El perfil, el aire
Con todos ustedes el 4º número y la página web de Perfil del aire.
Que la disfruten.
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El alma vuelve al cuerpo,
Se dirige a los ojos
Y Choca.) -¡Luz! Me invade
Todo mi ser. ¡Asombro!
(Jorge Guillén)
Esta mañana he tenido la suerte de abrir los ojos antes de que sonara el despertador. Ya había amanecido, no era uno de esos desvelos en medio de la noche y de las incertidumbres que pueblan el cuarto a oscuras. La luz entraba ya por las rendijas de la persiana y me han ido llegando los ruidos del vecindario que se despereza ante una nueva jornada, el del agua cayendo por las cañerías, el de la paloma que cada mañana hace gárgaras en el alfeizar de la ventana. Con todo, no entendía por qué se me había aparecido como primera imagen la ladera y los cerros del pueblo al atardecer. Por mucho que lleve este blog donde hago zumo de neurona con las tierras de Tiermes, puedo asegurar que no sufro una obsesión por mi patria chica. La comarca es más bien un punto de referencia, un lugar en el mundo cuya evocación me permite respirar sereno cuando el alma sufre uno de sus particulares ataques de asma.
Entonces el paquistaní que me mira malhumorado si no le dejo suficiente propina, ha vuelto a golpear las bombonas de butano, trayéndome desde la calle, sin él saberlo, un desayuno de té y magdalenas. Es un sonido tantas veces repetido que lo puedes pasar por alto (menos cuando ha llegado el invierno y has acabado la ducha con agua fría), pero al escucharlo de nuevo me he dado cuenta de que era éste, y no otro, el sonido que me ha devuelto a la vigilia pasando por Montejo.
Desde la alcoba de casa hay una ventana que da a la parte de atrás. Se abre al patio y a la caseta donde antiguamente estaba el horno donde mi abuela hacía el pan. Más allá están los prados y algo más lejos la carretera que queda oculta por una línea de chopos. Sobre sus copas asoma el cerro, colina estirada que llega hasta el fin, allá donde se le acaban a uno los ojos. Y allá donde no llegan ellos, se adelantan las orejas.
Está el cerro habitado por ovejas. Dentro de las majadas no se las escucha balar, ni se sabe de su presencia, pero al caer la tarde, cuando van los pastores a sacarlas de sus rediles, se las escucha a docenas trepando por las peñas en busca de pastos. La puesta de sol es tan lenta y el paisaje tan quieto, que al mirar por la ventana parece que contemplemos un cuadro al que le envejecen los colores. Desde allí el rebaño inmenso es una nube de lana a ras de suelo. El eco de sus cencerros se apodera de la colina y envuelve al pueblo con el ocaso. Nunca las campanas de ninguna iglesia me han resonado tanto por dentro.
Bueeeeno, parece que después del susto Tiermes vuelve a aparecer.
Nada, aquí recojo la fotillo de GoogleEarth y las coordenadas de Ptolomeo: 11º30 de longitud y 42º25 de latitud
La algarabía se contuvo cuando nos enteramos de que uno de los dos ocupantes se había herido gravemente. Las explicaciones de lo que había sucedido las dio el aprendiz que salió ileso, pero con un buen susto: el avión planeaba en busca de un lugar donde aterrizar, con la mala suerte de que el piloto no distinguió los cables de la luz entre los postes de madera. En la embestida arrastró el cable y arrancó un par de postes dejando al pueblo entero sin luz y perdiendo la estabilidad necesaria para tomar tierra, de modo que se fue al suelo de golpe. Ya existían los teléfonos móviles, pero en Montejo apenas hay cobertura, fue Julián el que logró llamar al SAMU de Madrid. Después todo pasó muy rápido. Todavía andábamos perplejos con lo sucedido cuando escuchamos el ruido de un motor más potente que el de una cosechadora. Se acercaba por el oeste un helicóptero de emergencias. Los pocos habitantes que aún quedaban en el pueblo se unieron al círculo de curiosos: ¿dos aterrizajes en el mismo día? Eso había que verlo. Sacaron al accidentado y lo instalaron en una camilla. El aire se había vuelto opaco del polvo y la paja que levantaban las hélices. Las voces callaban sepultadas por el fragor y por la expectación del rescate. Cinco minutos después el helicóptero volvía a alzar el vuelo y desaparecía en el horizonte; la escoria volvía al suelo como los posos de una infusión y nosotros volvíamos a abrir los ojos sin miedo a quedarnos ciegos. El aeroplano roto como un juguete seguía allí confirmando que no habíamos tenido una alucinación colectiva.
