Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006.

12/12/2006

El Doctor Zhivago

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Ya no se puede llegar a Soria en tren. Al menos desde Barcelona. Desmantelaron la línea hace años por su bajo rendimiento y ahora las vías se aparecen como huellas de arado sembradas de amapolas. Al cruzarlas con el coche por la curva de San Esteban un reflejo te hace mirar a uno y otro lado con la misma mirada con la que uno se asoma a las ruinas de Numancia, Uxama o Tiermes. Esta tierra está llena de huellas de dinosaurios extinguidos, de cañadas reales por las que ya no circula el ganado al llegar los meses de la trashumancia.
Al tren lo substituyó un autobús de línea que debía cumplir el mismo recorrido, de Barcelona a Salamanca. La compañía que se hizo con la explotación de la línea mantuvo el nombre de RENFE y le añadió el del dueño, supongo, o el del santo del día, quién sabe: RENFE-Iñigo, y mantuvo, eso sí, su elevado precio respecto a los transportes rodados logrando que un trayecto más largo, Madrid-Barcelona, por ejemplo, sea más barato que el billete de Soria a Barcelona. Falta de demanda que haga la línea rentable, dicen, ventajas de los monopolios, digo yo.
El viaje, pese a todo, no puede ser menos que dichoso. En la estación del Norte de Barcelona uno puede entretener la espera jugando a adivinar quiénes serán sus vecinos de viaje. Los autobuses salen para toda Cataluña, toda España, Europa, e incluso alguno cruza el estrecho, pero cuando llega la hora uno confirma o se da cuenta del error en sus pronósticos, pero es fácil acertar más de uno y de dos en la quiniela. Ese castellano seco y cortante al hablar, socarrón e ingenuo a un mismo tiempo, esa mirada un tanto desubicada, como de acabar de salir del pueblo aunque lleven treinta años en la ciudad, pero al mismo tiempo capaces de llegar a Plutón y de hacerse un hueco.
Lo que me gusta del viaje es mirar por la ventanilla. Tengo aprendido el paisaje, pero nunca me cansa. Sólo el regreso, pero ese es otro tema. La ida, sin embargo, también tiene sus inconvenientes. Sólo hay un horario de mañana y las paradas están pensadas para el destino final, por lo que al llegar a la capital de Soria el conductor hace una parada de tres cuartos de hora para comer, y tú allá con la miel en los labios, en uno de esos edificios sin gracia ni esmero, esperando a que arranque de nuevo hasta San Esteban donde alguien te estará esperando para llevarte al pueblo. Añoro, sin haberla conocido, la estación de ferrocarril donde David Lean rodó las escenas del tren del Doctor Zhivago, Soria convertida por un momento en escenario de bolcheviques y revolucionarios.
Pero no hay mal que por bien no venga, se suele decir, y hasta esa espera es bienvenida. Y es que el bar de la estación no es una franquicia de sándwiches y máquinas de refrescos, es una cafetería con camareros encamisados, de chaleco y delantal, de los que se pasan a voces de la barra a la cocina lo que el cliente les ha pedido. Y la estrella indiscutible son los torreznos: corteza de cerdo, panceta, no sé qué otro nombre darle, lo que sí sé es que son inigualables y no aptos para enfermos de colesterol, pero ideales para soportar las tareas del campo a las temperaturas con las que allá rige el clima, y claro, allá donde fueres, haz lo que vieres, que dice otro refrán, y seguro que Zhivago y Lara Antipova se abrían dado ese pequeño respiro entre tanta convulsión.

