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Tiermes

Las antípodas

Las antípodas

Mientras tanto otra pareja de amigos, Ricardo e Isa, había cruzado el charco para adentrarse en la Patagonia. Habíamos cruzado varios mensajes sobre la semejanza del paisaje de camino al Gobi y el suyo de camino a Tierra de Fuego. Según una historia que explicaba Wong Kar-Wai en Happy Together, si eras capaz de llegar al faro de la punta del cono sur y susurrar al viento tus pesadillas, estas se perderían para siempre, como si cayeran por la línea del horizonte dibujado en un mapa del medioevo, abismo donde las aguas se precipitan. A miles de kilómetros de distancia, sobre la estantería del café internet donde me escribía con ellos, encontré un globo terráqueo que daba la razón a Galileo, allí descubrí que Mongolia y Argentina estaban en las antípodas la una de la otra, la suela de mis botas sobre las suelas de las mis amigos con el corazón del planeta de por medio. “por favor, avisa por ahí, que si dais todos un salto a la vez aquí habrá un terremoto” me dijo Ricardo, “no te preocupes por ello. Esto está tan despoblado y hace tanto viento que si saltaran todos se irían volando, como las águilas que nos saludan al pasar” le contesté.
El mundo al revés. En el hemisferio sur apretaba el invierno, y a nosotros nos calentaba el sol del verano. Topamos con flores en el desierto y con gaviotas en un lugar donde no han visto el mar más que en postales. Las dunas cantan y las estrellas fugaces traen malos designios. Suerte que hay tantos ovoos como estrellas, y en cada uno dejamos nuestras ofrendas.

El perro mongol

El perro mongol

Una brizna de poesía.
Al cine sólo le falta desarrollar el sentido del gusto y del olfato para llevarte directamente hasta las estepas

The cave of the yellow dog

"Ot harrod!"

"Ot harrod!"

Pero no cantaban solo las dunas. Resultó que nuestro conductor, Puyek, que no hablaba ni gota de inglés, era un magnífico cantante (además de mecánico, ligón, púgil de lucha mongol y un largo etcétera). La segunda o tercera noche que acampamos bajo las estrellas compró una botella de vodka que abrió después de cenar. Fue la noche en que aprendimos que las estrellas fugaces, en Mongolia, son un mal augurio: “ot harrod…moo!” decía mientras levantaba el dedo meñique como signo negativo. Cuando le hicimos entender que para nosotros era todo lo contrario “ot harrod… sein!” se dedicó a buscar con nosotros las estrellas que huían del firmamento. Fue esa noche cuando descubrimos que sabía cantar. Mientras conducía tarareaba canciones que el ruido del motor ahogaba nada más salir de su boca, pero en el silencio de la noche su voz resonaba con unos tintes épicos capaces de hacerte temblar. “Spanien do” (canción), nos pedía al acabar, y por mi parte le cantaba la tarara de San Cipriano, el vino que tiene Asunción o Camino a Soria de Gabinete Caligari.
Aprendimos cuatro palabras de un vocabulario mongol-español que encontré en Internet, pero después de pronunciar una frase de cortesía todo eran caras de extrañeza. Puyek, que había cogido nuestro acento de tanto escuchar equivocarnos, hacía las veces de intérprete y repetía lo que nosotros decíamos pero de modo que lo entendieran los mongoles. Después repetía lo que nos respondían y nosotros debíamos interpretar, más por sus gestos que por las palabras, lo que querían decirnos.
Después de aquella noche descubrimos que para relacionarnos con las personas del país el mejor puente era la música y el vodka, que ambos abrían los corazones y las puertas de los gers. Después, cada uno hablaba en su lengua, hacíamos dibujos o hacíamos mímica para entendernos, y lo mejor de todo es que lo lográbamos. Un elemento mágico fue el de las fotos. Una amiga me había dicho que llevara fotos de mi ciudad, de mis amigos, de mi casa, y que se las enseñara cuando estuviera con ellos en la intimidad de la tienda. En todos los gers hay dos altares, uno religioso con estampas de buda, incienso y tankas, y otro con las fotos de la familia que muestran orgullosos. Cuando sacábamos nuestras fotos se quedaban embobados mirando cada detalle, pero sin duda la que más les fascinó fue la del mar: una foto en la que salgo en la orilla intentando manejar (sin éxito, pero eso no se aprecia en la foto) una caña de pescar.

Al final del viaje Puyek me dijo que iba a venir a España para ver el mar y pescar conmigo. El viaje lo iba a hacer en una estrella fugaz.


Las dunas que cantan

Las dunas que cantan

El desierto te viene a buscar mucho antes de que llegues a él. En UB el viento parecía empeñado en acabar de derrumbar la ciudad. Sus ráfagas querían hacer volar las antenas parabólicas como cometas, y sus perdigonazos eran solo un preludio de la arena del Gobi que encendía nuestros ojos. Al poco de salir de UB la carretera se vuelve sendero y las cunetas de barro se cubren de hierba. Mil kilómetros de hierba a cada lado de la furgoneta. El paisaje es la imagen viva del escritorio de Windows: esa colina verde, ese cielo azul, esa nube blanca; pero sin el marco de la pantalla, sin la rutina acechando en cada legaña.
Pasaron tres días y tres noches hasta que avistamos las primeras dunas. El paisaje había ido cambiando sutilmente. Cada vez la vegetación más baja, el verde más áspero y el relieve más plano. En lugar de yaks, caballos y vacas, encontrábamos rebaños de ovejas, cabras y por fin, camellos. El agua de los pozos era cada vez más turbia, y la hierba raleaba en un suelo que se hacía terroso.
Por fin avistamos una raya blanca en el horizonte. Una línea que emergía del verde como una serpiente albina. Una cordillera de arena que iba ganando altura a cada joroba.
Cuando al día siguiente llegamos hasta sus barbas, allá donde la arena empieza a crecer, no dábamos crédito a lo que veían nuestros ojos. Un río dibujando meandros a los pies de las dunas. Una pradera preludiando el desierto. Flores naciendo en las laderas de las dunas y caballos pastando a su abrigo. Dunas que cantan.