Hacía tiempo, sin embargo, que no se avistaban más Objetos Volantes que los aviones regulares que cruzaban el cielo hacia Barajas. Martincorvo había tenido su momento de gloria, las alas coloristas del artificio había asombrado a las aves del lugar y a los vecinos del pueblo, pero el suceso no pasó de anécdota y la pradera perdió interés incluso para los chavales que encontramos en otros prados mejor lugar para nuestros partidos. Condenado al ostracismo, Martincorvo cayó presa de los cardos y del olvido entre los chopos del camino.
Tal vez fue por eso que el ultraligero no encontró la pista de aterrizaje y se fue hacia los sembrados. Luego hubo testimonios que aseguraban haberlo visto planeando sobre la iglesia minutos antes de sentir el estrepitoso impacto, pero todos se contradecían al indicar de dónde venía. Y sin embargo alguno lo tuvo que ver, porque alguien dio la alarma y el pueblo en masa bajó a ver lo que había sucedido. Era verano, así que la población se había triplicado, lo menos éramos ochenta personas andando por las tierras de labor, incrédulos ante la visión de un aeroplano detenido sobre los campos segados.
El aeropuerto de Montejo se llama Martincorvo. Es un aeropuerto modesto, como corresponde a la comarca, en el que ni siquiera reparan las compañías de bajo coste. Antes de que el azar lo convirtiera en pista de aterrizaje, Martincorvo era nuestro estadio de fútbol: una pradera entre el riachuelo y el camino que lleva a la piscina. Elegíamos aquel lugar porque era la explanada con menos cardos en los alrededores y nuestras rodillas lo agradecían, pero el tripulante del ala delta que cayó del cielo no pudo distinguir tal sutileza del paisaje (los GPS eran ciencia ficción, Google Earth no se había inventado y Google a secas tampoco), sino que eligió el lugar por el capricho de los vientos y porque a vista de pájaro la pradera debe de parecer lisa y cálida como una alfombra verde.
Me he llevado una grata sorpresa con un par de blogs. Uno viene del Burgo de Osma, y el otro de la parte de Berlanga, os dejo los enlaces hasta disponer de más tiempo y volver a las andadas.
Encontré un artículo de Juan Echanove sobre Soria con un apunte al Doctor Zhivago que transcribo tal cual porque creo que merece la pena. El artículo íntegro lo podéis encontrar en: http://www.afuegolento.com/noticias/61/firmas/echanove/2402/
"Cuentan, y parece que es cierto, que cuando Carlo Ponti empezó la preproducción de la película El doctor Zhivago, consultó a un nutrido grupo de expertos meteorólogos cuál era el sitio de Europa en el que se podrían rodar las escenas invernales de la película, con total seguridad de la presencia de nieve durante todo el rodaje. Los expertos le dijeron que el único sitio que reunía esas características era Soria. Ponti no lo dudó y preparó todo para establecerse en la capital numantina. Pues bien, por esas cosas del cine, resulta que ese año precisamente fue uno de los pocos que se recuerdan como un año en el que la nieve brilló por su ausencia. Ponti, ni corto ni perezoso, emprendió la construcción del decorado majestuoso de una estepa toda nevada, a base de escayolas, cristales etc...una obra faraónica...toda falsa, y carísima, qué duda cabe. Pero la película se rodó allí. Yo todavía recuerdo escenas estivales de mi niñez, correteando con mis hermanos por ese decorado todo escayolado...a pleno sol en verano...beneficiándonos de esa apuesta arriesgada de Ponti...Recuerdo que lo que más me impresionaba era el vaho de los cristales, y los enormes carámbanos de cristal. Fue seguramente mi