrinas, alcantarillado, etc., todo un lujo, sí, si olvidamos las razones por las que la gente se hacinaba en ellos. El cálculo era preciso: lleno de gente el refugio tenía aire para que cada persona respirase sin dificultad durante una hora, después el ambiente empezaba a enrarecerse. Había estrictas normas para evitar el despilfarro de oxígeno: no se podía correr, ni se podía entrar con animales, aunque perros y gallinas hubieran salvado a sus amos. Los animales se ponían nerviosos mucho antes de que sonaran las sirenas, y sus dueños lo interpretaban como señales inequívocas de alarma.

Al principio la gente no tenía miedo a los aviones, hasta entonces no se habían utilizado en ninguna guerra para bombardear ciudades, y más que miedo lo que la gente sentía era curiosidad, hasta el punto de que subían a los terrados para verlos como quien admira unos fuegos artificiales. De este modo la aviación italiana y alemana masacró a la población civil en lo que para ellos no era más que un ensayo de la II Guerra Mundial. Una vez que se comprendió el peligro la gente no dudaba en correr a refugiarse, pero desde que los aviones eran avistados hasta que se daba el aviso y por fin sonaban las sirenas, pasaba demasiado tiempo. A veces los bombardeos y las sirenas eran simultáneos, y la gente corría despavorida.

06/11/2007 09:16 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

05/11/2007

el refugio - I

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Era el mismo frío que nos recibió a la entrada del refugio antiaéreo nº 307 de Barcelona, en el barrio de Poble Sec, a los pies de la montaña de Montjuïc. La guía que nos lo mostró insistía en que era un refugio de lujo. Para empezar la montaña de Montjuïc es de una roca fácil de picar, los refugios del barrio de Gràcia, por ejemplo, están horadados en pizarra, por lo que construirlos debió de ser un trabajo hercúleo. Además, la montaña está surcada por ríos subterráneos, y al abrir una de las galerías los obreros toparon con una fuente natural, por lo que si fallaba la red de aguas de la ciudad, allá nunca faltaría el abastecimiento. Mientras esperábamos para entrar el sol nos derretía la paciencia, por eso nos extrañó que la guía fuera a buscar una chaqueta. Dentro hace frío, mucho frío, nos dijo. Y así era. El túnel era mucho más ancho que el del viejo boquerón, pero el frío de la piedra era el mismo. Nos internamos unos metros mientras nos situaba en los años de la guerra, en las pírricas defensas con las que contaba la ciudad para defenderse de los ataques aéreos y en la tremenda estructura subterránea con la que se había preparado para salvaguardar a la población civil.

05/11/2007 09:08 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

01/11/2007

El boquerón y III

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Había que recuperar las gafas, eso estaba claro, así que empezaron a tramar un plan. Las paredes de las claraboyas tienen talladas unas escaleras, pero no acababan de dar confianza a los ingenieros, así que buscaron una rama larga para atarla al cinturón del explorador. Los únicos árboles cercanos eran unos chopos que se hacían los despistados meciéndose con la brisa. Para su desgracia uno de ellos fue descubierto y le amputaron una de sus ramas, y por desgracia para mí la madera de chopo es demasiado ligera y decidieron que al ser yo el más pequeño sería el más indicado para efectuar el descenso. Así que bajé, qué remedio, debatiéndome entre hacer ver que la aventura me seducía o denunciarles al guarda de las excavaciones por explotación infantil.

Fue más fácil de lo que creía. Estaba demasiado concentrado en asegurar bien los pies y las manos como para escuchar las arengas y consejos que me venían desde arriba. La supuesta seguridad de la rama de chopo atada a mi cinturón era más que dudosa, pero cumplía con su función de placebo. El problema fue cuando llegué al suelo, sólo tenía que agacharme y recoger las gafas, pero al agacharme mis ojos dieron con la oscuridad que manaba del túnel. Miré al otro lado, la misma penumbra sólo interrumpida por ese breve círculo de luz en el que yo me encontraba, y atravesándolo todo como si la oscuridad pudiera salir de su sombra y tocarme, una corriente que helaba mi cara. Es la primera vez de la que tengo constancia de haber sentido miedo. Miedo en su sentido básico, tal y como lo sentimos en alguna pesadilla, notando la piel y los cabellos erizándose como los de un animal preparándose ante una agresión. Me llamaron desde arriba sin llegar a romper el hechizo, pero empecé a subir por los peldaños dando la espalda a mis propios temores. No había nada ni nadie a mis espaldas, me intentaba convencer, sólo mis fantasmas, así que tocaba subir sin mirar atrás pese a sentir su aliento frío en la nuca.

31/10/2007

El boquerón - II

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En una ocasión en la que paseaba con mi familia por las ruinas, nos detuvimos a observar una de las claraboyas que ventilaba el boquerón. En las incursiones con los amigos por el interior del túnel jamás habíamos llegado tan lejos. Ni siquiera habíamos visto la luz de las claraboyas porque el primer tramo doblaba a los pocos metros y dejaba oculto el leve resplandor que le venía de la superficie. Había un intervalo de metros en los que perdíamos de vista la luz de la entrada sin llegar a percibir la de la primera claraboya. A esa altura las cerillas se apagaban por la corriente de aire, el piso se volvía fangoso, el techo se hacía más bajo y las paredes se estrechaban más todavía llegándonos a convencer de que la mejor idea era dar la vuelta.
Mientras mirábamos hacia abajo y los mayores hacían su propia interpretación de los restos y de la vida de los habitantes de Tiermes, se le cayeron a una tía mía las gafas, con la mala suerte de que cayeron al fondo del pozo. Por aquel entonces las medidas de protección del yacimiento, tanto para evitar vandalismo, como para proteger de posibles accidentes a los visitantes, eran nulas. Las claraboyas se abrían como pozos sin tapar ni señalizar, por lo que caminar de noche por aquel paraje era una versión rupestre de la ruleta rusa.

29/10/2007

El boquerón - I

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Lo llamábamos así por la estrechez de sus paredes. Dentro del túnel nos sentíamos como las sardinas en escabeche. No sabíamos cuan largo era, nacía en un extremo de Tiermes y se adentraba en la roca hasta perderse. Contaban los mayores que una vez metieron un gallo de un lado y salió a la altura de Caracena, uniendo así la ciudad romana con el castillo medieval y de paso unos cuantos siglos de incongruencia histórica. Los guías y los folletos aseguraban que era un acueducto, pero a nosotros nos seducía más la idea de un pasadizo secreto. Nos daba lo mismo que llegara hasta Caracena, las veces que nos habíamos internado hasta que se apagaba la cerilla y nos quemábamos los dedos, ya nos parecía suficientemente largo como para albergar todos los misterios del mundo. Además, un acueducto era lo que había en Segovia y no era fácil sacarnos de esa idea.

15/10/2007

PARES

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A raíz de haber transcrito el opúsculo de García de Andrés, la pulga me dio a conocer una herramienta muy útil para historiadores y fisgones. Se trata del PARES: Portal de Archivos Españoles, una base de datos que facilita el acceso al Patrimonio Histórico Documental español. La mayoría de los registros son referenciales, pero también se encuentra documentación digitalizada. El lenguaje de interrogación es sencillo y la recuperación ágil, una gozada, vamos. Tiermes no cuenta con más de 10 referencias de los siglos XVII y XVIII, referentes a un paisano registrado en el listado de pasajeros que se embarcaban al Nuevo Mundo, un par de expedientes de estudiantes de la comarca que llegaron a licenciarse en la universidad, y algún que otro pleito por un quítame de ahí esas pajas… en todo caso, no tiene desperdicio, y seguro que le encontraréis provecho, habiendo sufrido nuestros pueblos gran expolio de documentación, cuando no desaparición por abandono y desidia de sus archivos. ¡Que lo disfrutéis!

08/10/2007

Montescos y Capuletos

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Montejo de Liceras o de Tiermes, lo curioso es que pese a todas las rencillas, hay un gran número de matrimonios entre hombre y mujeres de los dos pueblos, y sin que la sangre de Capuletos y Montescos haya sido nunca derramada.
Y es que el amor, siempre triunfa…

02/10/2007

El santero de San Saturio

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Hay todavía un texto (y más que deben de haber que se me escapen) del ya citado Gaya Nuño, en el que el santero de San Saturio decide recorrer toda Soria con el objetivo de crear un sindicato o colegio profesional de santeros. Su primera visita le lleva al extremo más pobre y apartado de la provincia, a la ermita de Nuestra Señora de Tiermes, y cuando se refiere a Montejo lo “apellida” de Liceras:

"Aquí debo anotar, dolidamente, un considerable fracaso, al que me llevó mi espíritu de solidaridad para con los colegas. Pues entendí que todos los santeros y ermitaños de la provincia deberían es¬tar sindicados, o agremiados, o colegiados, reuni¬dos, en fin, de alguna suerte, para que nuestras glorias y nuestras desdichas fueran comunes, para que nadie pordiosease en nombre de ningún santo
sin llevar caja con estampa. Digan si la empresa no era justa. Pero el individualismo celtibérico me hizo fracasar, y fue de la siguiente manera:
Cuando se vinieron las primeras heladas, no qui¬se aguardar. Pensé en todos los pobres santeros de la tierra, acaso sin lumbre, sin leña y sin aceite. Acordéme de los más necesitados y me tracé itine¬rario. No sin esfuerzo, pude llegar hasta Montejo de Liceras y desde allí, andando, a la ermita de Nuestra Señora de Tiermes. Por estos andurriales, los santeros no gastan sayal, de modo que a mí tomáronme por fraile o por peregrino, y eran muchas las ancianas y mozas que se vinieron a be¬sarme la mano, y yo me sotorreía de tanta simpli¬cidad. Acudí al santero de Tiermes, que no vestía sino andrajos; me di a conocer como compañero suyo, y le hablé del proyectado sindicato. Era este compañero algo tardo y mostrenco, porque el ham¬bre se le iba comiendo vivo, igual que a su mujer e hijos, quienes no sé ni cómo se sustentaban, pues, a lo que pienso, aquella tierra no da sino ruinas.
-Bueno, y, ¿no recibes propinas?
-¿Qué cosa son propinas? -preguntó a su vez el desdichado.
- A modo de limosnas, pero limosnas que no hay que pedir, sino que dan los fieles por voluntad, en cuanto les enseñas el altar de la Virgen, o cuando cuelgas el bracito de cera en memoria del niño que sanó de paralís.
- Pues qué voy a recibir yo, ¡desgraciado de mí- No tengo sino una faneguilla de cebada para todo el año, y así como cuatro celemines de trigo. Hoga¬ño comimos dos meses con ciertas meriendas que nos dieron, por favor, unos señores que vinieron a ver el castillo -con lo que significaba el cuitado las ruinas de Termancia - y no iría mal el año si fueran para mí las perras que se recogen el día de la Virgen. Pero el año pasado, que vinieron gentes hasta de Campisábalos y Galve, de la parte de Atienza, se había reunido una milenta de perras gordas y pesetas. Bueno, pues el señor cura, al acabar la función, las cogió, las puso en un mo-nedero, lo lió, y hasta otro año. Nada nos queda a los desgraciados.
"Alma bienaventurada -dije para mi sayo-, y cómo te mereces estar en tu ermita, no de santero, sino en el mismísimo altar mayor!" Entonces le ex¬pliqué mis propósitos, y cómo de ellos no saldrían sino beneficios, y nadie nos vejaría, y de la caja común que habíamos de hacer todos los santeros, pobres y ricos, para caso de una enfermedad, o para comprar borricas a los más ancianos, que sólo pu-dieran malvalerse, y para pasar les pensión si se baldaban. Saqué un impreso de adhesión y lo firmó con letra muy bien rasgueada; Saturnino Valderrodilla, recuerdo que se llamaba."

26/09/2007

Ibn Fortun

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A parte de las escabrosas cuestiones que puede suscitar semejante anécdota, el fragmento sobre el señor obispo abre un tema no menos peliagudo, como es el de la denominación de Montejo, actualmente llamado de Tiermes, y hasta 1960 conocido como Montejo de Liceras. Y es que Montejo y Liceras son pueblos vecinos, y como tales, pueblos rivales. Inocente Andrés se remonta a las fuentes musulmanas para encontrar las primeras referencias: “Ibn Fortun dio su nombre a las Liceras que en los documentos medievales más antiguos que se conservan en la diócesis de Sigüenza, reciben los nombres de Liceras de Fortún, Liceras de Torre Montejo y Torre Suso o Torre Fortúnez.” De esta antigua denominación tomaría su nombre el Sexmo de Valdeliceras que comprendía Montejo, Cuevas de Ayllón, Liceras, Noviales y Torresuso.

21/09/2007

El señor obispo

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A continuación el segundo texto que reúne Inocente García de Andrés:

Un obispo murió en Montejo

"A pesar de lo muy delicado de su salud y de que el tiempo era desapacible, salió en Mayo de 1854 a Santa Visita Pastoral. Estando en Montejo de Liceras le repitió la pulmonía con tanta violencia que al segundo día (..) entregó su alma al creador a las seis de la tarde del día 31 de mayo de 1854 (...) su corazón y vísceras yacen en Pendueles, diócesis de Oviedo donde había nacido, su cerebro en Montejo de Liceras donde falleció haciendo Santa Visita Pastoral". (MINGUELLA, Historia de la Diócesis de Sigiienza, tomo 3°, p.221-222. Véase también, en Montejo, la inscripción en el presbiterio de la Iglesia.

21/09/2007 18:25 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

17/09/2007

La Invasión francesa de 1808

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A raíz de un post que publicó la pulga hace ya algunos meses, recordé que tenía un opúsculo redactado por Inocente García de Andrés. En él se relataba un pequeño episodio de la invasión francesa de 1808 que tuvo como escenario las tierras de Tiermes y concretamente a Montejo como lugar de refugio para una comunidad de religiosas. Lo transcribo tal cual:

La Invasión francesa de 1808: los grandes hechos nacionales repercuten en los pueblos pequeños.

(Se puede leer el relato completo en la publicación de Matías Fernández Garda, Ayllón. Algunas pinceladas históricas publicado por la Caja de Ahorros de Segovia, 1977)

Las religiosas abandonaron su querido convento nueve días antes de la invasión de Ayllón por parte de los franceses, exactamente el día 19 de noviembre. La razón de obrar así fue el haber llegado a sus oídos los muchos desmanes, robos sacrílegos y violaciones, perpetrados por los soldados enemigos sin respetar las clausuras religiosas, y como Ayllón era pueblo de paso forzoso hacia Madrid y por evitar tales peligros, no dudaron aquellas mujeres en dejar sus clausuras y retirarse a los pequeños pueblos apartados de los caminos importantes.

"Fuimos a Montejo a pie, menos unas religiosas que había enfermas; llovía mucho y no se puede saber los muchos trabajos que padecimos, estuvimos en dicho pueblo 3 días (...) Éramos 23 Monjas. A Montejo dicen que iban los franceses y tuvimos que fugar a Grado (...) a Villacadima (...) Galve (...) hasta que pareció conveniente volvernos a Montejo otra vez. Los peligros que en esta vuelta tuvo toda la comunidad de perecer no los puedo yo explicar, fue todo el día un continuo milagro el no morir todas las monjas, porque salimos de Galve en el peor día que ha hecho desde que Dios creó los tiempos. Nos trajeron por donde llaman Sierra Pela, íbamos en 5 o 6 carretas, y era tanta la intemperie del día que no se veía ni el cielo ni la tierra de la nieve y ventisca y hielo (...) llenos de humedad. Seguimos en dicho pueblo tres meses (...) la casa era de Antonio de Pablo, nos cedió la mitad (...)"

09/08/2007

La insoportable levedad del ser - I

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La asociación ‘los cuculos’ articula todas las actividades, que no son pocas, y tienen la sede social en la antigua escuela. La carretera lleva un año asfaltada, así que un autobús recoge a los niños para levarlos al colegio en Sabiñánigo. Y es que uno de los milagros de Ibort es contar con 10 niños de entre una población de 35 habitantes. El resto del milagro es ver cómo han reconstruido las casas, respetando la arquitectura y los materiales originales.
La iglesia era lo único que aguantaba cuando llegaron, aunque este agosto tienen pensado montar un campo de trabajo para rehacer la entrada y levantar los muros de la plaza que se han venido abajo.

09/08/2007 10:05 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

II

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No es lugar de culto desde que la diáspora vaciara el pueblo de almas, y quienes lo repoblaron utilizan el lugar como local social. Lo que unió en un principio a la mayoría de los 35 habitantes de Ibort es el montañismo, y ni cortos ni perezosos decidieron cubrir las paredes de la capilla con un rocódromo donde entrenar.