El caos (o no tanto)

El caos (o no tanto)

Me jugaría algo a que la palabra ‘destartalado’ es de origen mongol. Los edificios de estética soviética persisten en su verticalidad chata mientras sus fachadas han empezado a desintegrarse. La aluminosis también debió de nacer aquí. Las aceras y la calzada se comunican por socavones como si fueran respiraderos de la cloaca. Por la noche hay que poner ojos de gato para desentrañar entre la oscuridad (alguien habló de alumbrado público?) si el siguiente paso es seguro, nos conducirá con éxito al infierno o, en su detrimento, a un esguince de tobillo. El tráfico es un caos. Para cruzar la calle es más útil saltar detrás de alguna abuela y seguir sus pasos entre el tráfico que no cesa, que esperar encontrar un semáforo. Para más inri el parque móvil tiene el aliciente de mezclar coches soviéticos (viejos y altamente contaminantes), con otros de fabricación japonesa (Japón está invirtiendo de lo lindo por esas tierras, a ver si nos vamos a creer que occidente es el único explotador-especulador del planeta), es decir, coches con el volante a la izquierda y coches con el volante a la derecha en una ciudad donde poco importa por donde vayas, lo importante es llegar a destino esquivando a vehículos y peatones como en una máquina de marcianitos. La melodía oficial de la ciudad: el claxon; el personal: viejas ataviadas con clásicos dels, muchachas con zapatos de tacón que ignoran las trampas del suelo, lamas anaranjados fumando caliqueños, jóvenes tatuados a la última, niños harapientos, vendedores ambulantes con mascarillas de quirófano para no respirar el aire viciado…

Al parecer, cuando cayó el muro y la URSS dejó de abastecer con dinero y autoridad a Mongolia, Ullan Bator se convirtió en un lugar peligroso de la noche a la mañana. Como regalo, varios años de sequía y frío extremo acabaron con el ganado de miles de ganaderos que se vieron obligados a abandonar su vida nómada y acudir a la ciudad rodeándola de barrios de barracas. Menos de 3 millones de habitantes en un país que hace 4 veces España, y la mitad amontonados en una ciudad que no tiene capacidad para ofrecerles servicios, infraestructuras ni suministros. Actualmente, sin embargo, debe de ser más fácil que te roben en la estación de Sants que en toda la ciudad de UB (menos en el mercado, pero esa es otra historia). El progreso económico se va abriendo camino con la explotación minera y con el turismo, pero el cambio de piel, como el de los reptiles, es traumático a la fuerza.

Más tarde, cuando salimos de la ciudad y llegamos a relacionarnos con familias nómadas, ancladas al suelo lo que duran los pastos, tuvimos la sensación de que el orden estaba perfectamente delimitado en el círculo de sus gers, una tienda orientada al sur y una claraboya a las estrellas. Fuera, el espacio infinito, horizonte de olas detenidas para ser cabalgadas.


Contando estrellas

Contando estrellas

Según Antonia el mejor cielo estrellado se podía contemplar en los paisajes desiertos, llanura de silencio cuyo espejismo de arena se repetía en diminutas estrellas volátiles. Mientras que Xavi aseguraba que no había otro cielo comparable al que sujetaban las montañas a más de 3000 metros de altura.
Nosotros no habíamos visto más cielo que el de nuestras metrópolis contaminadas, así que cuando nos tumbábamos en la era del pueblo y nos dábamos un baño de estrellas creíamos estar bajo la bóveda de una mina de piedras preciosas. Nunca llegamos a contarlas todas, por lo que no puedo entrar en discusión sobre qué cielo alumbra más luces, de haberlo hecho nos habríamos quedado dormidos, como quien cuenta ovejas para invocar el sueño. Lo que sí nos contábamos eran los relatos que fragmentaban nuestra vida. Amistades cultivadas de verano en verano, dibujábamos con hebra de palabras lo que nos había sucedido el resto del año, como en aquellos pasatiempos de niño, puntos que unidos por una línea forman un dibujo, constelaciones de estrellas.
También contábamos las estrellas fugaces, agosto es proclive a ellas, y siempre teníamos deseos en los bolsillos, aunque no siempre llegáramos a tiempo de visualizarlos antes de que se extinguiera el destello en nuestras retinas.
Veinte años después y a miles de kilómetros de distancia me encontré con un firmamento que ponía en entredicho la nitidez de los cielos mesetarios. La estepa mongola está surcada por una Vía Lactea tan clara que te podrías colgar de ella y saltar de estrella en estrella sin miedo a perder asidero. Había demasiadas cosas que me llevaban de un extremo a otro de su camino. Estepa y meseta están a mil metros de altura, con un aire seco ambas que parece que tenga perfiles y te corte con sus aristas, un sol que te abrasa si te toca y te petrifica si se esconde, un horizonte cuyo final es la curva de la tierra, y un cielo que no tiene final. Tierra adentro, donde el mar es sólo una leyenda.

La tierra del cielo azul

La tierra del cielo azul

Parece que a las nubes les cueste adentrarse desde tan lejos, allá donde las olas del mar las paren.
En común tienen un horizonte que se repite hasta el infinito, espejismo del mar que nunca llega. También les une un pasado épico y conquistador, y un presente batido por el viento.
Por el contrario, lejos del sedentarismo castellano, los mongoles se han mantenido nómadas, como si la tierra fuera en verdad tan sagrada que no escarbaran en ella ni para cultivar, ni para enterrar a sus muertos, a quienes prefieren exponer a la intemperie para que las aves carroñeras eleven sus almas hasta el cielo.
Les rige sólo el movimiento, como el de los molinillos que vierten sus oraciones al aire, o el de los ovoos chamánicos que rodean en contra de las manecillas del tiempo, o desplazándose ellos mismos bajo el signo de las estaciones.
En consecuencia, un paisaje antiguo que se mantiene virgen. Así mi diario al cruzar la frontera, así le pido a mis ojos, que se queden en blanco y absorban, más que observar, y me empapen por dentro.

La trilla

La trilla

La música del olmo

La música del olmo

Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido.

Ocupaba el centro del patio en frente de la iglesia. Un olmo recio que los abuelos recordaban allí desde el principio de los tiempos, allá cuando el patio era un campo santo. Se levantaba el árbol por encima de los muros y a la salida de misa los parroquianos se iban a su sombra para olvidar el sermón y pactar las parejas para la partida del guiñote. Poco a poco el bullicio se apagaba, alguien iba a casa en busca de la raqueta y golpeaba la pelota contra el frontón a modo de goteo sobre las últimas charlas. Al final quedaban las beatas y el señor cura, ya sin sotana, que sacaba del bolsillo la madre de todas las llaves y cerraba la iglesia hasta el domingo siguiente. El olmo volvía a quedar tranquilo mientras los parroquianos se iban al salón a hacer el aperitivo.