primer contacto con el cine. También durante el rodaje de El Doctor Zhivago, convirtieron la estación de Soria en una estación rusa, toda llena de soldados de la revolución, de hoces y martillos, de fotografías de Lenin, y en fín toda esa parafernalia... Imagínense Soria pura y dura...de derechas derechas...franquista a más no poder...convertida en pocas horas en la Rusia comunista. Pues bien, cuentan que un aldeano que venía de trabajar la tierra en Almazán, se quedó dormido en el trayecto que separa este pueblo de Soria...Cuando despertó se encontró a la Soria de su alma convertida en patria Bolchevique, y su cuerpo serrano no lo resistió más de unos segundos. Murió en ese andén cubierto por la bandera (no la bicolor sino la roja) y creyendo sin duda que los rojos habían dado un golpe de timón a la situación española. De vencedor se convirtió en vencido. Nadié comprobó la filiación política del tal labriego, por lo que no puedo asegurarles si murió de gozo o de terror...pero murió, dicen que murió... Y si non e vero e ben trovato."
Al poco de empezar el otoño mis padres fueron al pueblo con la excusa de buscar setas y lo que buenamente encontraran. De regreso me trajeron de todo: patatas del huerto, berros del río, setas y níscalos del robledo, y lomo, chorizo y panceta como para echar por tierra cualquier dieta equilibrada. Con semejante despensa más de una mañana varié mi costumbre y en lugar de ir a un bar y pedir un bocadillo me lo llevaba hecho y pedía solo la bebida. Pero el frío avanza, y cualquier mañana de sol es bienvenida, así que en una de estas decidí zamparme los torreznos a plena luz en un banco de la calle. Trabajo cerca del Hospital Sant Pau y de una mutua, por lo que el paisaje del ensanche está poblado por tres grupos bien diferenciados: los vecinos de un barrio corriente, con sus compras, sus prisas y sus cavilaciones cotidianas; los turistas que suben desde la Sagrada Familia con la cámara en ristre; y los abueletes y convalecientes que pasean sus dolencias de la mano de sus acompañantes. El banco que elegí para mordisquear mi ágape estaba vacío de gente y lleno de sol, pero al poco vinieron a hacerme compañía tres abuelos con sus respectiva comitiva de cuidadores. Se pusieron a charlotear distrayéndome hasta que decidí abandonar el periódico y prestarles un poco de atención. No sé cómo sucedió exactamente, estas cosas suceden como un chasquido en las vías del tren que el guardagujas ha decidido mover. Uno de los abuelos, que iba sentado en una silla de ruedas, calada la boina y moviendo las manos casi tan rápido como su lengua, me preguntó a bocajarro si estaba bueno lo que estaba comiendo. Pues sí, gracias, ¿gusta? Me dijo que no, que gracias, e inmediatamente después me preguntó de dónde era. Esta es una de esas preguntas que me permito responder mintiendo: ¿a quién demonios le importa si nací en Barcelona? De Soria, dije, y la tuvimos montada. El paisano era del norte, yo del sur, ninguno había puesto el pie en el pueblo del otro, pero los dos los conocíamos de oídas y habíamos estado por la zona. Él, por si acaso, me preguntaba que si no había estado en las fiestas de su pueblo, no, no he estado, y volvía con que si no había ido a los toros en su pueblo, y así una tras otra. En el grupo había una mujer que también era de la zona. Cuando se enteró de que no había estado en los San Juanes de Soria me dijo que tenía que ponerle remedio, y rápido, que se me pasaba la edad para esas fiestas, y se arrancó con una sanjuanera acabando de un plumazo con su argumento relativo a la edad.