09/08/2007 10:02 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

y III

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La pared más espectacular es la del altar mayor, porque está decorada con el graffiti de un escalador trepando al cielo, un retablo laico que también aspira a la espiritualidad.

Ibort

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Ibort no tendría nada de especial tan solo por ser uno más de entre la docena de pueblos abandonados en nuestro país. Lo que hace especial a esta aldea es que después de que la hiedra empezara a roer la piedra, un grupo de jóvenes decidiera establecer allí su hogar robándole el botín al olvido.
Ibort se encuentra en pleno Pirineo Aragonés, lo que significa que los inviernos son especialmente duros. Los últimos ancianos que resistían se acabaron trasladaron a tan solo 7 kilómetros, al vecino Sabiñánigo, donde una residencia les ofreció todos los servicios y comodidades que el pueblo ya no les podía proporcionar. Carmen asegura que cuando vuelven por sus antiguas tierras no hay resquemor en sus miradas, las casas –o lo que de ellas quedaba- fueron compradas, por lo que los antiguos propietarios no pueden quejarse de ‘ocupación’ alguna, y se lo miran todo entre escépticos y nostálgicos, pero contentos al fin y al cabo de que el bosque no se haya comido los caminos y la iglesia no se haya venido abajo.


31/05/2007

Chivos expiatorios

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Subir la montaña es el precio por no pagarle el parquímetro al ayuntamiento. Es un tostón, pero tiene sus recompensas. A medida que subes la vegetación recupera su espacio: las raíces revientan las aceras y los jardines paren plantas que no se dejan domar. La carretera es empinada y en seguida se llega a un mirador cuyas vistas tienen la propiedad de reconciliarte con la ciudad. La otra mañana, sin embargo, no tuve que subir hasta arriba para sentirme en paz con la urbe. A la izquierda del camino, entre los matorrales abandonados, se abría paso una mujer cubierta con un sari rosado. Andaba a pasos lentos recogiendo hierbas que iba guardando en bolsas de plástico. En la exposición describían a la mayoría de víctimas de la caza de brujas como mujeres pobres, marginadas e ignorantes, al ser posible forasteras (hablamos de comunidades locales, pero en el norte de Cataluña se pirraban por las viejas venidas de Francia, las gabachas) y con una marca diferenciadora: la señal del diablo. Aquella mujer india tenía todos los números para ser un nuevo chivo expiatorio. Sus acusadores la seguían de cerca: una autóctona paseando a su perro. Me detuve curioso ante la escena y esperé a ver qué pasaba. Desconfiado me preparé para presenciar un conflicto, pero pronto me pude quedar tranquilo. La indígena sentía tanta curiosidad como yo, sólo que tenía más tiempo para saciarla, así que se acercó a la recolectora y se pusieron a charlar de recetas, pócimas o series de la tele, vaya usted a saber, yo me tuve que ir al tajo, ellas quedaron con dios, o con el diablo.

31/05/2007 12:08 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

29/05/2007

Caza de brujas

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De haber nacido cuatro o cinco siglos antes, la abuela del señor Ramón habría tenido algún problema, pensaba para mis adentros cuando salí de la exposición Per bruixa i metzinera del Museu d’Història de Catalunya. La muestra parte de la alta Edad Media ofreciéndonos un paisaje donde la brujería no existe como tal, donde el pensamiento científico no acaba de nacer y la Iglesia no se opone frontalmente a curanderos y alquimistas porque todo conocimiento forma parte de una madeja difícil de diferenciar. Es el segundo ámbito de la exposición: La invención de la bruja, donde se explica “el proceso de construcción del estereotipo de la bruja diabólica” (s. XIV y XV) debido al nuevo posicionamiento de la Iglesia y concretamente a una serie de teólogos que difunden sus ideas con rapidez por toda Europa gracias a la imprenta. El Malleus maleficarum(martillo de brujas, 1486) fue un libro de referencia para los inquisidores hasta que el asunto se les fue de las manos. Una vez prendida la llama el pueblo se entregó a una verdadera persecución de la que surgían docenas de procesamientos cuyo final era siempre el mismo. Las actas de los juicios, con descripción sumaria de las torturas y confesión final de los reos, pone los pelos de culpa, no ya por la brutalidad de los métodos, que también, sino por lo necio del proceso que llegaba a su fin sólo y cuando el acusado delatara a sus colaboradores y diera una descripción de sus reuniones con el diablo que coincidiera con la que daban los teólogos Kramer y Sprenger en su martillo. Como la acusación no debía aportar pruebas, las denuncias se convirtieron en un método de venganza infalible, hasta que la locura se desató en Zugarramurdi (1609, nuestro Salem peninsular) y la Inquisición tuvo que intervenir para detener lo que ellos solitos habían puesto en movimiento.
Curiosamente fue Cataluña, progre ya en aquellos tiempos, la única región que continuó aniquilando mujeres por hacer sopa de tomillo. La abuela del señor Ramón hizo bien en no nacer antes de 1622, cuando por fin los obispos catalanes decidieron hacerse cargo de los juicios pendientes liberando a las encausadas.

Sobre la caza de brujas en Castilla no tengo información, no digamos ya de Soria, por lo que si alguien me sabe indicar le echaré un bien de ojo.

27/05/2007

Marcovaldo, o las estaciones en la ciudad

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Hay un relato de Italo Calvino en Marcovaldo donde el ingenuo protagonista intenta reseguir el rastro de las estaciones en su hábitat urbanita. Al llegar la primavera encuentra setas en el parterre de los árboles y las cosecha para ofrecer un banquete a la familia. Como era de esperar las setas no sólo no eran comestibles, sino que eran tóxicas. Ante semejante riesgo sólo recojo las hierbas que conozco sin asomo de dudas, y pese a la proximidad de mi casa con la montaña de Montjuïc, sólo acudo a ella para pasear o aparcar el coche. Hasta que conocí al señor Ramón.
El señor Ramón es uno de esos personajes que vale la pena conocer: tenor de ópera, escritor y sabio herboristero son algunas de sus señas. Di con él en uno de esos cursos de centro cívico que me llamó la atención entre los habituales de cata de vinos y bailes de salón: hierbas medicinales de la montaña de Montjuïc. Al tema, ya interesante de por sí, se le añadía el componente de la montaña, pues todas las hierbas de las que iban a hablarnos se encontraban en ella, sólo había que saber buscarlas, y las dos últimas sesiones iban precisamente de eso, de salir al monte.
El señor Ramón salpimentaba sus clases con anécdotas que ilustraban las cualidades de las plantas. Así me enteré de que el agua de borrajas no merece ser despreciada, pues tiene vitaminas; que las ortigas, si se tocan con cariño, sólo hacen cosquillas; o que los brotes de las zarzas aclaran la garganta, por eso los picotean los pájaros antes de entonar su canto.
La ciencia de las plantas la había aprendido de su abuela, antigua habitante de Montjuïc en los tiempos de María Castaña. Él la acompañaba en sus paseos mañaneros para recolectar las hierbas que nutrían su botica, y asistía en silencio a las entrevistas que mantenía con los vecinos que le pedían receta y consejo sobre cómo achicar los dolores que les afligían.

27/05/2007 14:34 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

23/05/2007

y de setas

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Después llegaron las cacerías de hierbas. Mi padre me enseñó las charcas donde encontrar berros para la ensalada, los prados donde abundaba el poleo o los escondrijos del té de roca. Pero no había manera, cada vez que se alejaba y yo le venía detrás con un manojo de hierbas me decía que eso, en infusión, me provocaría de todo, pero nada bueno. Un otoño en que buscábamos setas llené el capazo de hongos que luego no fuimos capaces de encontrar en su guía de campo. Cuando acababa la jornada me llamó para que acudiera a su lado. Mi padre era un punto minúsculo abajo en la ladera. La meseta se abría en todas direcciones interrumpida solo por los pliegues de la sierra Pela. Me espera inmóvil, mascando aire. “Mira al suelo” me dijo. Allí me esperaba una seta de cardo (¡4 tenedores en la guía!) con la que rompí el maleficio y pude volver al pueblo sin sufrir el escarnio de la cesta vacía.

21/05/2007

de hierbas

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Con el tiempo voy descubriendo gestos y manías de mi progenitor que se repiten en mí, y creo adivinar que mi afición por las hierbas viene de ese llevarse a la boca el primer brote con el que topamos al borde del camino. También fue mi padre quien me enseñó a mascar los granos de trigo. Cercenábamos la cabeza de las espigas y desgranábamos sus semillas. Cuando reuníamos un puñado nos lo metíamos en la boca y mascábamos hasta deshacerlo en harina como si fuera chicle de pan. Más tarde conocí el espliego. Mi padre lo recogía para el coche y los armarios. En los trayectos entre Barcelona y el pueblo el 850 se convertía en un submarino de humo y la lavanda combatía (sin éxito) el olor perenne del Rex. Ya en Barcelona los ramilletes que organizaba mi madre en los cajones de la ropa servían para prolongar el recuerdo de las últimas vacaciones. Crescen, el inventor del pueblo, había conseguido extraer la esencia del espliego, y un verano nos regaló un frasco lleno. Su olor era fuerte, tremendamente fuerte. Supongo que la curiosidad de Crescen era superior a su buena maña, pero más allá del perfume, aquel frasco sintetizaba la ciencia de la alquimia, la posibilidad de trasformar el carbón en diamantes.

21/05/2007 11:52 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

17/05/2007

La bicicleta

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Más preocupado que por la altura andaba el verano en que la mayoría de mis amigos habían quitado las ruedas auxiliares a sus bicicletas. A esas edades uno no puede quedarse rezagado, así que le pedí a mi padre que ejerciera de tal y que por ciencia infusa, por ósmosis o por medio cualquiera, me hiciera partícipe de los secretos que permitían al ser humano avanzar dando pedales sobre un artilugio que, mirase por donde se mirase, no se sostenía solo, así que ¿por qué iba a hacerlo conmigo encima?
Salimos del pueblo por el camino de Torresuso y nos detuvimos en la cuneta. Los campos de trigo llegaban hasta la carretera, pero algunas hierbas moteaban las orillas de aquel río asfaltado. Mi padre arrancó una brizna verde y se la llevó a los labios substituyendo su Rex humeante. Hasta dejar atrás las últimas casas yo había estado atento a nuestras espaldas por si alguien nos seguía. No quería testigos en aquella prueba de dudoso resultado. Ahora, sin embargo, había olvidado el propósito de nuestro paseo y le miraba mientras me daba consejos, aunque debo confesar que no le escuchaba, más pendiente en aquel tallo de hierba que le bailaba en la boca sin llegar a caer de sus labios. El que se cayó fui yo: una y diez veces. “Nadie nace enseñado” me decía para consolarme, pero volvimos con la misión cumplida, echando el pie al suelo de vez en cuando, y él silbando con el brote sin caérsele de los labios.

17/05/2007 09:45 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

15/05/2007

Seiscientos

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Cada verano tenía su canción y a cada una iba asociado un sentimiento, un baile, un recuerdo: El negro no puede, Mi agüita amarilla o Aquí no hay playa eran hits festivos. Los adormilados volvían a la pista, las parejas dejaban los besos a medias y los padres sabían que ya no habría más pasodobles para ellos. Después llegaba el Cadillac solitario o las Cien gaviotas. Los pocos padres que aguantaban huían por no ver a sus hijas bailar apretadas contra el melenudo del pueblo de al lado. También había clásicos que no envejecían como Paquito el chocolatero o aquella versión tan sutil de una canción popular: quisiera ser tan alto como la luna, para ponerle los cuernos a Cataluña… A mí se me iban las ganas de bailar, qué quieren que les diga, y me preocupaba por el contagio, porque la estupidez, de tan extendida, parecía una epidemia sin vacuna.
La única motivación que encontraba para ser más alto era la de superar la raya que mi tío Arsenio dibujaba en la pared del bar. Llegaba a finales de julio y aparcaba su seiscientos junto a la atalaya. “En Madrid no se puede vivir” decía, y salía del coche con una mancha de sudor desde el pecho hasta su redonda barriga. “En cambio aquí… esto sí que es vida.” Mi tío Arsenio era soltero, un dandi de traje beige, tirantes estilo Fraga y lámparas en la camisa. Lo imaginaba por los madriles paseando por la castellana, jugando al mus y chupando de un puro que no se quitaba jamás de la boca, ni siquiera cuando llamaba a la puerta, siempre abierta, siempre a la hora de comer, y voceaba: “¡Aaaah del castillo!” Un día en nuestra casa, otra en la de los vecinos, comía de balde y en compañía, que en el fondo era lo que contaba, pues pagar pagaba con su humor, sus gracias y sus bromas. “A ver, oscarillo, ¿cuánto has crecido este año? Tenemos que ir al bar para ver si has superado la raya del año pasado.” Después del café y la copa, el puro y la partida, venía la siesta. Cuando se despertaba yo ya andaba con la bicicleta de cuatro ruedas persiguiendo lagartijas, pero el pueblo es chico y nos acabábamos encontrando. “Ven acá, mochuelo, que te vamos a medir” y me acercaba a la pared donde Carmen apilaba las sillas de la terraza. La señal era insignificante, solo la conocíamos mi tío y yo. No respires, me apremiaba, y yo contenía la respiración, escondía la barriga y me obligaba a no levantar los talones por no hacer trampas. “¡Has crecido dos dedos, chaval! Estate quieto que haremos la marca para el verano que viene.” y de verano en verano, y tiro porque me toca, esperaba que llegara el seiscientos.

15/05/2007 09:04 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

12/05/2007

en Youtube

5 siglos en 14 minutos...

Video 1
Video 2

12/05/2007 11:29 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

07/05/2007

y III

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Cuando era niño Emiliano había caído por unas escaleras y tenía desde entonces la espalda deformada con una joroba. En nuestra peor muestra de nosotros mismos hacíamos chanza pensando en el día en que pasara a mejor vida y en cómo habrían de hacer el hoyo y la caja. Pasaron los años. Cuando llegaba el verano entrábamos al estanco aunque sólo fuera para saludar, y si teníamos que comprar tabaco salíamos con un cartón debajo del brazo y un cigarro prendido entre los labios. Mientras, eran otros los chicuelos que se ponían de puntillas para dejarse la vuelta de los recados, y el retablo de las maravillas enmudecía cada vez con menos cosas. Uno y otro hermano anunciaban que aquél sería el último verano, que se jubilaban y cerraban el negocio, pero al año siguiente siempre estaban ahí, como el dinosaurio de Monterroso.
Cuando Emiliano murió en otoño de hace ya algunos años, la noticia me cogió en Barcelona como al resto de amigos les cogió en Madrid o en Zaragoza, y a todos nos vino a la boca el sabor de alguna almendra garrapiñada que nos había salido amarga.

07/05/2007 13:51 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

04/05/2007

golosinas - II

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Fruto del negocio Emiliano y María fueron los primeros adultos que nos trataron con cierta complicidad. No éramos hijos de clientes, sino clientes mismos, y de los mejores, pues nuestros vicios eran adictivos. Primero fueron las golosinas, los botes de refrescos y las pipas, pero más tarde fueron los cigarros que nos vendían sueltos y casi a escondidas. Las cervezas, los tetrabrics de vino barato y los libritos de smoking vinieron más tarde, pero en cada nuevo escalón permanecía implícito el pacto de silencio que interesaba a las dos partes. Para entonces ya habíamos perdido algo más que la inocencia y los más desvergonzados le pedían al pobre Emiliano el género que tuviera más apartado, de modo que mientras se afanaba en buscarlo le abrían el cofre del tesoro para hurtarle cuatro chucherías con las que disfrazar nuestro aliento de humo. Después nos íbamos todos al portalejillo a fumar en corro y vanagloriarnos de nuestras fechorías.