Al patio de la iglesia lo precede un atrio al que llamábamos portalejillo. Era, y es todavía, muy espacioso, con dos ventanas en arco en cuyo dintel se pueden sentar hasta tres personas, y una puerta por donde entran y salen los santos cuando llegan las fiestas. Dentro hay unas escaleras que suben hasta la misma puerta de la iglesia. El portalejillo ha sido testigo de las intimidades de todo un pueblo, y sobre sus escalones se han dicho y cometido más pecados que los que adentro se han confesado. Tal vez por ser lugar donde habitan las ánimas, elegíamos las escaleras del atrio para hacer espiritismo. Las preguntas que lanzábamos al anillo eran de serie rosa. ¿De quién está enamorada Isa?, ¿a quién sacará a bailar Paco el día de la fiesta? El anillo vibraba sobre la tabla que hacía de ouija y parecía sufrir convulsiones entre los dedos que lo empujaban. Las chicas se confabulaban para señalar las letras de aquel de quien querían reírse toda la noche y nosotros, visto que no había manera de asustarlas con historias de aparecidos, aguardábamos a que en un despiste alguna abriera demasiado las piernas y quedara al descubierto el color de lo que se escondía debajo de sus falda: ¡Verde! Soltaba uno de los chicos señalando las braguitas que habían quedado a la vista, y la cogida in fraganti cerraba las piernas como una tenaza y nos miraba malhumorada.

Pese a sabernos profanadores de la paz de una necrópolis, invocando a los espíritus, y habitando un espacio por donde los murciélagos revoloteaban buscando insectos con los que alimentar su sed de sangre, no había sitio para el miedo en nuestro portalejillo. Por entre los ventanales de piedra se asomaban las ramas del olmo recortadas contra la noche negra, pero más que miedo nos recordaba que estaba ahí para ser trepado por nuestras rodillas despellejadas y nuestros cuerpos enclenques. Más tarde, en ese mismo marco aprendimos a tragarnos el humo de los primeros cigarrillos y los besos de nuestros primeros amores. El olmo volvía a ser nuestro cómplice. Para declarar nuestro amor no hacía falta trepar a lo más alto del árbol, bastaba grabarlo a la altura de los ojos para que lo vieran todos, como un tatuaje sobre la piel de un elefante que en lugar de trompa tiene ramas.

Después siempre existe un período en que nosotros no estamos. Desaparecemos perdidos en nuestros cambios hormonales y descubrimos que se puede ir de vacaciones a más sitios que a Soria. Tardamos en volver y cuando lo hacemos han empedrado el atrio; hay teléfono en todas las casas -no como cuando Carlos, el del bar, te venía a buscar a casa en su bicicleta para decirte que te habían llamado de Barcelona, y dejabas lo que estuvieras haciendo para esperar la nueva llamada-; dejamos de estirarnos, pese a que nuestras tías insisten en que estamos más altos cada vez que nos ven -tal vez porque ellas se han encogido y se vean más cerca de la tierra- y alguien te dice que el olmo está enfermo. Cómo puede estar enfermo un árbol, me pregunto. Pero así es.

Grafiosis, o tristeza del olmo, la llaman, que un escarabajo le inyecta por la yugular de sus venas incubándole un hongo, el Ceratocystis ulmi, capaz de obstruirle la circulación de savia y envenenar sus hojas hasta matarlo. La plaga se extendió en los 80 por toda Europa acabando con las olmedas de la península hasta el punto de que actualmente sólo quedan individuos aislados y una única olmeda en el municipio de Rivas Vaciamadrid, cuya conservación es uno de los objetivos del Proyecto Europeo para combatir la grafiosis. Lamentablemente entre los supervivientes no se encontraban ni el olmo de Montejo ni el de la dehesa de Soria. Hubo allí un olmo majestuoso, el árbol de la música, lo llamaban, porque habían construido a su alrededor una estructura metálica en forma de quiosco que albergaba a la banda municipal para que hiciera sus conciertos en las tardes de domingo. Hicieron todas las pruebas posibles, le aplicaron todas las vacunas, pero el hongo de la grafiosis le secó las venas y ya no hubo música que le hiciera sonreír.

Más amables eran nuestros grafitos de amor que sólo arañaban la piel ruda de nuestro olmo, incapaces de imaginar que aquel monolito plagado de arrugas tuviera debilidades capaces de hacerle marchitar hasta extenuarle.

El poema de Machado acaba esperanzado en un nuevo milagro de la primavera. Arrancaron el cadáver de nuestro árbol atajando la poca fe que nos quedara, es cierto, pero en la base del atrio, al otro lado del muro, han asomado unos tallos de olmo que han debido de nacer de su misma simiente, raíces que quedaron hundidas en la tierra del antiguo cementerio.
Ahora entiendo que aquel lugar nunca nos pareciera siniestro.

Silencios

Silencios

El Parlamento Europeo condena el golpe de estado de 1936 y la dictadura en la que Franco sumió al país durante 40 añitos -total, un suspiro- y el PP no sólo vota en contra, sino que Mayor Oreja se dedica a hablar del peligro de una segunda transición y de la inminente quiebra de España.
Y me pregunto yo que si les costaría tanto. Total, están tan acostumbrados a mentir, que aunque nadie se iba a creer su arrepentimiento -o si les parece demasiado fuerte, su condena- y quedarían la mar de monos. Total, si hasta el papa con pasado nazi ha pedido perdón por el silencio de la Iglesia ante el genocidio de judíos. Tarde, pero más vale tarde que nunca, dicen. Y digo yo que los vástagos que rompieron aquella España que les sale por la boca cada vez que hablan, podrían hacer un llamamiento a la reconciliación desde el perdón. Es así como se gana el cielo, ¿no? A ver si ahora va a resultar que no, que en el único cielo en el que creen es el de la tierra y por ello crean en él paisajes dignos del Apocalipsis y abren las puertas del infierno para quemar a los no creyentes.
Lo de la condena se parece un poco a lo de las estatuas. ¿Se acuerdan de la que montaron cuando les quitaron el infame a caballo de no sé qué calle de Madrid? Por mí como si lo quieren poner en el jardín de casa e idolatrarlo junto a estatuillas de gnomos, pero me temo que la ecuestre figura huele a anticonstitucional. ¿Les suena la palabra? Es la que viene después de socialistas, ETA, Estatut y diálogo cuando la pronuncia Rajoy & friends. Como si el silencio pactado en el ’78 fuera lícito, pero no las conversaciones de 2006 para acabar de una vez por todas con las bombas. Y lo bueno es que yo también estoy a favor del silencio, pero es que hay muertos que están pegando gritos en fosas comunes, calles que al leerlas en el callejero te traen sangre a la boca y nombres de pueblos apestados por la muerte.