Cometí luego el error de preguntarles desde cuándo estaban en Barcelona, y si ya tenían suelta la lengua se agarraron a la pregunta como a clavo ardiendo pisándose el uno al otro ante los ojos divertidos de sus acompañantes. Cuando yo llegué a Barcelona el tren paraba en mi pueblo dijo ella Menuda novedad añadió él aquel tren paraba en cada casa del camino, el Shangai Express , le llamaban, porque el viaje se hacía largo como si fueras al otro extremo del planeta. Siguieron hablando solos, discutiéndose y enumerando una tras otra las paradas de aquel tren igual que yo podría cantar de memoria las paradas de la línea 5 del metro.
Ya no se puede llegar a Soria en tren. Al menos desde Barcelona. Desmantelaron la línea hace años por su bajo rendimiento y ahora las vías se aparecen como huellas de arado sembradas de amapolas. Al cruzarlas con el coche por la curva de San Esteban un reflejo te hace mirar a uno y otro lado con la misma mirada con la que uno se asoma a las ruinas de Numancia, Uxama o Tiermes. Esta tierra está llena de huellas de dinosaurios extinguidos, de cañadas reales por las que ya no circula el ganado al llegar los meses de la trashumancia.
Al tren lo substituyó un autobús de línea que debía cumplir el mismo recorrido, de Barcelona a Salamanca. La compañía que se hizo con la explotación de la línea mantuvo el nombre de RENFE y le añadió el del dueño, supongo, o el del santo del día, quién sabe: RENFE-Iñigo, y mantuvo, eso sí, su elevado precio respecto a los transportes rodados logrando que un trayecto más largo, Madrid-Barcelona, por ejemplo, sea más barato que el billete de Soria a Barcelona. Falta de demanda que haga la línea rentable, dicen, ventajas de los monopolios, digo yo.
El viaje, pese a todo, no puede ser menos que dichoso. En la estación del Norte de Barcelona uno puede entretener la espera jugando a adivinar quiénes serán sus vecinos de viaje. Los autobuses salen para toda Cataluña, toda España, Europa, e incluso alguno cruza el estrecho, pero cuando llega la hora uno confirma o se da cuenta del error en sus pronósticos, pero es fácil acertar más de uno y de dos en la quiniela. Ese castellano seco y cortante al hablar, socarrón e ingenuo a un mismo tiempo, esa mirada un tanto desubicada, como de acabar de salir del pueblo aunque lleven treinta años en la ciudad, pero al mismo tiempo capaces de llegar a Plutón y de hacerse un hueco.
Lo que me gusta del viaje es mirar por la ventanilla. Tengo aprendido el paisaje, pero nunca me cansa. Sólo el regreso, pero ese es otro tema. La ida, sin embargo, también tiene sus inconvenientes. Sólo hay un horario de mañana y las paradas están pensadas para el destino final, por lo que al llegar a la capital de Soria el conductor hace una parada de tres cuartos de hora para comer, y tú allá con la miel en los labios, en uno de esos edificios sin gracia ni esmero, esperando a que arranque de nuevo hasta San Esteban donde alguien te estará esperando para llevarte al pueblo. Añoro, sin haberla conocido, la estación de ferrocarril donde David Lean rodó las escenas del tren del Doctor Zhivago, Soria convertida por un momento en escenario de bolcheviques y revolucionarios.
Pero no hay mal que por bien no venga, se suele decir, y hasta esa espera es bienvenida. Y es que el bar de la estación no es una franquicia de sándwiches y máquinas de refrescos, es una cafetería con camareros encamisados, de chaleco y delantal, de los que se pasan a voces de la barra a la cocina lo que el cliente les ha pedido. Y la estrella indiscutible son los torreznos: corteza de cerdo, panceta, no sé qué otro nombre darle, lo que sí sé es que son inigualables y no aptos para enfermos de colesterol, pero ideales para soportar las tareas del campo a las temperaturas con las que allá rige el clima, y claro, allá donde fueres, haz lo que vieres, que dice otro refrán, y seguro que Zhivago y Lara Antipova se abrían dado ese pequeño respiro entre tanta convulsión.