18/12/2006

Shangai Express

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Al poco de empezar el otoño mis padres fueron al pueblo con la excusa de buscar setas y lo que buenamente encontraran. De regreso me trajeron de todo: patatas del huerto, berros del río, setas y níscalos del robledo, y lomo, chorizo y panceta como para echar por tierra cualquier dieta equilibrada. Con semejante despensa más de una mañana varié mi costumbre y en lugar de ir a un bar y pedir un bocadillo me lo llevaba hecho y pedía solo la bebida. Pero el frío avanza, y cualquier mañana de sol es bienvenida, así que en una de estas decidí zamparme los torreznos a plena luz en un banco de la calle. Trabajo cerca del Hospital Sant Pau y de una mutua, por lo que el paisaje del ensanche está poblado por tres grupos bien diferenciados: los vecinos de un barrio corriente, con sus compras, sus prisas y sus cavilaciones cotidianas; los turistas que suben desde la Sagrada Familia con la cámara en ristre; y los abueletes y convalecientes que pasean sus dolencias de la mano de sus acompañantes. El banco que elegí para mordisquear mi ágape estaba vacío de gente y lleno de sol, pero al poco vinieron a hacerme compañía tres abuelos con sus respectiva comitiva de cuidadores. Se pusieron a charlotear distrayéndome hasta que decidí abandonar el periódico y prestarles un poco de atención. No sé cómo sucedió exactamente, estas cosas suceden como un chasquido en las vías del tren que el guardagujas ha decidido mover. Uno de los abuelos, que iba sentado en una silla de ruedas, calada la boina y moviendo las manos casi tan rápido como su lengua, me preguntó a bocajarro si estaba bueno lo que estaba comiendo. ‘Pues sí, gracias, ¿gusta?’ Me dijo que no, que gracias, e inmediatamente después me preguntó de dónde era. Esta es una de esas preguntas que me permito responder mintiendo: ¿a quién demonios le importa si nací en Barcelona? De Soria, dije, y la tuvimos montada. El paisano era del norte, yo del sur, ninguno había puesto el pie en el pueblo del otro, pero los dos los conocíamos de oídas y habíamos estado por la zona. Él, por si acaso, me preguntaba que si no había estado en las fiestas de su pueblo, ‘no, no he estado’, y volvía con que si no había ido a los toros en su pueblo, y así una tras otra. En el grupo había una mujer que también era de la zona. Cuando se enteró de que no había estado en los San Juanes de Soria me dijo que tenía que ponerle remedio, y rápido, que se me pasaba la edad para esas fiestas, y se arrancó con una sanjuanera acabando de un plumazo con su argumento relativo a la edad.
Cometí luego el error de preguntarles desde cuándo estaban en Barcelona, y si ya tenían suelta la lengua se agarraron a la pregunta como a clavo ardiendo pisándose el uno al otro ante los ojos divertidos de sus acompañantes. ‘Cuando yo llegué a Barcelona el tren paraba en mi pueblo’ dijo ella ‘Menuda novedad’ añadió él ‘aquel tren paraba en cada casa del camino, el Shangai Express , le llamaban, porque el viaje se hacía largo como si fueras al otro extremo del planeta. Siguieron hablando solos, discutiéndose y enumerando una tras otra las paradas de aquel tren igual que yo podría cantar de memoria las paradas de la línea 5 del metro.

29/12/2006

El Doctor Zhivago, Soria y Juan Echanove

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Encontré un artículo de Juan Echanove sobre Soria con un apunte al Doctor Zhivago que transcribo tal cual porque creo que merece la pena. El artículo íntegro lo podéis encontrar en: http://www.afuegolento.com/noticias/61/firmas/echanove/2402/

"Cuentan, y parece que es cierto, que cuando Carlo Ponti empezó la preproducción de la película “El doctor Zhivago”, consultó a un nutrido grupo de expertos meteorólogos cuál era el sitio de Europa en el que se podrían rodar las escenas invernales de la película, con total seguridad de la presencia de nieve durante todo el rodaje. Los expertos le dijeron que el único sitio que reunía esas características era Soria. Ponti no lo dudó y preparó todo para establecerse en la capital numantina. Pues bien, por esas cosas del cine, resulta que ese año precisamente fue uno de los pocos que se recuerdan como un año en el que la nieve brilló por su ausencia. Ponti, ni corto ni perezoso, emprendió la construcción del decorado majestuoso de una estepa toda nevada, a base de escayolas, cristales etc...”una obra faraónica”...toda falsa, y carísima, qué duda cabe. Pero la película se rodó allí. Yo todavía recuerdo escenas estivales de mi niñez, correteando con mis hermanos por ese decorado todo escayolado...a pleno sol en verano...beneficiándonos de esa apuesta arriesgada de Ponti...Recuerdo que lo que más me impresionaba era el vaho de los cristales, y los enormes carámbanos de cristal. Fue seguramente mi primer contacto con el cine. También durante el rodaje de “El Doctor Zhivago”, convirtieron la estación de Soria en una estación rusa, toda llena de soldados de la revolución, de hoces y martillos, de fotografías de Lenin, y en fín toda esa parafernalia... Imagínense Soria pura y dura...de derechas derechas...franquista a más no poder...convertida en pocas horas en la Rusia comunista. Pues bien, cuentan que un aldeano que venía de trabajar la tierra en Almazán, se quedó dormido en el trayecto que separa este pueblo de Soria...Cuando despertó se encontró a la Soria de su alma convertida en patria Bolchevique, y su cuerpo serrano no lo resistió más de unos segundos. Murió en ese andén cubierto por la bandera (no la bicolor sino la roja) y creyendo sin duda que los rojos habían dado un golpe de timón a la situación española. De vencedor se convirtió en vencido. Nadié comprobó la filiación política del tal labriego, por lo que no puedo asegurarles si murió de gozo o de terror...pero murió, dicen que murió... Y si non e vero e ben trovato."





Tiermes

La comarca de Tiermes se encuentra en la provincia de Soria. Una pequeña esquina en el ancho mundo, uno de esos lugares donde todavía es fácil perderse.
Y lo más difícil, encontrarse




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