04/05/2007 09:24 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

02/05/2007

golosinas - I

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Las latas de chicharro en escabeche se encontraban en el estanco de María y Emiliano, dos hermanos que ofrecían de todo, además de tabaco y sellos. Íbamos de niños a hacer los encargos de nuestras madres, llevábamos la botella vacía de gaseosa y pagando la diferencia volvíamos con una llena. Mientras esperábamos la vez las estanterías de la pared del fondo nos ofrecía toda suerte de mercaderías en ordenada confusión.: zapatos deportivos, bolsas de agua caliente, botes de refrescos, pilas de petaca o latas de chicharro. El mundo en 7 metros de ancho por 2 de alto, un retablo que poco tenía que envidiar a los badulaques actuales. Aunque sin duda la estrella era el cofre de las chucherías. En uno de los extremos del mostrador había una caja de madera que nunca se dejaba abierta. Cuando acababas la compra y uno de los dos hermanos te estaba a punto de dar las vueltas, miraba de reojo la caja por ver si las preferías en especias. Entonces se abría el cofre del tesoro. Moras y nubes de azúcar, polvos pica-pica que estallaban en la lengua, piruletas, almendras garrapiñadas, pipas, quicos y la estrella del verano en que estrenaron V -aquella serie de extraterrestres lagartos que venían a la tierra en busca de alimento- golosinas con forma de ratas para imitar a Dyana y a sus secuaces dándose uno de sus apestosos banquetes.

25/04/2007

Las palabras huérfanas

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Y sin embargo la cucharrena ya tiene 3 padrinos.

apadrina la tuya

25/04/2007 13:05 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

19/04/2007

El escabeche - II

El escabeche no sólo era básico para la alimentación de los jóvenes sorianos, sino para proporcionarles un mínimo bienestar en su vida cotidiana. Los primeros churros que comieron mis padres eran los que caían de los tejados como estalactitas de hielo. Carámbanos que cortaban de un golpe seco y se llevaban a la boca como si fueran polines. Aún en inviernos tan crudos como esos mis abuelos vestían a los niños con pantalones cortos y los mandaban así a la escuela. Como el edificio debía de ser más frío que una nevera les permitían una concesión: llevarse una lata de chicharro llena de brasas para ponérsela entre los pies mientas el maestro les recitaba la lista de los reyes godos. Antes de salir de casa dejaban caer un par de ascuas en el zapato, las dejaban el tiempo justo de envolverse los pies con piel de cordero, después retornaban los tizones a la lata, se calzaban y salían al colegio con parada para un tentempié de hielo.
Digo yo que generaciones como estas son irrepetibles. ¡Y ni falta que hace!

17/04/2007

El escabeche - I

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“No es cierta la afirmación de ser el Manzanares el río más merendado y cenado; el Duero presencia al año muchísimas más merendolas, con una minuta en que pueden fallar la tortilla y el jamón, pero nunca, nunca, las latas de pescado en conserva.
En todas las tiendas de ultramarinos de Soria hay unas inmensas latas cilíndricas de pescado en conserva –aceite o vinagre-, que reciben el nombre genérico de escabeche. En todas las tabernas hay escabeche. Es un pescado primario, sustancioso, sabrosísimo y nada caro, ideal para irse acompañando de pan y vino, consustancial, en fin, con el paladar soriano. […] El vino de Langa no se sube a la cabeza, y permite ingerir considerables cantidades sin que se trastorne la crítica de la razón pura. Pero, el que se consume en Soria, tiene muchos más grados y hace cantar. Hay que saberlo espaciar; desde la alameda hasta el puente hay poco más de un kilómetro y de treinta tabernas. Podéis copear en todas, sosegada y parsimoniosamente, asomaros al puente y volver a la ciudad siguiendo la misma ruta. El secreto que saben todos los sorianos castizos, es acompañar el vaso con un tarugo de escabeche.”

Juan Antonio Gaya Nuño, El Santero de San Saturio

17/04/2007 09:53 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

11/04/2007

En tu luna

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Antes de que instalaran las farolas las muchachas jugaban al pilla-pilla con la luna. Las sombras eran refugio donde sentirse a salvo, mientras que si la luz blanca las tocaba estaban expuestas:

“En tu luna estoy, si me pillas tuya soy”, cantaban.

11/04/2007 11:26 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

27/03/2007

la ceniza

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A don Bernardo, párroco de Montejo en la década de los ’50, no se le conocía tacha alguna. Era estricto en la liturgia y no permitía entrar a la iglesia en manga corta ni a las mujeres in velo. Fuera del templo era el primero en remangarse la sotana y echar un partido de fútbol con los mozos del pueblo. Tuvo como monaguillo a mi padre, y de tan obediente y sensato que era lo quería llevar al seminario. Don Bernardo también era conocido por su carácter bromista. Cuenta mi padre que después del Domingo de Ramos le llamó el cura para pedirle los restos de la lumbre con la que en casa habían quemado los ramos en sacrificio. Con sus cenizas el Miércoles de ídem habría de ungir las frentes de los feligreses haciéndoles la señal de la Santa Cruz. Dicho y hecho mi padre se fue a ver a su madre, la Justa, para pedirle que rellenara una lata de chicharro con las cenizas. De vuelta a la sacristía don Bernardo descargó en él toda su ira:
- ¿Pero dónde vas, muchacho? Esto que me traes es miseria, dile a tu madre que te provea con el brasero entero y vuelve con él.
Y así volvió mi padre sin no poco disgusto.
- Madre, que dice don Bernardo que esto y nada son la misma cosa, que me dé las cenizas de todo el brasero.
Ahí se estuvieron discutiendo madre e hijo hasta que la Justa le abrió los ojos:
- ¿No ves, hijo, que te está tomando el pelo?
Todavía incrédulo volvió mi padre a la sacristía y se encontró a don Bernardo burlándose de él en compañía de un vecino. Si mi padre dejó su carrera a los altares antes o después de aquel momento, no lo sé ni él se acuerda, pero sea como sea yo que me alegro.

21/03/2007

al huerto

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Ahora que se acerca Semana Santa viene a mí el fervor religioso y con él alguna que otra historia de curas.
Había en Pedro un párroco llamado Don Jesús que era conocido por su buena maña en la huerta, por lo que la gente le llamaba el Lechuguino. Al llegar estas fechas el espíritu corporativo de los de su oficio les llevaba a reunirse cada día en un pueblo distinto para realizar la Confesión General, y así ofrecer una atención personalizada y serena al pecador, nada que ver con las prisas de los médicos de la seguridad social de nuestros días.
En uno de estos cónclaves se corrió el rumor de que el Lechuguino vivía bajo el mismo techo que dos mujeres, por lo que alguien de cierto rango le pidió explicaciones, y el Lechuguino no tuvo problemas en dárselas: las dos mujeres eran sus hermanas.
Las beatas respiraron tranquilas y el Lechuguino pudo segur viviendo con las dos jóvenes a las que no le unía ningún parentesco, pero que también eran hijas de Dios.

05/03/2007

La agria cultura

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Impresionante. Me entero de que en el cine Casablanca proyectan El viaje inverso, un film sobre el fenómeno de la migración vuelto del revés, es decir, los jóvenes cansados de la gallina de los huevos de oro, de la ciudad y de sus luces, que deciden invertir los papeles y recoger como un guante el billete de ida que compraron sus padres. Los neorrurales, para el que guste de etiquetas. Y claro, me dejo caer. ¿Y saben qué me encuentro? Un documental rodado íntegramente en Soria. Y puestos a investigar me topo en la red con que Llorenç Soler ,su director, ya había rodado otro documental sobre el fenómeno de la inmigración en la capital de la provincia. ¿No es para alucinar? ¿Se imaginan que la economía soriana renace (bueno, quitemos ese prefijo), nace de la mano de la industria del cine? Algo así como lo de Tabernas en Almería, pero en vez de spaghetti-westerns, nos podríamos especializar en el género épico, que por castillos no será. O en el drama melancólico, que de abandono tampoco andamos faltos.

En el documental se intercalan las entrevistas de los que dejaron el pueblo con la de los que se mantuvieron firmes. Hay un tono agrio en ambos bandos, como si la cultura de la tierra tuviera ese sabor, tanto para el que la suda, como para el que la abandona.
“Los recuerdos son los culpables de la mala literatura, y de la mala conciencia” dice en un momento la voz en off, y consigue quitarnos el mal sabor de boca de tanta ruina con la ilusión de unas cuantas familias que construyen sobre ellas.

05/03/2007 09:39 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

27/02/2007

El cielo en llamas

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Cuentan los que estaban presentes que el cielo pasó del negro al rojo como tizón que se vuelve brasa. “¡Que se quema el cerro, que se quema el cerro!” gritaban los niños, y los mayores trataban de quitarle hierro al asunto por no reconocer su propio espanto.
Corría el año cincuenta y pico. El atardecer colorado se había sucedido en las dos o tres eternidades de edad con las que contaba la comarca, pero aquel color tenía poco que ver con el de la melancolía, parecía, más bien, la luz del ocaso. El definitivo.
Un paisano subió la cuesta hasta la curva, allá donde se pierde la vista de las caballerías cuando iban a la feria del ganado. Detrás está el monte, las encinas, los lobos, y aquella noche, las llamas del infierno. El resto de vecinos se quedó en la protección del hogar rezándole a la Virgen. O a San Pedro: “había en casa un cuadro que parecía encantado. Te movieras por donde te movieras de la sala él te seguía con la vista. No te podías esconder. Ahí se lo llevó un anticuario disfrazado de trapero. Lo malvendimos, como todo.” Se lamentaba mi abuela. Creo que ha sido el fenómeno más extraordinario que he escuchado por aquellos andurriales, los ojos de aquel santo, quiero decir. Nadie me ha hablado de fantasmas, de hechizos, ni de brujas (aunque haberlas, hailas, ¡vive Dios!), y lo del cuadro era una hipérbole para resaltar el buen oficio del pintor. Lo del cielo asustaba, pero a nadie se le ocurrió otra cosa más allá de un incendio aunque cuando vino el explorador dijo que no había llamas. ¿Y qué había de ser, si no? Por otro lado, si no había llamas no quemaba, y si no quemaba no se perderían las cosechas, ni las bestias, ni las casas, por lo que podían dormir tranquilos. Y así se acostó el pueblo. Realista hasta el hartazgo, bendito en su sensatez.

La verdad es que no llegué a descubrir nunca qué es lo que había iluminado el cielo de tal manera. Cuando les pregunté me contestaron sin complejos que fue la aurora boreal. En realidad este es un fenómeno que generalmente se da en los polos, aunque raramente también puede darse en otras zonas. Probablemente fuera algún otro fenómeno atmosférico, y también probablemente su relato es más espectacular que lo que en verdad se vivió, pero en un lugar y un tiempo en el que el realismo mágico era una bombilla eléctrica, tal y como diría Manuel Rivas, una lluvia de estrellas debía de ser un verdadero prodigio.

27/02/2007 14:41 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

22/02/2007

Proust y el butanero

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El alma vuelve al cuerpo,
Se dirige a los ojos
Y Choca.) -¡Luz! Me invade
Todo mi ser. ¡Asombro!

(Jorge Guillén)

Esta mañana he tenido la suerte de abrir los ojos antes de que sonara el despertador. Ya había amanecido, no era uno de esos desvelos en medio de la noche y de las incertidumbres que pueblan el cuarto a oscuras. La luz entraba ya por las rendijas de la persiana y me han ido llegando los ruidos del vecindario que se despereza ante una nueva jornada, el del agua cayendo por las cañerías, el de la paloma que cada mañana hace gárgaras en el alfeizar de la ventana. Con todo, no entendía por qué se me había aparecido como primera imagen la ladera y los cerros del pueblo al atardecer. Por mucho que lleve este blog donde hago zumo de neurona con las tierras de Tiermes, puedo asegurar que no sufro una obsesión por mi patria chica. La comarca es más bien un punto de referencia, un lugar en el mundo cuya evocación me permite respirar sereno cuando el alma sufre uno de sus particulares ataques de asma.
Entonces el paquistaní que me mira malhumorado si no le dejo suficiente propina, ha vuelto a golpear las bombonas de butano, trayéndome desde la calle, sin él saberlo, un desayuno de té y magdalenas. Es un sonido tantas veces repetido que lo puedes pasar por alto (menos cuando ha llegado el invierno y has acabado la ducha con agua fría), pero al escucharlo de nuevo me he dado cuenta de que era éste, y no otro, el sonido que me ha devuelto a la vigilia pasando por Montejo.

Desde la alcoba de casa hay una ventana que da a la parte de atrás. Se abre al patio y a la caseta donde antiguamente estaba el horno donde mi abuela hacía el pan. Más allá están los prados y algo más lejos la carretera que queda oculta por una línea de chopos. Sobre sus copas asoma el cerro, colina estirada que llega hasta el fin, allá donde se le acaban a uno los ojos. Y allá donde no llegan ellos, se adelantan las orejas.
Está el cerro habitado por ovejas. Dentro de las majadas no se las escucha balar, ni se sabe de su presencia, pero al caer la tarde, cuando van los pastores a sacarlas de sus rediles, se las escucha a docenas trepando por las peñas en busca de pastos. La puesta de sol es tan lenta y el paisaje tan quieto, que al mirar por la ventana parece que contemplemos un cuadro al que le envejecen los colores. Desde allí el rebaño inmenso es una nube de lana a ras de suelo. El eco de sus cencerros se apodera de la colina y envuelve al pueblo con el ocaso. Nunca las campanas de ninguna iglesia me han resonado tanto por dentro.

22/02/2007 09:12 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

21/02/2007

Google Earth

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Bueeeeno, parece que después del susto Tiermes vuelve a aparecer.

Nada, aquí recojo la fotillo de GoogleEarth y las coordenadas de Ptolomeo: 11º30’ de longitud y 42º25’ de latitud


mañana a ver si recupero el artículo del butanero.

21/02/2007 13:13 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

31/01/2007

El rescate

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La algarabía se contuvo cuando nos enteramos de que uno de los dos ocupantes se había herido gravemente. Las explicaciones de lo que había sucedido las dio el aprendiz que salió ileso, pero con un buen susto: el avión planeaba en busca de un lugar donde aterrizar, con la mala suerte de que el piloto no distinguió los cables de la luz entre los postes de madera. En la embestida arrastró el cable y arrancó un par de postes dejando al pueblo entero sin luz y perdiendo la estabilidad necesaria para tomar tierra, de modo que se fue al suelo de golpe. Ya existían los teléfonos móviles, pero en Montejo apenas hay cobertura, fue Julián el que logró llamar al SAMU de Madrid. Después todo pasó muy rápido. Todavía andábamos perplejos con lo sucedido cuando escuchamos el ruido de un motor más potente que el de una cosechadora. Se acercaba por el oeste un helicóptero de emergencias. Los pocos habitantes que aún quedaban en el pueblo se unieron al círculo de curiosos: ¿dos aterrizajes en el mismo día? Eso había que verlo. Sacaron al accidentado y lo instalaron en una camilla. El aire se había vuelto opaco del polvo y la paja que levantaban las hélices. Las voces callaban sepultadas por el fragor y por la expectación del rescate. Cinco minutos después el helicóptero volvía a alzar el vuelo y desaparecía en el horizonte; la escoria volvía al suelo como los posos de una infusión y nosotros volvíamos a abrir los ojos sin miedo a quedarnos ciegos. El aeroplano roto como un juguete seguía allí confirmando que no habíamos tenido una alucinación colectiva.

31/01/2007 08:57 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

29/01/2007

Objetos Volantes

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Hacía tiempo, sin embargo, que no se avistaban más Objetos Volantes que los aviones regulares que cruzaban el cielo hacia Barajas. Martincorvo había tenido su momento de gloria, las alas coloristas del artificio había asombrado a las aves del lugar y a los vecinos del pueblo, pero el suceso no pasó de anécdota y la pradera perdió interés incluso para los chavales que encontramos en otros prados mejor lugar para nuestros partidos. Condenado al ostracismo, Martincorvo cayó presa de los cardos y del olvido entre los chopos del camino.
Tal vez fue por eso que el ultraligero no encontró la pista de aterrizaje y se fue hacia los sembrados. Luego hubo testimonios que aseguraban haberlo visto planeando sobre la iglesia minutos antes de sentir el estrepitoso impacto, pero todos se contradecían al indicar de dónde venía. Y sin embargo alguno lo tuvo que ver, porque alguien dio la alarma y el pueblo en masa bajó a ver lo que había sucedido. Era verano, así que la población se había triplicado, lo menos éramos ochenta personas andando por las tierras de labor, incrédulos ante la visión de un aeroplano detenido sobre los campos segados.

29/01/2007 09:10 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

25/01/2007

El aeropuerto

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El aeropuerto de Montejo se llama Martincorvo. Es un aeropuerto modesto, como corresponde a la comarca, en el que ni siquiera reparan las compañías de bajo coste. Antes de que el azar lo convirtiera en pista de aterrizaje, Martincorvo era nuestro estadio de fútbol: una pradera entre el riachuelo y el camino que lleva a la piscina. Elegíamos aquel lugar porque era la explanada con menos cardos en los alrededores y nuestras rodillas lo agradecían, pero el tripulante del ala delta que cayó del cielo no pudo distinguir tal sutileza del paisaje (los GPS eran ciencia ficción, Google Earth no se había inventado y Google a secas tampoco), sino que eligió el lugar por el capricho de los vientos y porque a vista de pájaro la pradera debe de parecer lisa y cálida como una alfombra verde.