Setumbal recogió los huesos de la tela, meneó el puño en el aire y los lanzó sobre el tapete improvisado con un gesto que el mismísimo Mallarmé habría envidiado. En Mongolia el shagaay no es solo un juego de azar con múltiples variantes, sino también un instrumento que en la cultura chamánica se utiliza para la adivinación (la astragalomancia fue un arte adivinatorio en la Grecia antigua, el templo a Heracles de la ciudad de Acaya contaba con un oráculo que utilizaba este método en sus artes).
No llegamos a desentrañar con exactitud la lectura que Setumbal hizo de aquellas tiradas, pero la sonrisa que tanto él como Puyek nos dedicaron valió tanto como la bendición con la que nos despidió al amanecer.
Shaagay es su nombre en aquellas latitudes, y tiene las mismas reglas que me había explicado mi madre. La oscuridad ya se había adueñado del campamento, así que la vía láctea me llevó de nuevo a Tiermes. ¿Quién demonios había traído esos cuatro huesos a ese lugar remoto del mundo? Esa fue la primera y egocéntrica pregunta que me vino a la mente, como si no hubiera podido ser al revés, como si los hombres de Genghis Khan o el mismísimo Marco Polo no hubieran podido llevar en los bolsillos esos cuatro huesos como un juego con el que entretener las noches de su largo viaje hacia Europa, y de ahí hubiera llegado a la adormecida meseta. Más tarde seguí la pista. Ya en la Ilíada se menciona una partida de tabas (canto XI), y los romanos las llamaban Alea (suerte), de donde provendría la famosa frase: Alea jacta est! Y más tarde incluso en America Latina hay referencias del juego. También puede ser que diferentes pueblos unidos por una misma cultura ganadera hubieran desarrollado un juego de similares características. El despiece de las reses es algo natural como demostraban las niñas de Montejo al no hacerle ascos a los cuatro astrágalos, y el uso de huesos como materia prima es tan primitiva como la habilidad del homo sapiens. Si a esto le sumamos la inquietud del ser humano por ocupar el tiempo (el juego de azar), o de conocer lo que éste le depara, no tiene porque parecernos tan extraño que el mismo juego se desarrollara en lugares y momentos tan alejados.
(la fotografía: Niña jugando a las tabas, Siglo XIX, Bronce. Museo Cerralbo. Escultura tomada de una obra helenística original del s. II a. C. no conservada, pero de la que se tiene noticia a través de una copia romana.
Ya habíamos cenado cuando llegó el jinete. El sol destellaba en paralelo al suelo, justo desde donde él llegaba, así que no lo vimos hasta que estuvo encima nuestro envuelto en un resplandor muy cinematográfico. Montaba su caballo con la correa y un urga entre las manos*. Se llegó a nosotros saludando ceremonialmente y se sentó en nuestro círculo entablando una conversación con Puyek. Era fácil distinguir el grado de respeto que infundía cada persona con sólo observar la voz y los gestos de nuestro conductor. Aunque Setumbal se hubiera acercado para vendernos airag** no era tratado como un pelagatos. Le ofrecimos tabaco, nos presentamos con nuestras tres tristes palabras mongolas y dejó de obviarnos como si de repente se hubiera dado cuenta de que no éramos de piedra, o monos, sino seres inteligentes. Empezó entonces el protocolo de hacerse entender y de buscar palabras en nuestro diccionario. Puyek disfrutaba en su papel de traductor mongol-rápido / mongol-lento salpicado de alguna palabra en español que él también iba aprendiendo. Resultó que Setumbal tenía 65 años (la esperanza de vida en Mongolia raya esa cifra), 6 hijos, un centenar de caballos, ochenta yaks, 126 ovejas y 48 cabras. Los gers que habíamos visto escampados por el río eran de su familia, los rebaños los suyos, y los pastores que los cuidaban, sus hijos. Setumbal había formado parte del ejército ruso cuando los dos países eran aliados. El vodka fue lo que le abrió la boca y empezó a deleitarnos con canciones épicas. De su andadura castrense conservaba unos prismáticos tuertos que llevaba en el zurrón y unas medallas que nos enseñaría a la mañana siguiente. Nos dijo que no tuviéramos miedo a los lobos, que él rezaba cada día a los espíritus de los ovoos: el viento, la montaña, el río, y que estaríamos protegidos. Al día siguiente nos daría la bendición para el viaje. Pero cuando estaba a punto de irse y guardó los prismáticos, vio algo en el fondo del zurrón que le hizo detenerse. Sacó una tela cerrada con un nudo, lo deshizo y dejó caer cuatro huesos de cordero.