Ya hablé de San Leonardo de Yagüe hace algunos meses. Desde entonces he estado leyendo sobre el caso. El teniente coronel Yagüe estaba destinado en Ceuta cuando Franco se levantó con el pie derecho el 18 de julio. Pero estuvo poco tiempo, la plaza aguantó poco o nada, y enseguida cruzó el estrecho con sus tropas en un convoy de buques mercantes protegidos de la flota republicana por los bombarderos italianos Savoia 81 y 3 acorazados alemanes. La mayor hazaña por la que se le recuerda es la de Badajoz: “No se podía distinguir entre combate y represión porque, desde el momento en que penetraron en la ciudad, no hubo nadie que diera órdenes para continuar o cesar el fuego […]. La plaza de toros se convirtió en campo de concentración. Muchos milicianos, y todavía más carabineros, fueron fusilados por orden de Yagüe. […] Probablemente nunca se sabrá el número exacto de muertos. Puede que no llegaran a los 1.800 de que habla Jay Allen, del Chicago Tribune. (Thomas, H. La Guerra Civil española. Barcelona: Grijalbo Mondadori, 1995, Vol. I, pp. 406-407) y “El coronel Yagüe dijo a un corresponsal portugués que quizá 2.000 era un cifra ligeramente elevada. Nadie puede decir con seguridad si el coronel sabía exactamente cuántos eran los fusilados, o si se contentó con dejar suponer al periodista que él había mandado fusilar a todos esos hombres como si tal cosa.“ (Jackson, G. La República española y la guerra civil (1931-1939). Barcelona: Orbis, 1985. pp. 243-247).


De la batalla y la inmediata represión se hace una descripción brutal, con las tropas moras castrando a sus víctimas, montones de cadáveres expuestos para dar ejemplo, e incluso se afirma que a los fusilamientos en masa en la plaza de toros se invitaba a personalidades del bando rebelde para que asistieran al espectáculo.

No hace falta creer a pies juntillas la descripción de la batalla, la realidad, ya se sabe, supera a la ficción. La wikipedia recoge sólo una frase de la entrevista que le hizo el corresponsal extranjero John T. Whitaker a Yagüe. Le cuestionaba la masacre perpetrada en la plaza de toros, y Yagüe responde: "Claro que los fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿suponía que iba a llevar 4000 rojos conmigo mientras mi columna avanzaba contra reloj? ¿suponía que iba a dejarles sueltos a mi espalda y dejar que volvieran a edificar una Badajoz roja?."

El baile de cifras es lo de menos, lo de más es que esos muertos ya no van a poder bailar, y en cambio, en las fiestas de San Leonardo los 2.000 vecinos, más o menos la cifra que manejan los historiadores sobre la masacre, bailan ajenos al apellido que Franco le puso al santo de su pueblo. Que quede claro que no critico a la población, ni de San Leonardo ni de ninguna parte. Por lo general, la gente no está para historias y ni saben, ni les importa, quién es el tipejo en cuestión al que conmemora una placa, son las instituciones las que deberían estar al tanto de borrar los símbolos, ponerle nombre a los muertos y a los asesinos y entonces, tal vez, se podrá hacer el silencio. Hasta entonces, que se callen ellos.

El Roto

El Roto

Apuntes para un novela de éxito

Apuntes para un novela de éxito

Tres caballeros de sendas logias reciben el encargo de restablecer la orden de los herederos del triángulo de las Bermudas cuyos vértices están situados en el Canigó, Montserrat y el Camp Nou; el epicentro: Port Aventura. Sus investigaciones cabalísticas les conducen a la última sede de los templarios en Catalunya: Miravet. Allá encuentran un pergamino manuscrito sobre piel humana (concretamente se trata de un híbrido entre el burro catalán y el toro ibérico) cuyo texto, de ser revelado, cambiará el curso de la historia. Pero el ojo que todo lo ve les persigue y prepara una cruzada secreta (bueno, no tan secreta) para acabar con la Santísima Trinidad. Los escuderos se revelan, la ambición de los caballeros les separa y Judas tiene un hijo secreto con María Magdalena. Cuando todo parece perdido fariseos, palestinos y judíos se ponen de acuerdo. Sin embargo, el Vaticano y los almogávares, cada uno por su cuenta, anuncian el advenimiento del Apocalipsis. Según el calendario Gregoriano la fecha de la revelación es en realidad el 6 del mes 6 de 2006: el día de la Bestia. La gente se estira de los cabellos, rasga sus vestiduras (rojas, pero por el uniforme de la selección española, no vaya a confundirse el concepto…) y reza rosarios delante del beato Escribà de Balaguer (¡ese hombre!).
Me falta el desenlace y una pizca de sexo para acabar de convertirlo en Best-Seller, pero como ya nos están dando por culo creo que ya es suficiente.
La presentación, en la decimonovena gala en honor a Rocío Jurado.
De esta me forro.

Sexo y escarcha en las eras

Sexo y escarcha en las eras

Buscaba desde hacía tiempo un libro de Juan Antonia Gaya Nuño titulado El Santero de san Saturio. En las librerías de Barcelona donde había preguntado me habían quitado toda esperanza de dar con él: agotado, decían, y yo les había creído. Cosas del destino, di con un ejemplar en la biblioteca del Instituto Cervantes de Tetuán, pero sólo estaba de paso, por lo que no pude arrancarle más que unas páginas de lectura, y éstas fueron suficientes para confirmar lo que ya imaginaba, ese libro me interesaba: un retrato sarcástico de Soria y de los sorianos hecho por un paisano que vuelve tras años de ausencia y ocupa la plaza vacante de Santero respondiendo a un anuncio del periódico. Como equipaje las obras de Proust, Sastre y Valle-Inclán. Anoté en mi libreta una de esas frases que te llama la atención y me resigné a volver a dar con él alguna otra biblioteca: “Los hombres de la meseta no somos amantes del mar, y sólo lo concebimos como una curiosidad que conviene ver; el mar es como la torre Eiffel o como el rinoceronte.”