25/01/2007 09:19 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

22/01/2007

blogsfera soriana

Me he llevado una grata sorpresa con un par de blogs. Uno viene del Burgo de Osma, y el otro de la parte de Berlanga, os dejo los enlaces hasta disponer de más tiempo y volver a las andadas.

22/01/2007 09:18 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

29/12/2006

El Doctor Zhivago, Soria y Juan Echanove

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Encontré un artículo de Juan Echanove sobre Soria con un apunte al Doctor Zhivago que transcribo tal cual porque creo que merece la pena. El artículo íntegro lo podéis encontrar en: http://www.afuegolento.com/noticias/61/firmas/echanove/2402/

"Cuentan, y parece que es cierto, que cuando Carlo Ponti empezó la preproducción de la película “El doctor Zhivago”, consultó a un nutrido grupo de expertos meteorólogos cuál era el sitio de Europa en el que se podrían rodar las escenas invernales de la película, con total seguridad de la presencia de nieve durante todo el rodaje. Los expertos le dijeron que el único sitio que reunía esas características era Soria. Ponti no lo dudó y preparó todo para establecerse en la capital numantina. Pues bien, por esas cosas del cine, resulta que ese año precisamente fue uno de los pocos que se recuerdan como un año en el que la nieve brilló por su ausencia. Ponti, ni corto ni perezoso, emprendió la construcción del decorado majestuoso de una estepa toda nevada, a base de escayolas, cristales etc...”una obra faraónica”...toda falsa, y carísima, qué duda cabe. Pero la película se rodó allí. Yo todavía recuerdo escenas estivales de mi niñez, correteando con mis hermanos por ese decorado todo escayolado...a pleno sol en verano...beneficiándonos de esa apuesta arriesgada de Ponti...Recuerdo que lo que más me impresionaba era el vaho de los cristales, y los enormes carámbanos de cristal. Fue seguramente mi primer contacto con el cine. También durante el rodaje de “El Doctor Zhivago”, convirtieron la estación de Soria en una estación rusa, toda llena de soldados de la revolución, de hoces y martillos, de fotografías de Lenin, y en fín toda esa parafernalia... Imagínense Soria pura y dura...de derechas derechas...franquista a más no poder...convertida en pocas horas en la Rusia comunista. Pues bien, cuentan que un aldeano que venía de trabajar la tierra en Almazán, se quedó dormido en el trayecto que separa este pueblo de Soria...Cuando despertó se encontró a la Soria de su alma convertida en patria Bolchevique, y su cuerpo serrano no lo resistió más de unos segundos. Murió en ese andén cubierto por la bandera (no la bicolor sino la roja) y creyendo sin duda que los rojos habían dado un golpe de timón a la situación española. De vencedor se convirtió en vencido. Nadié comprobó la filiación política del tal labriego, por lo que no puedo asegurarles si murió de gozo o de terror...pero murió, dicen que murió... Y si non e vero e ben trovato."

18/12/2006

Shangai Express

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Al poco de empezar el otoño mis padres fueron al pueblo con la excusa de buscar setas y lo que buenamente encontraran. De regreso me trajeron de todo: patatas del huerto, berros del río, setas y níscalos del robledo, y lomo, chorizo y panceta como para echar por tierra cualquier dieta equilibrada. Con semejante despensa más de una mañana varié mi costumbre y en lugar de ir a un bar y pedir un bocadillo me lo llevaba hecho y pedía solo la bebida. Pero el frío avanza, y cualquier mañana de sol es bienvenida, así que en una de estas decidí zamparme los torreznos a plena luz en un banco de la calle. Trabajo cerca del Hospital Sant Pau y de una mutua, por lo que el paisaje del ensanche está poblado por tres grupos bien diferenciados: los vecinos de un barrio corriente, con sus compras, sus prisas y sus cavilaciones cotidianas; los turistas que suben desde la Sagrada Familia con la cámara en ristre; y los abueletes y convalecientes que pasean sus dolencias de la mano de sus acompañantes. El banco que elegí para mordisquear mi ágape estaba vacío de gente y lleno de sol, pero al poco vinieron a hacerme compañía tres abuelos con sus respectiva comitiva de cuidadores. Se pusieron a charlotear distrayéndome hasta que decidí abandonar el periódico y prestarles un poco de atención. No sé cómo sucedió exactamente, estas cosas suceden como un chasquido en las vías del tren que el guardagujas ha decidido mover. Uno de los abuelos, que iba sentado en una silla de ruedas, calada la boina y moviendo las manos casi tan rápido como su lengua, me preguntó a bocajarro si estaba bueno lo que estaba comiendo. ‘Pues sí, gracias, ¿gusta?’ Me dijo que no, que gracias, e inmediatamente después me preguntó de dónde era. Esta es una de esas preguntas que me permito responder mintiendo: ¿a quién demonios le importa si nací en Barcelona? De Soria, dije, y la tuvimos montada. El paisano era del norte, yo del sur, ninguno había puesto el pie en el pueblo del otro, pero los dos los conocíamos de oídas y habíamos estado por la zona. Él, por si acaso, me preguntaba que si no había estado en las fiestas de su pueblo, ‘no, no he estado’, y volvía con que si no había ido a los toros en su pueblo, y así una tras otra. En el grupo había una mujer que también era de la zona. Cuando se enteró de que no había estado en los San Juanes de Soria me dijo que tenía que ponerle remedio, y rápido, que se me pasaba la edad para esas fiestas, y se arrancó con una sanjuanera acabando de un plumazo con su argumento relativo a la edad.
Cometí luego el error de preguntarles desde cuándo estaban en Barcelona, y si ya tenían suelta la lengua se agarraron a la pregunta como a clavo ardiendo pisándose el uno al otro ante los ojos divertidos de sus acompañantes. ‘Cuando yo llegué a Barcelona el tren paraba en mi pueblo’ dijo ella ‘Menuda novedad’ añadió él ‘aquel tren paraba en cada casa del camino, el Shangai Express , le llamaban, porque el viaje se hacía largo como si fueras al otro extremo del planeta. Siguieron hablando solos, discutiéndose y enumerando una tras otra las paradas de aquel tren igual que yo podría cantar de memoria las paradas de la línea 5 del metro.

12/12/2006

El Doctor Zhivago

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Ya no se puede llegar a Soria en tren. Al menos desde Barcelona. Desmantelaron la línea hace años por su bajo rendimiento y ahora las vías se aparecen como huellas de arado sembradas de amapolas. Al cruzarlas con el coche por la curva de San Esteban un reflejo te hace mirar a uno y otro lado con la misma mirada con la que uno se asoma a las ruinas de Numancia, Uxama o Tiermes. Esta tierra está llena de huellas de dinosaurios extinguidos, de cañadas reales por las que ya no circula el ganado al llegar los meses de la trashumancia.
Al tren lo substituyó un autobús de línea que debía cumplir el mismo recorrido, de Barcelona a Salamanca. La compañía que se hizo con la explotación de la línea mantuvo el nombre de RENFE y le añadió el del dueño, supongo, o el del santo del día, quién sabe: RENFE-Iñigo, y mantuvo, eso sí, su elevado precio respecto a los transportes rodados logrando que un trayecto más largo, Madrid-Barcelona, por ejemplo, sea más barato que el billete de Soria a Barcelona. Falta de demanda que haga la línea rentable, dicen, ventajas de los monopolios, digo yo.
El viaje, pese a todo, no puede ser menos que dichoso. En la estación del Norte de Barcelona uno puede entretener la espera jugando a adivinar quiénes serán sus vecinos de viaje. Los autobuses salen para toda Cataluña, toda España, Europa, e incluso alguno cruza el estrecho, pero cuando llega la hora uno confirma o se da cuenta del error en sus pronósticos, pero es fácil acertar más de uno y de dos en la quiniela. Ese castellano seco y cortante al hablar, socarrón e ingenuo a un mismo tiempo, esa mirada un tanto desubicada, como de acabar de salir del pueblo aunque lleven treinta años en la ciudad, pero al mismo tiempo capaces de llegar a Plutón y de hacerse un hueco.
Lo que me gusta del viaje es mirar por la ventanilla. Tengo aprendido el paisaje, pero nunca me cansa. Sólo el regreso, pero ese es otro tema. La ida, sin embargo, también tiene sus inconvenientes. Sólo hay un horario de mañana y las paradas están pensadas para el destino final, por lo que al llegar a la capital de Soria el conductor hace una parada de tres cuartos de hora para comer, y tú allá con la miel en los labios, en uno de esos edificios sin gracia ni esmero, esperando a que arranque de nuevo hasta San Esteban donde alguien te estará esperando para llevarte al pueblo. Añoro, sin haberla conocido, la estación de ferrocarril donde David Lean rodó las escenas del tren del Doctor Zhivago, Soria convertida por un momento en escenario de bolcheviques y revolucionarios.
Pero no hay mal que por bien no venga, se suele decir, y hasta esa espera es bienvenida. Y es que el bar de la estación no es una franquicia de sándwiches y máquinas de refrescos, es una cafetería con camareros encamisados, de chaleco y delantal, de los que se pasan a voces de la barra a la cocina lo que el cliente les ha pedido. Y la estrella indiscutible son los torreznos: corteza de cerdo, panceta, no sé qué otro nombre darle, lo que sí sé es que son inigualables y no aptos para enfermos de colesterol, pero ideales para soportar las tareas del campo a las temperaturas con las que allá rige el clima, y claro, allá donde fueres, haz lo que vieres, que dice otro refrán, y seguro que Zhivago y Lara Antipova se abrían dado ese pequeño respiro entre tanta convulsión.

23/11/2006

La última tirada

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Setumbal recogió los huesos de la tela, meneó el puño en el aire y los lanzó sobre el tapete improvisado con un gesto que el mismísimo Mallarmé habría envidiado. En Mongolia el shagaay no es solo un juego de azar con múltiples variantes, sino también un instrumento que en la cultura chamánica se utiliza para la adivinación (la astragalomancia fue un arte adivinatorio en la Grecia antigua, el templo a Heracles de la ciudad de Acaya contaba con un oráculo que utilizaba este método en sus artes).

No llegamos a desentrañar con exactitud la lectura que Setumbal hizo de aquellas tiradas, pero la sonrisa que tanto él como Puyek nos dedicaron valió tanto como la bendición con la que nos despidió al amanecer.

23/11/2006 09:52 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

20/11/2006

Shaagay

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Shaagay es su nombre en aquellas latitudes, y tiene las mismas reglas que me había explicado mi madre. La oscuridad ya se había adueñado del campamento, así que la vía láctea me llevó de nuevo a Tiermes. ¿Quién demonios había traído esos cuatro huesos a ese lugar remoto del mundo? Esa fue la primera y egocéntrica pregunta que me vino a la mente, como si no hubiera podido ser al revés, como si los hombres de Genghis Khan o el mismísimo Marco Polo no hubieran podido llevar en los bolsillos esos cuatro huesos como un juego con el que entretener las noches de su largo viaje hacia Europa, y de ahí hubiera llegado a la adormecida meseta. Más tarde seguí la pista. Ya en la Ilíada se menciona una partida de tabas (canto XI), y los romanos las llamaban Alea (suerte), de donde provendría la famosa frase: Alea jacta est! Y más tarde incluso en America Latina hay referencias del juego. También puede ser que diferentes pueblos unidos por una misma cultura ganadera hubieran desarrollado un juego de similares características. El despiece de las reses es algo natural como demostraban las niñas de Montejo al no hacerle ascos a los cuatro astrágalos, y el uso de huesos como materia prima es tan primitiva como la habilidad del homo sapiens. Si a esto le sumamos la inquietud del ser humano por ocupar el tiempo (el juego de azar), o de conocer lo que éste le depara, no tiene porque parecernos tan extraño que el mismo juego se desarrollara en lugares y momentos tan alejados.

(la fotografía: Niña jugando a las tabas, Siglo XIX, Bronce. Museo Cerralbo. Escultura tomada de una obra helenística original del s. II a. C. no conservada, pero de la que se tiene noticia a través de una copia romana.

16/11/2006

El jinete

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Ya habíamos cenado cuando llegó el jinete. El sol destellaba en paralelo al suelo, justo desde donde él llegaba, así que no lo vimos hasta que estuvo encima nuestro envuelto en un resplandor muy cinematográfico. Montaba su caballo con la correa y un urga entre las manos*. Se llegó a nosotros saludando ceremonialmente y se sentó en nuestro círculo entablando una conversación con Puyek. Era fácil distinguir el grado de respeto que infundía cada persona con sólo observar la voz y los gestos de nuestro conductor. Aunque Setumbal se hubiera acercado para vendernos airag** no era tratado como un pelagatos. Le ofrecimos tabaco, nos presentamos con nuestras tres tristes palabras mongolas y dejó de obviarnos como si de repente se hubiera dado cuenta de que no éramos de piedra, o monos, sino seres inteligentes. Empezó entonces el protocolo de hacerse entender y de buscar palabras en nuestro diccionario. Puyek disfrutaba en su papel de traductor mongol-rápido / mongol-lento salpicado de alguna palabra en español que él también iba aprendiendo. Resultó que Setumbal tenía 65 años (la esperanza de vida en Mongolia raya esa cifra), 6 hijos, un centenar de caballos, ochenta yaks, 126 ovejas y 48 cabras. Los gers que habíamos visto escampados por el río eran de su familia, los rebaños los suyos, y los pastores que los cuidaban, sus hijos. Setumbal había formado parte del ejército ruso cuando los dos países eran aliados. El vodka fue lo que le abrió la boca y empezó a deleitarnos con canciones épicas. De su andadura castrense conservaba unos prismáticos tuertos que llevaba en el zurrón y unas medallas que nos enseñaría a la mañana siguiente. Nos dijo que no tuviéramos miedo a los lobos, que él rezaba cada día a los espíritus de los ovoos: el viento, la montaña, el río, y que estaríamos protegidos. Al día siguiente nos daría la bendición para el viaje. Pero cuando estaba a punto de irse y guardó los prismáticos, vio algo en el fondo del zurrón que le hizo detenerse. Sacó una tela cerrada con un nudo, lo deshizo y dejó caer cuatro huesos de cordero.

* palo largo con un lazo con el que cogen los caballos. Urga, territorio del amor.
** leche fermentada, la bebida alcohólica tradicional de Mongolia.

16/11/2006 09:15 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

14/11/2006

Los meandros

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No había oído hablar de ellas, de las tabas, más allá de las anécdotas de mis padres, hasta que me topé con ellas. Llevábamos conduciendo horas hipnotizados por el paisaje. La tarde se dejaba vencer, podríamos habernos detenido en cualquier lugar para plantar la tienda, pero eso habría significado renunciar a otro lugar tal vez más maravilloso. Durante el viaje experimentamos una sensación parecida a la de estar en un museo lleno de joyas entre las que hay que elegir a la hora de detener la mirada, y nosotros sabíamos que el museo acabaría cerrando, nuestras vacaciones agotándose. Por fin el terreno se elevó y pudimos ver desde lo alto el río junto al que corríamos en paralelo. El terreno era totalmente plano a excepción del promontorio desde donde oteábamos el horizonte y el río se extendía en meandros imposibles, inundaba praderas y daba de beber a caballos, ovejas, yaks y cabras. Con solo mirarnos a los ojos supimos que aquel era el lugar. Puyek asintió contento por nuestra elección y en seguida se dispuso a indicarnos cuál sería la ubicación y orientación ideal para la tienda.

14/11/2006 09:40 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

12/11/2006

Las tabas

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Hay otro juego, sin embargo, del que no he sido testigo directo pero siempre me llamó la atención. Mientras que los niños jugaban al fútbol o al potro, las niñas se arremolinaban en el suelo para jugar a las tabas. Las tabas es una especie de juego de dados con la peculiaridad de que los dados no son tal, sino huesos del pie del cordero. Cada vez que se mataba un cordero (cosa excepcional, no vayan a creer) las niñas esperaban que tras despellejar, sangrar y descuartizar al animal, los mayores les brindasen esas piezas –astrágalo, le llaman los libros de anatomía- para ampliar su colección. Ajenas a las matanzas daban los huesos a las hormigas para que los mondaran bien y eliminasen todo resto de carne. Después podían jugar con ellas lanzándolas al aire mientras manipulaban las que habían quedado en el suelo en busca de la mejor combinación en una mezcla de juego de habilidad y de azar.