* palo largo con un lazo con el que cogen los caballos. Urga, territorio del amor.
** leche fermentada, la bebida alcohólica tradicional de Mongolia.
No había oído hablar de ellas, de las tabas, más allá de las anécdotas de mis padres, hasta que me topé con ellas. Llevábamos conduciendo horas hipnotizados por el paisaje. La tarde se dejaba vencer, podríamos habernos detenido en cualquier lugar para plantar la tienda, pero eso habría significado renunciar a otro lugar tal vez más maravilloso. Durante el viaje experimentamos una sensación parecida a la de estar en un museo lleno de joyas entre las que hay que elegir a la hora de detener la mirada, y nosotros sabíamos que el museo acabaría cerrando, nuestras vacaciones agotándose. Por fin el terreno se elevó y pudimos ver desde lo alto el río junto al que corríamos en paralelo. El terreno era totalmente plano a excepción del promontorio desde donde oteábamos el horizonte y el río se extendía en meandros imposibles, inundaba praderas y daba de beber a caballos, ovejas, yaks y cabras. Con solo mirarnos a los ojos supimos que aquel era el lugar. Puyek asintió contento por nuestra elección y en seguida se dispuso a indicarnos cuál sería la ubicación y orientación ideal para la tienda.
Hay otro juego, sin embargo, del que no he sido testigo directo pero siempre me llamó la atención. Mientras que los niños jugaban al fútbol o al potro, las niñas se arremolinaban en el suelo para jugar a las tabas. Las tabas es una especie de juego de dados con la peculiaridad de que los dados no son tal, sino huesos del pie del cordero. Cada vez que se mataba un cordero (cosa excepcional, no vayan a creer) las niñas esperaban que tras despellejar, sangrar y descuartizar al animal, los mayores les brindasen esas piezas astrágalo, le llaman los libros de anatomía- para ampliar su colección. Ajenas a las matanzas daban los huesos a las hormigas para que los mondaran bien y eliminasen todo resto de carne. Después podían jugar con ellas lanzándolas al aire mientras manipulaban las que habían quedado en el suelo en busca de la mejor combinación en una mezcla de juego de habilidad y de azar.
Aunque las expresiones de triunfo o enojo más elocuentes las tengo directamente relacionadas con el otro juego, el de la calva. Ese año los juegos se organizaron en las eras. Había carrera de sacos y piñata para los niños, bolos para las mujeres y la calva como plato fuerte para los hombres. Debía de ser el día de la fiesta grande, porque el cura merodeaba después de misa esperando el convite en casa del alcalde. La calva es un codo de madera que ha de ser derribado por las mojonas, unos cilindros de madera o metal que se lanzan desde la distancia. Lo practicaban los pastores en los calveros, terruños desprovistos de vegetación ni relieve que entorpeciera un buen tiro, y la calva no era otra cosa que la cornamenta de una res muerta. Ahí andaban los paisanos lanzando uno tras otro hasta que le llegó el turno al tío Silverio, boina calada y caliqueño en los labios. La tensión de las películas americanas cuando el bateador de béisbol necesita una carrera para dar la vuelta al marcador, era poca en comparación con la vivida en los segundos en que Silverio desató el brazo para lanzar la mojona. En seguida vimos todos, y él el primero, que su tiro iba desviado, así que antes de que llegara a destino ya se le había caído el pitillo de la boca y le salía una de sus porfiadas blasfemias: ¡ME CAGO EN Fue tan largo aquel instante que todos pudimos ver al señor cura, las manos cogidas a la espalda, su mirada rancia tras las gafas llevando las pupilas hacia otro lado, como si así no fuera a oír lo que venía después: LA MAR SALADA! Hubo un suspiro generalizado y unas risas por lo bajo. El cura, hombre de poca fe, ya se andaba santiguando.