Hay en la calle Collado de Soria una de esas librerías con vocación de templo, las Heras se llama. Me había dirigido mi padre diciendo que ahí encontraría bibliografía soriana en abundancia, pero lo que no podía imaginar es que a diez metros del portal iba a reconocer la cubierta del libro expuesta en el escaparate. Me hice con un ejemplar de entre la pila que había sobre una mesa y, calmada el ansia, me dediqué a investigar el resto de títulos. Había dedicados al arte de la provincia, a su flora y fauna, y a rutas de senderismo. Estaba la última biografía de Ian Gibson sobre Antonio Machado, la poesía de Gerardo Diego y las leyendas de Bécquer. Buceé entre varios y acabé cogiendo Rueda de sucedidos, un libro que relataba las costumbres locales de un pueblo siguiendo las muescas del calendario. Estaba a punto de irme cuando me sorprendió la cubierta de otro: dos figuras se entrelazaban en un coito cubista. El título: Kamasutra. Me acerqué al librero con los tres libros entre las manos.

Al pobre santero casi lo decapitan en alguna guillotina sin alma. Dos mil ejemplares que ocupaban cuatro metros cuadrados de almacén iban a convertirse en pasta de papel, por eso la librería había comprado los restos y los tenían allá sin asomo de lástima: les quedaban apenas cuarenta ejemplares. Ya podía preguntar yo en Barcelona. En cuanto al Kamasutra, pregunté, ¿qué hace en la sección de la provincia? ¿Y por qué no habría de estar? me respondió el librero. El tema es muy de la tierra. Me reí, no se lo iba a negar, pero me aclaró que Roberto Maján, el autor, era de Soria. Visto su garbo le pregunté por un tal Lázaro de quien había leído que tenía publicado un libro de relatos, uno de los cuales ambientado en Montejo de Tiermes, pero no le sonaba, y se conectó a internet buscando por el nombre del pueblo. Le salió un blog sobre Tiermes y le dije que no, que no era ese, y por fin dimos con Juan Manuel Lázaro a quien seguiré la pista. Nos despedimos y me fui de Las Heras con tres libros bajo el brazo.

Lo que son las cosas, a Gaya Nuño lo he dejado para más adelante, sin embargo, me bebí de dos tragos la Rueda de sucedidos de Raimundo Lozano. Por fin he aprendido lo que es el Rosario de la Aurora, o porque sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, pero eso no viene al caso. Lo que me quedó en el tintero fue el anís que bebían los mozos en la taberna antes de irse a las eras, anís escarchado. Lo tenía en alguna parte del cerebelo cuando semanas más tarde, en un bar donde a veces paro a tomar café, me topé con una botella detrás de la barra que llevaba la misma etiqueta. Oiga, le dije al dueño, y eso qué es. El hombre sacó la botella de la repisa y la miró como si hubiera descubierto la lámpara de Aladino. No hará años que no sirvo una copa de este coñac, me dijo, y de repente le vino a la memoria un cliente que era farolero, y que antes de apagar una a una las luces del barrio, se pasaba por su bar y se echaba una copa de coñac escarchado. Pero qué es, insistí yo. Pues nada, coñac garrapiñado, con mucha azúcar, para hacerlo más bebible, supongo yo, y me puso un chupito. Invita la casa, chaval. No iba a decir que no, así que lo olí, lo sorbí y cuando me cercioré de que lo peor que me podía pasar era que me subiera a la cabeza, me lo bebí de un trago a la salud del dueño del bar, del de la librería y de todos los que iban a las heras: escritores, labriegos o jóvenes con ganas de inventar posturas nuevas.

Una piedra en el camino

Una piedra en el camino

Sin conocer todavía la historia de los moais, cada vez que llegaba al pueblo buscaba tras la curva exacta una roca que tenía personalidad propia. Se hallaba entre Morcuera y Montejo, poco después de dejar atrás el desvío de Liceras. Era una roca enorme que se sostenía en un equilibrio imposible y amenazaba con desplomarse sobre el coche en el mismo momento en que pasáramos debajo de ella. A mí me traía a la memoria la presentación de un programa de televisión de finales de los ’70,"La segunda oportunidad" e llamaba, donde un coche se estrellaba violentamente contra una roca que se hallaba en medio de la carretera.
Perdido aquel miedo infantil, la roca seguía constituyendo un mojón fundamental en el viaje al pueblo. Tras el ritual del maletero, de la carretera oscura y fría, del avistamiento del Moncayo y del puente sobre el río Duero, el último tramo lo constituía la salida de San Esteban. Después se iniciaba un periplo de 28 kilómetros de curvas dignas de rally por entre las encinas del monte. Al pasar el último desvío ya nada se interponía entre nosotros y las vacaciones. La piedra, más que amenaza, era una puerta abierta en señal de bienvenida.
Años más tarde, cuando visité Montserrat más allá del monasterio, me asombró el bullicio que los fieles a la tienda de souvenir eran capaces de provocar. Aunque mayor fue la sorpresa cuando ya resignados a la imposibilidad de zafarse del ruido, llegamos a un paso entre las rocas detrás del cual el sonido se disolvió como azúcar en el café.
La frontera invisible que mantiene la comarca de Tiermes inmune al ruido, se sitúa en alguna de esas curvas insalvables, tal vez en el vértice exacto donde la roca esgrime sus habilidades como equilibrista. No en vano es frecuente encontrarse con alguna pareja de corzos merodeando tranquilamente al límite de la arboleda, ajenos a un trasiego desconocido por aquellas latitudes.
Pero todo llega, incluso el ruido. Desde años que se conocía un proyecto subvencionado por la UE para mejorar el trazado de la carretera. Habían empezado por el yacimiento arqueológico dejando patente que lo que importaba comunicar eran las piedras, y no los pueblos. Uno recorría sus 28 kilómetros de curvas hasta Montejo, más otros siete de llano mal asfaltado, y al llegar al cruce de Carrascosa aparecía un tramo de autopista que llevaba a las ruinas. Este año, por fin, las excavadoras ya habían echado mano del recorrido completo. Las tres primeras curvas del monte habían desaparecido, pero el resto seguían ahí, como el dinosaurio de Monterroso, igual a sí mismas, tanto que había quien se jactaba de recorrerlas con los ojos cerrados de tantas veces que las había repasado volante en mano. Aunque la leyenda era otra, la que prodigaban los conductores noctámbulos mientras el tractor de turno sacaba su coche de los campos de labranza: “que sí, que te digo que anoche la curva se movió de sitio.”
Lo que sí movieron las excavadoras fue la roca acróbata. En el fondo yo creo que era una nube antigua que había bajado a ras de suelo una mañana de niebla y se había quedado dormida. Espantada por las excavadoras había levantado el vuelo y ahora debe de andar por ahí adquiriendo nuevas formas para que los niños sigan jugando a imaginar lo que esconde su barriga. Cualquier día vuelve transformada en moai. El que volvió nada más irse las escavadoras fue el silencio, y la familia de ciervos.