09/11/2006

La calva

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Aunque las expresiones de triunfo o enojo más elocuentes las tengo directamente relacionadas con el otro juego, el de la calva. Ese año los juegos se organizaron en las eras. Había carrera de sacos y piñata para los niños, bolos para las mujeres y la calva como plato fuerte para los hombres. Debía de ser el día de la fiesta grande, porque el cura merodeaba después de misa esperando el convite en casa del alcalde. La calva es un codo de madera que ha de ser derribado por las mojonas, unos cilindros de madera o metal que se lanzan desde la distancia. Lo practicaban los pastores en los calveros, terruños desprovistos de vegetación ni relieve que entorpeciera un buen tiro, y la calva no era otra cosa que la cornamenta de una res muerta. Ahí andaban los paisanos lanzando uno tras otro hasta que le llegó el turno al tío Silverio, boina calada y caliqueño en los labios. La tensión de las películas americanas cuando el bateador de béisbol necesita una carrera para dar la vuelta al marcador, era poca en comparación con la vivida en los segundos en que Silverio desató el brazo para lanzar la mojona. En seguida vimos todos, y él el primero, que su tiro iba desviado, así que antes de que llegara a destino ya se le había caído el pitillo de la boca y le salía una de sus porfiadas blasfemias: “¡ME CAGO EN…” Fue tan largo aquel instante que todos pudimos ver al señor cura, las manos cogidas a la espalda, su mirada rancia tras las gafas llevando las pupilas hacia otro lado, como si así no fuera a oír lo que venía después: “… LA MAR SALADA!” Hubo un suspiro generalizado y unas risas por lo bajo. El cura, hombre de poca fe, ya se andaba santiguando.

09/11/2006 09:08 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

07/11/2006

La tanguilla

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La calva es algo más que lo que los sorianos se cubren con la boina, así como la tanga (o tanguilla) no es sólo una prenda sexy si la ves e incómoda si la llevas puesta. La calva y la tanguilla son dos de los juegos más populares en las tierras de la meseta, así como el frontón (con o sin raqueta), los bolos o cualquier variedad de juegos de cartas (guiñote, mus, tute, brisca, subastao, remigio y un largo etcétera) de los que todos los vecinos tienen alguna copa correspondiente a las fiestas del pueblo de algún año. Pero estos dos son curiosos, creo, por no ser tan habituales fuera de Castilla.
Para jugar a la tanguilla se ponían los mayores en la recta que va desde el bar hasta el cruce. Los coches que llegaban entonces tenían que dar la vuelta y entrar por el otro lado del pueblo (Montejo es un pueblo muy pequeño, sólo tiene dos accesos) o esperarse a que acabara la partida.
Al administrar los recuerdos el tiempo parece embalsamado y seleccionamos aquellos instantes preferidos dándoles una preeminencia de la que tal vez carecieran en su momento. Lo cierto, sin embargo, es que trampa o no de la memoria, aquellos mediodías de domingo recién salidos de misa se respiraba vida. Ganas daban de olvidar el aburrido sermón del cura, que lo único que abría era la sed de aperitivo y chascarrillos, ganas daban de detener el tiempo en ese momento perfecto. Los hombres formaban sus grupos y organizaban los turnos con una moneda al aire, la moneda acababa junto a otras sobre la vertical del pequeño tuvo que había que derribar con los tejos. El sonido del disco del metal arañando el suelo lo utiliza Mercedes Álvarez para hacer una regresión a una escena del pasado. Yo me quedo allá, en la carretera del cruce, escuchando la algarabía que se animaba o desesperaba con cada una de las tiradas.

07/11/2006 23:07 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

13/07/2006

La música del olmo

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Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido.

Ocupaba el centro del patio en frente de la iglesia. Un olmo recio que los abuelos recordaban allí desde el principio de los tiempos, allá cuando el patio era un campo santo. Se levantaba el árbol por encima de los muros y a la salida de misa los parroquianos se iban a su sombra para olvidar el sermón y pactar las parejas para la partida del guiñote. Poco a poco el bullicio se apagaba, alguien iba a casa en busca de la raqueta y golpeaba la pelota contra el frontón a modo de goteo sobre las últimas charlas. Al final quedaban las beatas y el señor cura, ya sin sotana, que sacaba del bolsillo la madre de todas las llaves y cerraba la iglesia hasta el domingo siguiente. El olmo volvía a quedar tranquilo mientras los parroquianos se iban al salón a hacer el aperitivo.

Al patio de la iglesia lo precede un atrio al que llamábamos portalejillo. Era, y es todavía, muy espacioso, con dos ventanas en arco en cuyo dintel se pueden sentar hasta tres personas, y una puerta por donde entran y salen los santos cuando llegan las fiestas. Dentro hay unas escaleras que suben hasta la misma puerta de la iglesia. El portalejillo ha sido testigo de las intimidades de todo un pueblo, y sobre sus escalones se han dicho y cometido más pecados que los que adentro se han confesado. Tal vez por ser lugar donde habitan las ánimas, elegíamos las escaleras del atrio para hacer espiritismo. Las preguntas que lanzábamos al anillo eran de serie rosa. ¿De quién está enamorada Isa?, ¿a quién sacará a bailar Paco el día de la fiesta? El anillo vibraba sobre la tabla que hacía de ouija y parecía sufrir convulsiones entre los dedos que lo empujaban. Las chicas se confabulaban para señalar las letras de aquel de quien querían reírse toda la noche y nosotros, visto que no había manera de asustarlas con historias de aparecidos, aguardábamos a que en un despiste alguna abriera demasiado las piernas y quedara al descubierto el color de lo que se escondía debajo de sus falda: ¡Verde! Soltaba uno de los chicos señalando las braguitas que habían quedado a la vista, y la cogida in fraganti cerraba las piernas como una tenaza y nos miraba malhumorada.

Pese a sabernos profanadores de la paz de una necrópolis, invocando a los espíritus, y habitando un espacio por donde los murciélagos revoloteaban buscando insectos con los que alimentar su sed de sangre, no había sitio para el miedo en nuestro portalejillo. Por entre los ventanales de piedra se asomaban las ramas del olmo recortadas contra la noche negra, pero más que miedo nos recordaba que estaba ahí para ser trepado por nuestras rodillas despellejadas y nuestros cuerpos enclenques. Más tarde, en ese mismo marco aprendimos a tragarnos el humo de los primeros cigarrillos y los besos de nuestros primeros amores. El olmo volvía a ser nuestro cómplice. Para declarar nuestro amor no hacía falta trepar a lo más alto del árbol, bastaba grabarlo a la altura de los ojos para que lo vieran todos, como un tatuaje sobre la piel de un elefante que en lugar de trompa tiene ramas.

Después siempre existe un período en que nosotros no estamos. Desaparecemos perdidos en nuestros cambios hormonales y descubrimos que se puede ir de vacaciones a más sitios que a Soria. Tardamos en volver y cuando lo hacemos han empedrado el atrio; hay teléfono en todas las casas -no como cuando Carlos, el del bar, te venía a buscar a casa en su bicicleta para decirte que te habían llamado de Barcelona, y dejabas lo que estuvieras haciendo para esperar la nueva llamada-; dejamos de estirarnos, pese a que nuestras tías insisten en que estamos más altos cada vez que nos ven -tal vez porque ellas se han encogido y se vean más cerca de la tierra- y alguien te dice que el olmo está enfermo. Cómo puede estar enfermo un árbol, me pregunto. Pero así es.

Grafiosis, o tristeza del olmo, la llaman, que un escarabajo le inyecta por la yugular de sus venas incubándole un hongo, el Ceratocystis ulmi, capaz de obstruirle la circulación de savia y envenenar sus hojas hasta matarlo. La plaga se extendió en los 80 por toda Europa acabando con las olmedas de la península hasta el punto de que actualmente sólo quedan individuos aislados y una única olmeda en el municipio de Rivas Vaciamadrid, cuya conservación es uno de los objetivos del Proyecto Europeo para combatir la grafiosis. Lamentablemente entre los supervivientes no se encontraban ni el olmo de Montejo ni el de la dehesa de Soria. Hubo allí un olmo majestuoso, el árbol de la música, lo llamaban, porque habían construido a su alrededor una estructura metálica en forma de quiosco que albergaba a la banda municipal para que hiciera sus conciertos en las tardes de domingo. Hicieron todas las pruebas posibles, le aplicaron todas las vacunas, pero el hongo de la grafiosis le secó las venas y ya no hubo música que le hiciera sonreír.

Más amables eran nuestros grafitos de amor que sólo arañaban la piel ruda de nuestro olmo, incapaces de imaginar que aquel monolito plagado de arrugas tuviera debilidades capaces de hacerle marchitar hasta extenuarle.

El poema de Machado acaba esperanzado en un nuevo milagro de la primavera. Arrancaron el cadáver de nuestro árbol atajando la poca fe que nos quedara, es cierto, pero en la base del atrio, al otro lado del muro, han asomado unos tallos de olmo que han debido de nacer de su misma simiente, raíces que quedaron hundidas en la tierra del antiguo cementerio.
Ahora entiendo que aquel lugar nunca nos pareciera siniestro.

13/07/2006 10:01 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

10/07/2006

Silencios

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El Parlamento Europeo condena el golpe de estado de 1936 y la dictadura en la que Franco sumió al país durante 40 añitos -total, un suspiro- y el PP no sólo vota en contra, sino que Mayor Oreja se dedica a hablar del peligro de una segunda transición y de la inminente quiebra de España.
Y me pregunto yo que si les costaría tanto. Total, están tan acostumbrados a mentir, que aunque nadie se iba a creer su arrepentimiento -o si les parece demasiado fuerte, su condena- y quedarían la mar de monos. Total, si hasta el papa con pasado nazi ha pedido perdón por el silencio de la Iglesia ante el genocidio de judíos. Tarde, pero más vale tarde que nunca, dicen. Y digo yo que los vástagos que rompieron aquella España que les sale por la boca cada vez que hablan, podrían hacer un llamamiento a la reconciliación desde el perdón. Es así como se gana el cielo, ¿no? A ver si ahora va a resultar que no, que en el único cielo en el que creen es el de la tierra y por ello crean en él paisajes dignos del Apocalipsis y abren las puertas del infierno para quemar a los no creyentes.
Lo de la condena se parece un poco a lo de las estatuas. ¿Se acuerdan de la que montaron cuando les quitaron el infame a caballo de no sé qué calle de Madrid? Por mí como si lo quieren poner en el jardín de casa e idolatrarlo junto a estatuillas de gnomos, pero me temo que la ecuestre figura huele a anticonstitucional. ¿Les suena la palabra? Es la que viene después de socialistas, ETA, Estatut y diálogo cuando la pronuncia Rajoy & friends. Como si el silencio pactado en el ’78 fuera lícito, pero no las conversaciones de 2006 para acabar de una vez por todas con las bombas. Y lo bueno es que yo también estoy a favor del silencio, pero es que hay muertos que están pegando gritos en fosas comunes, calles que al leerlas en el callejero te traen sangre a la boca y nombres de pueblos apestados por la muerte.


Ya hablé de San Leonardo de Yagüe hace algunos meses. Desde entonces he estado leyendo sobre el caso. El teniente coronel Yagüe estaba destinado en Ceuta cuando Franco se levantó con el pie derecho el 18 de julio. Pero estuvo poco tiempo, la plaza aguantó poco o nada, y enseguida cruzó el estrecho con sus tropas en un convoy de buques mercantes protegidos de la flota republicana por los bombarderos italianos Savoia 81 y 3 acorazados alemanes. La mayor hazaña por la que se le recuerda es la de Badajoz: “No se podía distinguir entre combate y represión porque, desde el momento en que penetraron en la ciudad, no hubo nadie que diera órdenes para continuar o cesar el fuego […]. La plaza de toros se convirtió en campo de concentración. Muchos milicianos, y todavía más carabineros, fueron fusilados por orden de Yagüe. […] Probablemente nunca se sabrá el número exacto de muertos. Puede que no llegaran a los 1.800 de que habla Jay Allen, del Chicago Tribune. (Thomas, H. La Guerra Civil española. Barcelona: Grijalbo Mondadori, 1995, Vol. I, pp. 406-407) y “El coronel Yagüe dijo a un corresponsal portugués que quizá 2.000 era un cifra ligeramente elevada. Nadie puede decir con seguridad si el coronel sabía exactamente cuántos eran los fusilados, o si se contentó con dejar suponer al periodista que él había mandado fusilar a todos esos hombres como si tal cosa.“ (Jackson, G. La República española y la guerra civil (1931-1939). Barcelona: Orbis, 1985. pp. 243-247).


De la batalla y la inmediata represión se hace una descripción brutal, con las tropas moras castrando a sus víctimas, montones de cadáveres expuestos para dar ejemplo, e incluso se afirma que a los fusilamientos en masa en la plaza de toros se invitaba a personalidades del bando rebelde para que asistieran al espectáculo.

No hace falta creer a pies juntillas la descripción de la batalla, la realidad, ya se sabe, supera a la ficción. La wikipedia recoge sólo una frase de la entrevista que le hizo el corresponsal extranjero John T. Whitaker a Yagüe. Le cuestionaba la masacre perpetrada en la plaza de toros, y Yagüe responde: "Claro que los fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿suponía que iba a llevar 4000 rojos conmigo mientras mi columna avanzaba contra reloj? ¿suponía que iba a dejarles sueltos a mi espalda y dejar que volvieran a edificar una Badajoz roja?."

El baile de cifras es lo de menos, lo de más es que esos muertos ya no van a poder bailar, y en cambio, en las fiestas de San Leonardo los 2.000 vecinos, más o menos la cifra que manejan los historiadores sobre la masacre, bailan ajenos al apellido que Franco le puso al santo de su pueblo. Que quede claro que no critico a la población, ni de San Leonardo ni de ninguna parte. Por lo general, la gente no está para historias y ni saben, ni les importa, quién es el tipejo en cuestión al que conmemora una placa, son las instituciones las que deberían estar al tanto de borrar los símbolos, ponerle nombre a los muertos y a los asesinos y entonces, tal vez, se podrá hacer el silencio. Hasta entonces, que se callen ellos.

10/07/2006 09:01 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

12/06/2006

Sexo y escarcha en las eras

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Buscaba desde hacía tiempo un libro de Juan Antonia Gaya Nuño titulado El Santero de san Saturio. En las librerías de Barcelona donde había preguntado me habían quitado toda esperanza de dar con él: agotado, decían, y yo les había creído. Cosas del destino, di con un ejemplar en la biblioteca del Instituto Cervantes de Tetuán, pero sólo estaba de paso, por lo que no pude arrancarle más que unas páginas de lectura, y éstas fueron suficientes para confirmar lo que ya imaginaba, ese libro me interesaba: un retrato sarcástico de Soria y de los sorianos hecho por un paisano que vuelve tras años de ausencia y ocupa la plaza vacante de Santero respondiendo a un anuncio del periódico. Como equipaje las obras de Proust, Sastre y Valle-Inclán. Anoté en mi libreta una de esas frases que te llama la atención y me resigné a volver a dar con él alguna otra biblioteca: “Los hombres de la meseta no somos amantes del mar, y sólo lo concebimos como una curiosidad que conviene ver; el mar es como la torre Eiffel o como el rinoceronte.”

Hay en la calle Collado de Soria una de esas librerías con vocación de templo, las Heras se llama. Me había dirigido mi padre diciendo que ahí encontraría bibliografía soriana en abundancia, pero lo que no podía imaginar es que a diez metros del portal iba a reconocer la cubierta del libro expuesta en el escaparate. Me hice con un ejemplar de entre la pila que había sobre una mesa y, calmada el ansia, me dediqué a investigar el resto de títulos. Había dedicados al arte de la provincia, a su flora y fauna, y a rutas de senderismo. Estaba la última biografía de Ian Gibson sobre Antonio Machado, la poesía de Gerardo Diego y las leyendas de Bécquer. Buceé entre varios y acabé cogiendo Rueda de sucedidos, un libro que relataba las costumbres locales de un pueblo siguiendo las muescas del calendario. Estaba a punto de irme cuando me sorprendió la cubierta de otro: dos figuras se entrelazaban en un coito cubista. El título: Kamasutra. Me acerqué al librero con los tres libros entre las manos.