La calva es algo más que lo que los sorianos se cubren con la boina, así como la tanga (o tanguilla) no es sólo una prenda sexy si la ves e incómoda si la llevas puesta. La calva y la tanguilla son dos de los juegos más populares en las tierras de la meseta, así como el frontón (con o sin raqueta), los bolos o cualquier variedad de juegos de cartas (guiñote, mus, tute, brisca, subastao, remigio y un largo etcétera) de los que todos los vecinos tienen alguna copa correspondiente a las fiestas del pueblo de algún año. Pero estos dos son curiosos, creo, por no ser tan habituales fuera de Castilla.
Para jugar a la tanguilla se ponían los mayores en la recta que va desde el bar hasta el cruce. Los coches que llegaban entonces tenían que dar la vuelta y entrar por el otro lado del pueblo (Montejo es un pueblo muy pequeño, sólo tiene dos accesos) o esperarse a que acabara la partida.
Al administrar los recuerdos el tiempo parece embalsamado y seleccionamos aquellos instantes preferidos dándoles una preeminencia de la que tal vez carecieran en su momento. Lo cierto, sin embargo, es que trampa o no de la memoria, aquellos mediodías de domingo recién salidos de misa se respiraba vida. Ganas daban de olvidar el aburrido sermón del cura, que lo único que abría era la sed de aperitivo y chascarrillos, ganas daban de detener el tiempo en ese momento perfecto. Los hombres formaban sus grupos y organizaban los turnos con una moneda al aire, la moneda acababa junto a otras sobre la vertical del pequeño tuvo que había que derribar con los tejos. El sonido del disco del metal arañando el suelo lo utiliza Mercedes Álvarez para hacer una regresión a una escena del pasado. Yo me quedo allá, en la carretera del cruce, escuchando la algarabía que se animaba o desesperaba con cada una de las tiradas.
Volviendo a Mongolia, y para quitarnos el mal sabor de boca, en el desierto no sólo cantaban las dunas. En el MP3 llevaba mi propia banda sonora, y aunque las espinas del Gobi no besaban, la música de Lhasa les quedaba muy bien.
He venido al desierto pa irme de tu amor
Que el desierto es más tierno y la espina besa mejor
He venido a este centro de la nada pa gritar
Que tú nunca mereciste lo que tanto quise dar.
Disculpen la interrupción de este pequeño diario mongol (que por otro lado está llegando a su fin), pero es que a veces la actualidad te ofrece unas perlas que no puedes obviar:
1ª- Bush aprueba un documento por la hegemonía de EEUU en el espacio. Lo que me pregunto es con quién ha firmado ese documento, ¿consigo mismo? Dice el periodista de la Vanguardia que el tono del documento es el mismo de aquel otro firmado después del 11-S respecto a los ataques preventivos y todos esos palabros eufemísticos de nueva creación.
2ª El antidarwinismo se asoma en Europa ¿Saben de qué va eso? Es una corriente extendida entre los cristianos evangélicos de los EEUU que consiste en negar la validez científica de la teoría de la evolución de Darwin y tratar de retirarla de las escuelas o igualarla a otras teorías (y lo han conseguido en varios estados), como la del creacionismoo, también conocida como la teoría del diseño inteligente, es decir: Adán y su costilla Eva. Sí, sí, lo han leído bien. Pues resulta que el debate [sic.] ha llegado a la Eurocámara. ¿Y quién trajo el debate? El polaco Maciej Giertyj (no se pierdan el enlace), el mismo que en julio pasado hizo una encendida defensa del franquismo. En definitiva, una bellísima persona.