El vigilante de la Isla de Pascua

El vigilante de la Isla de Pascua

Cuando la expedición de Roggeveen llegó hasta aquella isla ignota del Pacífico sur, se encontró con un paraje desforestado y con una población desorientada y entregada al canibalismo. Las teorías que se han desarrollado para interpretar su historia no van más allá de fabulaciones que no logran demostrarse. Pese a que su civilización nos ha legado una impresionante colección de moais, la extinción de su clase sacerdotal nos ha dejado sin la clave de la escritura con la que testimoniaron sus ritos y su cosmogonía. Una de estas teorías basada en leyendas es la que ofrece Kevin Reynolds en el argumento para su película Rapa Nui. La isla está dividida en clanes cuyas diferencias son medidas en torneos. Los derrotados han de rendir pleitesía al grupo del vencedor durante un año y la mayor de las obsesiones del jefe triunfante es la de erigir enormes moais esculpidos en la roca. Los esclavos talan cientos de palmeras y colocan sus troncos bajo cada escultura para que rueden y hagan llegar los gigantes de piedra al lugar elegido para plantarlo. Con el tiempo, los recursos naturales de la isla son consumidos y la población se entrega a una lucha por la supervivencia. Para entonces el horizonte es una llanura yerma sembrada de ídolos que observan indiferentes el ocaso de una era.

No me percaté de su presencia hasta que me lo dijo Juan Carlos, pero después he ido descubriendo varios. El más evidente es el del río, se recorta su silueta en el perfil de las paredes: un vigilante de la Isla de Pascua en la comarca de Tiermes. Visto desde el río apenas se le distingue. Queda disimulado entre los pliegues de la roca, las cuevas donde los buitres hacen sus nidos y los matorrales que se empeñan en trepar como si fueran cabras arbóreas. Vista desde abajo la cadena del río parece una muralla inexpugnable. Antes de que la asfaltaran, la carretera que salvaba la cuesta era fecunda en accidentes. Carros venidos abajo, espantadas de bueyes y mulas, y un camión que se desplomó y cuya cabina se quedó en el fondo como se quedan los buques hundidos, albergando un coral hecho de herrumbre y musgo. El vigilante tiene ante sus ojos rojizos el arco completo del día. La sierra Pela en el fondo, lomas de pinares y un mar de trigo que cambia de color a medida que avanza el año. En última instancia, a pie casi de la roca, el serpear del río con una columnata de chopos que amarillean en otoño y echan a temblar con la llegada de la brisa.

Nada más tiene la comarca que haga pensar en la isla de Pascua: el mar está lejos, y la deforestación de sus bosques parece improbable, no en vano se le ha concedido el programa life de la Unión Europea e incluso hay una campaña para declarar Tiermes patrimonio de la humanidad. Así que ni siquiera el futuro parece asomarse con similitudes al de los habitantes del islote. Aunque a mí no me preocupa el futuro. Hay otra película, El lado oscuro del corazón, en la que el amigo del protagonista le asegura que su país, Argentina, tiene futuro, eso sí, si es capaz de sobrevivir a su presente.

¡Soria ya!

en primavera

en primavera

Es mayo en Soria y todo está en su sitio: el trigo alto y las amapolas rojas. Las cigüeñas anidan en los campanarios y el aire ventea la cosecha. Dan ganas de tirarse a nadar entre la mar espigada y comerse los pétalos de las adormideras. Todo está en flor. El parque de la Alameda, en Soria, está cubierto de semillas de viento, y colores nuevos se estrenan después de un invierno largo como una vida.
Nos tenía demasiado bien acostumbrados, la abuela. Se apagaba de vez en cuando, pero siempre volvía a florecer y nos dejaba a todos maravillados. Eso era lo malo. Nos habíamos acostumbrado a que siempre le volviera la primavera a las mejillas, y no había motivo para pensar que eso iba a cambiar.
Le faltaban dos meses para cumplir los cien, y en el hospital, después de su último renacer, había invitado a todas las enfermeras de la planta para que vinieran a su fiesta de cumpleaños.
Todo estaba en su sitio, pero en el cielo había un rebaño de estrellas con la luna de luto, y alrededor de la mesa una familia huérfana. Alba, con menos de tres años, se había dado cuenta: “La abuela no se puede haber ido, aún no ha cumplido los cien.” Y tenía razón. No pudimos celebrar su centenario, pero sí los 99 años de buena vida que nos había dado.

Semana Santa (y II)

Semana Santa (y II)

Sin embargo, la fiesta que más me gustaba era la de la Resurrección. Por un lado estaba la simbología del acto, pero es que, además, la procesión era mucho más lucida. Después de las consabidas monsergas los feligreses salíamos de la iglesia en dos grupos. La imagen del ataúd se quedaba expuesta en la capilla y los hombres salíamos por la derecha con una imagen del niño que representaba el espíritu resucitado. Las mujeres se iban con sus cantos llenos de dolor y de tristeza con la Virgen María enlutada y cabizbaja. El encuentro se daba a la vuelta de la iglesia donde la Virgen veía a Cristo resucitado. Entonces empezaba la subasta. Epi, antiguo alcalde, ex guardia forestal, boticario y personaje público del pueblo, proclamaba la buena nueva y preguntaba quién ofrecía y cuánto daba por quitar el manto de dolor a la Virgen. Montejo es un patio de vecinos donde todo el mundo sabe todo de todos. Los había que aprovechaban la ocasión para pujar y mostrar su poderío, los había que pujaban para forzar a quien de verdad tuviera algún motivo, y después estaban los que tenían motivos que solían ser relacionados con la salud. Cuando alguien tenía un pariente enfermo gritaba por encima de los vecinos lo que estaba dispuesto a pagar para que la Virgen intercediera por el enfermo de su familia. Cuando Epi decía aquello de “alguien da más” y nadie daba más, a la una, a las dos y las tres, salía la persona en cuestión y le quitaba los alfileres al capote de luto y descubría el traje blanco bordado que llevaba debajo la Virgen. Entonces los cánticos de desesperos volvían a entonarse, pero la música y la letra eran otros, el gozo y la alegría sus proclamas. Se volvían a levantar los pasos y entrábamos todos juntos de nuevo a la iglesia.
Mi padre nunca hizo fotos de su pueblo. Las instantáneas que recuerdo son siempre las de Barceloneta, quizás por eso mis recuerdos de Soria sean en color, sin que la contaminación de grises de laboratorio haya perjudicado al rojo de mi traje de monaguillo, o al brillo de los blasones y al colorido de la procesión.