Al pobre santero casi lo decapitan en alguna guillotina sin alma. Dos mil ejemplares que ocupaban cuatro metros cuadrados de almacén iban a convertirse en pasta de papel, por eso la librería había comprado los restos y los tenían allá sin asomo de lástima: les quedaban apenas cuarenta ejemplares. Ya podía preguntar yo en Barcelona. En cuanto al Kamasutra, pregunté, ¿qué hace en la sección de la provincia? ¿Y por qué no habría de estar? me respondió el librero. El tema es muy de la tierra. Me reí, no se lo iba a negar, pero me aclaró que Roberto Maján, el autor, era de Soria. Visto su garbo le pregunté por un tal Lázaro de quien había leído que tenía publicado un libro de relatos, uno de los cuales ambientado en Montejo de Tiermes, pero no le sonaba, y se conectó a internet buscando por el nombre del pueblo. Le salió un blog sobre Tiermes y le dije que no, que no era ese, y por fin dimos con Juan Manuel Lázaro a quien seguiré la pista. Nos despedimos y me fui de Las Heras con tres libros bajo el brazo.

Lo que son las cosas, a Gaya Nuño lo he dejado para más adelante, sin embargo, me bebí de dos tragos la Rueda de sucedidos de Raimundo Lozano. Por fin he aprendido lo que es el Rosario de la Aurora, o porque sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, pero eso no viene al caso. Lo que me quedó en el tintero fue el anís que bebían los mozos en la taberna antes de irse a las eras, anís escarchado. Lo tenía en alguna parte del cerebelo cuando semanas más tarde, en un bar donde a veces paro a tomar café, me topé con una botella detrás de la barra que llevaba la misma etiqueta. Oiga, le dije al dueño, y eso qué es. El hombre sacó la botella de la repisa y la miró como si hubiera descubierto la lámpara de Aladino. No hará años que no sirvo una copa de este coñac, me dijo, y de repente le vino a la memoria un cliente que era farolero, y que antes de apagar una a una las luces del barrio, se pasaba por su bar y se echaba una copa de coñac escarchado. Pero qué es, insistí yo. Pues nada, coñac garrapiñado, con mucha azúcar, para hacerlo más bebible, supongo yo, y me puso un chupito. Invita la casa, chaval. No iba a decir que no, así que lo olí, lo sorbí y cuando me cercioré de que lo peor que me podía pasar era que me subiera a la cabeza, me lo bebí de un trago a la salud del dueño del bar, del de la librería y de todos los que iban a las heras: escritores, labriegos o jóvenes con ganas de inventar posturas nuevas.

12/06/2006 10:59 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

06/06/2006

Una piedra en el camino

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Sin conocer todavía la historia de los moais, cada vez que llegaba al pueblo buscaba tras la curva exacta una roca que tenía personalidad propia. Se hallaba entre Morcuera y Montejo, poco después de dejar atrás el desvío de Liceras. Era una roca enorme que se sostenía en un equilibrio imposible y amenazaba con desplomarse sobre el coche en el mismo momento en que pasáramos debajo de ella. A mí me traía a la memoria la presentación de un programa de televisión de finales de los ’70,"La segunda oportunidad" e llamaba, donde un coche se estrellaba violentamente contra una roca que se hallaba en medio de la carretera.
Perdido aquel miedo infantil, la roca seguía constituyendo un mojón fundamental en el viaje al pueblo. Tras el ritual del maletero, de la carretera oscura y fría, del avistamiento del Moncayo y del puente sobre el río Duero, el último tramo lo constituía la salida de San Esteban. Después se iniciaba un periplo de 28 kilómetros de curvas dignas de rally por entre las encinas del monte. Al pasar el último desvío ya nada se interponía entre nosotros y las vacaciones. La piedra, más que amenaza, era una puerta abierta en señal de bienvenida.
Años más tarde, cuando visité Montserrat más allá del monasterio, me asombró el bullicio que los fieles a la tienda de souvenir eran capaces de provocar. Aunque mayor fue la sorpresa cuando ya resignados a la imposibilidad de zafarse del ruido, llegamos a un paso entre las rocas detrás del cual el sonido se disolvió como azúcar en el café.
La frontera invisible que mantiene la comarca de Tiermes inmune al ruido, se sitúa en alguna de esas curvas insalvables, tal vez en el vértice exacto donde la roca esgrime sus habilidades como equilibrista. No en vano es frecuente encontrarse con alguna pareja de corzos merodeando tranquilamente al límite de la arboleda, ajenos a un trasiego desconocido por aquellas latitudes.
Pero todo llega, incluso el ruido. Desde años que se conocía un proyecto subvencionado por la UE para mejorar el trazado de la carretera. Habían empezado por el yacimiento arqueológico dejando patente que lo que importaba comunicar eran las piedras, y no los pueblos. Uno recorría sus 28 kilómetros de curvas hasta Montejo, más otros siete de llano mal asfaltado, y al llegar al cruce de Carrascosa aparecía un tramo de autopista que llevaba a las ruinas. Este año, por fin, las excavadoras ya habían echado mano del recorrido completo. Las tres primeras curvas del monte habían desaparecido, pero el resto seguían ahí, como el dinosaurio de Monterroso, igual a sí mismas, tanto que había quien se jactaba de recorrerlas con los ojos cerrados de tantas veces que las había repasado volante en mano. Aunque la leyenda era otra, la que prodigaban los conductores noctámbulos mientras el tractor de turno sacaba su coche de los campos de labranza: “que sí, que te digo que anoche la curva se movió de sitio.”
Lo que sí movieron las excavadoras fue la roca acróbata. En el fondo yo creo que era una nube antigua que había bajado a ras de suelo una mañana de niebla y se había quedado dormida. Espantada por las excavadoras había levantado el vuelo y ahora debe de andar por ahí adquiriendo nuevas formas para que los niños sigan jugando a imaginar lo que esconde su barriga. Cualquier día vuelve transformada en moai. El que volvió nada más irse las escavadoras fue el silencio, y la familia de ciervos.

06/06/2006 10:16 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

01/06/2006

El vigilante de la Isla de Pascua

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Cuando la expedición de Roggeveen llegó hasta aquella isla ignota del Pacífico sur, se encontró con un paraje desforestado y con una población desorientada y entregada al canibalismo. Las teorías que se han desarrollado para interpretar su historia no van más allá de fabulaciones que no logran demostrarse. Pese a que su civilización nos ha legado una impresionante colección de moais, la extinción de su clase sacerdotal nos ha dejado sin la clave de la escritura con la que testimoniaron sus ritos y su cosmogonía. Una de estas teorías basada en leyendas es la que ofrece Kevin Reynolds en el argumento para su película Rapa Nui. La isla está dividida en clanes cuyas diferencias son medidas en torneos. Los derrotados han de rendir pleitesía al grupo del vencedor durante un año y la mayor de las obsesiones del jefe triunfante es la de erigir enormes moais esculpidos en la roca. Los esclavos talan cientos de palmeras y colocan sus troncos bajo cada escultura para que rueden y hagan llegar los gigantes de piedra al lugar elegido para plantarlo. Con el tiempo, los recursos naturales de la isla son consumidos y la población se entrega a una lucha por la supervivencia. Para entonces el horizonte es una llanura yerma sembrada de ídolos que observan indiferentes el ocaso de una era.

No me percaté de su presencia hasta que me lo dijo Juan Carlos, pero después he ido descubriendo varios. El más evidente es el del río, se recorta su silueta en el perfil de las paredes: un vigilante de la Isla de Pascua en la comarca de Tiermes. Visto desde el río apenas se le distingue. Queda disimulado entre los pliegues de la roca, las cuevas donde los buitres hacen sus nidos y los matorrales que se empeñan en trepar como si fueran cabras arbóreas. Vista desde abajo la cadena del río parece una muralla inexpugnable. Antes de que la asfaltaran, la carretera que salvaba la cuesta era fecunda en accidentes. Carros venidos abajo, espantadas de bueyes y mulas, y un camión que se desplomó y cuya cabina se quedó en el fondo como se quedan los buques hundidos, albergando un coral hecho de herrumbre y musgo. El vigilante tiene ante sus ojos rojizos el arco completo del día. La sierra Pela en el fondo, lomas de pinares y un mar de trigo que cambia de color a medida que avanza el año. En última instancia, a pie casi de la roca, el serpear del río con una columnata de chopos que amarillean en otoño y echan a temblar con la llegada de la brisa.

Nada más tiene la comarca que haga pensar en la isla de Pascua: el mar está lejos, y la deforestación de sus bosques parece improbable, no en vano se le ha concedido el programa life de la Unión Europea e incluso hay una campaña para declarar Tiermes patrimonio de la humanidad. Así que ni siquiera el futuro parece asomarse con similitudes al de los habitantes del islote. Aunque a mí no me preocupa el futuro. Hay otra película, El lado oscuro del corazón, en la que el amigo del protagonista le asegura que su país, Argentina, tiene futuro, eso sí, si es capaz de sobrevivir a su presente.

¡Soria ya!

01/06/2006 09:21 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

13/04/2006

Semana Santa (y II)

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Sin embargo, la fiesta que más me gustaba era la de la Resurrección. Por un lado estaba la simbología del acto, pero es que, además, la procesión era mucho más lucida. Después de las consabidas monsergas los feligreses salíamos de la iglesia en dos grupos. La imagen del ataúd se quedaba expuesta en la capilla y los hombres salíamos por la derecha con una imagen del niño que representaba el espíritu resucitado. Las mujeres se iban con sus cantos llenos de dolor y de tristeza con la Virgen María enlutada y cabizbaja. El encuentro se daba a la vuelta de la iglesia donde la Virgen veía a Cristo resucitado. Entonces empezaba la subasta. Epi, antiguo alcalde, ex guardia forestal, boticario y personaje público del pueblo, proclamaba la buena nueva y preguntaba quién ofrecía y cuánto daba por quitar el manto de dolor a la Virgen. Montejo es un patio de vecinos donde todo el mundo sabe todo de todos. Los había que aprovechaban la ocasión para pujar y mostrar su poderío, los había que pujaban para forzar a quien de verdad tuviera algún motivo, y después estaban los que tenían motivos que solían ser relacionados con la salud. Cuando alguien tenía un pariente enfermo gritaba por encima de los vecinos lo que estaba dispuesto a pagar para que la Virgen intercediera por el enfermo de su familia. Cuando Epi decía aquello de “alguien da más” y nadie daba más, a la una, a las dos y las tres, salía la persona en cuestión y le quitaba los alfileres al capote de luto y descubría el traje blanco bordado que llevaba debajo la Virgen. Entonces los cánticos de desesperos volvían a entonarse, pero la música y la letra eran otros, el gozo y la alegría sus proclamas. Se volvían a levantar los pasos y entrábamos todos juntos de nuevo a la iglesia.
Mi padre nunca hizo fotos de su pueblo. Las instantáneas que recuerdo son siempre las de Barceloneta, quizás por eso mis recuerdos de Soria sean en color, sin que la contaminación de grises de laboratorio haya perjudicado al rojo de mi traje de monaguillo, o al brillo de los blasones y al colorido de la procesión.

13/04/2006 00:25 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

09/04/2006

Semana Santa I

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Semana Santa es uno de esos bucles en el que parece instalada la historia. La del universo, o al menos la nuestra propia que somos el centro de él hasta el buen día en el que nos caemos de la cuna y nos empiezan a salir los chichones. Los que más duelen son los que salen hacia dentro, como cráteres en nuestra conciencia. Mi conciencia de Semana Santa se remonta al Domingo de Ramos en el que, por decreto de calendario, hiciera el frío que hiciera, mi madre nos arreglaba para salir a la calle con pantalones cortos, calcetines largos y zapatos incómodos. El complemento fundamental era la palma. ¡Y ala! A pasear.
Solíamos ir a la Barceloneta porque teníamos familia y era el barrio en el que mi padre recaló cuando llegó de Soria. Recuerdo el olor que hacía el interior del coche, un 850 verde (como el 600 pero con maletero sobresaliendo del culo), un olor a moqueta-absorbe polvo que a mí me mareaba, y el humo de los Rex que fumaba mi padre. La imagen de mi hermano, mis primos, mi madre (con peluca) y mis tíos, se retiene en mis pupilas en blanco en negro. Las fotos que invariablemente hacía mi padre (por eso apenas sale en ellas) han fosilizado mi memoria en aquellos colores. Sin embargo, la imagen de la Semana Santa en Montejo de Tiermes está inundada de Technicolor y Cinemascope. Cuando llegábamos al pueblo la parrilla televisiva ya se había visto inundada por el Mar Rojo de La Biblia, las cuádrigas de Ben-Hur y todos los cinemascopes de Charlton Heston que uno se pueda imaginar. Los pantalones cortos, en Soria, eran ciencia ficción, así que podíamos arrastrarnos con nuestros viejos pantalones de pana y las zapatillas de deporte para saltar por las peñas. Aunque eso sí, en la liturgia había que ponerse guapo. Mi madre luchaba contra mis remolinos a base de hacerme ver las estrellas con el peine y empaparme en Nenuco. Después del sufrimiento todo eran prisas porque el cura había tocado ya el tercer aviso. Las mujeres a la derecha, los niños a la izquierda y los hombres al fondo. Siempre había quien se dormía, y después estaban los rumores de que si menganito olía a estiércol de oveja, o que si fulanita había repetido el vestido del año anterior. Después se oficiaba la ceremonia en la que el retablo barroco del fondo se fundía con la calva del cura. El mono-tono del discurso del cura amplificado por el micrófono y el eco del recinto, nos elevaba a todos a un estado hipnótico que nada tenía que ver con el misticismo. Los hombres -que acudían por costumbre, por el aperitivo post-misa, y por la presión de sus mujeres- tenían en las celebraciones un papel activo que desempeñar. Los pendones, las cruces y los pasos no caminan solos, y pesan lo suyo, así que en los bancos del fondo, cuando el cura hacía los últimos pases de manos y abracadabras consiguientes, los hombres se ponían de acuerdo en los turnos. El Viernes Santo, con motivo de duelo, se sacaban los blasones y una imagen de Cristo en su ataúd. El otro paso era el de la Virgen Dolorosa que iba cubierta con un manto negro de luto. Salíamos todos de la iglesia, recorríamos el pueblo entero y volvíamos a entrar en el recinto desde el otro lado. Lo que me parecía más difícil de toda la operación (y más tarde pude comprobar por mí mismo) era pasar los pendones, altos como el cielo, por debajo de los cables de luz y teléfono que se extendían por las calles de tejado a tejado. El portador debía girar el mástil, recoger la bandera e inclinar la verga por debajo para volver a desplegarla y alzarla de nuevo hasta el siguiente nudo gordiano de cables negros. El más pesado de llevar, sin embargo, era el ataúd con el Cristo, pues como bien decían los hombres “pesa como un muerto”, irreverencia que a mí me horrorizaba, ya que aún tenía reciente la comunión y participaba en la misa ayudando como monaguillo metido en mi traje rojo mientras agitaba el incensario.