Y digo yo que si con la hegemonía yanki en el espacio cualquier día nos dirán que han dado con el diseñador inteligente del universo (en vista de los resultados, poco inteligente) y nos lo tenemos que creer, como aquello de las armas de destrucción masiva. Con lo que me costó entender a mí lo de la teoría de Darwin eso sí, la del Génesis es mucho más fácil, sólo que puestos a que me hagan trucos de magia prefiero los del mago Tamariz. ¿No le ven un cierto parecido al Tío Sam, pero en simpático?
De las elecciones catalanas mejor no hablamos. Estoy esperando a que salga el DVD de CiU en el top manta para pillármelo. Me han dicho que te entran ganas de votar.
No a ellos, claro.
A mí que me busquen en Tiermes, o en Mongolia.
Fue en el ger de Jargal donde comimos unas pastas con el inevitable sabor a manteca, pero con la novedad de un gusto que recordaba al limón. Entramos a preguntar por la ruta porque Puyek andaba perdido en una región que desconocía pese a intentar hacernos creer que lo tenía todo bajo control. Después del ritual del té, de ofrecernos manteca y queso, de que le preguntáramos por su familia, su ganado y el estado de los pastos, nos ofreció este bocado que por lo rutinaria de nuestra dieta nos pareció delicioso. Un par de días más tarde, en la aridez de la estepa camino hacia el Gobi, encontramos unas hierbas que por el olor recordaban a la melisa y quisimos creer que era con ellas con las que aromatizaban sus pasteles. A partir de aquel momento prestamos mayor atención a las flores, aunque sin pretenderlo habría sido difícil no fijarse. Poblaban todo el territorio variando de forma y de color según la zona en la que estuviéramos, poco importaba la sequedad del terreno o la latitud en la que nos encontráramos. Una semana más tarde, cuando dejamos las dunas y encaminamos nuestros pasos hacia el norte llegamos por fin a una región elevada y arbórea. Apenas habíamos encontrado arbustos desde que dejamos Ullan Bator, así que fueron bienvenidos a nuestros ojos. Tserselerg está a 1600 metros de altitud, y nuestro destino estaba más al norte, en una zona de volcanes extinguidos con picos de más de 3000 metros. El termómetro descendió hasta los 5º y la lluvia se precipitó varias noches sobre nuestra tienda. En una ocasión encontramos unas piscinas naturales de aguas termales, y mientras nuestros cuerpos estaban sumergidos en el agua caliente, nuestras cabezas eran golpeadas por gotas de la lluvia. El verde adquirió un tono vivo salpicado de flores. Desde la ventanilla de la furgoneta parecía que avanzáramos a través de un mandala gigante de fondo verde bajo el cielo azul, en medio, mil estrellas de pétalos lilas, rosas, amarillos, rojos y blancos. Los olores no se quedaban cortos, y a cada nueva especie que encontrábamos agachábamos la cabeza para respirar su fragancia. Un manojo de la melisa mongola nos servía para distraer el olfato cuando íbamos a los pozos a coger agua entre las cabras y los camellos (¿habéis olido alguna vez sus pedos? ¡Son pestilentes!).
Pero el día más memorable fue cuando bajamos del valle donde habíamos dado con las piscinas termales. El rocío brillaba entre la hierba y el camino embarrado dificultaba la marcha. Puyek acostumbraba a tirar campo a través cuando el camino estaba peor que el terreno adyacente, pero el bosque de abetos era tan espeso que no podía internarse entre los árboles. Después de un buen rato de baches y derrapadas llegamos a un prado donde nos detuvimos para estirar las piernas. Alguien me había dicho que en Mongolia era fácil encontrar edelweiss, y Xavi me había traído una de cuando fue al Himalaya, pero no podía creer que todas aquellas flores blancas que me rodeaban fueran la mítica flor de la nieve. En el Pirineo y en los Alpes es difícil encontrarlas, hemos acabado con ellas, me había dicho Xavi, y allá crecían como margaritas de deseos inagotables.