Semana Santa I

Semana Santa I

Semana Santa es uno de esos bucles en el que parece instalada la historia. La del universo, o al menos la nuestra propia que somos el centro de él hasta el buen día en el que nos caemos de la cuna y nos empiezan a salir los chichones. Los que más duelen son los que salen hacia dentro, como cráteres en nuestra conciencia. Mi conciencia de Semana Santa se remonta al Domingo de Ramos en el que, por decreto de calendario, hiciera el frío que hiciera, mi madre nos arreglaba para salir a la calle con pantalones cortos, calcetines largos y zapatos incómodos. El complemento fundamental era la palma. ¡Y ala! A pasear.
Solíamos ir a la Barceloneta porque teníamos familia y era el barrio en el que mi padre recaló cuando llegó de Soria. Recuerdo el olor que hacía el interior del coche, un 850 verde (como el 600 pero con maletero sobresaliendo del culo), un olor a moqueta-absorbe polvo que a mí me mareaba, y el humo de los Rex que fumaba mi padre. La imagen de mi hermano, mis primos, mi madre (con peluca) y mis tíos, se retiene en mis pupilas en blanco en negro. Las fotos que invariablemente hacía mi padre (por eso apenas sale en ellas) han fosilizado mi memoria en aquellos colores. Sin embargo, la imagen de la Semana Santa en Montejo de Tiermes está inundada de Technicolor y Cinemascope. Cuando llegábamos al pueblo la parrilla televisiva ya se había visto inundada por el Mar Rojo de La Biblia, las cuádrigas de Ben-Hur y todos los cinemascopes de Charlton Heston que uno se pueda imaginar. Los pantalones cortos, en Soria, eran ciencia ficción, así que podíamos arrastrarnos con nuestros viejos pantalones de pana y las zapatillas de deporte para saltar por las peñas. Aunque eso sí, en la liturgia había que ponerse guapo. Mi madre luchaba contra mis remolinos a base de hacerme ver las estrellas con el peine y empaparme en Nenuco. Después del sufrimiento todo eran prisas porque el cura había tocado ya el tercer aviso. Las mujeres a la derecha, los niños a la izquierda y los hombres al fondo. Siempre había quien se dormía, y después estaban los rumores de que si menganito olía a estiércol de oveja, o que si fulanita había repetido el vestido del año anterior. Después se oficiaba la ceremonia en la que el retablo barroco del fondo se fundía con la calva del cura. El mono-tono del discurso del cura amplificado por el micrófono y el eco del recinto, nos elevaba a todos a un estado hipnótico que nada tenía que ver con el misticismo. Los hombres -que acudían por costumbre, por el aperitivo post-misa, y por la presión de sus mujeres- tenían en las celebraciones un papel activo que desempeñar. Los pendones, las cruces y los pasos no caminan solos, y pesan lo suyo, así que en los bancos del fondo, cuando el cura hacía los últimos pases de manos y abracadabras consiguientes, los hombres se ponían de acuerdo en los turnos. El Viernes Santo, con motivo de duelo, se sacaban los blasones y una imagen de Cristo en su ataúd. El otro paso era el de la Virgen Dolorosa que iba cubierta con un manto negro de luto. Salíamos todos de la iglesia, recorríamos el pueblo entero y volvíamos a entrar en el recinto desde el otro lado. Lo que me parecía más difícil de toda la operación (y más tarde pude comprobar por mí mismo) era pasar los pendones, altos como el cielo, por debajo de los cables de luz y teléfono que se extendían por las calles de tejado a tejado. El portador debía girar el mástil, recoger la bandera e inclinar la verga por debajo para volver a desplegarla y alzarla de nuevo hasta el siguiente nudo gordiano de cables negros. El más pesado de llevar, sin embargo, era el ataúd con el Cristo, pues como bien decían los hombres “pesa como un muerto”, irreverencia que a mí me horrorizaba, ya que aún tenía reciente la comunión y participaba en la misa ayudando como monaguillo metido en mi traje rojo mientras agitaba el incensario.