09/04/2006 19:05 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

03/04/2006

El galgo y la liebre

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En casa había dos galgos, un macho y una hembra. Como dos huérfanos separados por una adopción desafortunada, cada uno se fue a una casa distinta. Pero el pueblo era pequeño y nadie guardaba a los perros en casa ni los ataba con correas. Era frecuente verlos juntos tomando el sol en la esquina que más entorpeciera el paso, en esa postura que tienen los galgos tan suya, de ensortijarse como una diadema hirsuta con joyas ocultas bajo los párpados.
Julián, el que tenía el macho de la pareja, lo sacaba al campo cuando iba de caza. Era un rayo, decía, no había liebre que se le escapara. Cuando emigró a Barcelona cerró la casa, pero en lugar de dejar el perro a algún pariente decidió llevárselo consigo para que le hiciera compañía. Los que habían vuelto de Barcelona para contarlo decían que los días se hacían largos en la soledad de una ciudad superpoblada. En el viaje de ida dueño y perro se pasaron medio trayecto con la cabeza saliendo por la ventanilla. El paisaje corría más que ninguna liebre y el galgo acabó vomitando su nostalgia del pueblo. Encontraron albergue en casa de unos parientes y trabajo de camarero en el restaurante de unos amigos. En su nueva vida Julián salía de casa cuando aún no se había hecho de día. Semejantes madrugones el perro los relacionaba con las cacerías, así que se sacudía desde el hocico hasta la cola y jadeaba anhelante de campo. Julián se marchaba y de regreso le pagaba la decepción con las sobras exquisitas del restaurante, pero él mismo se ahogaba en un piso tres veces más pequeño que su casa del pueblo y que doblaba el número de las personas que lo habitaban.
Un día de descanso se fue de paseo por la plaza España. El galgo tironeaba de la correa desde que salieron por la puerta de casa. Echaba de menos el aire, la jara y probablemente a su hermana. Cuando bajaban por el Paralelo el animal se volvió como loco. Al poco Julián adivinó el motivo. Una nube de ladridos partía de un edificio cercano. Se trataba del canódromo. Se alejó de allí antes de que el perro se volviera loco del todo, pero volvió solo, después de salir del trabajo al cabo de pocos días. El ambiente era una mezcla entre la taberna del pueblo y la feria de ganado de San Esteban donde había que ir con ojo de que no te engañaran, fuese jugando a las cartas o en la venta de grano, y el aliento a tabaco y alcohol era la primera palabra en cada conversación. Observó las carreras, apostó tímido y perdió. De regreso a casa su galgo le esperaba impaciente, y para postres le olió en la ropa un olor familiar que le hizo ladrar como un descosido. Volvió al canódromo varios días, silencioso y cauto, observando el paraje como cazador que era. Hasta que un día habló con uno que parecía estar en medio de todos los cotarros.
"Tengo un perro que corre como el rayo" le dijo. Imagino su cara humilde, iluminada por la única posesión que, además de afecto, le hacía ser alguien en una ciudad donde nadie le saludaba cuando se le cruzaban por la calle. También imagino la mirada descreída del otro, escondida en una cara mofletuda que escupía el humo de un habano. Le citó para la semana siguiente advirtiéndole que no tenía tiempo para malgastarlo, que esperaba que no fuera un vulgar perdiguero. Cada tarde, de regreso a casa, sacaba el perro y lo llevaba a correr por la playa. "Corre, tuso*, corre" le gritaba después de lanzarle una rama, y el perro espantaba las palomas y volvía con la rama entre los dientes.
Cuando llegó el día el día, el mofletudo del habano examinó las pencas del galgo y dijo que le daría una oportunidad el siguiente fin de semana. Si no le defraudaba se encargaría de entrenarlo, a cambio del 75 % de los beneficios. “Mucho me parece”, se atrevió a decir Julián, “Tú no sabes lo que cuesta cuidar bien un podenco de estos” Julián se sintió un poco ofendido, pero aceptó pensando que tal vez había sido un mal amo.
Llegó el día y en el momento de las inscripciones le pidieron el nombre del perro. “No tiene”, “¿Cómo que no tiene? Y ¿cómo lo llamas?”.
Tuso salió con el dorsal número 4. Cuando sonó el pistoletazo de salida a él le debió de sonar a la escopeta de su amo, y al abrirse la trampilla vio una liebre corriendo por encima de un raíl. No se lo pensó dos veces y salió volando. Julián lo seguía nervioso, nada que ver con la mirada tranquila que había enarbolado los días anteriores, cuando venía de observador. Sin embargo, la carrera parecía perdida, le sacaban varios cuerpos los otros perros, más habituados al terreno y a la farándula del coliseo. Todo cambió al llegar a la curva. La liebre giró a la derecha y sus perseguidores con ella. Tuso se encontraba unos metros atrás, así que no vio motivo para seguir corriendo por el carril vallado y saltó en línea recta hacia donde la liebre se dirigía en su despreocupado giro. La atrapó sin problemas.
Cuando los demás perros llegaron hasta él hubo un momento de confusión. Cesaron de correr y empezaron a ladrar. Desorientados, la duda existencial de por qué diablos ninguno había saltado la valla hasta aquel día les debió de carcomer la mente. Tuso, con su trofeo entre las patas buscaba a su amo entre un público que reía a carcajadas. Menos el mofletudo del habano, claro, que iracundo le pidió a Julián el dinero de la inscripción y que no volviera a asomarse por el canódromo. Y no lo hicieron, pero Julián no reprendió a su perro y volvió sonriendo a casa.

* voz para llamar a los perros

22/02/2006

Carnestolendas

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El día de la tortilla no había tortilla, sino una merienda en los prados al salir de la escuela. Iban las cuadrillas con sus bolos de pan, una especie de empanada cuya masa llevaba huevo cocido y chorizo -¡casi nada!- para que los niños tuvieran en las papilas gustativas el recuerdo de la carne que no habrían de probar durante la inminente Cuaresma.

De disfraces había dos tipos. Un mozo de los que iban a llamar a quintas se vestía con un mono de trabajo que le fuera grande, y rellenaba el hueco entre su cuerpo y la tela con manojos de hierba y paja. La cara se la cubría con una careta cuya humilde confección se limitaba a agujerear la tapa de una caja de zapatos. Los niños corrían detrás de él y se aprovechaban de la poca destreza del mamarracho para propinarle patadas, golpes y piropos malsonantes, pero cuando más embriagados estaban surgían de las callejas el resto de quintos vestidos con la ropa interior de antaño, unos calzoncillos largos de esos que salen en las películas de vaqueros, y una camisa blanca por encima. Por cinturón una sarta de cencerros que anunciaba su presencia y en la mano una tralla con las que se fustiga a los animales, sólo que ahora servía para hacer correr a los pequeños que antes habían atizado al hombre de paja.

Encuentro en un artículo de Ángel Almazán titulado "La muerte del Carnaval" argumentos que certifican la defunción de la fiesta desde que “se instauró la democracia-partitocracia actual”, y cita a etnólogos de la talla de Julio Caro Baroja quien ve la fiesta desprovista de “sus encantos y turbulencias” desde que ha sido “reglamentada siguiendo criterios políticos y concejiles atendiendo a ideas de orden social, buen gusto, etc.”. Y le doy la razón, pero extiendo su defunción a la Navidad, la Semana Santa y otras fiestas de guardar que se han convertido en un espejismo ritual de lo que debieron ser, reducidas a una mezcla de vacaciones gastronómicas, unas cuantas películas en technicolor de Charlton Heston y una peregrinación por las calles de los centros comerciales para deglutir los alimentos que (te damos gracias, señor) estamos a punto de vomitar. Si algo tiene de bueno el Carnaval es que no es una fiesta oficial en el calendario aunque las rúas, chirigotas y pasacalles sean subvencionadas por las partidas presupuestarias de cultura, turismo y festejos haciendo que se pierda su espontaneidad y convirtiéndolo en “una máquina de diversión de casino pretencioso” (Caro Baroja).

Almazán asegura en palabras de Franco Cardini que las fiestas tradicionales están perdiendo su idiosincrasia al triunfar la visión lineal y homogénea del tiempo a la vez que se pierde el concepto cíclico de la Naturaleza. Bajtin utiliza también esta idea para criticar la lectura (y su complementario, la escritura) lineal y cerrada (él la denomina épica) donde no cabe interpretación, y la cuestiona frente a la estructura carnavalesca de las novelas satíricas donde las lecturas son múltiples (como múltiples son las máscaras) y cada una de ellas permite entrever una burla a la voz homogénea del discurso imperante.

Referencias aparte, a uno se le antoja que el Carnaval no está moribundo, sino que se escapó de los desfiles y no se encuentra en las rúas subvencionadas donde Clos muestra sus michelines a ritmo de salsa (Forum 2004, qué pena que no he encontrado la foto, era como ver a Homer Simpson pero sin asomo de gracia), sino que está en las carrozas del día del Orgullo Gay, en los botellones y las raves ilegales, o en cualquier otro espacio y momento donde uno pueda quitarse la careta que lleva puesta durante el resto del día.

22/02/2006 08:38 Autor: tiermes. Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores Hay 1 comentario.

13/02/2006

San Cipriano y la Tarara

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A estas alturas cualquiera que haya ojeado este blog se puede preguntar: ¿y qué tiene que ver Tiermes con Marruecos? Bien, bueno, me encanta que me hagan esa pregunta, por eso mismo me la hago yo. Resultaría un tanto ridículo venir con el cuento de la huella árabe en Castilla, que la hay, como huellas de dinosaurios, pero no justificarían al ojo ajeno una relación entre Soria y el Parque Jurásico, ¿verdad? Me temo que es una percepción emotiva y por tanto subjetiva. Como lo de considerar la comarca de Tiermes el paisaje de mi infancia cuando en realidad sólo he pasado los veranos y las fiestas de guardar. Y será así, pero llegaba el día en que hacíamos las maletas y los males del alma me bajaban al estómago. Mis padres achacaban mis mareos a las curvas de la carretera, al olor a tapicería y tabaco del 850, pero la angustia empezaba la noche antes, cuando hacíamos la ronda por las casas de la familia para despedirnos hasta el año que viene. Por eso aprovechábamos la última noche jugando al bote en la plaza o comiendo pipas en el portalejillo. Y al amanecer, sin apenas haber dormido, me atrincheraba en el asiento de atrás mirando al pueblo que se alejaba cuesta abajo y desaparecía en el último remonte. El resto del año en Barcelona, pero teniendo al pueblo como medida de todas las cosas. Y eso es algo que no se quita uno de encima tan fácilmente, aunque ni siquiera se dé cuenta.
La primera vez que fui consciente de mi Tiermescentrismo fue en un concierto de flamenco en la sala Apolo de Barcelona. No daba crédito, estaban tocando la canción que cantábamos los mozos en las fiestas del pueblo aunque, eso sí, le habían cambiado la letra. La nuestra afirmaba la santidad de nuestro patrón pese a los rumores que le atribuían las malas lenguas:

"Dicen que San Cipriano desayuna con aguardiente,
Pero a pesar de todo San Cipriano es muy decente,
San Cipriano sí, San Cipriano no, San Cipriano niño de mi corazón.

Y dicen que San Cipriano tiene dos mujeres,
Pero a pesar de todo San Cipriano es muy decente,
San Cipriano sí, San Cipriano no, San Cipriano niño de mi corazón."

Se lo comenté al amigo que me acompañaba y me miró escéptico, como si hubiera dicho una barrabasada: “Es la Tarara”, me dijo. Más tarde descubrí que Lorca había utilizado la misma composición popular para sus propias creaciones y que Camarón le había dado voz. Lo mejor de todo es que mientras escribía estas líneas se me ocurrió buscar por Internet para enlazar con la tonada, y encontré una página donde se encuentra la letra y el archivo midide la Tarara, sólo que la presentan como canción popular de Soria cuya armonía es de un tal Jean Turellier, y cuya letra, a medida que va avanzando la canción, se hace más y más picante, tal y como la que yo conocía.
Ahora me falta por saber quién era ese tal Tureillier.

20/12/2005

Los nombres

Me pregunta Gemma que si al Ayuntamiento de San Leonardo no se le ha ocurrido quitarse el Yagüe de turno, o si es que en el pueblo los hay orgullosos de tal apellido.
Témome que sí, que también los habrá … aunque me gustaría más pensar que es el desinterés el que mueve (o inmoviliza, más bien) a la gente del pueblo.
Aún así, para qué engañarte, Castilla -y Soria no se escapa- tiene un alo fachorro incrustado en la artritis de los huesos. En multitud de pueblos abundan los letreritos de hojalata con los nombres de las calles que de leerlos te viene dolor de barriga. Suerte que los niños acostumbran a hacer puntería con sus escopetas de balines y te ves los nombres de ilustres majaderos acribillados por las marcas de los perdigones.
Nombres de calles, por otro lado, que nadie conoce como tales. La de mi casa en Montejo lleva el nombre de un médico (ni me acuerdo, fíjate, uno de la santísima trinidad fáctica) y Maribel no daba crédito cuando le di mi dirección un verano que ella se fue por ahí de picos pardos: “Óscar Sotillos, Montejo de Tiermes, Soria”. Y llegaron las cartas, vaya que si llegaron.
En todo caso la gente conoce las calles por otros nombres: la calle de la iglesia, el camino del cementerio, la plaza del juego de pelota, el cruce del bar, y no les preguntes por las andróminas oxidadas que alguien colgó hace decenios en las esquinas de las casas, porque nadie te sabrá contestar.

13/12/2005

Leonado

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San Leonardo de Yagüe está ubicado en el extremo norte del Cañón de Río Lobos . Es una ruta magnífica para gente de cualquier edad y experiencia, ya que transcurre por el lecho del río con las espigadas paredes del cañón a uno y otro lado, por lo que es imposible perderse. Atractivo añadido son los buitres y águilas que habitan las oquedades de la roca. Cualquier época es buena, pero mi preferencia es el otoño, pues los álamos amarillean y visto el cañón desde las peñas parece una serpiente que cambia de piel y muda de color. Un octubre de los que en Barcelona todavía parecen veranos, fuimos a perdernos unos días y a la vuelta los árboles de las avenidas nos parecían falsos, plantas de plástico bajo el efecto invernadero de la urbe.

Pero también es bueno el verano, hay más horas de luz y podemos alargar el camino hasta cansarnos. Yo me llegué hasta San Leonardo de Yagüe , y en la oficina de turismo quise abreviar el nombre y pregunté por los intereses de Yagüe. La chica que atendía me miró con malos ojos y me espetó que bastante mal tenían con el apellido que le habían puesto al pueblo como para que encima le recortaran el nombre. Le pedí que me explicase, que yo había abierto la boca sin conocimiento, y me explicó que el insigne general Yagüe responsable asesino a sangre fría de 4000 rojos en Badajoz durante la sublevación, había recibido como regalo del caudillo no una calle, plaza o placa con su nombre en su pueblo natal, sino que le habían cambiado el nombre al pueblo añadiéndole su apellido!

Claro, le pedí disculpas y la invité a un café después de que colgara el letrerito de “ahora vuelvo” en la puerta de la oficina. Son las ventajas de que haya poco turismo en la provincia. En la confianza de la barra me confesó que lo de San Leonardo también tenía enjundia: ella aseguraba que el nombre era Leonado, por lo de los buitres, y que el santo se lo habían colgado por razones semejantes a las del paisano castrense.

(fotografía de José Delgado Pascual)

25/10/2005

Caminito del agua II

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XXIII

—¡Buenos días! —dijo el principito.
—¡Buenos días! —respondió el comerciante.
Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya
no se sienten ganas de beber.
—¿Por qué vendes eso? —preguntó el principito.
—Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se
ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
—¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
—Lo que cada uno quiere... "
"Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos —pensó el principito— caminaría suavemente hacia
una fuente..."

A. De Saint - Exupéry

17/10/2005

Caminito del agua

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El agua de Montejo viene de Pedro, Pedro no es ningún señor, Pedro es un pueblo de la comarca, un pueblo escondido entre los montes de la Sierra Pela, con una ermita de origen visigodo y un manantial de agua que es un primor. En pleno agosto, bajo el sol tórrido y seco de la meseta, los pies dentro del agua se te ponen morados de puro frío. Pedro tiene el don del agua, y con él un abrigado manto de huertos y árboles que le dan frutos y vida.

Aunque no creo que una cosa tenga relación con la otra, el año en que yo nací canalizaron el agua del manantial y la hicieron llegar hasta Montejo. Se asfaltaron las calles y se hicieron alcantarillas y cada vez que llovía el agua corría calle abajo en vez de encharcarse. Hasta entonces las mujeres iban a la fuente a recoger el agua. Lo que son las novedades, aunque el agua fuera la misma, sabía más rica del botijo que se llenaba en la fuente que no si se llenaba del grifo, y una de las tareas que más nos gustaba hacer a los niños era ir con el botijo vacío hasta la fuente y escuchar el eco del agua llenando el recipiente de barro. El premio era el prestigio de volver por las calles con el botijo lleno cambiando de lado el peso a cada esquina, sonriendo a los vecinos sin mostrar esfuerzo. Otro ritual era el de echarse un trago. En las comidas el protagonista era el vino, y la bota su vehículo. Mi tío jugaba a impresionarme y a fe que lo conseguía. Alzaba el cuero por encima de la cabeza y lo inclinaba sobre sí. El chorro le daba de lleno en la frente, y un río de sangre le bajaba por el entrecejo en camino hacia el labio superior, y de ahí a la garganta. Como no tenía bastante con la acrobacia, permanecía tiempo con el brazo estirado. Yo pensaba que iba a ahogarse, pues para mí respirar y tragar eran indivisibles. Cuando le imitaba (sin la proeza de la frente, sino directamente al gaznate) debía hacer esfuerzos, primero, para sujetar el botijo por encima de la cabeza, y después para no atragantarme.

La fuente, además, era refugio apartado, quedaba por debajo de la iglesia y del frontón, enfrente de la fragua y camino del cementerio, un lugar ideal para jugar a cartas sentados en cuclillas y descubrir el color de las braguitas de las niñas. También hacíamos espiritismo, contábamos historias de miedo y jugábamos a verdad, acción o beso. Las bicis esperaban en el suelo su turno para las carreras, y los renacuajos nadaban tranquilos ante la pausa que les dábamos. El pilón de la fuente había sido abrevadero, pero con los años, después de que prohibieran que los animales atravesaran el pueblo, había quedado en desuso. Los renacuajos proliferaban ya que su único depredador éramos nosotros, cazadores avispados que enseñábamos sus cuerpos como triunfos y observábamos su transformación en rana con la misma inquietud que a nosotros nos llegaba la adolescencia.

Verdad, acción o beso. Las chicas elegían la verdad, pero nos mentían, los chicos elegíamos acción para demostrar nuestro valor llamando a la puerta del estanquero a altas horas de la noche y escurriéndonos por los callejones. El beso, siempre se dejaba para el final, era el regalo secreto. El pilón fue testimonio de besos furtivos y de espectáculos corales, como el de Miss y Mr camiseta Mojada – Montejo de Tiermes antes de que ninguna discoteca lo utilizara de reclamo en sus noches de viernes. En vez de llenar globos de agua y echárnoslos encima, cogíamos entre todos a uno, o a una, y acabábamos con él en el pilón. Cuando la rueda comenzaba sabíamos que no pararía hasta que todos y cada uno hubiéramos pasado por el agua. Los renacuajos, pobres, se escondían debajo de las piedras, y nosotros removíamos el fondo.

La fuente está muy cerca de la plaza, así que en fiestas no es espacio para confidencias de tan concurrido que está. Algún año, incluso, la peña se ha hecho en la fragua, justo en frente, por lo que la proximidad del pilón y el elevado consumo de alcohol hacen más que probable que más de uno acabe la fiesta mojado por dentro y por fuera. “¡Al pilón, al pilón!” es la frase que se corea cuando los músicos son malos, o se quieren ir a dormir demasiado pronto o dedican demasiadas canciones a los del pueblo de al lado, pero que yo sepa, nunca se ha tirado a ningún músico. Los que sí han caído, casi por sistema, son los que llegan nuevos cada año. Amigos de amigos, catalanes o madrileños, es fácil llevarles hasta la fuente, hacerles sentar en el pilón y en un descuido, hacerles pasar por el ritual de iniciación, un bautismo de agua y ron.

La fuente tiene todas las épocas. Pero tal vez el recuerdo más definido es uno que se mantiene sin importar los años. Es el del silencio que habita al final de las escaleras donde jugábamos a cartas, el silencio como una roca, y el agua como una raíz o como un silbido que se abre paso.

13/09/2005

De plantas y subvenciones

Las tierras de Soria están pobladas por infinidad de plantas con propiedades medicinales, tal y como acredita el hecho de que una marca soriana haya extendido su mercado por todo el país. En Tiermes abundan el poleo y el té de roca, aunque la escasez de lluvias en el último año ha reducido notablemente su presencia. Aunque sin duda la vegetación más conocida es la de los cultivos de cereales tan presente en la obra de Antonio Machado.
Desde que tengo memoria los campos que anegan la comarca han sido terreno de trigo, avena y cebada, pero con los años se fue introduciendo el girasol y más tarde el lino. Eso dio pie a la picaresca, ya que resultaba más práctico y económico plantar lino y dejarlo pudrir con el único propósito de recibir la subvención, que no recogerlo, procesarlo y distribuirlo. Algún año más tarde, al atravesar las últimas tierras antes de llegar a Montejo descubrí un nuevo cultivo a banda y banda de la carretera. Detuve el coche y nos internamos en el campo para ver de cerca la planta. Creí reconocerla, pero no acababa de creérmelo. A la tarde, conversando con José Luís, uno de los agricultores con quien más confianza tengo, le pregunté inocentemente cuál era el nuevo cultivo que cubría los montes.
- ¡Marihuana, Óscar, marihuana!
Aquel año la Unión Europea subvencionaba el cultivo del cáñamo. Los campos de Castilla a los que el poeta había dedicado hojas y hojas de somera poesía en consonancia con el paisaje, se cubrían de marihuana, alta como una persona y rezumante de perfume. Pero después de la sorpresa inicial, José Luís añadió:
- Pero no tiene alcaloides.
Demasiado bonito, sin duda. A partir de ahí José Luís me explicó que cuando él era joven y capitaneaba la peña del pueblo, tenían un pequeño huerto donde cultivaban marihuana y que el día de la fiesta hicieron, entre otras cosas, una gran marmita donde mezclaron cogollos y ofrecieron el jugo resultante a todos los paisanos del pueblo. Habría dado una fortuna por mirar por el ojo de la cerradura (o por estar presente) y participar de una fiesta pagana y alucinógena, a la par de las antiguas bacanales.

01/09/2005

Metafísica del trapo

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Hay pinzas que duermen esperando la próxima colada. Sueñan con ser palo mayor y someter al viento que hincha las sábanas de las azoteas. Hay velas que se apagan en los cumpleaños, que dibujan deseos en sus sombras de humo, y hay velas que se encienden ante santos, que consumen su vida de cera para cumplir. Las velas de los barcos persiguen estelas, las sábanas de los terrados evocan sueños. Colores y formas puestas del revés, aromas venteados al cielo raso.
Luminosas y teñidas para ser vistas, las banderas no responden al azar de la ropa tendida. Solitarias, cuando van en compañía siguen igual de altivas, vigilando que ninguna ondee más alta. Las fiestas de los pueblos les devuelven la inocencia que nunca tuvieron, y los niños juegan a adivinar su procedencia.
Hay trapos para todos los gustos. Los budistas, por ejemplo, extienden cuerdas con pequeñas telas de colores, y en ellas escriben oraciones. Cuando el aire las mece, el eco de sus palabras es aireado y esparcido como polen de buenas voluntades.
Las hojas de un libro son algo más pálidas, pero también profesan una fe ciega por la belleza. Es contagioso, una mariposa chupa el néctar de una flor, y fertiliza a otra. Un lector abre un libro...

(el título del artículo es también el título de un libro de poemas de María Eloy-García)

01/09/2005 11:05 Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

20/07/2005

Celebraciones

justa.jpgHace 99 años Justa González llegó a este mundo.
No sé de donde venía, pero decidió quedarse un tiempo con nosotros.

Felicidades, abuela.

19/07/2005

fuego

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Sólo he vivido tres incendios en mi vida. Uno de ellos ni siquiera lo vi. Miguel volvió corriendo del campo. Una chispa de la cosechadora había prendido el trigo que estaba segando. Yo me colé en un coche de la pequeña caravana que se hizo desde el pueblo hasta la finca, pero el fuego había sido controlado. El lobo sólo había enseñado los dientes. El segundo de los incendios tampoco llegué a verlo. Esta vez fue más grave, ardían los pinares, no era el rastrojo que prende enseguida pero también se consume rápido. Aquel era un incendio con hambre y devoró lomas enteras. Desde el pueblo se veía el humo ascender hasta el cielo y llegaba un olor muy distinto al de la lumbre, los troncos que arden secos son en sí mismos una pira funeraria, la arboleda en llamas huele a vida que se escurre hacia un cielo convertido en infierno. Todo acabó y no hubo que lamentar ninguna vida humana. El tercero, y en el que sí participé activamente fue en el mismo pueblo. Una casa ardía en llamas. Todos los vecinos nos volcamos, cada uno trajo su cubo, tinajas, regaderas, cualquier cosa que sirviera para aplacar las llamas. La cadena unía la casa con la piscina de un vecino. La piscina se vació, el fuego se apagó. Esa es mi poca experiencia.
Pero tengo un amigo, Juan Carlos se llama, que decidió hacerse bombero. Está luchando contra unas oposiciones insufribles, más altas que el Windsor y casi tan estúpidas. Las plazas salen a cuenta gotas en un país donde lo que falta, precisamente, es el agua. Hay tanta gente dispuesta a trabajar de uno de los oficios que considero más importantes y a la vez más peligrosos, que cada examen (físico, test, de oficio y teórico) es una pequeña maratón que me río yo de los particpantes olímpicos. Mientras tanto, cada verano va a un retén de Guadalajara. La diputación, la junta o quien demonios sea, tiene una subcontrata, la empresa en cuestión aprieta presupuestos y sólo da tres meses de trabajo. He ido varias veces a verle, de hecho Montejo está a pocos kilómetros de la provincia de Guadalajara, atravesando la sierra Pela y siguiendo por pistas se podría llegar al Cardoso y al retén de Montes Claros, que es donde él está, pero las comunicaciones entre provincias (entre Soria y Guadalajara, imagínense!) son nefastas, así que hay que dar un enorme rodeo, pasar por las provincias de Segovia y de Madrid para entrar a la comarca donde ellos se hallan. De hecho, hablé ayer con mi madre y me decía que desde Tiermes se veía el resplandor de las llamas del incendio de Guadalajara. Vuelvo al tema. En una de las ocasiones en que fui a visitarlo me dijo que estaban de elecciones sindicales. Querían presionar para trabajar más meses al año ya que, llegado junio, el riesgo de incendio ya es elevado, y no hay tiempo para hacer las tareas de prevención (corta fuegos, limpiar el bajo bosque, etc.)
A veces me despego bastante de los medios de comunicación y hasta el lunes por la mañana no me había llegado la noticia de que 11 muchachos de un retén de Guadalajara habían muerto. Leí uno a uno el nombre de los pueblos que mencionaba la noticia y el del retén, ninguno me sonaba. Iba leyendo con un nerviosismo extraño, me recordaba a mí mismo mirando los números de la lotería, pero en aquello no había azar, había, primero de todo, un pobre cretino que cometió una imprudencia, pero detrás, una infraestructura cogida con pinzas, nada que ver con el azar, sino con la estupidez, la racanería, la mezquindad.
Después de un buen rato conseguí hablar con Juan Carlos. Había visto mis llamadas y me respondió en cuanto pudo. Estaba en su retén, pero le podían haber llamado para desplazarse, de hecho estaba de guardia. Los conocía a todos, todos chavales jóvenes, como él. Han enviado a la infantería, me dijo, y continuó: espero que algo cambie, joder, esto que ha pasado ha sido muy gordo.
-Cuídate.
-Claro. Siempre, Óscar, siempre.

06/07/2005

El gusto de las palabras

rello de caracena.jpgEl día del juicio, el pastelero argumentó que si aquel mendigo se había saciado con la magnífica visión y el aroma de los pasteles que exponía en su escaparate, bien justo sería que pagara por ello. El juez dictaminó a favor y mandó al mendigo que tirara sobre la mesa las monedas que hubiera recogido aquel día.
- Puede considerarse pagado, señor pastelero, habiendo escuchado el sonido de las monedas golpeando en la madera.

Las palabras tienen distinto sabor cuando están cocinadas en el horno de la lengua y nos llegan servidas de boca a oreja. En Senegal a los cuentistas les llaman griots, y soportan con orgullo el peso de mantener la historia de las familias. Antes de que alguien se entretuviera en transcribir la Odisea, los griegos la recitaban de memoria en las plazas públicas. En Soria muchos pueblos tienen en la plaza una columna llamada rollo. Su uso suele atribuirse a las ejecuciones públicas, pero yo prefiero pensar que lo único que se ejecutaba mientras se alargaban las sombras, eran charlas inacabables a la caída de la tarde, y es por eso, y no por otra causa, que la puesta de sol se ralentiza tanto en la meseta, pues el sol no se quiere perder el final de la historia.

ANIN, associació de narradores i narradors de Barcelona, es un colectivo de cuentacuentos que mantiene el fuego encendido de la narración oral. En el número 7 de su revistaSilvano Andrés de la Morena y Carme Muñoz Gimeno recogen de viva voz unos cuentos de Cuevas de Ayllón. Con un poco de imaginación en vez de leerlos, uno puede escuchar a Antonino del Cielo giradeshebrando las historias bajo un rollo al que le crecen las ramas.

(la foto, rollo de Caracena, enlace a Pueblos de España)
06/07/2005 12:56 Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

15/06/2005

Girando sobre el cielo

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Que el cielo gira ya lo ha dicho Mercedes Álvarez. Lo único que eché en falta en la película fue la silueta de algún abanto sobrevolando, majestuoso, el cielo del celuloide. Los buitres son aves carroñeras que despiertan pocas simpatías y arrastran leyendas de mal augurio bajo sus alas. Sin embargo, antes de que llegaran los parques eólicos que giran como relojes amenazadores en el horizonte mesetario, el abanico de sus alas era el sonido y la imagen que mejor representaba el sosiego sobre las colinas de grano. Alrededor de Montejo existen varios enclaves donde los riscos son suficientemente pronunciados como para albergar una colonia de buitres leonados. A la derecha de la carretera una vez pasado el municipio de Liceras, o al otro lado del río tras dejar atrás las ruinas de Tiermes, o incluso en Montejo, bajando los callejones del río. Acompañando a este, las paredes siguen los meandros resecos. Y pensar que hasta hace sólo unas décadas las mujeres del pueblo bajaban hasta allí para lavar la ropa. Del río ahora no queda ni agua. Hace algún año mi madre tuvo la ocasión de verlo formando un torrente por unas lluvias que hicieron asomar caracoles y setas. Me dijo que no lo recordaba así desde niña. El rastro, sin embargo, es evidente. Los álamos se empeñan en crecer en la antigua orilla y el surco que dejan entre las dos hileras es el camino que fue del agua. Los humedales con ranas se encuentran en las hondonadas forzándonos a mojarnos los pies o a abandonar el lecho del río si queremos seguir la excursión. Si hemos sido silenciosos y salimos de la espesura de los álamos una pradera nos separará de la pared donde los buitres tienen su morada. Cuando llueve vemos perfectamente las cascadas que han ido dibujando las cavidades de esa roca ocre y arenosa. Aunque al principio no distingamos a los animales, las manchas blancas que caen desde las terrazas nos indican que aquello es una morada. Los buitres se asoman tímidos y sin prisa por salir para ser fotografiados. Un consejo es el de mantenernos quietos frente el gran frontón de piedra. Estirarnos en el suelo y esperar con los prismáticos preparados. El silencio, por si no lo he dicho, es la presencia primordial en este enclave, así que podemos espiar el viento que antes de llegar se anuncia en las hojas de los álamos temblones o el zumbar de mil insectos. Tal vez, con suerte, escuchamos en el bosque cercano los gruñidos de algún jabalí, y por último, el sonido que calla a todos los demás: uno de los buitres abre las alas y salta desde su terraza, parece que no va a remontar el vuelo, agita sus pesadas alas justo encima de nuestras cabezas y mientras se alza por encima de la copa de los árboles, hemos escuchado el batir de sus alas, la suavidad de sus plumas acariciando el aire, el pacto que las hace criaturas de los cielos.

19/05/2005

Respondiendo a Bécquer

"Poesía somos todos"

(en la tapia del juego-pelota de Aldealpozo)

18/05/2005

El tiempo

iglesia3.jpg

(Iglesia de Rebollosa de los Escuderos)

proverbio:
"La fe mueve montañas"

adivinanza de la Tierra Media:
"Devora todas las cosas
aves, bestias, plantas y flores;
roe el hierro, muerde el acero,
y pulveriza la peña compacta;
mata reyes, arruina ciudades
y derriba las altas montañas."

18/05/2005 10:05 Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

17/05/2005

El cielo gira

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Dicen que si una mariposa mueve las alas en Tasmania, puede provocar un huracán en Tegucigalpa. También dicen que el boca a boca es el mejor método de comunicación para las películas que no tienen presupuesto.

Lo que es seguro, es que el cielo gira.

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12/05/2005

Niñas y niños

escuela.jpg

La vieja escuela. Morcuera

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12/05/2005 14:00 Enlace permanente. Tema: La comarca y alrededores No hay comentarios. Comentar.

03/02/2005

El eco en las paredes

"Aznar traidor, Castilla Comunera" escrito sobre una tapia, en la carretera de San Esteban de Gormaz a Montejo.

02/02/2005

La ciudad invisible

A parte de un libro de Italo Calvino, y de un programa de radio 3, las ciudades invisibles duermen en tierras de medio mundo. Tiermes es una ciudad celta que cayó a manos de los romanos, hoy sólo ruinas que pasan desapercividas bajo el cielo de la meseta. Pero los pueblos de la comarca, aún habitados, agonizan de olvido.





Tiermes

La comarca de Tiermes se encuentra en la provincia de Soria. Una pequeña esquina en el ancho mundo, uno de esos lugares donde todavía es fácil perderse.
Y lo más difícil, encontrarse




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