El galgo y la liebre

El galgo y la liebre

En casa había dos galgos, un macho y una hembra. Como dos huérfanos separados por una adopción desafortunada, cada uno se fue a una casa distinta. Pero el pueblo era pequeño y nadie guardaba a los perros en casa ni los ataba con correas. Era frecuente verlos juntos tomando el sol en la esquina que más entorpeciera el paso, en esa postura que tienen los galgos tan suya, de ensortijarse como una diadema hirsuta con joyas ocultas bajo los párpados.
Julián, el que tenía el macho de la pareja, lo sacaba al campo cuando iba de caza. Era un rayo, decía, no había liebre que se le escapara. Cuando emigró a Barcelona cerró la casa, pero en lugar de dejar el perro a algún pariente decidió llevárselo consigo para que le hiciera compañía. Los que habían vuelto de Barcelona para contarlo decían que los días se hacían largos en la soledad de una ciudad superpoblada. En el viaje de ida dueño y perro se pasaron medio trayecto con la cabeza saliendo por la ventanilla. El paisaje corría más que ninguna liebre y el galgo acabó vomitando su nostalgia del pueblo. Encontraron albergue en casa de unos parientes y trabajo de camarero en el restaurante de unos amigos. En su nueva vida Julián salía de casa cuando aún no se había hecho de día. Semejantes madrugones el perro los relacionaba con las cacerías, así que se sacudía desde el hocico hasta la cola y jadeaba anhelante de campo. Julián se marchaba y de regreso le pagaba la decepción con las sobras exquisitas del restaurante, pero él mismo se ahogaba en un piso tres veces más pequeño que su casa del pueblo y que doblaba el número de las personas que lo habitaban.
Un día de descanso se fue de paseo por la plaza España. El galgo tironeaba de la correa desde que salieron por la puerta de casa. Echaba de menos el aire, la jara y probablemente a su hermana. Cuando bajaban por el Paralelo el animal se volvió como loco. Al poco Julián adivinó el motivo. Una nube de ladridos partía de un edificio cercano. Se trataba del canódromo. Se alejó de allí antes de que el perro se volviera loco del todo, pero volvió solo, después de salir del trabajo al cabo de pocos días. El ambiente era una mezcla entre la taberna del pueblo y la feria de ganado de San Esteban donde había que ir con ojo de que no te engañaran, fuese jugando a las cartas o en la venta de grano, y el aliento a tabaco y alcohol era la primera palabra en cada conversación. Observó las carreras, apostó tímido y perdió. De regreso a casa su galgo le esperaba impaciente, y para postres le olió en la ropa un olor familiar que le hizo ladrar como un descosido. Volvió al canódromo varios días, silencioso y cauto, observando el paraje como cazador que era. Hasta que un día habló con uno que parecía estar en medio de todos los cotarros.
"Tengo un perro que corre como el rayo" le dijo. Imagino su cara humilde, iluminada por la única posesión que, además de afecto, le hacía ser alguien en una ciudad donde nadie le saludaba cuando se le cruzaban por la calle. También imagino la mirada descreída del otro, escondida en una cara mofletuda que escupía el humo de un habano. Le citó para la semana siguiente advirtiéndole que no tenía tiempo para malgastarlo, que esperaba que no fuera un vulgar perdiguero. Cada tarde, de regreso a casa, sacaba el perro y lo llevaba a correr por la playa. "Corre, tuso*, corre" le gritaba después de lanzarle una rama, y el perro espantaba las palomas y volvía con la rama entre los dientes.
Cuando llegó el día el día, el mofletudo del habano examinó las pencas del galgo y dijo que le daría una oportunidad el siguiente fin de semana. Si no le defraudaba se encargaría de entrenarlo, a cambio del 75 % de los beneficios. “Mucho me parece”, se atrevió a decir Julián, “Tú no sabes lo que cuesta cuidar bien un podenco de estos” Julián se sintió un poco ofendido, pero aceptó pensando que tal vez había sido un mal amo.
Llegó el día y en el momento de las inscripciones le pidieron el nombre del perro. “No tiene”, “¿Cómo que no tiene? Y ¿cómo lo llamas?”.
Tuso salió con el dorsal número 4. Cuando sonó el pistoletazo de salida a él le debió de sonar a la escopeta de su amo, y al abrirse la trampilla vio una liebre corriendo por encima de un raíl. No se lo pensó dos veces y salió volando. Julián lo seguía nervioso, nada que ver con la mirada tranquila que había enarbolado los días anteriores, cuando venía de observador. Sin embargo, la carrera parecía perdida, le sacaban varios cuerpos los otros perros, más habituados al terreno y a la farándula del coliseo. Todo cambió al llegar a la curva. La liebre giró a la derecha y sus perseguidores con ella. Tuso se encontraba unos metros atrás, así que no vio motivo para seguir corriendo por el carril vallado y saltó en línea recta hacia donde la liebre se dirigía en su despreocupado giro. La atrapó sin problemas.
Cuando los demás perros llegaron hasta él hubo un momento de confusión. Cesaron de correr y empezaron a ladrar. Desorientados, la duda existencial de por qué diablos ninguno había saltado la valla hasta aquel día les debió de carcomer la mente. Tuso, con su trofeo entre las patas buscaba a su amo entre un público que reía a carcajadas. Menos el mofletudo del habano, claro, que iracundo le pidió a Julián el dinero de la inscripción y que no volviera a asomarse por el canódromo. Y no lo hicieron, pero Julián no reprendió a su perro y volvió sonriendo a casa.

* voz para llamar a los perros

¿Ciutadans de dónde?

¿Ciutadans de dónde?

Era sábado y Ciutadans de Catalunya daba una charla de presentación en Masnou. Pin y Pon se levantaron perezosos de la siesta y decidieron echar un vistazo, curiosos ante semejante rareza: no nacionalistas en Catalunya, o un trébol de cuatro hojas cuya suerte está por ver. Llegaron algo tarde y se encontraron con la puerta cerrada. La fiesta, sin embargo, estaba fuera. L’Oriol, la Laia, en Quim i la Mireia, ataviados con sus pañuelos palestinos, banderas esteladas y burros de pura raza, increpaban al pobre urbano masnoví cuyo día de mayor trasiego debió de ser un fin de semana de permiso en que arregló la valla del jardín de casa. La Laia i l’Oriol se quejaban de que no les dejaban entrar. Los organizadores se encaraban con ellos y los improperios iban de un lado a otro. Que si tú me has faltado al respeto, que si això és un acte públic, que si patatín, que si patatán. Divertidos, Pin y Pon llegaron hasta el acceso y el poli les preguntó que a dónde iban. Pues a la conferencia, es aquí, ¿no? Ya, ¿y a qué venís, a reventar el acto? Pin y Pon se miraron incrédulos y al final les dejaron pasar con más de una duda en la mirada de los centinelas. Ep, vosaltres, no entreu, el que us han de dir no us interessa, són tot mentides… On heu comprat l’entrada? Iba diciendo la comparsa mientras formaban un 3 de 5 amb folre.
Y el caso es la fiesta no estaba fuera, sino dentro. La verdad es que la charla fue un poco burda. Tres conferenciantes de entre los cuales el único aplaudible fue Francesc Carreres, los otros se dedicaron a recopilar anécdotas en las que el castellano quedaba maltratado por instituciones o antropoides como los de la entrada. Después empezó el turno abierto de preguntas. Y ahí hubo de todo. Desde catalanes cansados de políticas donde prima más la identidad que la sustancia, hasta emigrantes de todo el estado quejándose de lo mismo. Las perlas las pusieron un ex militante del PSUC que ahora se sentía a la derecha del PP, u otro que recriminaba al futuro partido unos supuestos complejos que le llevaban a situarse en la izquierda. Para acabar tomó la palabra un joven al que casi le faltó proponerles firmar pactos en un futura e hipotética alianza de partidos. ¿Pero de qué partido eres? Eso es lo de menos, decía el otro. Pero el pez ya había muerto por la boca. Después de cada intervención había aplausos, y debo decir que éstos recibieron bien pocos. Todo lo contrario que Pin, ovacionada por las masas. Tan picada estaba que utilizó el catalán presentándose como charnega: porque las lenguas enriquecen, es por eso que ahora estudio árabe y me siento defensora de cualquier inmigrante, no sólo de los que llegaron en los años 50. En cuanto a los complejos, si alguien debería tenerlos son los de derechas, que por no tener no tienen ni vergüenza.